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Siria

Siria: las cuatro razones de la intervención rusa

Avión de combate ruso

François Bonnet (Mediapart)

¿La ofensiva militar en Siria puede provocar un conflicto mundial? El ministro de Asuntos Exteriores francés, Laurent Fabius, fue el primero en lanzar este aviso, el lunes 5 de octubre, en vistas del desconcierto total y la inquietud de Occidente frente a la intervención militar rusa en Siria. "Sí, hay riesgos –admitió en una entrevista en Europe 1– cuando ves que un conflicto, que era una guerra civil, se convierte en una guerra regional con la intervención de potencias internacionales, los riesgos son graves".

Gravedad y confusión: estas dos palabras pueden resumir también la reunión de la OTAN el pasado 8 de octubre en Bruselas. "Asistimos a una intervención inquietante", consideró Jens Stoltenberg, secretario general de la organización internacional. "Rusia hace aún más peligrosa una situación que ya de por sí era grave", aseveró el ministro británico Michael Fallon, que sugirió a su vez el posible envío de tropas británicas a Turquía.

Un año después de la anexión de Crimea mediante una operación relámpago, el Kremlin ha realizado con éxito un nuevo golpe maestro: pillar de improvisto a todas las potencias implicadas en el conflicto sirio, desarrollando una intervención militar que, al parecer, llevaban preparando desde hace tiempo. Vladimir Putin se ha reposicionado en el centro del gran tablero diplomático del que había sido expulsado los últimos meses. Digan lo que digan los críticos, el presidente ruso ha vuelto a tomar la voz cantante y ha impuesto su propia agenda. La cólera de los estadounidenses, los turcos y de muchos países del Golfo y el desconcierto de Francia y otros países europeos lo demuestran.

La intervención militar de Moscú marca un cambio, después de cuatro años de una guerra que ha dejado más de 250.000 muertos y que ha desplazado o forzado al exilio a la mitad de la población siria. Pero, ¿un cambio hacia dónde? Nadie puede saberlo a estas alturas, con una situación tan cambiante.

Por primera vez desde la guerra de Indochina y Afganistán, dos coaliciones militares internacionales se desafían en el territorio de un mismo país. De un lado, Estados Unidos, apoyado por alrededor de sesenta países, aunque sobre el terreno apenas seis participen en las operaciones. Del otro lado, esta nueva coalición anunciada por Vladimir Putin en la Asamblea General de Naciones Unidas hace tres semanas y que une a Rusia, a Irán y a Bachar Al Assad, con el apoyo de Irak y Egipto.

El cielo sirio se ha convertido de esta forma en un campo de batalla que sobrevuelan múltiples beligerantes: los caza rusos, sirios, estadounidenses, franceses, israelíes, británicos y, desde el miércoles, también misiles de cruceros rusos lanzados desde el mar Caspio. Oficialmente los intercambios parciales de información entre las potencias buscan evitar incidentes, pero, ¿en qué momento esta escalada militar provocará por accidente la destrucción de uno de estos aviones? A aquellos que restan importancia a este riesgo, el escandaloso bombardeo por error del ejército estadounidense al hospital de Médicos sin Fronteras en Kunduz (Afganistán) debería recordarles que los bombardeos aéreos de alta precisión no son más que un mito.

Todos los elementos están dispuestos para una escalada militar incontrolada, que podría conducir a un conflicto extendido a todo Oriente Próximo. Apoyado por una diplomacia rusa que conoce perfectamente este región y ha demostrado perfectamente su eficacia, Putin ha decidido acelerar, con conocimiento de causa y convencido de que la situación iba a peor, la emboscada a la coalición estadounidense imponiendo una solución política con sus condiciones. Pero ésta no es más que una de las múltiples razones de esta intervención militar inédita. Y al menos hay otras cuatro.

1. Una demostración militar en las narices de la OTAN y Estados Unidos

La potencia militar rusa está de vuelta. La prueba de ello se remonta, en parte, a la guerra en Georgia en 2008 y más tarde a Crimea y la guerra al este de Ucrania desde 2014. El ejército ruso, esa fuerza en pedazos de los años 90, se restructuró, modernizó y profesionalizó profundamente sobre la marcha en la segunda guerra de Chechenia (1999-2003). Esta vez, Moscú ha demostrado que es capaz de coordinar una fuerza de intervención importante a miles de kilómetros de su territorio.

La base de Latakia en la costa siria que es, junto al puerto vecino de Tartús, la única base militar rusa en el Mediterráneo, ha sido completamente restaurada. Acoge a varios miles de hombres, 37 caza rusos Sukhoi, una decena de helicópteros de combate y el último grito en armamento, misiles y bombas guiadas por láser. Los flujos logísticos de abastecimiento provienen de Sebastopol, el gran puesto militar ruso en Crimea, y de Mozdok, la enorme base militar en Osetia del Norte que es el punto de apoyo del ejército ruso en todo el Cáucaso.

La novedad es la coordinación puesta en marcha de dos grupos de navales de guerra: el primero, en el mar Negro; el segundo, en el Caspio; que lanzaron los 26 misiles crucero el miércoles. La cuestión no estaba tanto en los objetivos sino demostrar a la OTAN que Rusia está en forma y cuenta con el apoyo de Iran e Irak para tirar misiles de alcance de varios cientos de kilómetros.

No se puede ignorar el impacto de esta demostración militar en la propia Rusia, comenzando porque el ejército y el complejo militar e industrial ha recuperado su dignidad. Luego está la opinión pública, saturada de imágenes televisivas que vuelven a utilizar todos los códigos usados y desgastados del ejército estadounidense desde la primera guerra del Golfo a la invasión de Irak. A su vez, el ejército tiene a periodistas empotrados encargados de glorificar a la perfecta y formidable organización militar rusa. Dos ejemplos de Russia Today, la cadena oficial de información internacional.

El primero es una visita guiada a la base de Latakia. “Cuando Rusia llegó al terreno, no había nada, nada, ni siquiera asfalto. Todo lo han hecho muy rápido”, cuenta el periodista:

El segundo es una presentación de los diferentes cazas desplegados en la base y del armamento tan sofisticado del que disponen:

¿La intervención rusa puede alterar el equilibrio de fuerzas sobre el terreno? Los aviones Sukhoi son capaces de efectuar de 20 a 40 vuelos al día. En los diez primeros días de operaciones se han realizado en torno a 200 maniobras aéreas; una cifra que no se puede comparar con los más de 7.000 vuelos realizados desde hace un año por la coalición estadounidense. Pero tratándose de Moscú y de Damasco todo será diferente esta vez, la aviación rusa en intervención conjunta con las fuerzas sirias aporta una potencia decisiva.

Así es como lo explicó el jueves uno de los principales generales sirios fiel a Bachar Al Assad: “Con los bombardeos rusos que han reducido la capacidad de combate del DAESH y de otros grupos terroristas, nuestro ejército ha podido conservar la iniciativa”, explicaba el general Ali Ayoub en una intervención extraordinaria en televisión, “hoy hemos lanzado un ataque de gran amplitud para eliminar a los grupos terroristas”.

La portavoz del ministerio ruso de Asuntos Exteriores Maria Zakharova no decía otra cosa el 6 de octubre en la rueda de prensa en Moscú: “Lo que es importante es que coordinemos las acciones con el ejército sirio. Es un punto fundamental. No se puede combatir al Estado Islámico sin coordinar esfuerzo con quien lo combate en tierra. Y en Siria, el ejército sirio es quien lo combate. Es por haber rechazado esta coordinación por lo que la intervención de la coalición estadounidense es ineficaz”.

Los ataques rusos se están concentrando estos primeros días en el noroeste de Siria, entre Alepo y Homs donde el ejército de Al Assad está más amenazado; permiten al régimen sirio encontrar margen de maniobra y evitar nuevas derrotas y pérdidas de territorio. Moscú toma la revancha contra la megapotencia militar estadounidense y pone a la OTAN frente a sus propias contradicciones y su impotencia. Impotencia verificada, ya que la OTAN no ha sabido prevenir ni sancionar la incursión de los cazas rusos en el espacio aéreo turco durante esta semana ni tampoco ha sabido cómo responder a su intervención en Siria.

Esta reafirmación de la potencia militar rusa es para Putin una primera gran victoria, mientras la OTAN y sus proyectos de expansión están en medio de una crisis en la que también está inmersa Europa y Estados Unidos. “Así es, no he conocido nunca unas relaciones con Estados Unidos tan malas”, explicaba recientemente Sergei Karaganov, un analista de la política extranjera rusa muy influyente en Moscú, “la primera razón es la estrategia de expansión de la OTAN que amenaza los intereses vitales y la seguridad de Rusia”.

2. Construir una coalición alternativa a la potencia estadounidense

La vuelta militar de Rusia viene acompañada de un proyecto político más vasto. Vladimir Putin lo expuso frente a la Asamblea General de Naciones Unidas el 28 de septiembre en un discurso que lo enfrentaba a Estados Unidos y los países europeos que desencadenaron, entre otras, la guerra en Libia y la caída de Gadafi, después del desastre afgano e iraquí.

“La intervención exterior agresiva ha entrañado, en el seno de las reformas, la destrucción pura y simple de las instituciones estatales y del modo de vida mismo. En lugar del triunfo de la democracia y el progreso, reina la violencia, la miseria y las catástrofes sociales, al mismo tiempo que los derechos humanos, empezando por el derecho a la vida, no se aplican en ninguna parte. Me gustaría preguntar a los responsables de esta situación: '¿Tienen conciencia de lo que han hecho?' Pero me temo que esta pregunta no va a ser contestada”, dijo Putin (su discurso íntegro se puede leer aquí).

Repitiendo su apoyo al régimen sirio, “el único legítimo”, y a Bachar Al Assad y acusando a “la oposición que se dice moderada” siria de no ser más que una marioneta del Estado Islámico y los grupos terroristas, el presidente ruso propuso una coalición alternativa. Es el acuerdo cerrado con Irán tras la visita a Moscú en el mes de enero del general Soleimani, el que ordenó la fuerza de élite Al-Qods.

El acuerdo se cerró hace tres semanas –para sorpresa de Estados Unidos– con Irán, Irak y Damasco para crear un centro de información conjunto en Bagdad. Y cuenta también con la coordinación estrecha con los israelíes en términos de intercambio de información para evitar todo tipo de incidente entre aviones rusos e israelíes; una coordinación acordada en la última visita de Benjamin Netanyahu a Moscú.

Que Rusia sea capaz de construir una coalición –incluso aún mínima– y de contar con el apoyo de un país como Egipto, cuyo régimen, por otra parte, está financiado con gotero por Arabia Saudí y Estados Unidos, es un hecho completamente inédito, especialmente en Oriente Próximo, hasta ahora coto privado de Estados Unidos. Es una segunda victoria de Vladimir Putin.

3. Conservar el Régimen de Al Assad y los intereses rusos en la región

La tercera razón de la intervención: el apoyo de Al Assad, pero más allá, el refuerzo de los intereses rusos en la región con una alianza renovada con Irán. Es un constante de la diplomacia soviética que permanece en la diplomacia rusa y en Putin: los regímenes existentes son legítimos; sin importar las revueltas populares o las dictaduras sangrientas que están en el poder.

Putin sigue obsesionado por las revoluciones llamadas de color (Ucrania, Georgia, Kirguistán) que derrumbaron en los años 2000 los regímenes autoritarios de los satélites soviéticos y teme que los acontecimientos se trasladen a Asia Central (zona de influencia rusa), como ya pasó en Moscú con las manifestaciones de 2011. Por eso, nunca ha escondido su hostilidad hacia las Primaveras Árabes que ve como manifestaciones populares manipuladas por Estados Unidos y Europa.

“La exportación de eso que llamamos ahora revoluciones democráticas prosigue”, denunció delante de la ONU insistiendo en la legitimidad del Régimen sirio, “está eso que llamamos la legitimidad de las autoridades estatales. No podemos jugar con las palabras para manipular. Somos todos diferentes y debemos respetarlo”. Estos argumentos esgrimidos sin bajar la guardia por el mandatario ruso, son repetidos por Maria Zakharova, portavoz del ministerio de Asuntos Extranjeros: “Hemos visto lo que ha pasado en Libia. Hemos visto al general Gadafi como ha sido demonizado y luego eliminado y hemos visto el resultado. ¿Si les propusiera dos escenarios, cuál escogerían? ¿Derrocar a un dirigente que no era exactamente un ángel o preservar un país y un pueblo, impidiendo que el Estado se convierta en un agujero negro de terrorismo? Estoy segura que escogerían la segunda opción”.

Olvidados quedan, por tanto, los crímenes de guerra del régimen sirio, la utilización de armas químicas durante el verano de 2013, los barriles explosivos lanzados sobre la población civil, las torturas y eliminación sistemáticas, el martirio del pueblo sirio… Putin, que también ha sido acusado de crímenes de guerra cometidos por el ejército ruso durante la segunda guerra de Chechenia (70.000 muertos), defiende el régimen de Al Assad como único interlocutor posible con la oposición siria que está siendo enviada masivamente a los campos de terroristas islamistas que domina DAESH.

Partiendo de este punto, los ataques aéreos rusos no se dirigen exclusivamente al Estado Islámico. Desde hace diez días la aviación rusa interviene en apoyo al ejército de Al Assad contra todos los grupos rebeldes. ¿Y entonces? Habiendo anunciado que su intervención durará “de tres a cuatro meses”, Moscú aboga por un escenario político dominado por Bachar Al Assad o al menos por los pilares del régimen actual. “De hecho, Rusia se embarca en una guerra larga y sin final”, escribe el analista militar ruso Alexander Golts, que no ve ningún triunfo político sino, al contrario, un aislamiento inminente del Kremlin.

Este será el panorama de las próximas semanas. Transformando la situación militar y diplomática, Putin intenta abrir un nuevo ciclo que le sea más favorable. No queda dicho si en este nivel los países árabes, Turquía, Estados Unidos y Europa emprenderán en una nueva negociación con sus condiciones. Como en Ucrania y Crimea, la victoria no tiene por qué significar la salida de la crisis.

4. El retorno de la fiebre nacionalista a Moscú

¿Pero al Kremlin le importa hoy en día una salida de la crisis? Con el respaldo de las primeras victorias recolectadas, la guerra siria ofrece al presidente ruso una nueva oportunidad de lanzar la propaganda nacionalista en Moscú. Con las cadenas de televisión a la cabeza, todos los grandes medios de comunicación –todos en manos del poder– organizan una vez más una movilización patriótica y el apoyo a “la guerra total contra el terrorismo”. Como en Estados Unidos con Bush en 2003, la Rusia de 2015 está sumida en la solidaridad bélica.

“Después de Ucrania, Siria… El Kremlin sigue imponiendo su agenda bélica e internacional para ocultar mejor la agenda interior”, denuncia el que fuese diputado liberal Vladimir Rijkov. Ocho meses después del asesinato, en un puente del Kremlin, del principal opositor del Régimen, Boris Nemtsov, y ahora que las sanciones europeas y la caída del precio del petróleo y las materias primas perjudican enormemente la economía rusa, Putin ha encontrado una nueva distracción.

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Desde el comienzo de las operaciones, Ramzan Kadyrov, el que fuese impulsado por Putin como presidente de Chechenia, ha pedido a sus tropas especiales que se desplacen a combatir a Siria siguiendo la misma hoja de ruta que durante la aniquilación sangrienta de la rebelión chechena. “Les conocemos porque les hemos derrotado aquí; hemos combatido contra ellos. Y ellos nos conocen a nosotros también. En cuanto los terroristas en Siria se den cuenta que los soldados se dirigen hacia ellos, se batirán en retirada”, prometió. Del mismo modo, los grupos nacionalistas rusos y los combatientes separatistas en el este de Ucrania han anunciado su deseo de ir a ayudar a la “Madre Patria” en Siria.

Rusia vive los tiempos de guerra como durante la primavera de 2014, como durante la celebración del 9 de mayo y los sesenta años de la victoria sobre el nacismo. Es también un modo de olvidar ese otro acontecimiento que pasa desapercibido en las televisiones rusas: una manifestación de cerca de diez mil opositores, el domingo 20 de septiembre en Moscú, a grito de “¡Libertad, libertad1”. Una manifestación de una amplitud desconocida desde la marcha fúnebre en memoria de Boris Nemtsov y los grandes cortejos de 2011.

Traducción: Irene Escudero

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