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'Marruecos, el extraño vecino'

Publicada el 15/09/2019 a las 06:00 Actualizada el 14/09/2019 a las 17:38
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infoLibre publica un extracto de Marruecos, el extraño vecino, en el que el periodista español Javier Otazu, corresponsal en Rabat para la agencia EFE, realiza un análisis social y político del país que tan bien conoce. En el libro recién editado por el sello Catarata, el reportero no prescinde de los temas que suelen hacer entrar a Marruecos en los telediarios españoles —las relaciones diplomáticas, la cuestión del Sáhara—, pero se interesa más en los asuntos que mueven allí el debate público y que permiten esbozar el paisaje social a pie de calle. 

Entre los temas que aborda el ensayo se encuentra la relación del pueblo y las leyes con el rey, la lucha contra el analfabetismo, el estatus de la religión o la situación de las mujeres, como el tratamiento de la violación en el Código Civil, los matrimonios infantiles o la poligamia. En este fragmento, Otazu se detiene en el enfrentamiento político sobre el derecho al aborto

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El aborto y las madres solteras
  Cada día se practican en Marruecos entre 600 y 800 abortos clandestinos. Unos son obra de curanderas en el campo, que emplean agujas de coser o pócimas de hierbas; otros son hechos por reputados ginecólogos armados del material moderno más sofisticado, pero que también ejercen en la ilegalidad. Las primeras no suelen ser molestadas salvo en casos de muerte de la paciente; los segundos saben que cualquier día puede aparecer por sorpresa una patrulla de la policía en la clínica y detener a la paciente y a su acompañante, al médico y a todo el personal del centro. En el campo la operación puede costar unos cien euros; en la ciudad, hasta diez veces más.


En el Código Penal hay diez artículos que criminalizan el aborto y que forman parte del capítulo “Crímenes y delitos contra el orden familiar y la moralidad pública”. Del mismo modo, se castiga hasta con cinco años a los implicados en un caso de aborto ilegal, pero en algunos casos las penas pueden verse agravadas y llegar hasta los diez (si se demuestra, por ejemplo, que el médico y su personal practicaban abortos habitualmente). Así sucedió en 2013 en la ciudad de Mek - nés, en la que un médico fue condenado a diez años de cárcel en un caso en el que no se libró ni siquiera la mujer de limpieza que trabajaba en su clínica, amén de la secretaria, el anestesista, las enfermeras y las pacientes. Según la interpretación de Chafik Chraibi, creador y alma de la Asociación Marroquí para la Lucha contra el Aborto Clandestino (AMLAC), aquel médico había llegado demasiado lejos, pues practicaba el aborto a mujeres con la gestación muy avanzada. Mujeres con el vientre abultado entraban en la clínica de Meknés y los vecinos las veían salir al día siguiente libres de su peso. El médico había olvidado la necesaria discreción con que se practican ciertos delitos. Tal vez los propios vecinos habían interpuesto la denuncia. La sentencia quiso así ser ejemplar.
Chraibi
, que no quiere ser llamado abortista, sino militante contra el aborto clandestino y sus consecuencias, consiguió llevar su causa al Parlamento en 2008, donde ningún grupo político, ni siquiera los islamistas, se opuso a que se legalizara el aborto en casos como malformación del feto, incesto, violación y desequilibrio mental de la madre. Sin embargo, el debate quedó ahí y ningún grupo político se animó a presentar una proposición de ley, mientras que la actitud de las autoridades parecía endurecerse conforme pasaba el tiempo, con redadas más frecuentes en las clínicas abortistas en todo el país y con la apertura de juicios a los médicos.

Tal vez no ayudó a mejorar las cosas la llegada a las costas marroquíes en septiembre de 2012 del famoso “barco abortista” holandés, fletado por la organización Women on Waves, que se dedica a denunciar a los países donde se ponen trabas a la práctica del aborto, ofreciendo además a las mujeres información sobre la posibilidad de usar píldoras y medicamentos con efectos abortivos que son perfectamente legales. El barco llegó al puerto de Marina Smir, en las cercanías de Tetuán, y fondeó discretamente, haciéndose pasar por un barco de recreo. Cuando la organización aireó sus intenciones, ayudados por el Movimiento Alternativo para las Libertades Individuales (MALI), que no pierden una sola ocasión para provocar los debates más sensibles, entonces comenzó la polémica. El día 4 de octubre anunciaron que el barco tenía planes de atracar en el puerto y ponerse a disposición de todas las mujeres que desearan información. Ofrecía además interrumpir el embarazo con la píldora abortiva de forma gratuita, con un pequeño desplazamiento a aguas internacionales para no incurrir en delito. Se armó un gran revuelo de periodistas, decenas de policías y cientos de manifestantes antiabortistas que querían impedir la llegada del barco, pero las organizadoras habían engañado a todo el mundo y en realidad ya estaban anclados en el puerto. Cuando la Gendarmería lo supo, expulsó al barco del puerto sin que hubiera logrado realizar una sola interrupción de embarazo, pero habiendo puesto sobre la mesa, de forma un tanto irritante, la cuestión del aborto.

Allí se pusieron de manifiesto la fuerza y capacidad de movilización de unos y otros: los abortistas del MALI atrajeron a un grupo de menos de diez simpatizantes y a un numeroso grupo de periodistas, pero terminaron siendo expulsados del mismo puerto por los cientos de manifestantes contrarios al aborto y enfadados por el ruido mediático que los activistas estaban generando: “No necesitamos a gente que no es marroquí para luchar por nosotros. Esto es una provocación. Dejadnos en paz”, explicó a los periodistas la presidenta de la Asociación Karama (cercana al PJD) para el desarrollo femenino, Wafa Abdelkader.

El propio Chafik Chraibi se enzarzó en una agria polémica con los miembros del MALI y de Women on Waves en el curso de una rueda de prensa posterior, reprochándoles haber echado por tierra el lento trabajo de sensibilización llevado a cabo durante años por su asociación. Para Chraibi, la provocación gratuita, viniendo además de unos extranjeros que llegaban a dar lecciones, junto a la voluntad de irritar a la sociedad marroquí en un tema tan sensible fueron absolutamente contraproducentes y no iban a aportar ningún avance.

Dos años después, y ya olvidado el caso del barco abortista, se produjo un nuevo escándalo, en este caso por culpa de un programa aparecido en la televisión francesa France 2 sobre los riesgos del aborto en Marruecos. Los periodistas franceses que realizaron el reportaje habían dispuesto de relativas facilidades para entrar en un hospital público marroquí y obtener imágenes y testimonios de ginecólogos y de pacientes. ¿Cuál era el problema? Que el reportaje hablaba de lo que en Marruecos no se habla, y que aparecía en una televisión francesa, con un enorme potencial de repercusión entre el abundante público francófono marroquí. ¿Quién era el culpable? El mismo doctor Chraibi, que como jefe del Servicio de Maternidad en Rabat había abierto las puertas al equipo de reporteros. Chraibi fue fulminantemente cesado de su cargo, pero aquella medida no sirvió para acallar el debate. Al contrario, Chraibi no se amilanó y comenzó a buscar apoyos entre la sociedad civil y los pocos políticos cómplices para reabrir el tema, que de nuevo salió a la agenda pública. Así, convocó en marzo de 2015 un foro con médicos, hombres de religión y feministas en la Biblioteca Nacional de Rabat para discutir la reforma de la ley del aborto tomando en cuenta argumentos médicos, sociales y también religiosos. En mitad del foro, Chraibi recibió una llamada a su teléfono móvil, interrumpió el coloquio y anunció: “Me acaban de decir que su majestad el rey Mohamed VI ha ordenado una revisión de la ley del aborto”. Y el público, en el que abundaban las feministas y progresistas, se puso espontáneamente en pie gritando “¡viva el rey, viva el rey!”. El debate había terminado; una vez más, el árbitro había ganado el partido de la opinión pública.

Tratando de contentar a todos, en ese sutil juego de equilibrios en las cuestiones de moralidad, el rey encargó que le presentaran propuestas de reforma de la ley desde tres instituciones: el Ministerio de Asuntos Islámicos, el de Justicia —en los que dominaban los conservadores— y el Consejo Nacional de Derechos Humanos, lo que suponía el contrapeso progresista. Finalmente, dos meses después, el rey recibió a los líderes de las tres instituciones y anunció su esperada decisión con un comunicado del Gabinete Real: el aborto sería despenalizado en tres supuestos, uno ya existente, como es el grave peligro para la salud de la madre, y dos nuevos: cuando el embarazo es fruto de violación o incesto, y cuando el feto padece de graves malformaciones o enfermedades incurables.

Esta decisión, que debía traducirse más tarde en un texto legal que precisaría los plazos para practicar la interrupción del embarazo y las penas de los infractores, ponía a Marruecos por delante de la mayoría de países del mundo árabe y hasta de América Latina. Aun así, Chraibi se quejó de que esos nuevos supuestos solo supusieran un 10 por ciento de los abortos clandestinos y que no cubrieran, por ejemplo, los embarazos de las niñas menores, pero en todo caso la decisión ponía a Marruecos, por una vez, entre los países más avanzados de su región.

El argumentario desarrollado por el Gabinete Real para comunicar su decisión ilustraba muy bien ese juego de equilibrios: comenzaba diciendo que “la aplastante mayoría de la sociedad se inclina por la criminalización del aborto, a excepción de algunos casos de fuerza mayor y debido a los sufrimientos que genera y las repercusiones sanitarias, psicológicas y sociales negativas sobre la mujer, la familia, el feto y toda la sociedad”. Más adelante, y tras enumerar los nuevos casos de despenalización, el comunicado explicaba que se trataba de “respetar los preceptos de la santa religión islámica, pero haciendo prevalecer las virtudes de la ijtihad (interpretación en materia religiosa), adaptándose a las evoluciones que vive la sociedad marroquí y a sus valores fundados en la moderación y la apertura, y tomando en cuenta su unidad, su cohesión y sus particularidades”. Es decir, una vez más, el rey, por la autoridad religiosa que le da su condición de emir al muminín, adaptaba e interpretaba los principios islámicos en aras de la paz social y de la unidad de la nación. Y convertía al aborto en materia de religión, un ámbito donde él tiene la última palabra.

Cinco años después de aquel debate, y pese a existir un proyecto de ley ya aprobado en el Parlamento, la ley con aquellas enmiendas aún no se había oficializado en el boletín ni ha entrado en vigor. La reforma del aborto parecía la última de las prioridades políticas.
 
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