Una nueva oleada de bombardeos rusos pone a prueba a Kiev

Pierre Alonso (Mediapart)

Kiev (Ucrania) —

El miedo les ha salvado. En el pasillo de su piso, destrozado por la onda expansiva de las explosiones, Olga se considera afortunada. El lunes por la noche, su hijo de 16 años insistió en que se fueran a un refugio. “Hace dos meses, cayó un misil muy cerca de nosotros. Desde entonces, tiene miedo”, cuenta la madre, de unos cuarenta años, que se instaló en un aparcamiento subterráneo cercano antes de que comenzara el ataque.

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Luego hubo una lluvia de fuego. Decenas de misiles (73 en total, según la Fuerza Aérea ucraniana) y más de 650 drones. Horas de angustia entre las paredes de edificios que tiemblan como hojas, e impactos visibles por toda la ciudad.

Al amanecer se ven columnas de humo negro por todas partes, dando un aspecto de campo de batalla a la capital de 3 millones de habitantes, normalmente verde y agradable en esta época del año. En las calles se ha instalado un olor a quemado, donde se cruzan pescadores madrugadores y siluetas exhaustas cargadas de mantas que salen del metro. Más de 41.000 personas, entre ellas 4.500 niños, han encontrado refugio allí. Un récord desde 2022, según la empresa pública que lo gestiona.

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Frente a la vivienda de Olga ha ardido un gran edificio. Varios proyectiles, misiles según los testigos, impactaron de lleno en la sede de Ukroboronprom, el conglomerado de las industrias de defensa ucranianas. El martes por la tarde aún quedaban entre los escombros hojas sueltas procedentes de la oficina de estudios Loutch.

La deflagración arrasó los edificios de viviendas de los alrededores. Una madre, gravemente herida mientras intentaba llegar al refugio más cercano con sus dos hijos, no sobrevivió. Es una de las siete personas fallecidas en la capital. Al menos otras dieciséis, entre ellas dos niños, murieron en Dnipro, una gran ciudad del este, a unos cien kilómetros del frente.

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“De mal en peor”

Vecinas de escalera, Iryna y Olga han pasado toda la guerra aquí, en este edificio deteriorado de la calle Gareth-Jones, que lleva el nombre del periodista galés que reveló la magnitud del Holodomor, la hambruna organizada por Stalin en 1932 y 1933. Se muestran valientes, insultan con ganas a los rusos y alaban la solidaridad que sigue uniendo a la sociedad, mil quinientos sesenta días después del inicio de la invasión.

“Esta mañana hemos limpiado juntos, todo el mundo se apoya. Los rusos no conseguirán asustarnos con todas sus gilipolleces”, afirma Iryna. “Desde hace poco más de dos semanas, la cosa se ha puesto realmente dura”, matiza Olga.

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Los bombardeos masivos del martes fueron los terceros desde el 14 de mayo. Esa noche, un misil pulverizó un edificio de la margen izquierda, matando a veinticuatro personas, entre ellas tres niños. Todo el país quedó conmocionado por la desgracia de una madre cuyas dos hijas murieron; el padre había fallecido en 2023 mientras combatía en el frente.

El 24 de mayo, una vez más, la capital se estremeció con las detonaciones. Una noche de pesadilla, a menudo descrita como la peor desde 2022. Los daños fueron principalmente materiales: un edificio de los servicios de emergencia destruido en el barrio bohemio de Podil, así como el museo de Chernóbil, justo al lado.

El barrio de Lukianivka sufrió los daños más graves. El centro comercial que albergaba el primer McDonald’s abierto en Ucrania tras la independencia quedó completamente calcinado, al igual que el mercado de frutas y verduras situado al lado. Varios edificios de los alrededores quedaron agujereados o sin su fachada, lo que da a este barrio el aspecto de una ciudad en el frente.

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Oksana se resigna. El espectáculo de la devastación le afecta, pero esta vecina septuagenaria intenta aferrarse al resto: “Al día siguiente del ataque, los vendedores de fresas volvieron frente al centro comercial destruido. ¡Me encantó! ¡Me encantó!”, repite.

“Vivo en el pasillo”, dice la jubilada, fatalista, que no oculta el terror que la invade en la oscuridad de esas noches infernales: “Cada vez es peor, me cuesta cada vez más reducir el nivel de estrés.” Con su perra “vieja y sorda”, no se plantea marcharse: “Formamos una buena pareja, me sigue a todas partes.”

Los daños de los misiles balísticos

Más que en cualquier otro lugar de este barrio considerado “maldito”, por la frecuencia con que ha sufrido ataques desde 2022, la población ha adquirido la costumbre de refugiarse nada más sonar las alertas, sin esperar a las primeras explosiones. Estos buenos reflejos constituyen un último baluarte, pero no bastan para proteger las ciudades bombardeadas por Rusia, sobre todo contra los misiles balísticos.

Solo son eficaces los sistemas estadounidenses Patriot, en particular los interceptores Pac-3, que Kiev necesita desesperadamente. Debido a la guerra iniciada por Washington y Tel Aviv en Irán, la demanda mundial se ha disparado, especialmente en el Golfo Pérsico, lo que ha obligado a Ucrania a racionar su uso. En la noche del martes, solo fue neutralizado un tercio de los treinta y tres misiles balísticos Iskander-M, según las fuerzas aéreas ucranianas. Ninguno de los ocho misiles hipersónicos Zircon lo fue.

El 26 de mayo, Volodímir Zelenski envió una larga carta a Donald Trump para convencerle de que suministrara más munición para los Patriot, gracias a la financiación de los Estados europeos. El presidente ucraniano reiteró su llamamiento el martes por la noche, instando de paso a los europeos a desarrollar “[su] propio sistema de defensa antimisiles”.

Desde hace unos meses, Kiev está probando un sistema franco-italiano, el SAMP-T NG (sistema tierra-aire de medio alcance terrestre de nueva generación), destinado a interceptar misiles balísticos. Sus prestaciones no han sido objeto de comentarios públicos por parte de los responsables ucranianos o franceses.

Las condenas internacionales no surten efecto en el Kremlin, que intensifica sus ataques contra los centros urbanos

La defensa antiaérea es uno de los asuntos prioritarios del nuevo ministro de Defensa, Mijailo Fedorov, desde su nombramiento en enero. Durante una rueda de prensa a mediados de mayo, aseguró que los drones interceptadores fabricados en Ucrania estaban dando resultados alentadores contra los Shahed: en cuatro meses se ha duplicado la proporción de aparatos derribados.

Para hacer frente a las nuevas versiones de los Shahed, equipados con turborreactores, Ucrania está desarrollando una producción a gran escala de misiles tierra-aire. El objetivo es acumular reservas de aquí al invierno, antes de la próxima campaña rusa contra las infraestructuras energéticas. Fedorov mencionó una cifra bastante ambiciosa: “Alcanzar una tasa de interceptación estable del 95 % para los objetivos aéreos”.

Nada más parece capaz de detener a Moscú, mientras las negociaciones de paz se encuentran en un punto muerto. Las condenas internacionales no surten efecto en el Kremlin, que intensifica sus ataques contra los centros urbanos, lo que provoca un aumento de las víctimas civiles.

“El número de víctimas civiles registrado hasta ahora en 2026 es alrededor de un 20 % superior al del mismo periodo de 2025, lo que se explica en gran parte por el mayor uso de armas de largo alcance”, alertó el martes la misión de la ONU de seguimiento de los derechos humanos en Ucrania.

Vitali, un hombre de 36 años, no está seguro de poder aguantar mucho más en estas condiciones. En su apartamento devastado, situado al noroeste de la capital, sigue muy “preocupado”. Hacia las dos de la madrugada, un misil impactó en los cimientos de su edificio, situado en el número 64 de la avenida de la Unión Europea. “En ese momento, pasé mucho miedo. Justo después, fuimos al refugio de la escuela por primera vez.” Le gustaría que su mujer y su hijo se fueran a casa de sus padres, en una región del oeste de Ucrania. Lejos de Kiev.

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Traducción de Miguel López

 

El miedo les ha salvado. En el pasillo de su piso, destrozado por la onda expansiva de las explosiones, Olga se considera afortunada. El lunes por la noche, su hijo de 16 años insistió en que se fueran a un refugio. “Hace dos meses, cayó un misil muy cerca de nosotros. Desde entonces, tiene miedo”, cuenta la madre, de unos cuarenta años, que se instaló en un aparcamiento subterráneo cercano antes de que comenzara el ataque.

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