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Xi Jinping, nuevo emperador de China

Periódicos chinos con portadas que muestran al presidente Xi Jinping asistiendo a la sexta sesión plenaria del XIX Comité Central del PCC.

François Bougon (Mediapart)

Se dice del joven Xi Jinping que no fue brillante en los estudios. Sin embargo, desde que llegó al poder hace casi una década, en 2012, este hijo de un revolucionario ha logrado imponer su reinado en el Partido Comunista Chino (PCC).

Ahora se le presenta como uno de los grandes líderes de la República Popular China, a la altura de dos de sus ilustres predecesores, Mao Zedong, el fundador, y Deng Xiaoping, el artífice de la política de reforma económica iniciada a finales de los años 70.

Tras inscribir el “Pensamiento Xi Jinping en el socialismo al estilo chino para una nueva era” en la constitución de un partido fundado hace apenas cien años, Xi acaba de imponer su visión de la historia. El líder chino está reescribiendo el pasado para afianzar mejor su poder de cara al 20º Congreso del año que viene y para preparar el futuro.

Así lo acordaron el jueves 11 de noviembre los responsables del PCCh al término del sexto pleno del XIX Comité Central, que se celebró a puerta cerrada en la capital china durante cuatro días y que concluyó, como manda la tradición, con La Internacional. Porque, según informan los medios oficiales, se adoptó una “Resolución del Comité Central del Partido Comunista de China sobre los principales logros y experiencias históricas de la lucha centenaria del Partido”.

Antes de Xi, sólo Mao y Deng habían promovido este tipo de textos. Estas sucesivas reescrituras históricas permiten a la historiografía del Partido definir la identidad de la formación política en momentos cruciales y a sus iniciadores consolidar su poder.

La primera, en 1945, se produjo tras una larga lucha por el poder y una campaña de purgas dirigida por Mao, que golpeó a sus opositores y a los intelectuales demasiado críticos. El texto, titulado “Sobre algunas cuestiones relativas a la historia de nuestro partido”, fue aprobado en el VII Congreso del PCCh celebrado en Yan'an, un bastión rebelde rojo en el noroeste del país. Ocasión para consagrar el “pensamiento Mao Zedong” y la autonomía de la vía revolucionaria china frente al gran hermano soviético.

La segunda resolución votada en junio de 1981, cinco años después de la muerte del Gran Timonel, permitió condenar los errores de éste durante los diez años de la Revolución Cultural (1966-1976), pero preservaba el maoísmo, al tiempo que respaldaba a Deng Xiaoping, que había lanzado las políticas de reforma y apertura y consagrado el socialismo con características chinas, integrado en el capitalismo globalizado.

Fue una continuación de la primera, retomando incluso su título: “Sobre algunas cuestiones de la historia de nuestro partido desde la fundación de la República Popular China”.

Para Xi Jinping, no se trata tanto de ajustar cuentas con el pasado –no se aborda, por ejemplo, la sangrienta represión del movimiento democrático de Tiananmen en junio de 1989 ni las tragedias del Gran Salto Adelante o de la Revolución Cultural– como de dotar al PCCh de una nueva identidad al unísono de su proyecto etnonacionalista, en torno a la etnia han y en detrimento de los demás componentes de la nación china, como los uigures, los tibetanos y los mongoles– que aplica en el marco de una formación política marxista-leninista.

El objetivo principal es mostrar que no sólo el PCCh ha tenido la misión de borrar las humillaciones coloniales y sacar a China de su condición de inferioridad en la comunidad internacional, lo que ya se abordó en las dos resoluciones anteriores, sino también, como señalaba el resumen publicado al final de la sesión plenaria, que “la lucha centenaria del Partido y el pueblo ha escrito la epopeya más magnífica de la historia de la nación china durante miles de años”.

Esto explica que esta tercera resolución no repita la redacción de las dos primeras. Apenas hay preguntas que hacer o errores que corregir, lo importante es resumir “los principales logros y la experiencia histórica de la lucha centenaria del Partido”. En tres puntos y sobre todo en tres hombres.

En primer lugar, Mao, que sentó las bases e hizo posible la creación de la República Popular: “El Partido Comunista y el pueblo chino proclamaron solemnemente al mundo entero, con su lucha heroica y tenaz, que el pueblo chino se había levantado y que la época en que la nación china estaba a merced de otros y sometida a la intimidación había terminado y que había comenzado una nueva era de desarrollo chino”.

Cita en el 20º Congreso del año que viene

Luego llegó Deng Xiaoping, que hizo posible “liberar y desarrollar las fuerzas productivas sociales, liberar al pueblo de la pobreza y hacerlo rico lo más rápidamente posible, y proporcionar una nueva y dinámica garantía institucional y las condiciones materiales para un rápido desarrollo para lograr el gran rejuvenecimiento de la nación china”.

Finalmente, hoy, Xi Jinping, elevado al mismo rango que sus dos ilustres predecesores –relegando a la sombra a los que gobernaron entretanto (Jiang Zemin y Hu Jintao)– nos permite mirar hacia una nueva era de prosperidad, allanando el camino hacia 2049, el centenario de la República Popular China, cuando China alcanzará el estatus de gran potencia, según los deseos de Xi. Según los medios de comunicación oficiales, el “pensamiento Xi Jinping” “es la quintaesencia de la cultura y el alma chinas y ha logrado un nuevo salto en la sinicización del marxismo”.

Este relato, impuesto a los historiadores, no debería verse cuestionado, el régimen ha criminalizado cualquier crítica a los héroes y mártires de la República Popular. Desde el pasado mes de marzo, quienes no lo hagan así se enfrentan a hasta tres años de prisión. Un antiguo periodista, Luo Changping, conocido por sus investigaciones sobre corrupción, fue detenido en octubre por burlarse en una red social de los soldados chinos que lucharon en la guerra de Corea. Está a la espera de juicio.

El relato nacional que Xi Jinping está imponiendo forma parte de la tradición imperial china de la “historia oficial” (zhengshi), que permitía, entre otras cosas, que una nueva dinastía justificara su legitimidad frente a la que acababa de sustituir. Y Xi es el nuevo emperador de esta dinastía marxista-leninista. Está dispuesto a ser investido para un tercer mandato en la próxima gran cita política, el XX Congreso, que se celebrará en el segundo semestre de 2022.

Traducción: Mariola Moreno

Leer el texto en francés:

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