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Crisis sociales, crisis democráticas, crisis del neoliberalismo

Ciudadanos se manifiestan este lunes en una nueva jornada de protestas en Santiago (Chile).

Romaric Godin (Mediapart)

Los militares en las calles de Santiago de Chile, la plaza de Urquinaona de Barcelona en llamas, las barricadas en las calles de Beirut… Mientras que la Francia política y mediática se enreda por un símbolo musulmán como el velo, el mundo parece incendiarse. Porque las escenas de revueltas violentas que han marcado los últimos días no son casos aislados. Han estado precedidas de hechos similares en Ecuador, Haití (donde la revuelta popular continua), en Irak, en Egipto, en Indonesia, en Hong Kong, en Colombia… Sin olvidar los movimientos populares menos recientes en Zimbabue, Nicaragua, Rumanía y Serbia, durante el invierno pasado, o, por supuesto, los chalecos amarillos en Francia.

Evidentemente, es posible considerar que todos estos eventos no son más que movimientos locales en respuesta a problemáticas precisas: la pobreza endémica de Haití, la persistencia del militarismo de derechas en Chile, la dolarización parcial o total de las economías ecuatorianas y libanesas, el rechazo de España a reconocer la existencia de una cuestión catalana o la aspiración democrática de Hong Kong. Todas estas explicaciones son justas. Pero, ¿son suficientes? Los movimientos sociales o democráticos locales siempre han existido, pero queramos o no, la peculiaridad del momento es que todos ellos surgen a la vez. Inevitablemente, este aspecto coincidente en el tiempo de las revueltas en los cinco continentes hace pensar que existe una relación entre ellas.

El neoliberalismo quiere sobrevivir y agrava su propia crisis

Esta vinculación podría hallarse en la gran crisis en la que el mundo se sumió en 2007-2008. Más allá de lo que subrayan la mayoría de los observadores, el gran crash que siguió a la quiebra de Lehman Brothers el 15 de septiembre de 2008, esta crisis es mucho más profunda y continúa hasta nuestros días. Porque no se trata de una mera crisis financiera o económica, se trata de la crisis de un modo de gestión del capitalismo, el neoliberalismo, que está basado en el uso del capital del Estado, la financiarización de la economía y la mercantilización de la sociedad.

Como aquellas de los años 1930 o 1970, la crisis actual cuestiona profundamente el funcionamiento contemporáneo del capitalismo. Con frecuencia, estas crisis son largas y están acompañadas de periodos de agitación. Como lo ha mostrado el historiador Adam Tooze en Le Déluge (Les Belles Lettres, 2015), la crisis de 1929 no es más que el inicio de una perturbación del capitalismo, que comenzó con la I Guerra Mundial y realmente no encontró salida hasta después de esta Gran Guerra. En cuanto al liberalismo, no se impuso hasta los años 1990, 20 años después del inicio de la crisis del antiguo paradigma.

Todavía hoy, la crisis es larga y se intensifica a medida que el neoliberalismo se resiste a morir. Pues, tratando de sobrevivir, empuja al mundo al abismo. Porque, no hay duda, el neoliberalismo ha sobrevivido al shock de 2008 e incluso reapareció pasado el año 2010 para proponer soluciones al mundo de la austeridad presupuestaria y las "reformas estructurales" con el objetivo de destruir las protecciones de los trabajadores y de los más frágiles. Pero tratando de perpetuar su posición dominante, el neoliberalismo no ha hecho más que acrecentar su propia crisis.

La primera redención de este sistema económico global fue, en efecto, una huida hacia adelante en el crecimiento liderado principalmente por un régimen chino preocupado por continuar alimentando la demanda occidental, pilar de su sistema económico. Y dicha huida hacia delante se ha traducido en una sobreproducción industrial sin precedentes contribuyendo al deterioro brutal de la situación climática actual. Algunas cifras lo demuestran. China produce en dos años más acero que Reino Unido –que durante mucho tiempo fue el mayor productor mundial–, en 150 años y más cemento que Estados Unidos durante todo el siglo XX. Esta estrategia ha fracasado. Ha conducido a un ajuste de la economía china que ha golpeado directamente a sus proveedores emergentes, desde Brasil hasta Argentina, pasando por Ecuador y Venezuela. Todos han visto desaparecer el maná de las materias primas y han tenido que reajustar sus políticas.

El otro motor de salvaguarda del neoliberalismo ha sido la política monetaria concebida como un medio para evitar cualquier estímulo presupuestario en los países occidentales, pero que, en realidad, solo consiguió salvar el sector financiero y los grandes grupos multinacionales. Este plan de salvamento del neoliberalismo ha fracasado profundamente. El crecimiento mundial no ha vuelto a despegar y la productividad se encuentra en su nivel más bajo a pesar de la revolución tecnológica. El sector privado invierte demasiado poco y, a menudo, mal. Desde hace algunos meses, la economía mundial ha entrado en una nueva fase de desaceleración.

En estas condiciones, la continua aplicación de reformas neoliberales para salvaguardar los márgenes de las empresas y las ganancias de los más ricos ha tenido un efecto agravante. Lo hemos visto; los beneficios se han invertido mal o poco, la productividad no deja de ralentizarse, seguimos dando prioridad a los ricos y a la empresas, es decir, a aquellos que invierten mal o poco, mientras que las desigualdades continúan aumentando. En esta lógica, cuando tiene que producirse un ajuste, reclamamos a los más pobres una gran parte del esfuerzo: a través de una tasa proporcional, como la de las llamadas de Whatsapp en Líbano, con la supresión de las subvenciones de los carburantes en Ecuador o en Haití o con el aumento del precio del transporte público en Chile. Todas estas medidas tienen un impacto directo en las necesidades básicas de la población para trabajar y generar beneficios.

Incluso si el diferencial de crecimiento acercaría las economías emergentes a las de los llamados países avanzados y, por lo tanto, reduciría las desigualdades a nivel mundial, en todos los países, las desigualdades nacionales están aumentando más que nunca. Esta fue la conclusión del economista Branko Milanović en World Inequalities (2016), que advirtió del regreso a las clases sociales. Por lo tanto, lo que estamos presenciando a nivel mundial es un regreso a la lucha de clases.

Durante mucho tiempo, pensamos que la crítica al neoliberalismo era un "privilegio de ricos", reservado a los países más avanzados que no conocían los beneficios de este sistema. De una cierta manera, el aumento de las desigualdades era el precio que había que pagar por el desarrollo. Y había que aceptarlo en nombre de estas poblaciones que sacábamos de la miseria. Pero este discurso ya no puede funcionar y esta es la novedad de la situación actual. La contestación surge en los países emergentes. El pistoletazo de salida se dio en 2013 en Brasil, justo después del vuelco del mercado de materias primas, con un movimiento social inédito contra las medidas de Dilma Rousseff dirigido a aumentar el precio del transporte público. Desde entonces, esta ola se ha intensificado y toca a países que, como Chile, durante mucho tiempo instituciones internacionales los han presentado como ejemplos de éxito y estabilidad.

En estos países emergentes, el resorte del neoliberalismo también se ha roto. Su necesidad de crecimiento y competitividad les lleva a un callejón sin salida;mientras que el crecimiento es menos fuerte, la realidad de las desigualdades aparece, las mejoras en el nivel de vida conocidas en el pasado están perdiendo competitividad en un contexto de desaceleración del comercio mundial. El espejismo de alcanzar los estándares de vida de los países más avanzados, la gran promesa neoliberal, desaparece con las medidas mencionadas. La única solución propuesta a estas poblaciones es un nuevo empobrecimiento.

Regreso a la cuestión social

Pero el neoliberalismo no tiene nada que hacer. Encerrado en su lógica de crecimiento extractivista y contable, se agarra a sus fantasmas: el efecto goteo, la curva de Laffer o, incluso, el teorema de Coase, que pretenden que las cuestiones de justicia distributiva estén separadas de la realidad económica. Lo hace a través de otra de sus características más destacadas: el encuadramiento de la democracia. Lo económico no puede ser una elección democrática, debe preservarse de los afectos de la multitud o, empleando las famosas palabras de Emmanuel Macron, de sus "tristes pasiones". Pero este confinamiento es cada vez menos viable a medida que las desigualdades se profundizan y la crisis climática se agrava. Tras cinco décadas de democracia encuadrada, las poblaciones exigen que se tengan en cuenta sus urgencias y no las de los mercados o inversores.

La crisis actual del neoliberalismo tiene tres caras: una crisis ecológica, una crisis social y una crisis democrática. El sistema económico actual es incapaz de responder a estas tres profundas exigencias. Frente a la urgencia ecológica, propone responder a través de los mercados y de la represión fiscal en el consumo de los más débiles. Frente a la urgencia social y democrática, la respuesta es la indiferencia. Porque, en realidad, responder a estas demandas supondría un profundo cambio en el paradigma económico.

Invertir a favor del clima supondría también reorientar completamente las inversiones y dejar de basar la economía únicamente en el crecimiento ligado a burbujas inmobiliarias y financieras. Así, esto supondría una revisión completa del sistema de creación monetaria, en plena germinación en el Green New Deal propuesto en Estados Unidos y que hace temblar a los economistas neoliberales. Porque, a partir de ahora, la transición climática no se llevará a cabo contra las clases sociales fragilizadas, sino con ellas. Al asegurar una redistribución masiva de los recursos en detrimento de los más ricos, daremos a las clases más modestas los medios para vivir mejor sin destruir el planeta. En definitiva, una participación más estrecha de las poblaciones en el sistema de decisiones permitiría controlar que estas últimas no respondan al beneficio de los más ricos y del capital, sino al interés común. Se trata precisamente de lo que el neoliberalismo ha rechazado: esta capacidad de las democracias de "cambiar las reglas del juego" económico. Es, precisamente, lo que el mundo necesita hoy.

Dicho de otra manera: estas tres urgencias y estas tres exigencias están profundamente relacionadas. Replantear la cuestión social supone necesariamente plantearse hoy la cuestión democrática y ecológica. Pero como este cambio es profundamente rechazado por el neoliberalismo y los Estados que se adhieren a su lógica, no queda más que tomar las calles para expresar su necesidad. Esto es lo que está a punto de cristalizarse actualmente. Según las regiones, las prioridades pueden ser diferentes, pero es el mismo sistema el que es cuestionado: este neoliberalismo global. Además, todos los movimientos están experimentando una evolución donde las cuestiones democráticas y sociales se encuentran, a veces con preocupaciones ecológicas conscientes. Por lo tanto, en todas partes, la contestación es profunda y afecta al sistema económico, social y político.

En un vídeo difundido en las redes sociales el sábado 19 de octubre, vemos a policías españoles golpeando a manifestantes independentistas catalanes en las calles de Barcelona. En un muro, un grafiti dice: Aço és llutta de classe (Esto es una lucha de clases). Detrás de la cuestión nacional catalana aparece la reivindicación de una sociedad más justa y redistributiva. Cuando la represión gana terreno, esta realidad emerge con más fuerza. La voluntad de recuperar el control democrático en Cataluña es también la traducción de prioridades sociales y ecológicas (uno de los condenados por los tribunales españoles, Raül Romeva, fue diputado ecologista antes de unirse al movimiento independentista).

En Francia, el movimiento de los chalecos amarillos no se limitó a una simple revuelta fiscal, la retirada de la iniciativa de aumentar la tasa de carbono no puso fin a las protestas. Este movimiento ha cuestionado la práctica democrática del país y la política antidistributiva del Gobierno francés, uniéndose incluso a movimientos ecologistas, como lo demostró la ocupación de Italia 2 a principios de octubre. El agobio de fin de mes y del fin del mundo comienzan a converger. En Ecuador, la situación es bastante similar: la lucha contra el fin de las subvenciones a la gasolina ha puesto de manifiesto la dimensión de las desigualdades que afectan a las poblaciones autóctonas, que durante años se han rebelado contra la lógica extractivista de los gobiernos en busca de dólares.

En Líbano, donde siete personas poseen el equivalente a una cuarta parte del PIB, el rechazo del plan de reformas que prevé impuestos para los más pobres y privatizaciones, también estuvo acompañado por un rechazo al Gobierno que, sin embargo, está conformado por la mayoría de las formaciones políticas del país. Este vínculo entre movimiento social y democratización también es evidente en Chile. En Hong Kong, la protesta democrática contra un régimen chino que busca a toda costa ocultar la crisis de su modelo económico, ha tomado un claro giro social.

Esta crisis no es más que un inicio. Nada deja pensar que esta crisis neoliberal se vaya a arreglar rápidamente, bien al contrario. A las presiones sociales se unirán las repetidas catástrofes climáticas, como las que ocurridas en el Caribe desde hace varios años, que no harán más que degradar las condiciones sociales. Sobre todo, los Estados parecen incapaces de encontrar soluciones que no sean las derivadas del breviario neoliberal. Cierto, en Ecuador o Líbano, los manifestantes se mostraron satisfechos con la retirada de los proyectos en disputa. Incluso, en Líbano, una medida redistributiva, un impuesto sobre los beneficios bancarios, ha sido acordada. Pero estas victorias son frágiles y, como hemos visto, no ponen fin a los problemas subyacentes, ni satisfacen las reivindicaciones democráticas.

El neoliberalismo, que ha tenido que hacer frente permanentemente a este conflicto y al cuestionamiento de su eficacia, podría endurecerse y refugiarse detrás de la violencia legítima del Estado para sobrevivir. Como Emmanuel Macron justifica todas las violencias policiales en Francia, Pedro Sánchez en España solo visitó a los policías heridos en Barcelona este 21 de octubre o, Sebastián Piñera, el presidente chileno invitado al G7 de Biarritz en septiembre, hizo sus anuncios bajo la mirada de soldados como anteriormente hizo Augusto Pinochet... Este último declaró abiertamente: "Estamos en guerra", refiriéndose a los manifestantes. La guerra social se vuelve global e implica al neoliberalismo y a sus defensores contra sus oponentes.

Ante la violencia de esta guerra y la incapacidad de los gobernantes a superar el neoliberalismo, asistimos entonces a una convergencia del neoliberalismo, dicho de otro modo: a la defensa estatal de los intereses del capital con movimientos neofascistas y nacionalistas, como es el caso desde hace mucho tiempo de antiguos países del Este o, más recientemente, de los países anglosajones, pero también de India y China. La necesidad de estabilidad, tan requerida por el capital, solo podría conseguirse mediante una militarización de la sociedad que acompañaría su mercantilización. El neoliberalismo ha demostrado que no es incompatible con esta evolución: su laboratorio fue... el Chile de Pinochet, un país entonces privado de libertades, pero muy abierto al capital extranjero. Este regreso de la historia podría ser un presagio siniestro que ahora requiere una reflexión urgente sobre la construcción de una alternativa social, ecológica y democrática.

Traducción: Irene Casado Sánchez

Leer el artículo en francés:

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