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La interminable agonía del bastión sirio de Guta

Niña herida en un ataque químico perpetrado en la localidad siria de Jan Sheijuno (Idlib), el otro gran bastión sirio.

Hasta tal punto sufren los bombardeos aéreos que numerosos civiles de la región de Guta oriental, la llanura situada junto a Damasco, pueden reconocer a quién pertenece el aparato que, con brutalidad, sembrará la muerte y el caos. “La experiencia nos permite decir, con casi total fiabilidad, si el piloto es ruso o sirio. Si es ruso, el ataque será preciso; si es sirio, el piloto bombardeará de forma indiscriminada”, cuenta por teléfono la doctora Amany Balour, pediatra de Guta.

A pesar de que esta región debería beneficiarse, desde hace ocho meses, del acuerdo de desescalada de la violencia –acuerdo alcanzado por Rusia, Irán y Turquía–, en realidad nada ha cambiado en una población atrapada en un cerco total. Tanto es así que el dispensario en el que trabaja la doctora Amany ha sufrido seis ataques aéreos en un año.

Cinco años y medio después de levantarse en contra de Bashar al Assad, la región de Guta oriental es una de las dos últimas grandes zonas sirias que no ha sido reconquistada por las fuerzas del régimen. Se trata de una región estratégica, situada al este de Damasco: ha servido de base de operaciones de los rebeldes cuando atacaban y lanzaban ataques de mortero sobre la capital siria, capacidad que prácticamente han perdido desde entonces. Las fuerzas lealistas tampoco han escatimado esfuerzos para recuperarla.

El 21 de agosto de 2013, dichas fuerzas recurrieron al gas sarín, en un ataque que causó más de un millar de víctimas, en su mayoría mujeres y niños. Desde entonces no ha habido nuevos ataques químicos, pero los bombardeos no han cesado: “Son diarios. No sólo se producen ataques aéreos, también atacan con artillería y misiles. La diferencia es la frecuencia; hay días en que baja la intensidad y otros días, aumenta”, precisa la pediatra.

El último balance de las organizaciones humanitarias, correspondiente al periodo que abarca del 14 de noviembre al 2 de diciembre, habla de la muerte de 268 personas y de 1.118 heridos. “Casi todos eran civiles. El último [bombardeo] que he podido presenciar mató a una madre y a sus cuatro hijos”, añade. Sólo en la jornada del 28 de noviembre, al menos 23 civiles fueron víctima de los ataques aéreos y de los disparos de artillería efectuados por las fuerzas del régimen, según el Observatorio Sirio de Derechos Humanos.

La región de Guta oriental, zona de huertos, de localidades agrícolas y de aldeas, en el área de Damasco, no solo es bombardeada. Es evidente que el régimen quiere someter a privaciones a la población: sus habitantes no pueden recibir alimentos ni medicamentos. “Al comienzo del asedio, conseguimos obtenerlos gracias a túneles secretos, pero eso se acabó. Todos los que existían, ahora están bajo control de las fuerzas del régimen. Todas las vías de acceso también”, precisa la doctora Amany. Tampoco es posible evacuar a heridos y enfermos. No sucede lo mismo en la región de Idlib, el otro gran feudo insumiso, limítrofe a la Turquía, lo que hace posible que sus habitantes reciban ayuda.

En la región de Guta oriental, un pequeño territorio de 30 kilómetros cuadrados, todavía sobreviven 370.000 personas. “¡Sobre todo las familias más pobres! Los ricos y todos los que tenían familia en el exterior han podido irse, o han dejado Siria o se han marchado al interior del país. Quedan los que no tenían nada”, explica desde el hospital francés de Clermont-de-l’Oise, donde trabaja el doctor Ziad Alissa, un veterano de las misiones humanitarias en Siria, a menudo clandestinas, y presidente de la Unión de Organizaciones de Asistencia y Cuidados Médicos (UOSSM, por sus siglas en francés), una ONG que proporciona atención médica a la población, sobre todo a niños –en Guta hay 95.000 atrapados–.

"Ni electricidad, ni gas, ni agua potable"

Durante el invierno, la situación humanitaria en la zona asediada se ha convertido en todavía más dramática. “Ahora ya no hay electricidad ni gas ni agua potable”, dice la doctora Amany Balour. Prácticamente no se encuentra combustible para los generadores, señal de que el bloqueo es total. Y, si lo hay, se vende a precios extremos. “A 11 dólares [nueve euros] el litro, una cantidad considerable ya que la renta media de una familia en Guta es de 250 dólares”, apunta el doctor Alissa. Los asediados también buscan leña, en detrimento de los huertos, riqueza de estas tierras que nutrían hasta hace poco los mercados de Damasco.

No es de extrañar que encontrar alimentos se haya convertido en la principal preocupación de la población civil. El precio del “paquete” de pan alcanza los seis dólares –en Damasco cuesta 50 céntimos– y el de azúcar vale 30 dólares. De ahí que se agrave la malnutrición en la población, sobre todo entre los niños. Según un estudio de Unicef, realizado entre julio y septiembre entre 12.270 niños, 1.715 sufría malnutrición crónica; en 329 casos la situación era grave. Desde entonces han muerto varios bebés. Como los 20 hospitales y los dispensarios, los depósitos de alimentos sufren ataques aéreos, especialmente las pocas veces que habían sido aprovisionados por los camiones de Naciones Unidas.

Oficialmente, Guta es una de las cuatro regiones sirias que se benefician de los acuerdos de desescalada de la violencia firmados el 4 de mayo tras una cuarta ronda de conversaciones en Astana (Kazajastán) que reunió –además de las partes sirias, a Rusia e Irán (del lado de Bashar al Assad) y a Turquía, representante de los rebeldes– con el fin de alcanzar una tregua duradera. Convoyes de ayuda humanitaria lograron llegar entonces a Guta, “pero cuando se trata de Guta no se ha respetado ningún acuerdo. Nunca se ha conseguido una tregua, ni siquiera de 48 horas, para permitir la evacuación de los heridos o de los enfermos”, lamenta el doctor Alissa.

531 civiles gravemente enfermos –167 de ellos niños– llevaban dos meses esperando, el pasado 26 de diciembre, para salir de Guta, con ayuda de Cruz Roja o Naciones Unidas. Si se arriesgan a ser evacuados, pese al miedo a ser detenidos por soldados o milicianos en un control, es porque su estado es de los más graves (durante estos dos meses, una quincena de enfermos no logró superar la espera). “Ni uno solo de estos 167 niños ha podido salir de la región en los dos últimos meses. Ni uno. Y nueve de ellos han muerto”, ha denunciado Jan Egeland, asesor especial del enviado especial de Naciones Unidas. Entre ellos destaca el caso de la pequeña Rama, de 4 años: aquejada de cáncer de laringe, no recibió el permiso pertinente para salir de Guta y, durante ocho meses, aguardó con gran sufrimiento y dificultad a la hora de alimentarse, poder proseguir con la quimioterapia en Damasco. En vano. “No se advierten diferencias significativas desde la firma de los acuerdos de Astana. El 20 de octubre, un convoy de Naciones Unidas pudo entrar pero los medicamentos y los alimentos que entregó eran insignificantes, habida cuenta de nuestras necesidades, por lo que se agotaron en una semana”.

Según el Comité Internacional de la Cruz Roja, las evacuaciones médicas dieron comienzo el pasado 27 de diciembre. La Sociedad médica americano-siria (SAMS, por sus siglas en inglés) aseguraba que cuatro pacientes fueron entonces derivados a hospitales de Damasco, de la treintena que aguardaba una evacuación vital. Mohammed Katoub, uno de los dirigentes de la SAMS, precisaba en Twitter que estas primeras evacuaciones eran fruto del acuerdo alcanzado entre el Gobierno sirio y los rebeldes del grupo Jaish Al –Islam (Ejército del islam), a cambio de un virtual intercambio de prisioneros. Por su parte, la Media Luna siria indicó que las evacuaciones eran el culmen de “largas negociaciones”.

Del lado de los combatientes rebeldes, la trágica situación humanitaria no impide que prosigan los enfrentamientos entre grupos armados rivales, fundamentalmente cuatro. Habían concluido en abril de 2017, enfrentando sobre todo a Jaish Al-Islam, una organización salafista apoyada por Arabia Saudí, a Faylaq Al-Rahmane, formación vinculada al Ejército Sirio Libre (ASL) y al Frente Al Nusra, la rama siria de Al Qaida –rebautizada para convertirse en el frente Fatah Al-Cham y, más tarde, Hayat Tahrir Al-Cham. Pese a que el nivel de violencia parece ser mucho menor, estos choques fratricidas no han desaparecido por completo. “Uno de los médicos con los que estoy en contacto me ha dicho que últimamente había atendido a combatientes heridos en los enfrentamientos. No creo que tengan su origen en razones ideológicas, sino personales”, opina el doctor Alissa, que prefiere no abundar en la cuestión. A Jaish Al-Islam se le atribuye la desaparición, en diciembre de 2013, de la abogada Razan Zaitouneh, gran figura de la disidencia y de la revolución siria, de la que no se tienen noticias desde entonces.

Lo que horroriza también a los habitantes es la suerte que el régimen les depare una vez recupere la región de Guta oriental. Sin duda, el Ejército sirio y sus aliados, ahora menos comprometidos en los otros frentes, tienen los medios para reconquistarla. De ahí la impresión, entre los médicos, de que el Gobierno sirio pretende infligir a la región un castigo colectivo sometiéndola a privaciones y a bombardeos, haciendo aumentar también el miedo entre los civiles. “Porque cuando el Ejército sirio entre en Guta, cabe esperar que una gran parte de la población sea asesinada. Será una gran masacre a escala mundial”, prevé la pediatra Amany. ______________

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Traducción: Mariola Moreno

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