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Trump o la OPA de la telerrealidad a la política

Donald Trump domina las leyes de la telerrealidad, donde la transgresión es la norma. La publicación de su lenguaje grosero con las mujeres le coloca ahora, sin embargo, en una muy mala posición. Es la metáfora que pone al descubierto nuestro desconcierto político, como una aparición fantasmagórica de lo que atormenta a las sociedades occidentales y a la norteamericana.

Sin duda es la diferencia entre los grandes imperios y sus vasallos, los desafíos políticos se dedican a analizar pormenorizadamente, y en cada etapa de su evolución, tanto si se trata de una grave crisis como de unas elecciones importantes, se contiene el aliento porque se presienten consecuencias que tendrán efectos en su propio futuro. La Presidencia de Roosevelt, que debió hacer frente a dos graves crisis mundiales –la de 1929 y la Segunda Guerra Mundial–, o la de Kennedy, que coincidió con la intensificación de la Guerra Fría y la crisis de los misiles de Cuba, pertenecen a estas presidencias de inmediato alcance internacional.

En 2008, antes incluso de llegar a la Casa Blanca, la campaña de Barack Obama fue la primera con seguimiento en el mundo entero. Un candidato global, resultado del encuentro de varios mundos y de varias culturas, fue capaz de sincronizar, con ocasión de esta campaña, una audiencia por primera vez mundial.

“Pueblo de Berlín, pueblos del mundo, nuestra hora ha llegado”. Ante casi 200.000 personas, junto a la Columna de la Victoria, en el centro de Berlín, Barack Obama acababa de pronunciar un discurso mundial. “Una nueva generación, nuestra generación, debe dejar huella en la Historia”. Frente al terrorismo, al calentamiento climático, las drogas, la proliferación nuclear, “no podemos permitirnos estar divididos”, dijo Obama. Se refirió a la caída del muro de Berlín de 1989, instó a derribar otros muros: “Los muros entre razas y tribus, entre indígenas e inmigrantes, entre cristianos, musulmanes y judíos no pueden seguir existiendo”.

Ocho años después, Donald Trump, el candidato republicano, también habla de muros. Ante multitudes tan entusiastas como las que se congregaba Barack Obama, no insta a derribar, sino a erigir en la frontera con México, un muro de 3.200 kilómetros con un coste estimado superior a los 26.000 millones de dólares. “Voy a construir el mayor muro nunca visto. Será un muro Trump, un muro magnífico”, repite el candidato republicano en sus mítines. Un muro Trump: programa faraónico para un candidato fanfarrón. Programa monosilábico para un candidato monosilábico.

Ya no se ensalza el diálogo entre civilizaciones. Vuelve a imperar la sospecha. En sus demagógicos discursos sólo se habla de expulsiones, de proteccionismo, de exclusión. Las mentiras de Donald Trump sobre el lugar de nacimiento de Barack Obama son uno de los mejores ejemplos: le dieron alas políticas a Trump y obligaron al nuevo presidente a hacer pública su acta de nacimiento, como cualquier inmigrante llegado a Ellis Island.

Donald Trump es el antiObama, encarna una renacionalización del discurso político. Ya no estamos ante la América de G. W. Bush herida por el terrorismo, del que Trump pretende erigirse en portavoz, es la Norteamérica defraudada por sus competidores, es el obrero blanco despreciado, olvidado en beneficio de las minorías visibles, negras, hispanas, de las mujeres y de los homosexuales; en resumen, una Norteamérica que duda de sí misma y que lo hace saber de forma notoria. El capital simbólico de Trump se nutre de las frustraciones y de los odios del blanco furioso, que alimenta y recicla en odio al prójimo, a la mujer, al extranjero, al migrante, al musulmán…

El panorama político norteamericano tiene esa peculiaridad fascinante, que hace visible amplificando las mutaciones políticas en curso. En 2008, la campaña de Barack Obama sincronizaba cuatro edades mediáticas: la edad de los tribunos de la arenga pública, de Lincoln a Martin Luther King; la edad de la radio y de la conversación junto al fuego inventada por Roosevelt; la edad de la televisión y de la telepresencia de los cuerpos y de los rostros que inauguró J .F. Kennedy; por último, la edad digital que absorbía las tres edades mencionadas para sumergirlas en la interactividad de las redes sociales.

Roosevelt fue el primer presidente que recurrió a la radio para comunicarse con los norteamericanos. Kennedy fue el primer presidente, estrella de la televisión, la era Madmen, la sociedad del espectáculo. De Reagan a Bush, la política salía del estudio de televisión para instalarse en la calle, en los mares, puestas en escena propias de un péplum con la estatua de la Libertad como decorado natural o sobre portaaviones militares: la era del stagecraft y del guión. Obama fue el primer candidato de la era digital, su campaña mediática inventó la Facebook politics, que daba paso la infantería del pasquín y del cartel a los pioneros de las campañas digitales, activistas de my.barackobama.com, activistas de MySpace, Twitteratti, YouTubers.

Obama había hecho posible una performance colectiva en la que cada cual llevaba a cabo una función que hasta el momento se excluían: actor y espectador, testigo ocular y agente de una construcción colectiva, la fusión de tres edades de la comunicación política: la tribuna, la televisión y la Red. Y la reunión de sus respectivas audiencias: el activista, el telespectador y el internauta. Se trata de un evento transversal. Un encuentro múltiple que sincronizaba resultados de naturaleza muy diferente: el happening político y la serie televisada. Woodstock y el Ala Oeste de la Casa Blanca, la célebre serie norteamericana. Barack Obama encarnaba, al mismo tiempo, la función y la ficción presidenciales…

El carnaval trumpista

En términos comparativos, la campaña de Trump parece a primera vista un terrible arcaísmo en el plano tecnológico, retórico, semántico. Sus discursos no son sino retahílas de clichés, dibujados con trazo grueso, recalcados hasta el infinito. En el plano político, “no hay nada que analizar”. Y con razón. Con Trump, ya no se trata de la esfera política, ni siquiera de la racionalidad política. Su modernidad se limita a eso. Acompaña a Norteamérica fuera de lo político.

Hace años que el sistema electoral está falseado por el dinero, los lobbies de armas, del petróleo, de los bancos. Esta vez lo que está en venta es la Presidencia y Trump ha lanzado una oferta pública de adquisición, OPA de Trump a la Casa Blanca, OPA de la telerrealidad a la esfera política. Donald lanza un desafío al sistema no para reformarlo o transformarlo, sino para ridiculizarlo… Ya no se trata de deliberar en el interior del sistema democrático, sino de especular a la baja sobre su descrédito.

La legitimidad de Trump no emana de la esfera política; es una legitimidad no homologada, que le otorga la riqueza y la notoriedad ganada en su programa de telerrealidad (The Apprentice). Al reivindicar su extraterritorialidad para con el sistema político, puede convertirse en portavoz de los excluidos del sistema. Al rechazar reforzar sus poderes como presidente, hace gala de situarse en un plano diferente.

Norman Mailer escribió un conocido artículo sobre la convención demócrata de 1960, en la que se designó a Kennedy candidato a la Casa Blanca. En dicho artículo, describía el paso de una era política a otra de la mano de la sociedad del espectáculo y la sociedad de consumo. Su título era “Supermán llega al supermercado”. Con Trump, Supermán sale del supermercado para entrar en un reality show.

Trump conoce y domina las leyes de la telerrealidad, donde la libertad de expresión debe dar continuamente pruebas mediante la transgresión. Trump es una figura del trash de lujo que triunfa con lo vulgar, lo escatológico y el escarnio. Encarna una suerte de ideal tipo, el paleto con una pátina de notoriedad. Las estatuas de Trump desnudo que proliferan en las plazas públicas de las ciudades norteamericanas son una forma de sacralidad kitsch, de escultura degradada, un conjunto de manifestaciones, que apuntan al anarquismo, lo atávico pero también lo rural o periurbano. Suponen el regreso de figuras y signos arcaicos en el espacio urbano que se asemejan a una especie de carnavalesca degradada.

El reality show trumpista reality showtrumpistareinterpreta, mediante la imitación, la inversión de lo alto y de lo bajo, de lo noble y de lo trivial, de lo refinado y de lo grosero, de lo sagrado y lo profano, el rechazo de las normas y de las jerarquías establecidas entre el poder y los sin poder, el desprecio de las formas del bello estilo del saber vivir, en beneficio de una vulgaridad reivindicada asumida e invasora, la alusión constante a las funciones de deyección. Se sabe que esta inversión general de los valores culminaba en la elección de un rey del carnaval que sustituía simbólica y temporalmente a la autoridad. Eso es lo que ha venido sucediendo a diario en los últimos 16 meses.

¿Cuál es la función de este carnaval postmoderno? Mijail Bakhtine veía en el carnaval “la segunda vida del pueblo, basada en el principio de la risa”, favorecía su inmersión en el “reino utópico de la universalidad, de la libertad, de la igualdad y de la abundancia” y permitía “la suspensión temporal de todas las distinciones jerárquicas y de sus obstáculos”. En este caso, la campaña de Trump vendría a ser una suerte de catarsis colectiva por parte de los excluidos del sistema democrático, parados, blancos desclasificados y, que a veces, se han quedado en la calle por la crisis de la subprimes de 2008.

¿Acaso hemos visto cómo desfiles de carnaval mutaban en demostraciones de odio, en hordas salvajes? No. Otros teóricos como Terry Eagleton han rectificado tras el optimismo vitalista de Baktine. Ven en el carnaval un paréntesis de las élites, una “ruptura autorizada de la hegemonía”, destinadas a la expresión de las frustraciones y reforzando finalmente el control social y político. En ese caso, el carnaval trumpista sería una forma de licencia electoral en manos de una fracción descontenta de la población para que deje salir su enfado antes de volver a la normalidad.

16 meses después de entrar en campaña, la resistible ascensión de Donald Trump sigue contradiciendo a los expertos y a los institutos de sondeos que no han dejado de predecir su derrota. A tres semanas de las elecciones del 8 de noviembre, después del segundo cara a cara con Hillary Clinton, nadie se atreve a hacer pronóstico alguno. En sí mismo ya es una victoria en una batalla cuyo resultado depende en gran medida de las previsiones de los electores.

Ni las deserciones en su entorno, ni la hostilidad de una parte de los republicanos, ni siquiera las alertas lanzadas por la Casa Blanca –según las cuales no está cualificado para ocupar la Presidencia–, han conseguido a día de hoy frenar la dinámica de su campaña y la ola popular que la conduce.

Y no es por no haberlo intentado. Nunca un candidato había movilizado en su contra tantos medios, grupos de presión, redes e intereses coaligados. ¡Esfuerzo en vano! “En Donald Trump hay un candidato fuera de lugar: es alguien que miente continuamente, que insulta, que utiliza un lenguaje nunca visto hasta ahora. Y ahí se nos plantea el dilema, a los periódicos y medios de comunicación: ¿cómo se habla de un candidato así?”, se pregunta el editorialista de The New York Times, Roger Cohen, citado por Radio Canadá.

Los medios de comunicación han redoblado los esfuerzos en las últimas semanas de campaña, frente a la multiplicación de mentiras de Trump y su equipo de campaña. Pero por más que se rebatan con hechos sus mentiras, con realpolitik los fantasmas aislacionistas, con moral sus múltiples patinazos sexistas y racistas, los excesos de Trump son un agujero negro que absorbe las críticas y las llamadas al orden. Incluso el papa Francisco, quien sin mencionarlo directamente ha dicho “que una persona que quiere construir muros y no puentes no es cristiano”, ha sido criticado por ser “muy político” y por tanto nada religioso.

Ya pueden los medios de comunicación seguir calificándolo de fascista, de neofascista o compararlo con el mismo Hitler, “a la gente le trae sin cuidado”, replica farruco. Como los fascistas. Y sigue provocando, con nuevas demostraciones racistas contra los musulmanes, los hispanos, las mujeres y los homosexuales, incendiando de nuevo los medios de comunicación escandalizados, como hacía muy bien un tal Jean-Marie Le Pen. Las últimas revelaciones de The Washington Post, el pasado 7 de octubre, unas grabaciones en las que se escucha a Donald Trump, en 2005, dirigir palabras soeces a las mujeres, parecen ser la gota que colma el vaso, también en sus propias filas. Pese a pedir perdón, puede ser el golpe de gracia en su campaña.

Secesión

Pero allí donde Le Pen era un aficionado dotado para el juego de las provocaciones, Trump es un profesional. La telerrealidad es la matriz de su éxito. Sabe mucho de provocar a la audiencia a base de provocaciones. Su emisión The Apprentice era una escuela de la provocación. Ha cambiado las reglas del juego político y de los medios de comunicación. “Usted vive en su propio mundo”, un mundo aparte, le dijo la demócrata Hillary Clinton en su primer debate con Trump, para indicarle que no vivía en un mundo real, una réplica que saludaron los analistas que olvidaban simplemente que es exactamente lo que piensan los que respaldan a Trump del mundo político al que pertenece Clinton, un mundo aparte, donde la mentira es el rey y del que se hallan excluidos.

No sorprende entonces que la verificación de los hechos (fact checking) quede sin efectos. ¿Por qué reprochar a Trump que mienta, si el mundo político al completo sólo es mentira y simulacro? El mal es mucho más profundo de lo que se dice y Trump no es más que el síntoma, una parte de la sociedad se ha secesionado, tanto en Estados Unidos como en Europa. Roger Cohen se alarmaba en The New York Times: “Si dice que 'hay alguien que aspira a ser presidente de Estados Unidos y que miente continuamente' y millones de personas dicen 'sí, vale, quizás eso no está bien, pero lo voy a votar pese a todo', creo que merece un análisis”.

El novelista norteamericano Bret Easton Ellis le daba al escritor Minh Tran Huy, en las páginas de Le Figaro (abril de 2016), las claves del éxito de la campaña de Trump en las primarias: “La gente no tiene nada que ver con el programa político de Donald Trump. Están muy enfadados y el éxito de Donald Trump es el resultado lógico de dicho enfado. No es ni conservador ni republicano, destruye el Partido Republicano y todo el mundo debería felicitarlo por ello. También ha destruido nuestra idea de los medios de comunicación. No dicen las cosas como son, pero son parciales. Les ha dicho que sería él mismo y mucha gente ha apreciado esta franqueza. No es su discurso lo que interesa, sino lo que representa. Es un hombre que habla sin cortapisas ni censuras, a riesgo de resultar contradictorio y se permite lo que ningún otro político. Esta actitud inédita le vale el apoyo de personas que se sentían hasta ahora excluidas del debate público”.

Cada día, las cadenas de información Fox News, MSNBC y CNN difunden lo que quiera que haga el magnate inmobiliario y obtienen gracias a él récords de audiencias y de ingresos publicitarios, estimados ya en más de 2.500 millones de dólares. El editorialista de The New York Times Roger Cohen se alarmaba de esta espiral inflacionista que vincula las provocaciones de Trump a los resultados de audiencia de las cadenas y de éstos a los buenos resultados de los sondeos.

¿Cómo oponerse a la transgresión en una economía de la atención donde la transgresión se ha convertido en la regla que se impone a todos? La razón política entrega las armas, los sondeos se dan por vencidos, los editorialistas no saben ya a qué ley electoral encomendarse, incluso los politólogos acostumbrados a dar un relato coherente en el recorrido de los candidatos no saben ya a quién encomendarse… Estamos ante una gran desbandada de la razón política, al lado de la cual, los pronósticos desmentidos desde hace 20 años por el resistible ascenso del Frente Nacional parece anecdótico...

“Es un payaso, literalmente, podría estar en un circo”, ha dicho Noam Chomsky. Pero el magnate inmobiliario no es solo un clown que quiere atraer la atención, tiene el apoyo de los que están enfadados. La mayoría de los hombres blancos. De la clase obrera, de la clase media, hombres blancos pobres. Y sus mujeres y sus familias tradicionales. “Están enfadados con todo”, destacaba Chomsky.

Si todavía hacía falta demostrar que esta campaña electoral da al traste con cualquier referencia política e ideológica, habría que aludir al apoyo de Noam Chomsky a Hillary Clinton. Que viene a ser como si, en circunstancias comparables, Jean-Paul Sartre hubiese pedido el voto para Giscard d'Estaing o Pierre Bourdieu para Nicolas Sarkozy. Por supuesto, la decisión de Chomsky está lejos de ser entusiasta; el célebre lingüista ha dicho que votará por Clinton tapándose la nariz. Eso no quita, cuando se conoce el posicionamiento de Chomsky en lo que a la política extranjera norteamericana se refiere, que sorprenda su apoyo a Hillary Clinton, que también tiene el apoyo de los neoconservadores… En su opinión, es la única solución “racional”. De lo que cabe deducir que la casa está ardiendo…

Trump representa un riesgo de salida de lo político, de la racionalidad política en el ámbito de las pasiones elementales, el miedo y el odio. Un descarrilamiento que recuerda a otro, según él: el de la Alemania nazi en los años 30.

El desafío político de estas elecciones no es una simple decisión política, ni en el plano interior, ni en el plano internacional, entre orientaciones políticas opuestas. Las elecciones, que hasta ahora tenían como fin otorgar un mandato, acreditar, funcionan al revés, se ha convertido en expresión de la sospecha. Un ejercicio no constitutivo sino destituyente. No se trata ya de optar por un programa de campaña u otro, como en unas elecciones “normales”.

Incluso cabe preguntarse por el hecho de saber si se trata de elegir el “mal menor" (Lesser Evil Voting), como dice Noam Chomsky, porque el mal Clinton y el mal Trump, si se puede decir así, son inconmensurables. Si uno y otro son productos generacionales de la misma razón neoliberal, uno en el mundo inmobiliario, la otra en el de la política, no juegan al mismo juego. Una dispone de un capital político, el otro no. Una especula al alza, el otro a la baja. Todos los esfuerzos de Clinton y de los que la apoyan están dirigidos a salvar el crédito político y a los partidos desacreditados.

Trump, por su parte, especula a la baja, su único crédito político le viene paradójicamente de los que lo han perdido todo. Al hablar de los cambios del Partido Republicano, por influencia de unas bases extremistas que se han manifestado durante el mandato de Obama, en el Tea Party, Chomsky afirma que ya no se puede ni siquiera decir que el Grand Old Party sea un “partido político”.

Toda una parte de la sociedad norteamericana se ha secesionado. Ha comprendido de forma instintiva las leyes de la política en la era neoliberal y ha decidido especular también porque ya no tiene nada que perder. Por emplear un símil bursátil, apuesta a la baja: ha decidido apostar y anticipar una ruptura del sistema. Algo lejos de ser irrealista. El peligro, en cualquier especulación a la baja, es que es autorrealizadora. Lo mismo que muchos economistas ven en la especulación a la baja las principales causas de la caída de la Bolsas, asistimos a la misma crisis especulativa en la esfera política. Todos los operadores del mercado se vigilan. Todo en una lógica de farol y de mensaje que debe transmitirse a los demás.

Para el elector, la especulación en Bolsa es fruto del azar, en medio del combinado de operadores (medios de comunicación, partidos, lobbies, patrocinadores), situación poco envidiable del que se presenta en la mesa de póker frente a los reyes del farol y de las estadísticas… pero la lógica del mercado político es idéntica a la de los mercados financieros. Sin inestabilidad, no hay especulación posible. Los medios de comunicación y los institutos de sondeos se alimentan de la intensificación de los intercambios de opinión, de la inestabilidad de la opinión, se nutren de la polémica, del escándalo. Cuanto más movimientos de opiniones, más materia para especular, Trump introduce la perturbación en un sistema bipartidista con tendencia a la entropía, intensifica los intercambios, hace variar los pronósticos, multiplica las agudezas que serán recuperadas, autoriza todas las especulaciones…

Trump es la metáfora que ilumina nuestro desconcierto político. La cuestión no es saber si puede ser elegido o no, sino considerar su irrupción en el mundo de la política como una aparición fantasmagórica de lo que atormenta a la sociedad norteamericana y a las sociedades occidentales. Con independencia del resultado de las elecciones, no hemos acabado con este fantasma. Ha pasado por aquí, volverá a ir por allá.

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Traducción: Mariola Moreno

Leer el texto en francés:

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