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Mostra de Venecia

La competición dice adiós con dos decepcionantes films dirigidos por Niccol y Konchalovski

  • Konchalovski presentó una especie de docudrama interpretado por lo que algunos llaman "actores naturales" que tiene momentos entrañables, pero no es capaz de profundizar en sus personajes
  • El jurado ha iniciado ya sus reuniones para redactar un palmarés que debería decantarse por films presentados en la primera parte de este desigual festival

infoLibre | Noticine Publicada 05/09/2014 a las 06:00 Actualizada 05/09/2014 a las 21:03    
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El director ruso Andrei Konchalovski posa durante un pase de la película Belye nochi pochtalona Alekseya Tryapitsyna este viernes.

El director ruso Andrei Konchalovski posa durante un pase de su película.

EFE
Dos buenas materias primas no del todo aprovechadas por sus respectivos realizadores pusieron el punto final este viernes a la competencia de la 71 Mostra de Venecia. Y no será por inexperiencia, porque tanto el neozelandés afincado en Hollywood Andrew Niccol como el ruso Andrei Konchalovski tienen suficiente curriculum. Sin embargo es que tanto Good Kill (Buena matanza) como Belye nochi pochtalona Alekseya Tryapitsyna (traducida como Las noches blancas del cartero) pudieron ser mejores. El jurado ha iniciado ya sus reuniones para redactar un palmarés que debería decantarse por films presentados en la primera parte de este desigual festival.

Hay que reconocerle a Niccol un interés reiterado por dos elementos que coinciden en su Good Kill, el uso moralmente discutible de la tecnología, y la guerra como fracaso del género humano. Precisamente es el protagonista de una de sus mejores cintas, centrada en la revolución genética, Gattaca, Ethan Hawke, quien repite puesto en este nuevo film, dando vida a un piloto del siglo XXI, que no está sentado al frente del panel de control de un caza, sino ante la pantalla de un ordenador con el que maneja un dron, avión no tripulado y teledirigido. Es Tom, un oficial de la fuerza aérea que a enorme distancia (está en un barracón en las afueras de Las Vegas, Estados Unidos) controla esos drones que a diario atacan a las fuerzas talibán y de paso acaban con la vida de algunas víctimas colaterales.

No se mancha las manos, es un ejecutor casi virtual, y tan culpable como el adolescente que mata zombis con su consola. Pero Tom sabe que no son criaturas pixelizadas las que perecen bajo los misiles que envía, sino seres de carne y hueso, y esas 12 horas diarias de "misión" están minando su alma y su mente. Y de paso ponen en peligro su estabilidad conyugal.

Puede que no nos gusten los métodos de resolver conflictos de las Administraciones estadounidenses, republicanas o demócratas –que en buena medida tanto montan– pero hemos de reconocer que mientras en Norteamérica existe la posibilidad de criticar y plantear dilemas morales, en los territorios dominados por algunos sus enemigos el que rechiste o piense diferente, por no decir que pretenda elevar cualquier tipo de crítica, verá su cabeza rodando por el suelo.

Lástima que el desenlace, demasiado "peliculero", un happy end en toda regla, deje coja la interesante llamada a la reflexión de Niccol, guionista además de director de Good Kill.

Por su parte, Andrei Konchalovski, quien coincide con su colega de profesión en poseer una trayectoria demasiado ecléctica o irregular, con grandes cintas combinadas con productos que saben a mera labor alimenticia, incluso alguno protagonizado por Stallone (Tango & Cash) presentó una especie de docudrama interpretado por lo que algunos llaman "actores naturales" (o sea sin formación ni experiencia interpretativa), que tiene momentos entrañables, pero no es capaz de profundizar en sus personajes. Sigue Belye nochi pochtalona Alekseya Tryapitsyna la vida de un simpático cartero rural en una zona perdida y despoblada de la Rusia profunda, el único nexo de su población con el resto del mundo. Su labor se ve en peligro cuando le roban el motor de la lancha con la que hace su recorrido diario por el lago que separa los asentamientos humanos en la taiga.

El autor de Siberiada dibuja esa existencia nostálgica de tiempos soviéticos pretéritos, generosamente regada por el vodka que quita las pena (sustancia que por cierto también usa el Tom de Niccol), pero su espíritu contemplativo y el uso de esos personajes locales que hacen de sí mismos parajódicamente impiden profundizar en los personajes. Hay poco en su película que pueda llegar a generar empatía, por superficialidad.


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