Crisis migratoria

Las mafias de la frontera de Grecia y Macedonia recurren a la violencia para saquear a los refugiados

Las mafias de la frontera de Grecia y Macedonia recurren a la violencia para saquear a los refugiados que tratan de alcanzar Europa

Vassilis Tsartsanis (Esfyn) | Mediapart

Víctimas infantiles, niños sirios, afganos, “hijos de un Dios menor", golpeados por segunda vez, en esta ocasión ante nuestros ojos, en pleno corazón de Europa. Una marea de almas miserables, la odisea de los refugiados. El gran éxodo hacía Europa; hacia una Europa cuya castigo consiste en entregar sin dar tregua a estas almas indefensas a la humillación, a la brutalidad, al robo, al secuestro, a las garras de la mafia. En los últimos diez meses, el dinero que ha ido a parar a manos de la mafia, fruto del tráfico de inmigrantes y solo en el paso fronterizo de Idomeni, puede ascender a 500.000 euros al día.

Hasta el 8 de julio (véase la caja negra, al final de este reportaje), el Estado griego prohibía que los migrantes sin papeles se desplazaran en medios de transporte públicos. De este modo se obligaba a varios cientos de refugiados a iniciar una larga marcha en condiciones infrahumanas. Estas imágenes de la vergüenza, prácticamente diarias, nos recuerdan a tiempos pasados, a las de la muerte que vivimos, tanto nosotros, los griegos, durante los desplazamientos forzosos, como los alemanes, al término de la guerra, cuando se vieron obligados a dejar sus hogares en Transilvania y en Polonia como refugiados.

Gente desmayada por todas partes

Los refugiados caminan 75 km hasta llegar a Idomeni, desde Tesalónica. Los músculos sufren daños por la larga caminata, corren el riesgo de sufrir rabdomiólisis; es su propia vida la que está en juego, ya que puede derivar en un paro cardiaco y en insuficiencia renal. ¡Es horrible! Sobre todo durante los meses de verano. A diario atendemos a personas en estado de inconsciencia por la deshidratación, halladas en las cunetas de las carreteras regionales y en las lindes, en el campo.

Las mafias cada vez están más presentes en nuestra región. Gracias a la inoperancia europea, gozan de total impunidad. Cada vez que las autoridades dan su visto bueno a una nueva prohibición, inevitablemente echan a los refugiados en brazos de los traficantes de personas. Si los sirios no pagan a los traficantes para cruzar la frontera, las bandas criminales les extorsionarán por todos los medios: recurren a la violencia extrema, pero también al secuestro masivo de refugiados.

Los refugiados, tanto los que han cruzado la frontera como los que pasan a diario por Idomeni, con el objetivo de llegar a Europa, se encuentran en serio peligro. La violencia de los ataques que se repiten a diario en la frontera obliga a los refugiados sirios a ocuparse de su propia autodefensa. De esta maneras, los grupos de refugiados terminan por convertirse en pequeños ejércitos a menudo suman los 300 integrantes. El objetivo es proteger a sus familias y a a ellos mismos de las bandas organizadas que hacen estragos en suelo macedonia. Se arman de palos y de piedras, pero también de valor… Hace mucho tiempo que los refugiados relatan en las redes sociales las agresiones que padecen a diario. Yo mismo he sido testigo ocular de una agresión.

Abourahmad es un joven de 23 años que quedó paralítico tras ser alcanzado por una bala perdida. Eran alrededor de las 12 del mediodía cuando un grupo de refugiados sirios llegaba a Polykastro, mi pueblo, pidiendo asilo, completamente deshidratados y extenuados tras una larga marcha de 75 km desde Tesalónica. Sus amigos le llevaban en brazos por mitad del campo. Iban en un grupo compuesto de 34 personas.

A las tres de la mañana me llamaron a voces. Pedían a gritos ayuda médica urgente, así como protección contra un ataque de la mafia. Avisé de inmediato a la Policía griega para que se personase en la frontera con Macedonia. Nos dirigimos allí, con periodistas. Llegamos a la frontera a las 4 de la mañana y nos adentramos en el bosque con linternas. Me invadió el miedo y una enorme tristeza para con el género humano ante semejante espectáculo. Las personas a las que habíamos ayudado horas antes salían del bosque, ensangrentados, gravemente heridos, apoyándose en sus compañeros para poder andar, aterradas.

Los agresores no habían tenido compasión alguna, tampoco con una persona discapacitada como Abourahmad. Trasladamos urgentemente a 11 personas al centro de salud de Polykastro y a cuatro heridos graves, incluido Abourahmad, al hospital general de Kilkis. A punto estuvo de perder los riñones. Cuando todo el mundo se había repuesto del shock, nos contaron lo que había sucedido: “Después de caminar durante varios kilómetros en Macedonia, la Policía nos detuvo iluminándonos con los faros de sus vehículos. Estaban a unos 10-15 metros de distancia. Nos quedamos paralizados. Sin que nos diésemos cuenta, entre 100 y 150 personas nos atacaron por la espalda. Nos golpearon y despojaron de todas nuestras pertenencias delante de la Policía macedonia. Suplicamos, nos defendimos; las autoridades no movieron un dedo”.

Según los testimonios de los refugiados afganos, patrullas de oficiales alemanes y macedonios operaban de forma regular en el mes de marzo en esta zona neutra del lado de Macedonia. ¿Cómo es posible que los oficiales alemanes nunca hubieran visto uno de estos casos de violencia?

La ruta con destino Europa acaba con la esperanza de los refugiados, ante la indiferencia general de distintos países por el respecto de sus derechos fundamentales. Hace diez meses que, cada día, son víctimas de una violencia inaudita. Su paso por la frontera entre Grecia y Macedonia, hasta Hungría, está marcada por la sangre.

El tren de la vergüenza

Los refugiados pagan 3.000 euros por persona a los traficantes para cruzar la frontera greco-macedonia hasta Austria. Una vez en Macedonia, permanecen aparcados durante varias horas en una habitación abandonada; más tarde son conducidos a la estación de Gevgelija, primera estación de paso en Macedonia, donde unas 500 personas se hacinan en vagones comerciales, en manos de ciudadanos afganos. Estos trabajan para los traficantes y, armados con cuchillos, golpean a cualquiera que trate de utilizar su móvil o de encender la linterna que suelen llevar en el bolsillo. Han permanecido de pie y encerrados durante ocho o diez horas. A menudo, la puerta del vagón se abre –¡es la Policía macedonia!–, pero vuelve a cerrarse de inmediato.

El tren echa a andar y circula durante diez minutos. Los refugiados creían que la vía estaba libre y que podrían proseguir el viaje, pero el tren vuelve a detenerse. ¿Una simple parada? No. Después de varias horas, se dan cuenta de que el tren se ha detenido definitivamente. Llaman al traficante. Les dice que está en contacto con la Policía y que ella les dejará pasar. Y después, silencio total, el móvil no vuelve a dar señal.

Los refugiados permanecieron en el vagón durante varias horas. Entre ellos, había embarazadas y niños. Debido a la falta de oxígeno, algunos se desmayan y otros presentan problemas respiratorios. Comienzan a golpear en la puerta del vagón pidiendo auxilio. Contactan con la Policía de Macedonia, que finge no entender nada y les cuelga el teléfono en las narices. Llaman al 112 (Protección Civil griega) para pedir ayuda a la Policía griega y les dan sus coordenadas GPS. La Policía griega acude en su auxilio, evacúa el vagón y los conduce a comisaría. Solo 94 entran en Grecia. ¿Dónde están los demás? ¿Siguen vivos?

Un cepo para migrantes

La violencia, el terror, las palizas y los robos sistemáticos que padecen los refugiados cuando cruzan las fronteras de Macedonia son el nuevo cepo para migrantes.

Una nueva pena les aguarda bajo el sol griego. Con el Gobierno de Syriza, conforme a las “directivas” estrictas de la UE, el Ministerio de Protección del Ciudadanos hizo suya una actitud inhumana. Los migrantes en situación irregular tienen terminantemente prohibido el acceso a autobuses, taxis y otros medios de transporte públicos. De modo que se ven obligados a caminar 75 km bajo un sol de justicia, con el termómetro marcando temperaturas muy elevadas. Embarazadas, bebés, niños, personas de edad avanzada y menos avanzada se desmayan en la cuneta de carreteras y en los campos mientras suplican un poco de agua.

Me avergüenzan estas imágenes, pero lo que me avergüenza todavía más es la indiferencia, la insensibilidad de que hace gala un Gobierno de izquierdas. Aquellos ciudadanos que se atreven a desafiar la prohibición legislativa terminarán ante un tribunal acusados de haber cometido un delito y corren el riesgo de que se les abra un proceso penal. Poco importa si han tratado de ayudar a una mujer embarazada o a una persona discapacitada. Así sucedió con un ciudadano que subió a su coche a un refugiado sirio discapacitado que hacía autostop.

Desde el verano de 2014 y sobre todo desde el pasado mes de septiembre, Idomeni, en la frontera de Grecia y Macedonia, es el teatro de este drama mundial llamado inmigración. Idomeni es la última localidad de Grecia, a 75 km al norte de Tesalónica.

Los refugiados le entregan sus últimos ahorros a los traficantes pero, muy a menudo, son víctimas de las múltiples bandas que acechan los pasos fronterizos. Tras sufrir todo tipo de humillaciones, se reúnen a orillas del río Axios, escondidos entre las cañas, al lado de campos o en los bosques fronterizados, esperando que llegue el gran día de la huida.

Entre 300 y 500 personas, entre ellas 25 niños, recién nacidos, mujeres embarazadas, se ven expuestas a todo tipo de peligros y desventuras, víctimas de la rigidez de la política internacional en materia de inmigración y de la actitud fruto de la inercia de Turquía, Grecia, Macedonia, Serbia y Hungria en materia de respecto de los derechos humanos.

Hay que aprender de la situación que se vive en Idomeni. Se debe permanecer atentos para localizar el próximo paso fronterizo, el próximo “agujero” que la mafia va a tratar de explotar. Solo recurriendo a la prevención y compartiendo la información disponible se puede acabar con este cepo. Porque Europa tiene la memoria corta y selectiva. Esta Europa, muy dispuesta a hablar y a promover la protección y los derechos de los animales –acertadamente, desde luego–, observa sin reaccionar el suplicio que padecen miles de seres humanos.

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Paralelamente, el diario Efsyn también publicó la carta que sigue firmada por los oficiales de Policía griegos sancionados por prestar ayuda a los migrantes:

“Vassilis, he leído su artículo sobre el arresto del conductor. No se trata de un caso aislado. En nuestro pueblo, otro ciudadano fue arrestado por haber llevado en su coche a un refugiado discapacitado. Está al corriente, imagino, de lo que nosotros, los oficiales del cuerpo de guardias fronterizos, hemos sufrido cuando tratamos de reaccionar a la presión ejercida por nuestros superiores jerárquicos. Ha tenido ocasión de dar a conocer y de constatar que, para nosotros, los refugiados son seres humanos y no cifras. Personalmente, aunque lo he pagado caro, no lamento haber cogido en mis brazos a la mujer siria que no dejaba de llorar cuando fue sentada ante el juez; no lamento haber cogido de la mano al pakistaní que hallamos agonizante en la cuneta de la carretera cuando lo llevamos al hospital y a pesar de que padecía hepatitis; no lamento haber optado en múltiples ocasiones por la humanidad antes que por la “legalidad”.

Por el contrario, me avergüenzo de ser obligado a conducir ante el juez a madres de familia con sus bebés en brazos. Se lo ruego, tome el testigo, haga lo que pueda, porque yo dejo la comisaría de fronteras de Polykastro, pero los refugiados seguirán allí. Y cuando hable de “autoridades”, ponga cuidado en matizar, porque el poder es impersonal, pero sus agentes siguen teniendo un nombre y no carecen completamente de sensibilidad… gracias por todo, Vassilis… No vamos a bajar los brazos.

Aún hoy, en la ciudad de Evzones, he asistido a escenas trágicas. He visto refugiados expulsados, desesperados, correr en todos los sentidos al ver a los coches de policía sin que nadie, ni ellos ni siquiera los agentes, sepan por qué. He visto a un joven sirio de 13 años mirarme a los ojos y preguntarme, en un inglés perfecto, por qué había sido detenido y cuál sería la suerte de su familia y la suya misma. He visto una niña de 8 años acercarse a los policías y decirle que no quería pasar la noche en la calle, ante la comisaría, sino que quería dormir en una cama. Hablaba árabe, pero todo el mundo ha entendido lo que quería decir. Mis colegas no podían hacer nada más que sonreír y acariciarle el pelo".

Este reportaje fue publicado inicialmente en griego en el diario heleno Esfyn (Diario de los redactores) en el marco del proyecto Abramos Europa #Open Europe. Escrito en primera persona, sucede en la frontera entre Grecia y Macedonia. Le sigue la carta de un policía, aparecida el 23 de junio (en griego se puede leer aquí). Panos Angelopoulos ha traducido el artículo del griego al francés.

Nota sobre el delito de solidaridad: El pasado miércoles 8 de julio, el Parlamento griego aprobó la enmienda de la viceministra de Política de Migración Tassia Christodoulopoulou al proyecto de ley sobre la nacionalización. Esta enmienda acaba con la penalización de las acciones solidarias con los migrantes. La enmienda pone fin a las sanciones por transportar migrantes en medios de transporte públicos y privados en los siguientes casos: salvamente en el mar; transporte de personas que necesitan protección internacional; transporte de refugiados al interior del país para que las autoridades competentes puedan aplicar cualquier dispositivo legal previsto para una entrada irregular sobre el territorio. Las sanciones estaban dirigidas a luchar contra el tráfico de seres humanos, pero puso de manifiesto que el efecto punitivo que ha tenido sobre los refugiados –forzándolos a caminar durante decenas de kilómetros– y las repercusiones sobre los ciudadanos solidarios, contra quienes se emprendieron procesos judiciales por ayudar a personas en peligro.

Traducción del griego: Panos AngelopoulosTraducción del francés: Mariola Moreno

Leer el texto en francés: 

Gevgelija, el andén hacia la libertad

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