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Contaminación y orden ecológico

Francisco Javier Herrera Navarro
Publicada el 05/04/2021 a las 06:00

Hubo un tiempo en el que el término "contaminación" se usaba como sinónimo de progreso en cuanto que propiciaba un avance en la superación de la pureza y disciplina de cualquier cosa de la vida que estuviera encerrada en su coto o hábitat "ecológico". Se trataba de enriquecer todo lo que fuera "disciplinar" (y por tanto sometido a una disciplina reglada y normativizada), dentro de un proceso de "estetización de la vida" en su conjunto, con elementos procedentes del resto de disciplinas, particularmente de ámbitos marginados y rechazados, propiciando una apertura de los límites hacia procesos integradores y en ningún modo excluyentes a fin de que nada ni nadie se sintiera fuera del orden social existente. Así se propició un estilo de vida y de pensamiento enormemente rico y creador que fue bautizado como "postmoderno".

Hoy en día se ve que como consecuencia del cansancio provocado por los excesos contaminadores (hasta el punto de que resulta ya difícil señalar qué es qué o quién es quién) puede percibirse que se ha llegado a una toxicidad extrema, por lo que se quiere o se pretende reducir esa realidad tan plural e interconectada a un orden ecológico que promulgue un nuevo orden mundial en base a criterios fijos e inamovibles, certeros en suma, que reduzca el ruido y el caos consiguiente en el que nos movemos. Es lo que se llama "postverdad".

Prescindiendo de que en el fondo de toda esa reacción se encuentren los móviles económicos (imposible ya de mantener el "estado del binestar" conseguido porque los recursos cada vez escasean más y cada vez somos más a repartir), tales planteamientos ideológicos nos recuerdan al fascismo puro y duro, ya que no tenemos otras posibilidades de amarre en la tradición vivida y se parte de la base de que ya todo está inventado...

De esa reserva espiritual (erigida en el lado bueno de la historia) es de donde vienen las proclamas "antiprogres" lanzadas por Vox en su intento de recuperar ese "paraíso perdido" de la tradición, del buen gusto, de la normatividad reglada, de la decencia y del orden "de toda la vida" que han distinguido durante todo el siglo XX al "español de bien" (con su referente de la felicidad –la gran familia– propiciada por papá Caudillo).

Pero como todo fascismo se funda en la creación ficticia de enemigos a los que hay que oponerse y derribar en una lucha sin cuartel: se trata de aniquilar a rebaños de ovejas que por encantamiento se han convertido en crueles ejércitos invasores.

Una de las estratagemas que se esgrimen es curiosamente y en primer lugar la contaminación lingüística; se trata de utilizar los métodos propios del pensamiento teórico marxista para darle la vuelta en favor del nuevo orden de pensamiento único y unidireccional. Si a propósito de Trump y sus secuaces hablamos de "fascismo democrático" (ya que puede llegarse al fascismo a través de medios democráticos tal y como la historia nos demuestra), ellos le oponen el "comunismo democrático" para señalar ese "híbrido contaminado" de PSOE + Podemos (o social-comunismo) que no puede traer nada bueno. Ese es el trasfondo que subyace en un objetivo aún más peligroso y letal: conquistar y anular la democracia que con tanto esfuerzo logramos cimentar.

Así las cosas, y por ende en el seno de una pandemia que nos impide ver el horizonte con claridad y que nos obliga a unos anómalos patrones de comportamiento, lo que se trasluce en el fondo de tales contaminaciones conceptuales es un deseo de imposición o de dominio de unos sobre otros para tener garantizado un "sálvese quien pueda" en caso de catástrofe, y romper así los consensos tan difícilmente alcanzados en cualquier esfera de convivencia, en especial del "bienestar" derivado de una educación, sanidad, cultura, derechos sociales, bienes de consumo, igualdad, etc., propios de un democrático "estado de derecho".

Pero no se nos oculta que quienes llevan ventaja, porque son los que más pueden, son siempre los que detentan el poder económico en la forma de un libertarismo extremo que enfatiza la libertad individual y la propiedad privada. Frente a ese dominio absoluto del egocentrismo político y social se inventó el híbrido socialdemócrata, que al mismo tiempo que garantiza dichas libertades enfatiza la solidaridad y la igualdad así como el servicio público para intentar que nadie quede marginado en la ya de por sí dolorosa batalla por la supervivencia.

Es evidente que hoy en día existen más razones lógicas para priorizar la segunda opción pero como a la hora de la verdad el poder, en nuestra economía de mercado, lo detentan los primeros, el campo de batalla no sólo está bien delimitado sino que se presume cruento, pues mucho me temo, tal y como la historia nos ha demostrado infinidad de veces, que al final el gato al agua se lo lleven los que tienen la capacidad de crear fantasmas y aparentar que se rompen los nudillos luchando contra ellos por mucho que los sanchos de turno se empeñen en convencer a sus amos de que los gigantescos enemigos sólo eran molinos de viento...


Francisco Javier Herrera Navarro es socio de infoLibre

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