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'El último verano de la URSS': cuando la perestroika parecía solo "un bache"

Publicada el 18/07/2021 a las 06:00

Hace treinta años, los países soviéticos se preparaban para unos extraños meses estivales. No porque fueran especialmente calurosos, sino porque serían los últimos antes de que Mijail Gorbachov, hacedor de la perestroika, decretara en diciembre el fin de la URSS. Allí estaba Sara Gutierrez (Oviedo, 1962), que narra en El último verano de la URSS (Reino de Cordelia) su viaje, siendo una estudiante de oftalmología, por siete ciudades de cinco repúblicas. Una aventura prohibida —por ser becada, no podía desplazarse libremente por el país— e ilustrada ahora por el dibujante Pedro Arjona que le permitió conocer cómo era la vida cotidiana en un espacio que pronto cambiaría para siempre. Y con él, el mundo.

En este fragmento, que infoLibre publica coincidiendo con el aniversario de aquel viaje y con la segunda edición del libro, se puede leer parte de la conversación que pudo mantener Gutiérrez en el compartimento del tren nocturno que la llevaba de Leningrado (actual San Petersburgo) a Tallin. 

_____

(...) Yo, más que el numerito de la braga, hubiera preferido contarle a Yulduz todos los sitios estupendos que dejaba en Leningrado a la espera de una visita más pausada pero me moría de sueño; lo cual no quiere decir que pudiera cerrar los ojos y abandonarme al descanso, al menos no de inmediato.

—Saca la libreta y apunta que tienes que traerme bragas de papel, porque me las traerás, ¿no?

—Sí, sí, claro, no te preocupes, mañana lo apunto. No se me olvida, no te preocupes.

—No quisiera importunarla —irrumpió la filóloga—, pero sería para mí un gran honor que tomara nota también de mi dirección, puede venir a mi casa cuando quiera, estaré encantada de recibirla, y si no le importa me envía a mí unas bragas, yo se las pago, ya sabe las pocas cosas que tenemos aquí. Ustedes, en Occidente, disfrutan de tantas comodidades, es todo tan fácil…

Yulduz me miraba amenazante. O ella o yo, parecía decir.

—Fácil, fácil, no es —balbuceé, recelosa de que se abriera una discusión para la que no tenía el cuerpo dispuesto—. O al menos no lo es para la mayoría.

—No me diga eso. Viven en grandes casas, rodeados de lujos y comodidades, tienen potentes coches y visten a la moda. ¿O me equivoco?

—No es exactamente así, es posible que para algunos lo sea, pero no para la mayoría, ya le digo, hay cosas pero nada es gratuito, todo hay que ganárselo a pulso y, desde luego, no es tan fácil.

—No es tan fácil, no es tan fácil. —Por su tonillo, y la ligereza con la que trepaba a su litera, me pareció que ya se estaba tomando demasiadas confianzas, las justas para enfadarse—. Será más fácil aquí: trabajas, trabajas y nunca tienes nada.

—No hay nada ahora —terció el veterano, y me temí lo peor—. ¿Y por qué? Porque Gorbachov se ha mostrado débil, complaciente, y creen que pueden vencernos. Nos están ahogando, pero resistiremos. Siempre ha sido así. Es nuestro sino. No pueden aceptar que seamos los elegidos, por eso quieren eliminarnos, pero no lo conseguirán. Achacaré lo que acaba de decir, Svietlana Petrovna —y ahora veía claramente que su discurso no era otra cosa que una reprimenda a nuestra levantisca profesora—, a su coquetería femenina y a su juventud. Estamos construyendo el socialismo, y construir un paraíso conlleva sacrificios y sufrimientos. ¿Se le ocurre a usted otro camino mejor? Qué cosa, en cuanto tenemos delante a un extranjero nos vemos obligados a flagelarnos, a contarle nuestros problemas, pero nunca se nos ocurre alardear de nuestros logros que son, sin duda, muchos más e infinitamente mayores que los suyos…

Él no se callaba, Yulduz ya roncaba, la nariz de la filóloga se afilaba por segundos y yo daba por terminado mi viaje; ¿o se iba a privar el buen señor de buscar apoyo en un aliado tan seguro como la revisora? ¡Mierda!

—… Recapacite, señorita, todo eso que ve en la televisión son decorados, películas; la realidad es bien diferente. En Occidente, los niños se mueren de hambre y los hombres vagabundean buscando un trabajo que no hay…

Llegados a este punto, aunque completara su descripción con aquello de lo que seguramente estaba convencido: «y las mujeres, todas putas», no pensaba abrir la boca. ¿Para qué?

—… Esta señorita, sin duda razonable, por eso está aquí y no en su país…

Me había salvado, pero incluso ahí barría para casa.

—… se lo está diciendo bien claro…

Yo lo único que quería era librarme del compromiso de enviarle nada, estaba harta de que todo el mundo me hiciera encargos como si a mí las cosas me las regalaran.

—… Occidente no es lo que parece, ¿o sí, señorita?

Respiré hondo y deseé que no me pudiera mi tendencia mitinera, cada palabra que saliera de mi boca podría ser utilizada contra mí, y yo lo único que quería era dormir y continuar viaje; el espíritu revolucionario me había abandonado antes de prender, hacía ya algún tiempo, con las primeras traiciones escolares (me quedé sola en demasiadas ocasiones, sobre todo si mediaba algún castigo, defendiendo causas comunes que una vez conseguidas a nadie parecían interesar), y no era ni muchísimo menos el momento de recuperarlo.

—Desgraciadamente, nada es lo que parece, ni las verdades tan absolutas como quieren hacernos creer. —Uy, tuve la sensación de haber empezado fatal—. Bueno, las verdades sí son absolutas, lo que ocurre es que lo que nosotros tomamos por verdades no son más que aproximaciones a realidades parciales. —La estaba liando, lo notaba, y el único apoyo que tenía de Yulduz era la puntuación a destiempo que aportaban sus ronquidos, y a la filóloga lo que pudiéramos decir le entraba por un oído y le salía por el otro, estaba harta de discursitos—. Seguramente en todas partes hay algo bueno y algo malo. Nosotros somos más libres, más dueños de nuestro destino individual. —Ahí me pudo mi juventud, como diría el veterano—. Ustedes tienen más tranquilidad, más seguridad, más… más… Es como si entre todos formáramos un solo cuerpo, una sola vida, ustedes serían la parte espiritual y nosotros la material. —En menudo jardín estaba metida, ni yo misma oía lo que decía, de razonar ni hablamos.

—En eso estoy de acuerdo —agradecí infinitamente que me interrumpiera—. Nosotros somos el alma, de todos es conocida la profundidad del alma rusa, nosotros somos los elegidos, los destinados a mostrar el camino. Y lo material, eso de lo que usted presume —¡Dios me libre! Yo no pretendía presumir de nada—, también lo tenemos: nuestra industria es la mejor del planeta y nuestros científicos los más avanzados; del ejército, por modestia —ah, pero ¿sabe lo que es eso?— ni le hablo. Créame, esto que ve ahora, el racionamiento, las estanterías vacías, los jóvenes desorientados trapicheando con oscuras mercancías —¿de ahí lo de mercado negro?—, profesionales tratando de huir a Occidente…, todo eso no es más que una pequeña herida abierta por la debilidad de quienes se han dejado embaucar por los encantadores de serpientes occidentales, pero todo volverá a su lugar y disfrutaremos nuevamente de la abundancia que siempre ha caracterizado nuestras vidas, regresaremos a la ilusión que la mayoría no hemos perdido. Atravesamos un bache, no más profundo que otros que hemos superado antes.

¿Bache? Socavón diría yo. No respondí, y no se ofendió. Seguramente los dos nos habíamos desvelado. Él quedaría disfrutando con recuerdos de exaltación patriótica, a mí se me vinieron a la cabeza mis cupones de racionamiento.

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