El hombre que convirtió a Apple en la empresa más valiosa de la historia se va con los deberes a medio cumplir. Tim Cook anunció este lunes que dejará la dirección ejecutiva del gigante tecnológico el próximo 1 de septiembre, quince años después de heredar una compañía traumatizada por la muerte de Steve Jobs y que él transformó en una máquina de hacer dinero sin precedentes en la historia del capitalismo. Su sucesor será John Ternus, actual vicepresidente senior de Ingeniería de Hardware, un directivo de perfil técnico que lleva 25 años en la empresa y que tendrá que solucionar los problemas que Cook dejó sin resolver. El primero y más urgente de ellos: la inteligencia artificial.
La transición llega en un momento extraño para Apple. La compañía ronda los cuatro billones de dólares de capitalización bursátil —lo que la convierte en la tercera empresa más valiosa del mundo, por detrás de Nvidia y de Alphabet, la matriz de Google— y el iPhone 17 ha tenido un rendimiento razonable en ventas. Pero debajo de esa fortaleza financiera hay señales de erosión. Apple, la empresa que en 2007 reinventó el teléfono móvil y en 2010 creó el mercado de las tabletas modernas, lleva años sin protagonizar un salto tecnológico de esa magnitud. Y en la carrera de la inteligencia artificial —el movimiento tectónico más importante del sector desde la aparición del smartphone— va por detrás de casi todos sus grandes rivales.
Esa posición de tercera empresa más valiosa del mundo merece un momento de atención. Cuando Cook tomó el timón en 2011 Apple ocupaba el primer lugar, con una capitalización de 337.000 millones de dólares. En agosto de 2018 cruzó el billón, en 2020 los dos billones y en 2023 los tres. Esa multiplicación por diez en doce años es el verdadero legado financiero de Cook.
Superados por Nvidia
Pero también revela el problema: la empresa que fue primera en cruzar esos umbrales ha cedido ahora el liderazgo a Nvidia, una compañía que hace una década fabricaba tarjetas gráficas para videojuegos y que ha escalado hasta los 4,5 billones gracias a una sola apuesta: los chips que alimentan la inteligencia artificial. Alphabet también ha superado a Apple en capitalización, apoyada en haber reconvertido su imagen de gigante de internet en declive a líder en IA. Los mercados están premiando esa apuesta con una contundencia que no deja lugar a interpretaciones.
Para comprender el problema de Apple hay que entender su modelo de negocio, que es también su filosofía y, en cierto modo, su carácter. Apple construye ecosistemas cerrados: hardware, software y servicios integrados bajo un control absoluto de la compañía. Esto tiene ventajas reales —seguridad, coherencia, experiencia de usuario pulida— pero tiene un coste: dificulta la incorporación de tecnologías externas, ralentiza la adaptación y genera fricciones regulatorias crecientes.
La Ley de Mercados Digitales europea (DMA, por sus siglas en inglés) ha forzado a la compañía a permitir tiendas de apps alternativas y a abrirse parcialmente a desarrolladores externos, recortando de paso prestaciones clave en los mercados europeos. El conflicto no ha terminado. Y en el contexto de la IA la tensión se vuelve más aguda: los modelos más potentes son los que tienen acceso a más datos, más integraciones, más contexto. Un ecosistema cerrado es, por definición, un ecosistema que dificulta todo eso. Algunos analistas del sector llevan tiempo describiendo el “jardín cerrado” de Apple como una trampa: fue su gran ventaja competitiva en la era del hardware, pero se está convirtiendo en un lastre en la era de la IA.
El fiasco de Siri
En junio de 2024, Apple presentó Apple Intelligence en su conferencia anual de desarrolladores: modelos de lenguaje avanzados en el iPhone, una Siri verdaderamente inteligente, funciones de IA contextual que ningún otro fabricante podía igualar. Era, en teoría, la respuesta de Apple a ChatGPT.
Lo que vino después fue una sucesión de retrasos y decepciones. Las funciones más prometidas se fueron postergando trimestre tras trimestre. Y siguen sin llegar. En diciembre de 2025, la empresa reconoció que no lanzaría la Siri renovada a corto plazo y anunció una reestructuración de su equipo de IA. John Giannandrea, el directivo que llegó de Google en 2018 para liderar la estrategia de inteligencia artificial, salió de la empresa junto a otros tres altos cargos. Las acciones cayeron de forma notable.
La situación llegó a un punto tan delicado que la compañía tomó una decisión impensable hace pocos años: integrar en el iPhone un modelo externo, el Gemini de Google, para compensar las carencias de sus propios desarrollos. Apple, que durante décadas ha presumido de controlar cada elemento de sus productos, tuvo que recurrir a su principal competidor para tapar un agujero en su propuesta de valor.
El problema de fondo es que la IA está dejando de ser una función adicional del teléfono para convertirse en la interfaz principal con la que los usuarios interactúan con sus dispositivos. Si Siri no está a la altura, el iPhone empieza a parecer un hardware excelente con una capa de software anticuada.
Quince años exprimiendo el iPhone
Steve Jobs tenía una frase que resumía mejor que ninguna otra su capacidad de innovar: “La gente no sabe lo que quiere hasta que se lo enseñas”. No era arrogancia —o no solo— sino una descripción precisa de su método de trabajo. Jobs no hacía estudios de mercado para diseñar productos; creaba objetos que redefinían el marco de lo posible y dejaba que el mundo se adaptase. El iPhone no nació de una encuesta. El iPad tampoco. Esa capacidad de imaginar necesidades que el usuario todavía no sabe que tiene es exactamente lo que Apple lleva quince años sin demostrar, y es el vacío más difícil de llenar porque no se resuelve con dinero ni con ingeniería.
Mark Zuckerberg, el oligarca tecnológico propietario de Meta (Facebook e Instagram) lo dijo en voz alta hace unos meses, con la arrogancia que le caracteriza y con la puntería que a veces tienen las provocaciones interesadas: Apple, dijo, lleva años “exprimiendo” su único gran producto sin atreverse a apostar por nada radicalmente nuevo.
La acusación tiene matices. La tecnológica ha hecho avances muy relevantes en estos quince años: los chips Apple Silicon, las mejoras en cámaras y biometría, los AirPods, el Apple Watch, unos servicios que generan márgenes altísimos. Pero nada de eso es comparable, en términos de impacto, con el iPhone. Y el único intento serio de Cook de crear una categoría radicalmente nueva ha resultado ser, al menos de momento, el mayor fracaso comercial de Apple en décadas.
Apple Vision Pro se presentó en 2023 como “el primer ordenador espacial”. El precio era de 3.499 dólares, el dispositivo era técnicamente impresionante y las ventas han sido, con todos los eufemismos disponibles, muy decepcionantes: unos 45.000 unidades en el último trimestre de 2025, frente a los decenas de millones de iPhones del mismo período.
A principios de 2026 la empresa frenó la producción y redujo la publicidad. Apple lanzó el Vision Pro sin tener claro para qué servía. No era un producto de consumo masivo ni exactamente una herramienta profesional. Era una demostración de capacidad tecnológica en busca de un caso de uso convincente que nunca llegó porque carecía de la visión anticipatoria de Jobs. Al final, no ha fraguado. Cook ha construido una empresa que optimiza su rentabilidad con una precisión casi matemática, y esa eficiencia tiene un precio: la tolerancia al fracaso a corto plazo —condición indispensable para la innovación radical— es baja.
Ternus, el ingeniero
John Ternus es, sobre el papel, el antídoto natural a los problemas técnicos que arrastra Apple. A sus 50 años, es el directivo más joven del equipo ejecutivo. Ha sido responsable del iPad, los AirPods, la transición a Apple Silicon y el iPhone 17. Lleva un cuarto de siglo en la empresa y conoce sus entrañas mejor que nadie. Cook le describió en el comunicado con el lenguaje previsible de estos actos: “mente de ingeniero, alma de innovador”.
La primera parte es la que importa. Apple tiene un problema técnico —la IA— y ha elegido para resolverlo a alguien cuya credencial principal es haber construido hardware excelente. En teoría, es una apuesta por la integración: la convicción de que la ventaja de Apple no vendrá de los modelos en sí, sino de integrarlos de manera más eficiente en hardware que nadie más puede replicar.
El chip Apple Silicon es genuinamente superior para ciertos tipos de inferencia local, y el procesamiento de IA en el propio dispositivo tiene ventajas reales en privacidad y velocidad. Pero la brecha con Google, Meta y OpenAI en capacidades de los modelos es grande y no se cierra con un chip mejor.
Hay además otras herencias de la era Cook que Ternus está obligado a gestionar. Cook nunca abrazó a Donald Trump con el entusiasmo de Elon Musk, ni se posicionó en su contra con la determinación de otros ejecutivos del sector. Eligió la equidistancia y la sostuvo con gestos calculados: donó un millón de dólares a la ceremonia de investidura, anunció una inversión de 500.000 millones en Estados Unidos y, durante una visita a la Casa Blanca, obsequió al presidente con una estatua de oro de 24 quilates con el logotipo de Apple. A cambio, logró que sus productos quedaran exentos de los aranceles más severos.
Ver másTrump amenaza a Apple con un arancel del 25% para sus iPhones si no los fabrica en EEUU
Pero la tregua fue siempre frágil: Trump llegó a amenazar con un arancel del 25% si Apple no fabricaba sus iPhones en suelo americano. La guerra arancelaria de 2025 acabó costándole a la empresa más de 2.000 millones en costes adicionales y obligó a reorganizar a marchas forzadas una cadena de suministro que llevaba décadas construyendo. La equidistancia tiene un límite, y ese límite se paga caro.
Cook se marcha a los 65 años con el balance más impresionante que un CEO tecnológico puede presentar: desde 1998, la capitalización de Apple ha pasado de 4.600 millones de dólares a más de cuatro billones, un crecimiento de casi el 87.000% sin parangón en la historia empresarial moderna. Ese es su legado, pero también es su límite: construyó una empresa perfecta para el mundo de 2015, en el momento en que el mundo estaba cambiando hacia algo que esa perfección no estaba preparada para gestionar.
Ternus hereda el trono más cómodo y a la vez más incómodo de la tecnología mundial. Los recursos son inagotables. El tiempo, no tanto.
El hombre que convirtió a Apple en la empresa más valiosa de la historia se va con los deberes a medio cumplir. Tim Cook anunció este lunes que dejará la dirección ejecutiva del gigante tecnológico el próximo 1 de septiembre, quince años después de heredar una compañía traumatizada por la muerte de Steve Jobs y que él transformó en una máquina de hacer dinero sin precedentes en la historia del capitalismo. Su sucesor será John Ternus, actual vicepresidente senior de Ingeniería de Hardware, un directivo de perfil técnico que lleva 25 años en la empresa y que tendrá que solucionar los problemas que Cook dejó sin resolver. El primero y más urgente de ellos: la inteligencia artificial.