Trump acelera el desacoplamiento económico de Europa con los Estados Unidos

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en el World Economic Forum (WEF) en Davos, Suiza, el 21 de enero de 2026.

Martine Orange (Mediapart)

Sin duda alguna, la única fuerza que puede obligar a Donald Trump a cambiar de postura y limitar su embriaguez de poder son los mercados. Pero, a diferencia del Liberation Day —ese día de abril en el que el presidente estadounidense lanzó su guerra comercial mundial—, los mercados parecen indiferentes a la creciente inestabilidad mundial en este comienzo de año. Pero las tensiones geopolíticas y financieras han alcanzado una intensidad sin precedentes.

En menos de tres semanas, la presidencia de Trump ha golpeado en todos los frentes, adoptando casi tantas medidas agresivas como durante todo su primer año de mandato: secuestro y detención de Nicolás Maduro, incautación de la producción petrolera de Venezuela, apertura de un procedimiento judicial contra el presidente de la Fed, Jerome Powell, y, por último, proyecto de acaparamiento de Groenlandia con amenazas de aranceles suplementarios para todos los países europeos —oficialmente aliados— que se opongan a las opiniones del presidente estadounidense.

En cada ocasión, los mercados no han reaccionado, dando la impresión de que daban carta blanca a todas las iniciativas de la administración Trump, incluidas las más peligrosas. Pero esa complacencia parece haber llegado a su fin el 20 de enero.

Todos los mercados se hundieron en números rojos, pero en Estados Unidos aún más que en otros lugares. En Wall Street, los principales índices bursátiles borraron todas las ganancias registradas desde principios de año. El Dow Jones bajó un 1,8 %, el S&P 500 un 2,1 % y el Nasdaq un 2,4 %. Las sanciones fueron mucho más severas para los grupos de alta tecnología y digitales. El gigante mundial de los chips, Nvidia, retrocedió un 4,3 %, Apple un 3,46 % y la empresa informática Dell perdió más del 7 %.

La verdadera advertencia se produjo en otro ámbito, el de los bonos del Tesoro estadounidense. El tipo de interés de los bonos estadounidenses a treinta años superó el 4,95 %, y el de los bonos del Tesoro a diez años se situó por encima del 4,3 %. Establecidos por los mercados en función de la oferta y la demanda —a diferencia de los tipos a corto plazo fijados por la Reserva Federal—, indican un nivel de desconfianza palpable: los tipos estadounidenses se encuentran ahora entre los más altos de los países occidentales.

Al mismo tiempo, el dólar ha seguido depreciándose frente a otras divisas —ahora vale 1,17 euros—, mientras que el oro continúa su ascenso vertiginoso: la onza cuesta más de 4.864 dólares. Hace apenas un año, costaba 2.770 dólares.

El anuncio de Donald Trump, en su esperado discurso en Davos el 21 de enero, de que Estados Unidos no recurriría “a la fuerza”, sino que quería iniciar negociaciones “de inmediato” para hacerse con Groenlandia, apenas ha invertido la tendencia. Al abrir Wall Street, el S&P 500 subía un 0,3 %, el Nasdaq un 0,2 % y el oro seguía subiendo.

Punto de inflexión

La administración Trump se niega a verlo como una señal, y mucho menos como una advertencia del mundo financiero. En Davos, el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, desestimó todas las críticas e incluso el cuestionamiento de las políticas de Donald Trump, sus pretensiones de apoderarse de Groenlandia y las dudas sobre la OTAN. Todo es sublime, necesariamente sublime. Para Bessent, la caída de los bonos del Tesoro estadounidense no está en absoluto relacionada con las decisiones de la Casa Blanca, sino con las enormes ventas que se han producido en el mercado japonés.

Pero los observadores y analistas lo ven de otra manera. “Creo que cuando miremos atrás, consideraremos que este momento marcó un punto de inflexión”, confiesa al Wall Street Journal Adam Posen, presidente del Instituto Peterson.

El dominio monetario, financiero y económico de Estados Unidos, durante mucho tiempo indiscutible, ya no se da por sentado. China, a través de los BRICS en particular, lleva varios años cuestionando la supremacía del dólar. Pero nadie esperaba que un presidente estadounidense asestara los golpes más duros y peligrosos a este dominio financiero y económico.

Desde el regreso de Donald Trump se ha producido una verdadera crisis de confianza. El inicio de guerras comerciales con sus antiguos aliados, sus decisiones unilaterales de extorsión y apropiación, el cuestionamiento de las alianzas pasadas, empezando por la OTAN, más allá de los disturbios provocados, crean una sensación de malestar: Estados Unidos ya no es tan seguro como antes. La lenta caída de los bonos del Tesoro estadounidense desde hace un año, considerados hasta entonces como el activo más seguro del mundo, así como la disminución de las reservas en dólares en los bancos centrales, ilustran esta creciente desconfianza.

“Vender Estados Unidos” se ha convertido incluso en el lema de algunos analistas. Aunque el dinero de todo el mundo sigue afluyendo a los mercados estadounidenses, se observa una cierta ralentización en todos los sectores. Y esto se ve  aún más en el comercio, donde se está desmoronando el dominio del dólar como única moneda de reserva. “Existen canales prácticos y eficaces que no se limitan a los canales del dólar estadounidense”, señaló en Davos el director general de Standard Chartered, Bill Winters, justificando la necesidad de diversificación por el surgimiento de un mundo multipolar.

Desacoplamiento

El aumento de las tensiones con la Unión Europea (UE) podría acelerar aún más este movimiento. El 18 de enero, un analista del Deutsche Bank publicó una nota en respuesta a los anuncios de subidas de los aranceles impuestos a Dinamarca, Alemania, Francia, Gran Bretaña, Finlandia, Suecia y Noruega para castigarles por oponerse a los deseos de Trump de apoderarse de Groenlandia.

Según él, los europeos podrían utilizar sus activos en Estados Unidos como medida de represalia. “En un contexto en el que la estabilidad geoeconómica de la alianza occidental se ve sometida a una dura prueba, no se entiende muy bien por qué los europeos estarían tan dispuestos” a invertir en Estados Unidos.

El temor se materializó el 20 de enero. Un fondo de pensiones danés anunció que vendería toda su cartera de bonos estadounidenses, teniendo en cuenta “las débiles perspectivas económicas de Estados Unidos”. El secretario del Tesoro estadounidense respondió: “No tiene importancia”.

Las sumas comprometidas por el fondo de pensiones danés representan una gota en el océano de las inversiones europeas: apenas 100 millones de dólares. Pero si el ejemplo danés se extendiera, sería otra historia. Europa posee más de 8 billones de dólares en acciones y bonos estadounidenses, el doble de todas las inversiones que poseen los inversores extranjeros en todo el mundo.

Ahora que el Gobierno estadounidense necesita más que nunca dinero para financiar sus déficits e inversiones, la amenaza de una retirada de los ahorros europeos sería una catástrofe para la administración Trump. El secretario del Tesoro estadounidense descarta de antemano este escenario. “No me preocupa en absoluto. Veo nuestras subastas. Estamos registrando inversiones extranjeras récord”, declaró, antes de afirmar que el presidente del Deutsche Bank se había desmarcado de la nota de su analista.

Los observadores son mucho menos categóricos. Si bien todos descartan una liquidación rápida de los activos europeos, contemplan perfectamente una desconexión más o menos rápida, ya que el dominio estadounidense se ha convertido en una amenaza para todos los aliados. “Estamos en medio de una ruptura, no de una transición”, insistió el primer ministro canadiense —y exgobernador del Banco de Inglaterra— Mark Carney, ovacionado al final de su discurso el martes en Davos.

Para Estados Unidos, esta ruptura puede ser igual de grave que para sus aliados. Durante décadas, a cambio de estabilidad económica y financiera, estos últimos aceptaron aportar sus ahorros, invertir en Estados Unidos, financiar los déficits estadounidenses y apoyar el dólar. Ningún país había disfrutado nunca de tales privilegios. Aunque el estatus de Estados Unidos se estaba erosionando con la emergencia de un mundo multipolar, seguía teniendo una gran importancia. Desde hace un año, Donald Trump se lo está cargando todo.

La deuda japonesa vuelve a estar bajo presión

¿Está la primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, viviendo su momento Liz Truss, cuando los mercados obligaron a la primera ministra británica a dimitir? Tras la decisión del banco central japonés de subir los tipos de interés en diciembre, el anuncio de elecciones legislativas anticipadas se consideró una nueva amenaza para el equilibrio financiero del país, ya muy endeudado (más del 250 % del PIB). La primera ministra tiene la intención de impulsar una amplia reactivación presupuestaria, con recortes fiscales y gastos militares, con el fin de apoyar el crecimiento y responder a las amenazas geopolíticas de la región.

La reacción de los mercados financieros fue brutal e inmediata. El mercado de bonos japonés registró una caída tan fuerte como cuando el Banco de Japón rompió sin previo aviso con décadas de política monetaria acomodaticia y de apoyo a los mercados. Los tipos japoneses a diez años se sitúan ahora por encima del 3 %, lo que sigue siendo bastante soportable, teniendo en cuenta la inflación. Pero los inversores, acostumbrados a tipos cero durante décadas, están en shock.

Estos movimientos han tenido repercusiones en todos los mercados financieros mundiales. El mercado de bonos japonés es uno de los más importantes del mundo, no solo por la magnitud de la deuda del país, sino también por la política monetaria aplicada. Atraídos por ese dinero gratis, los inversores de todo el mundo han pedido préstamos en yenes a diestro y siniestro durante casi treinta años y se han apresurado a convertir esos créditos en otras divisas mucho más rentables, especialmente en dólares, embolsándose la diferencia.

Esas transacciones financieras representan cantidades gigantescas: más de 15 billones de dólares, según las estimaciones. Cualquier desviación supone una amenaza. ¿Por qué los bancos centrales, encargados de velar por la estabilidad del sistema financiero mundial, han permitido que se acumulen tales riesgos sin intervenir? Es un misterio.

 

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Tradución de Miguel López

*A última hora de este miércoles, la Casa Blanca anunció un acuerdo con la OTAN sobre Groenlandia y retiró su amenaza arancelaria a los países que anunciaron su apoyo a la isla danesa.

 

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