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La izquierda europea, entre el asombro y la fascinación por el movimiento de los 'chalecos amarillos'

Protesta de los 'chalecos amarillos' en París, en una imagen de archivo.

Más de dos meses después del nacimiento del movimiento de los chalecos amarillos, ¿cómo ven las izquierdas europeas la movilización francesa? En los países más afectados por la crisis económica y la austeridad, donde han surgido nuevas formaciones en los últimos años, el movimiento francés suscita dudas.

En Grecia, donde está profundamente arraigado en la población el sentimiento de haber sido el conejillo de indias de las políticas europeas de austeridad y de haber inaugurado movimientos de resistencia, los acontecimientos franceses se han recibido con empatía. En Nochebuena, Dimitris Alexakis escribía en el Club Mediapart (en francés): “Mucha gente escruta el movimiento de los chalecos amarillos y ven en él retazos de una historia familiar; una historia rota, en pedazos, que sugiere que el mismo proceso, detenido aquí, ha arraigado en otro lugar. La mirada puesta en Francia también refleja la visión que muchos franceses tenían de los acontecimientos políticos griegos entre enero y julio de 2015, como si su destino dependiera de ello”.

Sin embargo, para este poeta franco-griego, que cuenta con un espacio de creación artística en Atenas, el movimiento de los chalecos amarillos no es exactamente la continuación del movimiento griego “detenido abruptamente una noche de julio de 2015”, cuando el primer ministro Alexis Tsipras aceptó seguir adelante con las políticas de austeridad impuestas por el Eurogrupo. La movilización francesa está precisamente en línea con la secuencia abierta por el fracaso de sus inicios griegos: “Bajo la apariencia de un reflejo distorsionado, el movimiento de los chalecos amarillos nos recuerda esta historia, rota, y la fractura que la rodea”, escribe.

Aunque ahora en Grecia impere la desilusión, el movimiento de los chalecos amarillos resulta muy inspirador, en palabras de la abogada y expresidenta del Parlamento Zoé Konstantopoulou. “Es un movimiento de desobediencia civil que emana de las bases, del pueblo”, explica a Mediapart (socio editorial de infoLibre) la exdiputada de Syriza, que dejó el partido Tsipras en el verano de 2015. Ve en ello una dimensión europea: “Los chalecos amarillos se manifiestan en contra del sistema de dictadura política-económica impuesto por la Unión Europea y su sistema bancario. Espero que esto anime a los griegos a movilizarse de nuevo pronto, mientras siguen traumatizados por la traición de 2015”.

Zoé Konstantopoulou, al frente en estos momentos de un nuevo partido de izquierda, Trayecto de libertad, que aspira a presentarse a las próximas elecciones parlamentarias, apunta también que el Gobierno francés está reaccionando de la misma manera que el Ejecutivo griego en la época de las movilizaciones más importantes contra las medidas de austeridad de 2011 y 2012: “En ambas partes, observo una demonización por parte de las autoridades, un intento sistémico de desacreditar al movimiento, acusándolo de violencia o de acción antidemocrática. Y en ambas partes, la violencia y la represión por parte del propio Estado, así como la denegación de Justicia a las víctimas, son intolerables”.

La izquierda griega mira con empatía a los chalecos amarillos. Pero también con distancia y, a veces, miedo. Yannis Androulakis, periodista de Radio Kokkino (radio roja, cuyo accionista mayoritario es Syriza, partido de Alexis Tsipras), se muestra relativamente crítico. “No quiero tirar piedras contra mi propio tejado, no quiero decir que sea un movimiento de extrema derecha, pero es la primera vez que veo, en un movimiento social tan importante, reivindicaciones y acciones propias de la cultura de extrema derecha”, confiesa a Mediapart. Yannis Androulakis pone como ejemplo las llamadas a la expulsión de inmigrantes, que se han dejado oír en algunas manifestaciones, o la forma en que los manifestantes se dirigen, en su opinión, a la autoridad de la Policía o del Ejército.

Para el periodista griego, los chalecos amarillos son ante todo un movimiento difícil de clasificar. Su demanda inicial, a saber, la lucha contra la subida impositiva en los carburantes, la convierte en una movilización de las clases medias. “No es el vocabulario de sindicatos y proletarios”, enfatiza. Por otro lado, lo característico del movimiento es la distancia que pone de manifiesto “entre el pueblo y el poder político”.

La movilización también confirma una tendencia del sistema político francés, en marcha desde hace más de una década y que no beneficia en absoluto a las fuerzas tradicionales de izquierda ni a los sindicatos. “Este sistema produce estrellas que se presentan como soluciones a impasses políticos pero que se desinflan muy rápidamente. Sucedió así con Sarkozy, luego con Hollande. Ahora está pasando con Macron. La izquierda debe preguntarse qué hacer con esta nueva forma de protesta. La CGT trata de participar lo mejor que puede, pero está claro que no son los sindicatos los que llevan la voz cantante...”.

Yannis Androulakis no es el único en Atenas que se hace preguntas. Las izquierdistas griegas se han dividido de forma significativa frente los chalecos amarillos franceses. Syriza, la antigua fuerza de izquierda radical, ahora partido en el Gobierno y cercano a Macron en Europa, no ha hecho ningún comentario con relación a la actualidad francesa.

El Partido Comunista, el muy ortodoxo KKE, ve en los chalecos amarillos un movimiento reaccionario. Por su parte, las izquierdas extraparlamentarias se han expresado de forma bastante positiva en relación a la movilización francesa, aunque sin entrar en demasiados detalles. En especial el Partido Unidad Popular, que surgió de la división de Syriza en el verano de 2015, se ha pronunciado con mayor franqueza a favor del movimiento francés; su líder, Panayotis Lafazanis, llegó incluso a participar en una manifestación en París. Los colectivos libertarios, por su parte, se mantuvieron bastante escépticos respecto al movimiento, aunque sin condenarlo. Y organizaron manifestaciones contra la represión policial frente a la embajada de Francia en Atenas.

El movimiento de los chalecos amarillos podría haber suscitado más solidaridad en un país que ha experimentado una recesión económica sin precedentes en el continente europeo. Pero desde julio de 2015, la realidad del movimiento social en Grecia es que se encuentra diezmado. Frente a este nivel de desmovilización y abatimiento, los chalecos amarillos no han inspirado mucho en los círculos políticos.

Italia: apoyo de Potere al Popolo

Las reacciones son diferentes en Italia, donde la proximidad geográfica y un contexto político diferente parecen hoy más favorables a mantener conversaciones con los chalecos amarillos. A mediados de enero, dos activistas franceses del movimiento, Véronique Rouille e Yvan Yonnet, fueron invitados a un debate en Roma por una formación soberanista de extrema izquierda, “Izquierda patriótica”. En un mensaje de vídeo, un miembro de ese partido había expresado días antes su solidaridad con los chalecos amarillos, con la esperanza de que este movimiento, que lleva “la voz de la rebelión contra la tiranía”, continuara.

Figuras de la izquierda intelectual también han cuestionado la pertinencia de establecer un paralelismo entre los chalecos amarillos y el Movimiento Cinco Estrellaschalecos amarillos, cuyo aparición, hace diez años, puede recordar a las protestas francesas en ciertos aspectos. Entre ellos, el filósofo Antonio Negri, afincado en París, interpreta en los manifestantes franceses “un punto de vista izquierdista” en su reflexión crítica sobre la economía. Es probable, escribe en la página web (en italiano), Euronomade “que esta primera acumulación de polaridad de izquierdas lleve a la aceleración de un proceso de formación política de los chalecos amarillos. Es decir, algo parecido al movimiento italiano de los Cinco Estrellas. La situación es confusa, pero está claro que si se diera un empujón a la izquierda, el Gobierno abriría las puertas a la organización de un polo populista que propondría una salida soberana a la crisis actual”.

Pero la izquierda de la izquierda italiana no desea que los chalecos amarillos sigan la trayectoria de los Cinco Estrellas. Así se desprende de una entrevista con Giacomo Marchetti, candidato por Génova en las últimas elecciones parlamentarias en las listas de Potere al Popolo (poder para el pueblo).

Para este joven que da cuenta regularmente de los acontecimientos franceses en la página web del diario comunista Contropiano, el movimiento de los chalecos amarillos revela fracturas sociales que se han agravado con el paso del tiempo y que se remontan al referéndum de 2005 sobre el Tratado Constitucional Europeo y a las manifestaciones de 2006 contra el CPE (“contrato de primer empleo”). También considera que Francia es una sociedad todavía más precaria que Italia, donde las mujeres se ven especialmente afectadas por el desempleo y el subempleo. No es de extrañar, por lo tanto, que surja un movimiento así de protesta o que adopte una forma violenta “cuando la gente ya no tiene otra forma de hacerse oír”.

En su opinión, la base social de los chalecos amarillos es muy parecida a la de Italia, lo que llevó a los éxitos electorales del Movimiento Cinco Estrellas y de la Liga (extrema derecha). Lo que se manifiesta es “la misma rabia social”, dice el genovés, con propuestas del M5S similares a las de los chalecos amarillos: organización de un referéndum de iniciativa popular, exigir reformas constitucionales, reclamación de una fiscalidad más justa. Pero la comparación termina ahí. “A diferencia de los chalecos amarillos, los Cinco Estrellas nunca se han organizado para luchar”, explica Giacomo Marchetti a Mediapart. “Explotaron las luchas existentes, como la oposición a la línea ferroviaria Lyon-Turín o al gasoducto de Apulia y ahora intentan explotar a los chalecos amarillos franceses. ¡Pero éstos no quieren!”.

El italiano se refiere a la respuesta de Eric Drouet a la propuesta del líder del M5S Luigi Di Maio a principios de enero de apoyar al movimiento francés. “Señor Di Maio, los chalecos amarillos pusimos en marcha un movimiento apolítico desde el principio, ¡no sería lo que es hoy sin ello! Rechazaremos cualquier ayuda política, no importa de dónde provenga!”, escribía este líder de los chalecos amarillos en su página de Facebook.

Desde que está en el Gobierno, el M5S también ha dado marcha atrás en prácticamente todas las reivindicaciones que hicieron de ella una formación iconoclasta en el panorama político italiano. Y la votación de los presupuestos a finales de diciembre puso fin a su arraigo popular. “Se trata de unos presupuestos que responden a las demandas de Bruselas”, denuncia Giacomo. “No contienen ninguna mejora social para pensionistas ni para desempleados”. El movimiento Cinco Estrellas, que gobierna mano a mano con la extrema derecha, también ha echado en el olvido sus promesas medioambientales.

Por otro lado, Potere al Popolo ha venido demostrando, desde diciembre, un fuerte apoyo a los chalecos amarillos . El partido, al que Jean-Luc Mélenchon se acercó el año pasado durante las elecciones legislativas italianas, difundió varios comunicados, entre ellos uno que explicaba en italiano las demandas de los manifestantes franceses y otro al día siguiente tras la detención policial de Éric Drouet para exigir su liberación y la amnistía de los manifestantes detenidos.

Junto con otras organizaciones, como el sindicato USB (presente en el sector ferroviario y en el sector de la logística como Amazon), militantes de Potere al Popolo se manifestaron en Roma el 15 de diciembre contra los presupuestos y contra el decreto contra los migrantes promulgado por el Gobierno. Varios manifestantes vestían chalecos amarillos. “Para nosotros es un símbolo con el que construir un frente de resistencia en Italia. Queremos ser los chalecos amarillos italianoschalecos amarillos”, explica Giacomo Marchetti. Pero más allá de estos círculos de la izquierda radical, el resto de partidos italianos apenas se han referido a la movilización francesa.

Visión desde España

En España, algunos de los independentistas catalanes más decididos recurrieron a los chalecos amarillos, convirtiéndolos en el símbolo de la contestación al orden constitucional establecido. Cientos de miembros de los Comités de Defensa de la República (CDR), próximas a la CUP anticapitalista, vistieron chalecos amarillos durante el bloqueo de las carreteras catalanas el 21 de diciembre. Pidieron la liberación de los “presos políticos” catalanes, cuyo juicio daba comienzo este 5 de febrero en Madrid.

En la capital española, el movimiento social francés interesaba a toda la izquierda, empezando por Podemos. “Existe cierta forma de fascinación, pero también dificultad a la hora de entender la originalidad de lo que está sucediendo”, resume François Ralle Andreoli, próximo a la izquierda española de Madrid. A finales de diciembre, Pablo Iglesias, le dedicaba un número especial de su programa de debate, Fort Apache (bajo estas líneas).

Como cabía imaginar, los invitados se mostraron muy benevolentes con el movimiento francés. Los chalecos ya han logrado una hazaña, en su opinión, tras el fracaso de las huelgas del sector ferroviario: poner en aprietos a Emmanuel Macron, al que a menudo se presenta en España como uno de los hombres más fuertes de Europa. Dina Bousselham, de la ejecutiva de Podemos y muy cercana a Iglesias, interpreta el movimiento como una “insurrección [...] que presenta elementos comunes con las formas de acción del 15M”, el movimiento de los indignados que surgió en 2011.

Para Manolo Monereo, figura destacada de las izquierdas españolas críticas, “asistimos a crisis de representatividad y de legitimidad de la Quinta República que podrían desencadenar una crisis del régimen”. En su opinión, todo lo que daba estabilidad al régimen francés está en crisis, desde el gaullismo hasta el PC, desde la iglesia católica hasta los sindicatos.

En el plató, Iglesias es sin duda uno de los más cautelosos, consciente de las dificultades a las que se enfrenta el movimiento a la hora de construir una salida política institucional: “Las categorías de derecha o izquierda no permiten entender el movimiento. Ni los sindicatos ni la clase política. ¿Qué piensa el cerebro político de los chalecos amarillos?”, se pregunta.

Más allá de estas palabras, el excorresponsal de La Vanguardia en París Rafael Poch firmaba uno de los textos sobre los chalecos amarillos que más han circulado entre la izquierda española. En este análisis, publicado en Contexto, de la “crisis del régimen” francés, Poch habla del movimiento como de una “chispa” y cuestiona los posibles vínculos que hay que construir con los residentes en las banlieues (suburbios) para ampliar la protesta. En este punto, esta hipótesis está lejos concretarse.

En cuanto a Íñigo Errejón, el enfant terrible de Podemos, cuya salida está provocando la implosión del partido, lo que retuvo del movimiento es el empleo de símbolos nacionales, empezando por la bandera francesa. Y Errejón, inmerso como está en la campaña electoral de Madrid, del próximo mes de mayo, fiel a su estrategia populista “ni de izquierdas ni de derechas”, precisa: “Es irresponsable dejar a los reaccionarios las banderas y otros símbolos de pertenencia común [....]. En otros países, los manifestantes van bandera en mano para defender la igualdad de derechos. Desde este punto de vista, [los chalecos amarillos] me dan envidia, eso es lo que quiero hacer”.

Traducción: Mariola Moreno

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