La muerte de un icono revolucionario

La muerte de Fidel Castro abre la puerta a un cambio lento en Cuba

Jóvenes cubanos recuerdan en la Universidad de La Habana a Fidel Castro.

Javier Bernabé

Con la muerte de Fidel Castro se cierra una parte fundamental de la historia del siglo XX (y eso que estamos en pleno siglo XXI), los últimos vestigios de la Guerra Fría, los últimos años de un régimen político que todavía genera odios y amores.

Fidel Castro expulsó del poder al dictador Batista en enero de 1959 con una revolución en la que la burguesía tuvo un papel importante, llevando la esperanza a Cuba y a muchos otros países. Pidió ayuda a Estados Unidos una vez asentado en el poder, se la negaron, expropió las empresas estadounidenses en la isla y a cambio le pusieron un embargo económico que dura hasta la actualidad.

Como pieza preciada en la Guerra Fría, Cuba fue utilizada por la Unión Soviética, que vio la oportunidad perfecta para amenazar desde pocos kilómetros de distancia a su enemigo a cambio de mantener económicamente al único líder latinoamericano que hasta ese momento se atrevió a plantarle cara a Estados Unidos y a generar una esperanza única tanto para su país como para muchos otros.

El intercambio económico desigual entre Cuba y la Unión Soviética murió al caer el muro del Berlín, llegando años muy duros para el pueblo cubano, que se veía castigado por una gestión económica poco eficaz de sus autoridades y por un embargo inhumano estadounidense que llegaba hasta los productos de primera necesidad. Estados Unidos demostraba que su fin justificaba sus medios: tumbar a Castro estaba por encima del bienestar de la población cubana.

El petróleo venezolano sustituyó al apoyo soviético, pero los años 2000 están en otro siglo y la cobertura de las necesidades energéticas no logra satisfacer todas las necesidades cubanas. El embargo estadounidense continúa en 2016, con la Comunidad Iberoamericana de Naciones en contra (evidentemente incluida España) y con el mismo Obama replanteándose tanto la eficacia de la medida como el hartazgo de muchos empresarios estadounidenses, bastantes de ellos republicanos, que quieren invertir en la isla desde hace años. Pero el presidente electo Donald Trump abre un período de incertidumbre. Según fuentes diplomáticas españolas, no va a deshacer la brecha abierta por Obama en las relaciones con Cuba. Pero según otros analistas, Trump es impredecible porque debe mucho al voto cubano de Miami a su favor.

Luces y sombras

Cuba ocupa el primer lugar de los países de las Antillas en el índice de desarrollo humano (IDH), el cuarto de los latinoamericanos y el 67 de un total de 188. El IDH es la medida diseñada por Naciones Unidas para situar a los países del mundo en un ranking de los más a los menos desarrollados. Ocupa el puesto 33 del mundo en esperanza de vida, 79 años.

Esos datos, aportados por Naciones Unidas, son poco discutibles y el debate político que les rodea muchas veces hace lo posible por dejarles de lado, ya que se centra en la crítica a ultranza de la eficacia económica cubana, en la falta de libertades, en la ausencia de partidos políticos y por lo tanto de diversidad en la posibilidad de votar. O bien fomenta la imagen romántica del comandante Castro bajando de Sierra Maestra y dando esperanza a la izquierda latinoamericana en primer lugar y a la mundial en segundo.

Sin ver las luces y las sombras no se puede tener un análisis completo de esta complejidad política que significa Cuba. Enfocada una luz anteriormente, con datos de Naciones Unidas, nos toca enfocar algunas sombras que lastran el futuro de Cuba: hasta que no se permita a la población cubana organizarse en diversas asociaciones y partidos políticos según estime necesario y oportuno, no podremos hablar de una verdadera libertad en la isla. Dicho esto, es absolutamente necesario que la injerencia extranjera al respecto sea mínima, y se me antoja harto difícil esta situación.

Si el pueblo cubano tuviera la palabra definitiva para decidir su futuro, con por ejemplo un plebiscito en el que reflejase qué sistema político quiere de aquí en adelante, se abriría un panorama extraordinario. ¿Pero Estados Unidos va a permitir que el pueblo cubano decida en libertad?, ¿Trump va a amansar a las fieras de Miami al respecto?, ¿España en primer lugar y la Unión Europea en segundo van a tener el valor de acompañar el proceso de manera imparcial, abierta, limpia, respetando lo que el pueblo cubano decida sin presionar para favorecer sus intereses? Se atisban difíciles las respuestas a estas preguntas, y en ellas va a estar parte de la explicación del futuro de la isla.

Las fuerzas armadas cubanas no van a poder mantener la actual situación por siempre, las presiones tímidas de la sociedad cubana tendrán que irse acentuando, muy poco a poco, ya que los cambios tan profundos no se pueden dar de la noche a la mañana. La pequeña apertura económica tendrá que ir aumentando, asumiendo que el modelo chino no es aplicable 100% a Cuba, y el vietnamita tampoco, ambos bien estudiados por Raúl Castro. Pero el actual modelo económico cubano es insostenible y debe ser mejorado. ¿Podrá hacerse sin caer en un capitalismo desmedido? Ese es un reto frontal para el futuro de Cuba.

Que el pueblo cubano pueda decidir libremente en las urnas su futuro entre diversidad de opciones políticas dependerá de que se comprendan sus necesidades y de que se respeten sus decisiones. Y el peso a la hora de tomar dichas decisiones debe estar en la propia isla, no en el exilio que vive una Cuba a distancia, que ni disfruta ni sufre lo que el resto de cubanos, que tiene una imagen pretérita de algo que necesita modernidad y comprensión. Y parece que comprensión, reconciliación y respeto no son las palabras de moda en Miami respecto a sus compatriotas de Cuba. Y sin esas palabras no hay futuro.

Se abre además un espacio fundamental para España y para la Unión Europea, una oportunidad de convertirse en unos acompañantes privilegiados del futuro de Cuba, respetando la soberanía cubana. Algo que Estados Unidos no ha hecho nunca, y en estos años venideros parece que lo hará mucho menos. Me refiero a un acompañamiento de años, no de meses, hasta que sea necesario, que logre apoyar el mantenimiento de los logros sociales ganados por el pueblo cubano en todos estos años, que consiga respeto de la sociedad cubana y no acusaciones de injerencia. Es posible, pero es difícil, porque hace falta un apoyo incondicional a Cuba, y una lucha permanente por eliminar el embargo económico que todavía la cerca.

A fin de cuentas, lo importante es el bienestar del pueblo cubano, potenciar su capacidad de decisión, preservar y ampliar sus logros sociales, no desmantelarlos.

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Javier Bernabé es periodista y profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Complutense de Madrid.

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