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François Fillon, el aspirante a 'hombre de hierro'

El ex primer ministro de Francia, François Fillon.

Martine Orange (Mediapart)

François Fillon es adepto a los planes de choque. La derogación de las 35 horas y del impuesto a las grandes fortunas, fiscalidad reducida para el capital, ampliación de la edad jubilación hasta los 65 años, reforma de la prestación por desempleo, derecho laboral… Quiere llevar a cabo una revolución neoliberal en dos meses. Pese a los riesgos.

Hace meses que François Fillon viene teorizando sobre las que podrían ser sus primeras semanas de gobierno. El ex primer ministro de Nicolas Sarkozy, al ponerse los hábitos del "thatcherismo", precisamente en el momento en que Gran Bretaña lo entierra, quiere encarnar al nuevo hombre de hierro y llevar a cabo su revolución liberal de forma inmediata. Una estrategia de choque, como él mismo reconoce. Un choque técnico pero también un choque psicológico, precisa.

Lo importante es llevarlo a cabo lo antes posible, explicaba en marzo, ante un auditorio abarrotado, en la fundación Concorde, una fundación patronal liberal de tendencia autoritaria. Parece una de las pocas lecciones que semeja haber sacado de su paso por Matignon, como primer ministro de Nicolas Sarkozy de 2008 a 2012. El error de su Gobierno no fue haber aumentado la deuda en 600.000 millones de euros en cinco años, haber dejado que aumente el paro, haber favorecido una fiscalidad injusta e ineficaz, aumentando la presión fiscal sobre las clases medias y exonerando a los más ricos, haber llevado una reforma del Estado contraria al sentido común, haber salvado el sistema bancario sin exigir contrapartidas. “Ese balance es el suyo (el de Nicolas Sarkozy)”, escribe en su libro programático Faire (Hacer). No, el error, a su entender, es haber vacilado a la hora de tomar las medidas que se imponían. No volverá a pasar.

De este modo, antes incluso de las elecciones presidenciales –una formalidad, en su opinión, ya que el vencedor de la derecha en las primarias se impone en los comicios, según él–, prevé nombrar ya a los diez, quizás 15 ministros “competentes” que formarán el nuevo Gobierno, de modo que tengan en el bolsillo los textos de la reforma al día siguiente de las elecciones.

Desde el 1 de julio, dice, los ministros de Economía y de Trabajo deben llevar a cabo un Blitzkrieg, empleando todos los medios a su disposición: decretos, también por la vía de urgencia invocando el artículo 49.3 de la Constitución, voto único. A lo largo de dos meses, el Parlamento debe adoptar una serie de textos que materializarán ese cambio.

En el programa: la derogación de las 35 horas y la supresión de la duración máxima por ley del trabajo –en el marco de las 48 horas semanales fijadas por Europa, lo que supondría una jornada laboral como la 1919; derogación del impuesto a las grandes fortunas, porque no hay nada más urgente; reforma de la fiscalidad al capital, adoptando un gravamen del 25%; nuevo código laboral más flexible, de modo que cualquier acuerdo queda en manos de las empresas; reforma de la prestación por desempleo con disminución progresiva de las prestaciones con el paso del tiempo; retraso de la edad de jubilación hasta los 65 años; lanzamiento de un programa de ahorro del gasto público.

De esta manera, en dos meses, François Fillon prevé transformar los marcos económico, social y público del país. Con gran cinismo, tiene previsto, “para prolongar la tensión”, convocar varios referéndums en septiembre. Referéndums que tienen por único objetivo “hacer muy difícil la contestación social” frente a las reformas. Dichas consultas versarían sobre el principio de igualdad entre los diferentes regímenes sociales –entiéndase, acabar con los regímenes especiales–, sobre la fusión de los departamentos y las regiones, en resumidas cuentas sobre la disminución del número de parlamentarios. Hay que saber escuchar al electorado.

De todos los candidatos de derechas a las primarias, François Fillon es uno de los que profesan el neoliberalismo más duro, que echa mano de proyectos, ideas, medidas que llevan en vigor más de 30 años en los entornos empresariales y de parte de la derecha.

Oficialmente, se trata de integrarse en una estrategia de la oferta, para reactivar la economía francesa. Se debe hacer todo lo posible por que el capital no tenga obstáculos, por descargar a las empresas de cualquier obligación. Porque François Fillon sigue siendo un ferviente partidario del efecto rebaseefecto rebase, tan apreciada por los neoliberales. A pesar de sus efectos perversos, actualmente perfectamente documentados, marcados por una extrema concentración de la riqueza en las manos de unos pocos y por el aumento sin precedentes de las desigualdades, el ex primer minsitro piensa que la liberalización completa del capital sólo puede traducirse en un enriquecimiento general y en el pleno empleo.

A los beneficios concedidos a las empresas, en el marco de su Blitzkrieg, François Fillon tiene previsto añadir muchos otros. No sólo quiere revisar el impuesto de sociedades, que prevé reducir al 25%, sino que también quiere acabar con una serie de gravámenes que pagan las empresas sobre los salarios como el impuesto sobre el transporte, sobre la formación, etc. De este modo, deberían movilizase entre 40.000 y 50.000 millones de euros en concepto de beneficios adicionales, que se sumarían al resto.

Una nueva serie de “todo para los ricos”

Porque el neoliberalismo se detiene a las puertas de las empresas. Las empresas francesas figurarán, una vez más, entre las que más ayudas del Estado reciben, según el programa de François Fillón. En principio, se mantendrán todas las ayudas vigentes. El nuevo crédito de impuesto para la competitividad y el empleo (CICE), que ha permitido crear en el mejor de los casos entre 50.000 y 100.000, al precio de 11.300 millones de euros (es decir, a razón de más de 100.000 euros por puesto de trabajo), según el comité de seguimiento gubernamental, se mantendrá pero se simplificará. El crédito fiscal para la investigación, uno de los nichos fiscales más onerosos para las finanzas públicas, se reforzará. Incluso ¡se mantienen los casi 40.000 millones de euros anuales que el Estado paga a las empresas en concepto de compensión!

Estos nuevos regalos efectuados a las empresas los pagarán los contribuyentes, incluidos los más pobres, según el programa de François Fillon. Para compensar los 40.000 millones de beneficios adicionales, ha previsto subir el IVA en los dos tipos más altos (10% y 20%). En su libro, hablaba de un alza del 3,5%. Parece que ha replanteado la subida a la baja y ahora no habla de más del 2,5%. Un punto de IVA representa ingresos estimados de unos 6.500 millones de euros. “Es un Robin Hood a la inversa: le quita dinero a los pobres para dárselo a los ricos”, ha llegado a indignarse el muy liberal Alain Madelin.

De hecho, se anuncia una nueva temporada de “todo para los ricos”. Mientras que todos los países, incluida la Comisión Europea, están dando marcha atrás en las políticas de austeridad tras haber constatado los daños políticos económicos y sociales derivados de ellas, François Fillon, sin decirlo, parece dirigirse en la práctica a poner en marcha políticas de devaluación interna, implantadas ya en otras partes de Europa.

Más allá de la supresión de la duración máxima de la jornada laboral, de la subida del IVA, apuesta por la derogación de los mecanismos de revaloración automática del SMI y por acabar con la revalorización de los sueldos. El pago de las horas extras puede desaparecer, al ponerse punto y final a la duración legal del trabajo. Según su programa, también pasaría a ser historia la promoción automática en la función pública.

Sólo es un aspecto del ahorro previsto en la partida correspondiente al gasto público. François Fillon ha hecho de la supresión de medio millón de empleados en la función pública una de las medidas estrella de su campaña. En un primer momento, incluso cifró en 600.000, el número de funcionarios que desaparecerían. Hasta el punto de que sus rivales, en la derecha, tildaron de irreales esas cifras. De lo contrario, estaríamos hablando de tasas de reposición igual a cero en el caso de miles de enfermeras, de profesores, de funcionarios territoriales, magistrados, de secretarios, guardianes de prisión, policías, que se jubilan. Incluso si la jornada de trabajo pasa a ser de 39 horas para todo los empleados públicos, no se podrían cubrir las vacantes. A la vista de las graves disfunciones creadas por la Revisión General de Políticas Públicas, llevada a cabo por el Gobierno Fillon, nos encontramos ante el riesgo de que sectores enteros del aparato administrativo del Estado y de la salud se queden en cuadro.

En nombre del rigor, y de la “lucha contra el asistencialismo”, el ex primer ministro de Sarkozy apuesta por la instauración de una renta social única, primer paso hacia la renta única universal que defiende el economista Milton Friedman. Esta renta única abarcaría todos los mecanismos de ayuda existentes (prima al empleo, renta de solidaridad, renta para familias monoparentales, renta para adultos discapacitados, mínimo de vejez, mínimo de invalidez, ayuda al alojamiento) y se pagaría sobre una base individual. Fillon destaca las economías de gestión gracias a una simplificación del procedimiento. También ve en ello una importante fuente de ahorro. En resumen, todo podría volver al nivel de la Renta de Solidaridad Activa (RSA): 535,17 euros al mes. Porque es impensable que “las personas que perciben ayudas cobren más que aquellos que trabajan”.

Aunque se envuelve en la seriedad y el rigor, Fillon reconoce que todas estas medidas de austeridad corren el riesgo de ser insuficientes para compensar los beneficios, las desgravaciones y las devoluciones a las empresas y al capital. El primer ministro, que afirmó en 2007, cuando llegó a Matignon, que “Francia estaba e quiebra”, que aumentó en 600.000 millones la deuda durante su mandato, se dispone a aumentar la deuda si accede al Elíseo. “En tres años, aumentará la deuda vinculada a las medidas fiscales”, reconoce. “Después comenzará a bajar”, anuncia. Si es que todo sucede como tiene previsto.

Porque la combinación del aumento impositivo, la rebaja de  salarios y de las ayudas, la bajada del gasto público, la disminución de los servicios públicos... corre el riesgo de producir los mismos efectos económicos que en otras partes de Europa. El choque psicológico tiene todas las posibilidades de pasar a ser un choque recesivo y de paro, sobre todo si el Banco Central Europeo abandona su política monetaria de flexibilidad, que es el único apoyo a la economía europea. En un país minado ya por la crisis y el paro masivo, el cóctel puede ser explosivo.

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Traducción: Mariola Moreno

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