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'La risa nos hará libres'

Publicada el 19/01/2020 a las 06:00

infoLibre publica un extracto de La risa nos hará libres, de la investigadora italiana Antonella Ottai, que la editorial Gedisa lleva a las librerías este lunes 20 de enero. En este trabajo, Ottai sigue a las principales figuras del cabaret berlinés, muchas de ellas judías, que acabaron representando algunos de sus mayores éxitos en los campos de concentración nazis de Westerbork (Países Bajos) y Theresienstadt (actual República Checa), donde debían poner en pie espectáculos humorísticos para contentar a los jerarcas nazis y tratar de salvarse de la muerte. A través de este recorrido, La risa nos hará libres analiza también la presencia del humor en el Holocausto, tanto por las bromas desarrolladas por las propias víctimas, los chistes racistas de los nazis o las sátiras sobre el régimen desarrolladas tanto en el interior como en el exterior. El libro llega, además, cuando se cumplen 75 años de la liberación de Auschwitz el próximo 27 de enero. 

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Los bufones y el comandante

Si en Ámsterdam el [teatro judío] Schouwburg ha cerrado el telón para volverlo a abrir durante las deportaciones para las que ha sido obligado a ceder su espacio, en [el campo de concentración de] Westerbork la secuencia se presenta invertida, y cada martes la sala grande ultima los preparativos necesarios para permitir la partida hacia el Este prevista para la mañana siguiente, al tiempo que acoge los preparativos para el entretenimiento teatral que tendrá lugar por la tarde. Según observa [la escritora Etty] Hillesum [que visita primero el lager en calidad de representante del Consejo judío de Ámsterdam, pero que acabaría interna en él]:

Esto es un verdadero manicomio, del que habremos de avergonzarnos durante tres siglos. El campo debe desembarazarse de muchas personas que serán deportadas. Es responsabilidad de los propios Dienstleiter (asistentes) elaborar las listas: reuniones, gran alboroto, una cosa horrible. Y en medio de este juego de vidas humanas, de pronto una orden del comandante: los Dienstleiter deben asistir esa tarde al estreno del cabaret que tendrá lugar en el campo. Éstos se quedan de piedra, pero deben volver a sus casas para ponerse sus mejores galas. Y por la tarde se sientan en la gran sala de la oficina-registro, donde Max Ehrlich, Chaja Goldstein, Willy Rosen y otros ofrecen su espectáculo. En primera fila está sentado el comandante con sus invitados. Detrás de ellos, el profesor Cohen. La sala está llena y el público ríe hasta las lágrimas, literalmente. Cuando viene la gente de Ámsterdam, ponemos en la gran sala de grabación una especie de barrera. La misma barrera ahora formaba parte de la escenografía, y Max Ehrlich se apoyaba en ella cantando sus canciones. Yo no estaba allí, pero Kormann me lo ha contado hace poco y ha añadido: "Todo esto me está llevando al borde de la desesperación".

 

En el espacio de un año se habían reunido en el campo los grandes nombres del cabaret alemán: quizá un empresario, en circunstancias normales, no habría logrado nunca convocar a tantos artistas, a los que ahora se unían músicos, cantantes y bailarines holandeses; todo lo necesario para satisfacer una empresa teatral de dimensiones considerables, y para conferir a las experiencias amateur que la habían precedido un sentido radicalmente diferente. Según cuentan las crónicas, la primera presencia fue la de Willy Rosen, músico brillante y autor llegado a Ámsterdam proveniente de los cabarets de Berlín. Tras la incorporación de Max Ehrlich, los dos artistas, que también habían trabajado juntos en las temporadas de la revista de la Kulturbund de la capital alemana, se proponen dar vida a una compañía, de la que, junto con Erich Ziegler, se convierten de algún modo en "socios fundadores", si bien es Ehrlich quien la representa y la defiende ante Gemmeker. Así, en julio de 1943 se lleva a escena la primera Bunter Abend, que está a la altura de la mejor tradición centroeuropea. Dos pianos, según las indicaciones de Rudolph Nelson, a los que se sientan Rosen y Ziegler, y dos conferenciantes, según la costumbre en boga en los cabarets más famosos de Viena y Berlín. Max Ehrlich y Joseph Baar dan lo mejor de sí mismos. La velada baila suavemente, rebotando entre "un solo" y un sketch, hasta un total de diez números, sirviéndose, entre otras cosas, de la presencia femenina de Camilla Spira y Chaja Goldstein, una intérprete holandesa especializada en bailes y canciones yiddish. Cada uno exprime al máximo las combinaciones de un repertorio que había nacido en otra parte y en condiciones bien distintas, pero el éxito cosechado evoca en el público la memoria de tiempos mejores y, para los protagonistas, activa el mecanismo de exención de los transportes. En el palco, el comandante Gemmeker y sus invitados de Ámsterdam no se pierden una función. Entre estos últimos se sienta también Ferdinand aus der Fünten, el encargado de dirigir las operaciones de deportación de los judíos holandeses, pero también, según los rumores, un apasionado espectador de cabaret y admirador de Ehrlich. A diferencia de Hillesum, que se niega a participar de ninguna manera, ni siquiera como espectadora, en esta experiencia, Philip Mechanicus sí presencia el espectáculo, si bien no por inclinación personal (define toda la empresa como "vergonzosa"), sino por un "deber de informar" que es para él un mandato ético ineludible. Seguro de no poder dar cuenta de todo lo que sucede en torno suyo, el periodista opta por aprovechar la situación extrema en la que se encuentra para medir lo experimentable a partir de la escritura; así, recoge toda la extensión de la vida en Westerbork en forma de diario. Desde esta perspectiva, sus consideraciones asumen una calidad testimonial sobre cuyo peso específico volveremos, una vez terminemos la crónica de esta increíble temporada teatral. La propia Hillesum aporta todavía un testimonio indirecto de aquella velada teatral en la carta que escribe poco tiempo después de aquellos acontecimientos, con fecha de 24 de agosto, donde describe la vida cotidiana en el Lager; la joven mujer sorprende a los protagonistas de aquel reciente evento teatral mientras se hallan ocupados en las rutinas normales del campo:

Hombres de la "columna voladora" (formación de jóvenes encargados de ayudar a los deportados a llevar sus equipajes) en traje marrón transportan maletas en carretillas. Entre ellos descubro a algunos bufones de corte del comandante: el cómico Max Ehrlich y el compositor de canciones ligeras Willy Rosen. Este último parece la muerte caminando. Le habían asignado ya el día para su deportación, pero pocas tardes antes de su partida cantó —casi hasta reventarse los pulmones— ante un público en éxtasis, en medio del cual se encontraba el comandante y su séquito. Entre otros temas de moda entonó Ich kann nicht verstehen, dass die Rosen blühen. El comandante, que es un entendido, estaba entusiasmado; y así fue cómo la partida de Willy Rosen fue «suspendida», e incluso se le asignó una caseta donde ahora vive, detrás de unas cortinas de cuadros rojos, con la mujer de cabello oxigenado que durante el día trabaja en el exprimidor, entre los vapores hirvientes de la lavandería. Ahora ese mismo Rosen, vestido con un traje de color habano, empuja una carretilla baja en la que tiene que llevar el equipaje de sus compatriotas, y es como si la muerte siguiera caminando. Aquí hay otro bufón de la corte, Erich Ziegler, que es el pianista favorito del comandante. Según se dice es un portento, capaz de tocar la Novena de Beethoven a ritmo de jazz, lo cual seguro que significará algo…

 

Si todo aquello que «ayuda» en las operaciones de partida hacia el Este nace bajo el signo de la ambigüedad (no deja de tratarse de internos que se prestan, por muy forzados que estén, a optimizar de alguna forma un matadero), las eminencias del cabaret, exoneradas de las deportaciones (no para siempre, pero sí por más tiempo que los demás) y con el privilegio de poder disponer de una "caseta" individual, se llevan de este episodio el estigma de una culpa que se hace sentir mucho más en sus noches que en sus días, que pasan en la obediencia de los trabajos forzados. Se trata de una colaboración, en suma, de naturaleza bien distinta de la que se exige a los demás internos: la imagen que Rosen le evoca a Hillesum, "la muerte caminando", va efectivamente por el camino de la muerte, allanado por el doble ciclo de sus actuaciones.

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