x

Nos gustaría enviarte notificaciones de las últimas noticias y novedades

PERMITIR
NO, GRACIAS
Buscador de la Hemeroteca
Regístrate
INICIAR SESIÓN
¿Olvidaste tu contraseña?
infolibre Periodismo libre e independiente
Secciones
El rincón de los lectores

Imagínate a Kafka y Proust en un tren

  • El escritor hila tres títulos que recogen episodios de las vidas de Stefan Zweig, Joseph Roth y los autores de El proceso y En busca del tiempo perdido
  • A partir de El concierto, Ostende y La grandeza de la vida, el poeta aprovecha para rescatar encuentros más o menos fértiles entre literatos

Publicada el 11/03/2016 a las 06:00
Portada de 'El concierto'.

Portada de 'El concierto'.

El concierto
Se cuenta que una tarde Franz Kafka fue a visitar a un amigo en Praga; al ver la puerta de la casa abierta, entró sin llamar y mientras se dirigía a su cuarto descubrió que el padre de su camarada dormía tranquilamente en un diván y que sus pasos lo habían despertado. El hombre se asustó, sin saber quién era aquel intruso ni qué hacía allí, pero el autor de El proceso le pidió calma, se llevó un dedo a los labios y dijo: “Discúlpeme, vuelva a cerrar los ojos y considéreme un sueño”. En realidad, los escritores que admiramos suelen parecer algo así, unos seres espectrales que habitan en la frontera de la realidad con la ficción y de los que nos gustaría saber algo más: ¿quiénes eran Cervantes o Shakespeare, aparte de las personas que escribieron el Quijote y Macbeth? ¿Qué pudo ocurrir en sus vidas que los impulsara a escribir esos libros? Hay dos formas de responder a esas preguntas: desde los hechos y desde la imaginación, con una biografía o con una novela. Acerca de Kafka, por ejemplo, podemos saber muchas cosas si leemos los testimonios de primera mano de Max Brod o los cientos de ensayos sobre el genio de La metamorfosis que se publican sin cesar; pero también nos podemos hacer una buena idea de lo que le pasó si cae en nuestras manos un volumen como La grandeza de la vida (Tusquets), donde el narrador y periodista alemán Michael Kumpfmüller recrea la estancia del autor de El castillo en el balneario de Müritz, a orillas del mar Báltico, y su encuentro con la joven Dora Diamant, que fue una su última oportunidad de ser feliz y la que mejor aprovechó para intentarlo. En sus páginas vemos dónde se conocieron, en ese ambiente de personas entre enfermas y ociosas que parecen moverse a cámara lenta, y cómo empezó su relación, que era difícil porque los separaban la diferencia de edad entre ellos y la oposición de sus familias; los seguimos hasta Berlín, donde convivieron durante un año, y somos testigos del modo en que esa mujer admirable lo quiso y acompañó hasta el final. Kafka murió en sus brazos y ella fue quien se llevó a Berlín una maleta llena de manuscritos suyos, entre ellos veinte cuadernos de notas y treinta cinco cartas, que le confiscaría la Gestapo en 1933 y que desde entonces no han dejado de buscarse, por ahora sin ningún resultado.

Una de esas cartas tal vez sea la que utiliza el turco Martín Arditi en El concierto (Navona). La historia empieza cuando un anticuario llamado Pavel Kutman la encuentra supuestamente en un maletín que formaba parte del último lote de objetos de época que acaba de comprar en Praga. En el documento, el autor de En la colonia penitenciaria le cuenta a Max Brod que cuando se dirigía a París en tren se ha sentido mal y ha debido interrumpir su viaje, le da algunas pistas sobre las dos personas que lo acompañaban en el vagón y revela que una de ellas era un hombre que se dedicaba lo mismo que él, a la literatura, y que ha dicho llamarse Marcel Proust. Aparte de eso, que ya le daría un valor enorme, el original tiene el mérito de dar algunas pistas trascendentales sobre el trabajo del propio Kafka.

Ostende
Tras comprobar que la misiva es auténtica, Kutman decide hablar con un intermediario para que le ofrezca el tesoro a un banquero suizo llamado Armand Hughes, que es miembro de una asociación musical que otorga uno de los grandes premios internacionales del mundo de la ópera y puede darle a cambio lo que más desea: una oportunidad para que su hija Tatiana, que canta de manera prodigiosa pero carece de la técnica y el adiestramiento necesarios, pueda triunfar y ser dichosa. En Ginebra están algunos de los grandes coleccionistas del planeta, y entre los clientes que tiene el mediador hay uno que posee la Biblia de Gutenberg, otro que es dueño del cuaderno de laboratorio de Marie Curie, con todas sus anotaciones sobre los experimentos sobre la radioactividad, y un tercero que tiene en su poder la plancha de imprimir donde Proust, a mano, tachó el título de Las intermitencias del corazón para cambiarlo por En busca del tiempo perdido. El millonario le propone un negocio: le dará al padre de la aspirante a estrella doscientos mil dólares y hará lo que pueda por ella, le pondrá la mejor profesora y tratará de usar su influencia para que la fundación asegure la presencia de Tatiana en la final del certamen. Cuando eso suceda, la carta será suya. Para conseguirlo, duplica el dinero que aporta su entidad a la fundación y propone a sus miembros mover cielo y tierra para que en el jurado final estén presenten los directores del Metropolitan de Nueva York, el Covent Garden de Londres, la Ópera de París y la Scala de Milán.

El absorbente libro de Metin Arditi nos hace reflexionar sobre el mundo del arte y la competencia que existe en cada uno de sus rincones; sobre el modo en que los poderosos manejan los hilos de nuestra existencia desde sus reinos invisibles; sobre la injusticia que hace que, a menudo, a la hora de triunfar sea más decisivo quién te empuje que hasta dónde puedas llegar con tu talento; sobre la fragilidad de los creadores y los intérpretes, siempre al filo del éxito y el fracaso y expuestos al juicio de los demás; y finalmente del amor, que puede ser de muchas clases, sentirse por una hija, una o un amante o una vocación, pero que en todos los casos, si es auténtico puede llevarse cualquier cosa por delante.

Otro periodista y narrador alemán, Volker Weidermann, nos lleva a otro balneario, en esta ocasión el de Ostende, en Bélgica, donde se refugian en 1936, escapando de las malas noticias y las amenazas que vienen de Berlín y de España, otros dos grandes escritores, Stefan Zweig y Joseph Roth. Eran dos seres muy distintos, el autor de La marcha Radetzky y La cripta de los capuchinos es un alcohólico que se dedica a matarse botella a botella y que ha ido allí a emborracharse y escribir, aunque en ese lugar lo ocurrirá lo mismo que a Kafka en Müritz: su corazón resucitará de entre los muertos al conocer a la joven Irmgard Keun; en cuanto a su colega, el autor de Los prodigios de la vida o Novela de ajedrez, que es un retrato de los horrores del nazismo, se trata de un hombre minucioso y sereno que está, entre otras cosas, muy interesado por lo que ocurra en España tras el levantamiento de los militares traidores. De hecho, terminó por venir a nuestro país con la intención de comprobar lo que ocurría, con sus propios ojos. "El 10 de agosto se acerca el barco al puerto de Vigo —escribe Weidermann—; ante la ría hay un crucero americano, lo que quiere decir que se permite desembarcar por cuenta y riesgo de cada cual. Zweig lo hace y anota que se encuentra 'la ciudad llena de soldados en uniforme de gala, con trajes caquis y azules, y con cascos. Hay entre ellos jóvenes de trece años pintorescamente armados con revólveres que holgazanean recostados en las paredes, esperando que les hagan fotos. Pero también me llama la atención que mucha gente del pueblo no lleva el distintivo rojo de los fascistas. Parece, según me cuentan, que durante el combate se observa estrictamente la siesta".

La grandeza de la vida
Las relaciones entre primeros espadas de la literatura nunca se sabe cómo pueden acabar. Oscar Wilde se llevó bien con Walt Withman, al que quiso conocer cuando fue a Estados Unidos, y parece que la visita a su casa de New Jersey dio para mucho: "Una de las primeras cosas que me dijo Wilde, poniendo su mano en mi rodilla, fue que lo llamara Oscar", confesaría más tarde el autor de Hojas de hierba. Y el de El retrato de Dorian Grey fue más explícito al hablar con su amigo George Ives: "Aún tengo el beso de Walt Whitman en mis labios". Pero en otros casos, las cosas no ruedan tan bien: hay muchas versiones de lo que ocurrió cuando Marcel Proust y James Joyce se encontraron en París, en mayo de 1922 y en presencia de Picasso y Stravinsky, pero todas ellas coinciden en reconocer que el resultado fue desastroso: ninguno había leído al otro, todas las preguntas que le hizo Proust el autor del Ulises fueron contestadas por éste con monosílabos, y en el taxi de vuelta, el primero le contó al segundo que era asmático pero eso no hizo que éste dejara de fumar. En resumen, una catástrofe. A Juan Ramón Jiménez le agradó Ezra Pound cuando lo fue a visitar a la cárcel de Washington en la que lo tenían bajo la acusación de colaboracionismo con el Tercer Reich. Pero la visita que Hans Christian Andersen le hizo a Dickens debió ser tan decepcionante que el autor de Oliver Twist colocó en el cuarto donde lo había hospedado: "En esta alcoba pasó el creador de La sirenita una semana que a mí me pareció un mes".

Zweig y Roth sí que congeniaron, tal vez porque eran muy distintos pero igual de tolerantes y porque compartían la condición de fugitivos, de víctimas de un horror del que lograron escapar pero no huir: el primero se suicidó en Brasil en 1942, junto a su esposa, convencido de que el fascismo conquistaría el mundo. El segundo murió en París, en 1939, consumido por la bebida. Su familia fue asesinada en un campo de concentración, exactamente igual que la de Kafka. En Ostende. 1936, el verano de la amistad (Alianza), asistimos a los días finales de su esperanza, porque por entonces uno y el otro aún trataban de engañarse sobre un futuro del que se temían lo peor y al que no llegarían nunca. A su lado, en la novela de Weidermann, vemos a algunos secundarios de lujo que compartían el mismo establecimiento, como el escritor, periodista y activista político húngaro nacionalizado inglés, Arthur Koestler, que entre otras cosas trataba de poner tierra por medio con su fama: "¿Por qué tienen que empeñarse en conocernos nuestros admiradores?", se preguntó alguna vez: "Es lo mismo que si porque te gustase el fuagrás te vieras en la obligación de saludar personalmente a la oca". También acabó suicidándose, enfermo de leucemia y Parkinson.

Europa produce maravillas y horrores a partes iguales. El momento que recrean las novelas de Metin Arditi, Michael Kumofmüller y Volker Weidermann es extraordinario, tanto desde el punto de la cultura como desde el de la historia. Kafka, Poust, Joyce, Roth o Zweig bien merecen seguir vivos, aunque sea en un libro ajeno.

  • El concierto. Metin Arditi. Traducción de Susana Peralta. Navona. Barcelona, 2016.
  • Ostende. 1936, el verano de la amistad. Volker Weidermann. Traducción de Eduardo Gil Bera. Alianza. Madrid, 2015.
  • La grandeza de la vida. Michael Kumpfmüller. Traducción de Belén Santana. Tusquets. Barcelona, 2015.

*Benjamín Prado es novelista, ensayista y poeta. Su último libro es 'Más que palabras' (Hiperión, 2015).


Volver a Los diablos azules
Más contenidos sobre este tema




 
Opinión