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Diablos azules

Disidencias de Caballero Bonald

  • A Caballero Bonald hay que agradecerle la presteza con que no ha dejado poéticamente impunes los desmanes de la realidad española del último medio siglo
  • Su poesía se caracteriza por una actitud de disidencia estética, por la insumisión a las modas más o menos promocionales; como ciudadano, la directriz básica de su conducta es la defensa de los derechos humanos

Julio Neira
Publicada el 11/11/2016 a las 06:00 Actualizada el 10/11/2016 a las 14:17
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Si hubiera que caracterizar con una sola palabra la ya larga trayectoria de José Manuel Caballero Bonald, DISIDENCIA sería una de las más precisas. Disidencia como persona y como ciudadano; y disidencia como poeta, como rasgo sustancial de su creación literaria.

Aún niño durante la guerra del 1936-1939, en los siniestras décadas de la dictadura el poeta de Jerez sintió la necesidad imperiosa de enfrentarse a un régimen que mantenía a la población sojuzgada mediante la represión física, la inseguridad jurídica y la miseria moral de su ilegitimidad; sobre todo a partir de 1956, cuando, abandonada la ilusión de vencer al nacionalcatolicismo mediante la lucha armada de los maquis en las montañas, la oposición antifranquista puso en marcha una lucha ciudadana basada en la penetración en la sociedad a través del mundo laboral y la Universidad. En la segunda mitad de los cincuenta y en los sesenta colaboró activamente en el frente universitario con el Partido Comunista, en el que nunca militó para sentirse libre de cualquier dogmatismo burocrático: elaboración de propaganda, manifestaciones, asambleas, etc., una de las cuales originó su detención en 1966 y un mes en la prisión de Carabanchel, fueron sus labores en la clandestinidad.

Muerto Franco no se acabó la disidencia. Miembro de la Junta Democrática en representación del PCE y luego de la llamada Platajunta, lo que le valió ser llamado a declarar por el Tribunal de Orden Público, asistió en primera fila al proceso de la Transición, que culminó con una Ley de Amnistía en octubre de 1976 que cancelaba las responsabilidades de la Guerra Civil, y con la aceptación de la Monarquía parlamentaria, que limpió su origen franquista gracias a la Constitución de 1978, sometida a referéndum. Caballero Bonald ha disentido siempre de esta opción reformista porque no estaba de acuerdo con la amnistía para los crímenes cometidos por el franquismo. Suponía exonerar a quienes habían perseguido, torturado o asesinado a cientos de miles de personas, no sólo durante la guerra, sino en la dura posguerra que le siguió, y permitía camuflarse de demócratas a quienes habían sido cómplices de un régimen totalitario ejecutor de crímenes contra la humanidad que ya quedarían impunes. La amnistía igualaba a las víctimas represaliadas durante décadas con sus verdugos. Por eso él no dejó de intervenir en el debate público, lo que le identificó como paradigma de intelectual activamente comprometido con la democracia en un momento histórico muy delicado por la presión de los atentados terroristas, tanto del independentismo vasco como de la extrema derecha, que compartían el objetivo de impedir la consolidación democrática. En 2015 mantenía: "La Transición fue un apaño, una compostura de urgencia: la derecha cedió algo para no perder nada y la izquierda aceptó algo para no perderlo todo, lo que se llama una soldadura de ocasión".

Su defensa de los derechos humanos como norma de obligado cumplimiento para gobiernos y entidades sociales es la directriz básica de su conducta como ciudadano. Por eso la defensa de la libertad, la justicia y la paz se traduce en la oposición a cualquier clase de belicismo y le llevó a disentir del ingreso de España en la OTAN en los ochenta, a oponerse a las guerras de los Balcanes y del Golfo en los noventa, a las de Afganistán e Irak en los 2000 o a la de Siria y las atrocidades del Estado Islámico en Medio Oriente en la actualidad. Tanto como rechaza las políticas neoliberales que ahondan las desigualdades y castigan a las clases desfavorecidas recortando el Estado del bienestar en la Unión Europea.

También su poesía se caracteriza por una actitud de disidencia estética, por la rebeldía ante lo consabido, por la insumisión a las modas más o menos promocionales. En 1964 fue de los primeros en abandonar la estética realista con la que los autores de la llamada Generación del 50 pretendían contribuir a la acción política antifranquista y en apostar decididamente por la experimentación del lenguaje como esencia del acto creador, a base de trascender la semántica de la lengua más allá de los límites de su uso cotidiano, para dotar al lenguaje poético de una nueva dimensión de la sensibilidad artística. Gustoso de ir contra el signo poético de los tiempos, mantuvo en las décadas ochenta y noventa, dominadas por el realismo meditativo y el retorno a la cotidianidad expresiva, su apuesta por el extrañamiento sémico del lenguaje poético. Y hace apenas unos años, en un tiempo poéticamente dominado por la depuración expresiva y con tendencias a la esencialidad de lo inefable, publicó un libro absolutamente inusual: Entreguerras o de la naturaleza de las cosas (Seix Barral), largo poema autobiográfico de casi 3.000 versos, que cimenta su estilo en imágenes de sorprendente exuberancia barroca.

Ambas disidencias, la del ciudadano libre y progresista frente a las arbitrariedades del poder reaccionario y la del escritor leal a su inequívoca voluntad de estilo frente a las modas se funden en su obra poética. En 1968 declaraba: “Toda literatura nace del planteamiento de un conflicto entre el escritor y la realidad. Mi poesía y mi novela también han pretendido ser, a este respecto, la formulación de una personal experiencia conflictiva". Por eso en sus libros se manifiesta, con más o menos ambajes retóricos, su tozuda insumisión a las prescripciones de la realidad. En Descrédito del héroe (1977) hallamos una serie de textos que reflejan mediante el campo semántico de la putrefacción la degradación de la dictadura, acelerada por el deterioro físico del dictador, culminado en octubre y noviembre de 1975 con una terrible agonía prolongada por sus deudos, incapaces de aceptar el fin de sus privilegios. Se trata de poemas sobre los protagonistas de una historia reciente, casi aún presente, sin heroísmo, degradados, no poco esperpénticos, porque así fue la realidad en contraste con los referentes míticos.

En Laberinto de Fortuna (1984) reunió José Manuel Caballero Bonald textos escritos en los años del tránsito desde un régimen dictatorial a un sistema democrático, del fin del franquismo al triunfo del PSOE y el primer gobierno de izquierdas después de la República; pero también fueron los años del camuflaje de los ejecutores de la represión como demócratas de toda la vida que pretendían dar lecciones de parlamentarismo. Como Manuel Fraga Iribarne, el ministro de Información y Turismo de Franco que en 1963 justificó el fusilamiento del comunista Julián Grimau y mantuvo el enfrentamiento público con los intelectuales que habían firmado un manifiesto en solidaridad con los mineros asturianos y sus mujeres, represaliados por la guardia civil, reconvertido en fundador y presidente de Alianza Popular, el actual Partido Popular, que siempre se ha negado a condenar el franquismo. Fraga ha sido desde entonces para Caballero Bonald el paradigma de la impunidad y la injusticia de la Transición.

En ese libro y en los poemarios que le siguieron -Diario de Argónida (1997), Manual de infractores (2005), La noche no tiene paredes (2009), Entreguerras (2012) y Desaprendizajes (2015)- se han intensificado los alegatos contra toda manifestación de monolitismo ideológico, de intransigencia, de imposición sobre las conciencias, de coacciones a la libertad del ser humano en aras al mantenimiento de una sociedad organizada sobre el beneficio del capital a costa del sufrimiento de los más débiles, o contra la hipocresía con que se comportan los poderosos, sus acólitos y las jerarquías eclesiásticas para mantener un poder terrenal fundado en la promesa de una liberación ulterior. En el último se constata, incluso, una mayor presencia de textos de temática social y política que en los libros anteriores: al menos en una veintena “hay lugar para la rabia, la rebeldía y la crítica al poder que alimenta el oprobio, la zafiedad y la corrupción” de la España actual, en palabras de Alejandro López Andrada. En suma, en sus versos se expresa una crítica de la moral cívica para la que su acreditada coherencia personal habilita como a pocos.

En Desaprendizajes también se manifiestan las trágicas consecuencias de la crisis económica: la pobreza extendida en amplias capas de la sociedad, que nos retrotrae a décadas de miseria supuestamente superada para siempre. La idea de que el pasado franquista pervive en la política actual asalta al poeta como una pesadilla recurrente, pero no parece obsesión patológica, sino buena capacidad de percepción de la realidad. Algunas de las medidas del último gobierno le recuerdan con viveza los tiempos de la dictadura, como la llamada Ley Mordaza, que pretende silenciar las protestas y las manifestaciones ciudadanas con sanciones de vario tipo, según denuncia el poema “Seguridad ciudadana”. Reaparece la idea del regreso de la coalición sustentada en el pensamiento único de la España eterna, dogmática y represora, que se ejemplifica en el cambio producido en la ciudad de Madrid, desde la urbe abierta y progresista de los años ochenta a la corte conservadora y anacrónica en que parece haberse convertido en los últimos decenios, proceso descrito en “Ciudad de sectarios” con lenguaje inspirado en el Valle Inclán de los esperpentos.

Caballero Bonald nos ofrece la densa y desalentada reflexión que extrae de su preocupada vivencia de la realidad española y mundial, decantada poéticamente de nuevo en un lenguaje vigoroso, leal a su firma verbal más personal, irreverente, insumiso a cualquier imposición, en el que su mucha edad no deja más huella, si acaso, que una mayor intensidad expresiva. La suya es una poesía sin concesiones estilísticas a norma alguna, tan sólo guiada por su propia voluntad creadora; y sin concesiones a ninguna corrección política, tan sólo atenta a su propio sentido de la dignidad humana y a sus convicciones. Cuando estas líneas se escriben José Manuel Caballero Bonald está a punto de cumplir 90 años y mantiene una quebrantada salud física, pero una excelente lucidez mental. En los últimos 10 ha ido aplazando sucesivamente la amenaza de haber publicado su último libro. No sabemos si se cumplirá con Desaprendizajes. En todo caso hay que agradecerle la presteza con que no ha dejado poéticamente impunes los desmanes de la realidad española del último medio siglo.

*Julio Neira es Catedrático de Literatura Española, UNED, y autor del libro 'Memorial de disidencias. Vida y obra de Caballero Bonald' (Fundación José Manuel Lara, 2014).



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