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El cuento de todos

La selva un poquito

  • "No negaré que a menudo he fantaseado con algo así. Lo que necesitamos es un poco de calma. Una temporada tranquila, sin hombres cerca"
  • Rafael Espejo y Andrés Navarro cierran un relato a cuatro manos que será el último cuento colectivo de la temporada

Rafael Espejo | Andrés Navarro
Publicada el 29/07/2016 a las 06:00
El escritor Rafael Espejo.

El escritor Rafael Espejo.

(Comienza Rafael Espejo)

El propietario nos explica que ya nadie alquila casas tan grandes. La gente joven no quiere tener hijos, dice, y si los tiene sólo se atreve con uno, dos a lo sumo. Al parecer, el hombre ha dedicado su tiempo a elaborar una teoría sobre cómo será el mundo en un futuro, cuando el presidente y los ministros y los capitostes de la sociedad sean todos hijos únicos. Adiós a la fraternidad, dice, si seguimos así desaparecerá la palabra “hermano”, y eso, por lo que puedo entender, desencadenará un apocalipsis de egolatría. Un año atrás, su mujer había decidido dividir la casa y cobrar así dos alquileres. Una idea nefasta, debe reconocerlo, porque ahora nadie alquila la mitad de abajo, más oscura. Y por la de arriba no pueden cobrar lo que antes pedían por la casa entera.

Detrás de la cerca de madera vive un viejo que apenas sale, pero el resto del barrio siempre se queda vacío por estas fechas, así que de momento no tenemos que preocuparnos por los vecinos. Parece convencido de estar dándonos una buena noticia. ¿Habrá empezado ya su futuro ególatra?, pienso mientras subimos por una escalera empinada y estrecha. La madera de los peldaños cruje. El casero introduce la llave en la cerradura, la gira y da un puntapié a la puerta. Las paredes necesitan una mano de pintura, pero en la terraza hay una lavadora industrial y la cocina está equipada con lavavajillas, fuegos a gas y un generoso frigorífico. Las camas disponen de sábanas, fundas, mantas, el ajuar completo, nos explica, de una tía de su mujer que nunca se casó.

—Algodón puro.

En el patio de entrada, junto al garaje, tenemos un cobertizo lleno de trastos. Por supuesto, somos libres de deshacernos de todo y meter ahí lo que queramos. Nos invita a que echemos un vistazo a solas, él estará fuera fumando.

—Si os interesa —dice encendiendo un cigarrillo— desde hoy mismo os podéis quedar, tengo aquí otro juego de llaves. Este fin de semana no lo cobro, cortesía de la casa.

No negaré que a menudo he fantaseado con algo así, y no me refiero sólo a la casa. Lo que necesitamos es un poco de calma. Una temporada tranquila, sin hombres cerca. Y lo que a menudo he imaginado es exactamente esto: una casa de verdad para las dos. Así que tras darle algunas vueltas, pocas y apresuradas, la verdad, me decido. A mediados de septiembre aún hace bueno y todo puede ocurrir, ¿no?

Por la noche preparo una lista de tareas más o menos urgentes: cambiar las sillas de la salita por las de la cocina, montar la estantería donde ahora está la tele y llamar a un técnico para que instale otra en la habitación de Margot, aprovechar el plástico acolchado de mis cuadros para embalar las láminas de cacerías y angelotes, etc. Cuanto más pienso, más trabajo se me acumula. Al fin, sólo consigo pegar ojo un par de horas, ya de madrugada. Tras el desayuno, Margot sale a jugar al jardín de entrada y al poco vuelve llorando. La abrazo, trato de consolarla. No está herida. Cuando nos tranquilizamos, entiendo que se ha cruzado con el vecino. El viejo le ha ofrecido unas flores y ella se ha asustado. Por lo que entrecuenta, deduzco que el hombre tiene algo en la cara, una especie de mancha. O una cicatriz. No sabe explicármelo. La verdad es que el casero llevaba razón al decir que casi nunca sale, yo aún no lo he visto. Le explico que mostrar temor por alguien con un defecto no es mejor que burlarse de él. Intento imaginarme qué tipo de deformidad ha asustado a Margot, y deduzco que ese debe de ser el motivo de la reclusión del hombre. Al fin y al cabo, le digo, sólo trataba de ser amable con sus nuevas vecinas, ¿no? Mañana mismo le hacemos una visita. Nos presentamos y de paso le aceptas las flores, ¿qué dices? ¿Le preparamos un brownie?

Creo que a Margot la casa no le parece ni bien ni mal. Quizá son demasiadas emociones para una niña. Primero murió Mara, su perrita, un golpe duro, hace ahora un año. De su padre sólo le he dicho que está de viaje en Brasil, en una competición de caza deportiva, y que tardará en volver. Ante su insistencia, tuve que improvisar algunos animales: antílopes, íbices, impalas, onagros. La psicóloga insistió en que el duelo puede manifestarse de muchas formas. Los niños, me explicó, somatizan las tensiones de los padres. De modo que lo mejor era tenerla ocupada. Y que no la agobiase. Antes de reñirle por lo que sea, me explicó, piensa que lo que vas a hacer se parece bastante a rascarte un sarpullido, no dejará de picarte así, al contrario... En estos casos conviene tener paciencia. Y aclaró que lo decía con conocimiento de causa: ella también criaba sola a su hijo.

Aprovecho el primer día de colegio para comprar provisiones y algunas herramientas básicas y un poco arbitrarias: un martillo, arandelas metálicas, cola blanca, silicona, clavos. Soy consciente de que debo ponerme al día con algunas tareas que antes delegaba en Philippe.

(Continúa Andrés Navarro)

Tal vez sea autosugestión, pero noto a Margot más animada. Al terminar las clases, aparece con una compañera, Elena, una niña rubia y enclenque que vive en nuestra misma urbanización. Le pregunto si ha avisado a sus padres de que no va a ir directamente a casa y me enseña su teléfono móvil por toda respuesta. Luego se encierran en el cuarto de Margot y ya no salen hasta la merienda. Las dejo tranquilas. Sobre las ocho acompañamos a Elena unas manzanas más abajo. Su madre, una mujer de mi misma edad y clavada a su hija, parece encantada con la idea de que Elena tenga una nueva amiga. Su marido, encaramado a una escalera, se disculpa por no bajar a saludarnos, la calefacción se ha obstruido y no debería dejarlo más, el frío llegará en cualquier momento. De camino a casa resolvemos visitar al viejo, pero no se ve luz, no parece que haya nadie, y encontramos entonces una excusa perfecta para postergar el protocolo: ni siquiera tocamos el timbre.

Esa misma noche, al abrir la nevera para preparar unas tortillas, compruebo que faltan huevos: en la bandeja, una de las dos hileras es más corta que la otra. Teniendo en cuenta que suelo comprarlos por docenas, y que sólo cocino para Margot y para mí, resulta cuanto menos dudoso un número de huevos impar.

La casa está en buen estado, aunque es cierto que se acerca el frío. Así que a la tarea de sacar y organizar la ropa de entretiempo, se suma la de repasar la silicona de las ventanas y las contraventanas. Es increíble lo rápido que cambia el tiempo, como si el otoño durara sólo unos días. También aprovecho el horario escolar para ponerme al día con las traducciones. La mudanza ha retrasado casi todos los trabajos que tenía previsto acabar para finales del verano. Aunque entre el depósito y la primera mensualidad nos hemos quedado casi sin dinero, estoy tranquila. Las chicas de la editorial acostumbran a ser pacientes. Sé que si fuera necesario no me negarían un adelanto.

Parece que Margot y Elena han hecho buenas migas. Ahora pasan todas las tardes juntas, abstraídas en sus misteriosos juegos en el cuarto de Margot o, como esta tarde, en el cobertizo. Ha sido Elena la que, con voz melosa, me ha pedido permiso para trasladarse allí.

—De acuerdo, pero tened cuidado. No toquéis nada.

He dispuesto dos mesas: la rectangular, con el ordenador, un flexo y la foto de familia, mirando al paisaje; y en el rincón, junto a la puerta, la mesa camilla donde irán la impresora y la radio, aunque mientras me organizo se han ido acumulando trastos encima: dos cajas de libros, la colección de piedras de Margot, los diccionarios, el atril, mi anillero en cola de gato… Una montaña. He de reconocer que me cuesta desprenderme de las cosas que me han acompañado durante un tiempo, porque las asocio al estado de ánimo de cuando las usaba. Y todos esos son objetos felices, aunque no del todo necesarios. ¿Para qué quiero tres flexos, por ejemplo? La magdalena de Proust, supongo.

Estoy pensando en eso cuando veo al viejo por la ventana. Cruza el porche de izquierda a derecha, mirando hacia abajo, exhalando humo muy blanco, y luego de derecha a izquierda sin detenerse, y vuelta a empezar. Imagino un ratón atrapado en una urna de vidrio transparente. La primera vez se da de bruces, tal vez sangra un poco por el hocico, de modo que en lo sucesivo gira sobre sí mismo antes de topar con el cristal, por más que un trozo de queso lo tiente al otro lado. Con unos electrodos azules medirían la actividad neuronal, con unos rojos la temperatura... A la vuelta de ese pensamiento el viejo ha desaparecido.

Está oscureciendo. Es hora de que las niñas se despidan. Las oigo cuchichear desde la escalera. Me acerco con cuidado hasta la puerta. A través de la madera me llegan sus voces intrigantes y sus risitas. Retrocedo unos peldaños y luego piso fuerte, carraspeo, les grito: ¡Hora de cenar, jovencitas, despedíos hasta mañana!

(Sigue Rafael Espejo)

Tras la cena, Margot se retira voluntariamente a dormir, brindándome una tregua con la que no contaba. Aunque estoy cansada, decido aprovechar para organizar el escritorio. Mientras voy sacando trastos de las cajas y buscándoles sitio, no puedo esquivar una de mis conversaciones mentales con Philippe.

—Hola Cristina, soy yo.

—A buenas horas.

—Perdona, no sabes la de veces que he querido llamarte... Todo esto me supera…

Cuando cuelgo el auricular imaginario me siento fuerte y frágil a la vez, no sé, es una sensación extraña. Esa noche la paso dando vueltas en la cama.

De alguna manera, vamos creando nuestra pequeña rutina. Me levanto temprano, preparo el desayuno de Margot y, cuando se marcha, aprovecho toda la mañana para trabajar. Las tardes las dedico a ordenar nuestras cosas, además de todo lo que las niñas han ido desordenando. Sé que es normal, y hasta positivo, que Margot me excluya de sus juegos con Elena, pero me preocupa su retraimiento. Por ejemplo, rehuye a toda costa la conversación sobre el colegio, no sé cómo se siente con el cambio. Cuando le pregunto qué tal los maestros, o qué tal los compañeros, o qué tal el gimnasio, lo que sea, ella responde con desgana. Y si le insisto, encuentra siempre el modo de que acabemos hablando de su padre, se enroca, los ojos le tiemblan, y entonces ya no quiero complicarle más la vida. Por eso a veces me acerco a la pared de su habitación, sigilosamente, mientras juega con Elena, o paso por delante de la puerta fingiendo alguna tarea, aguzando el oído. Luego me arrepiento, siento que espiándolas no estoy siendo muy diferente a ellas. La psicóloga me recomendó que respetara su espacio. Es importante que tenga un lugar de intimidad, la niña empieza a destetarse. Y no debería, insitió, inmiscuirme demasiado en sus asuntos.

Otras veces, casi por accidente, también espío al viejo. Lo veo ahora sentado en su terraza. Aunque es de noche, parece trabajar. Necesitaría unos prismáticos para asegurarlo, pero diría que está modelando una pequeña muñeca de madera. Se ilumina con un flexo de pie, muy parecido al que suelo usar para leer en el salón. Y de pronto caigo en que no he vuelto a ver ese flexo desde que descargamos la furgoneta de la mudanza. ¿Será posible? ¿Habrá algún hueco por el que el viejo haya podido colarse en la casa? ¿Me estará espiando él también a mí? Decido repasar todas las puertas y ventanas, incluido el garaje. Pero quizá lo mejor será que me presente. Sí, de mañana ya no pasa. Repasaré puertas y ventanas y me acercaré a presentarme, eso es lo que haré.

A la mañana siguiente, una vez que Margot se ha ido al colegio, busco por toda la casa el flexo de pie, pero no está. Ni entre las cajas que faltan por desempacar ni en el garaje. Y estoy segura de que lo trajimos. Reparo en que también me falta una lámpara de mesa. Vuelvo a repasar una a una las tres habitaciones de la casa, el salón, los dos aseos, la cocina. Nada. Acopio fuerzas entonces para visitar al viejo, y a eso voy cuando me tropiezo con un macetero. El dedo gordo del pie me arde, mi manía de andar descalza. Me siento y desde el suelo recompongo las piezas de cerámica. Amontono con cuidado la tierra esparcida para concentrarme en algo y no pensar en el dolor. Y entre la tierra encuentro la llave del cobertizo...

(Cierra Andrés Navarro)

En una de las paredes exteriores, con pintura verde oliva que probablemente ha salido del propio cobertizo, han pintarrajeado: «La selva un poquito». Me quedo mirando esas palabras y no puedo reprimir una carcajada. Doy la vuelta completa al cobertizo, pero ya no hay más pintadas. Abro el portón metálico. Al fondo, en un rincón, veo luces encendidas. Directamente sobre los tablones del suelo, entre el chasis oxidado de una bicicleta y un par de neumáticos, hay tres nidos improvisados con una mezcla de jirones de fieltro, envoltorios de caramelo y hojas secas. Las niñas han dispuesto un huevo en cada nido. Y sobre cada huevo, respectivamente, el flexo de pie, la lámpara de mesa y otro flexo que no reconozco y que probablemente haya venido clandestinamente desde casa de Elena.

Lo dejo todo como está y vuelvo a la casa. Hay varias llamadas perdidas en el teléfono, todas del mismo número. Justo cuando voy a devolver la llamada, el teléfono vuelve a sonar.

— Sí, buenos días. ¿Hablo con Cristina, la madre de Margot?

Es una secretaria, alguien del colegio. Me pide que no me retire, la directora quiere hablar conmigo.

—¿Cristina? Soy Marisa, nos vimos hace unos días —la recuerdo: cincuenta y tantos, cuidadosamente teñida de moreno azulado y muy nerviosa—. Verá, no sé cómo decírselo, pero Margot ha hecho algo… Margot ha encerrado a su amiga Elena en el baño. En el aseo de profesores. No sé cómo ha podido convencerla, pero así ha sido. Y luego ha ido a buscar a tres niños de su clase y les ha dicho que si pasaban de uno en uno, Elena, bueno, Elena les enseñaría las bragas. Ha ocurrido esta mañana, a primera hora. Hemos preferido no avisarle hasta estar completamente seguros de que ha ocurrido así. Elenita, quiero decir, Elena, ha sufrido algo parecido a un colapso nervioso. Como comprenderá, todo esto resulta bastante embarazoso. Imagínese. Así que he llamado a su madre y nos hemos reunido con la jefa de estudios para analizar el incidente… Su hija necesita ayuda, quiero decir ayuda de un profesional. No es la primera vez que hace cosas extrañas, quizá deberíamos haberle avisado antes, pero quisimos dar un voto de confianza a la niña, ver cómo respiraba... Entiéndame, apenas llevamos un mes de curso. Y lo de hoy ha colmado el vaso, escapa a nuestras competencias. Lo siento, pero tiene que irse. Me veo obligada a expulsarla. Cristina, ¿está usted ahí?

—Pero es el único colegio de la zona...

—Lo lamento de veras, ha sido una decisión delicada. Hay una amenaza de denuncia si… Nosotros no vamos a expedientarla, conocemos su situación y no queremos ponerle las cosas más difíciles. Este centro ha sido siempre un ejemplo de buenas maneras. Lo siento. He pedido a un ordenanza que acerque a Margot a casa. Debe de estar al caer. Buenos días.

Me siento en el escalón del porche y enciendo un cigarrillo. Una auténtica estupidez: es el primer pitillo en siete meses. Decido que no quiero perder ni un segundo con eso. Tampoco con el hecho de que puedo dar por perdida la fianza. Me viene entonces a la cabeza, más que una idea, una revelación: aún no he colocado la ropa de invierno. Sigue perfectamente doblada y metida en cajas, con el precinto de la empresa de mudanzas intacto. Y el frío llegará en cualquier momento.

*Rafael Espejo es escritor. Su último libro es Hierba en los tejados (Pre-Textos, 2015).

*Andrés Navarro es escritor. Su último libro es
Un huésped panorámico (DVD, 2010).

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