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El rincón de los lectores

'Extraños llamando a la puerta': La mirada de Bauman a la migración

  • En Extraños llamando a la puerta, el último trabajo publicado antes de su muerte, el sociólogo y filósofo mira a la crisis de los refugiados
  • El autor polaco advierte sobre la política de “seguritización”, la reclasificación como problemas de seguridad de aspectos que antes no lo eran

Publicada 27/01/2017 a las 06:00 Actualizada 26/01/2017 a las 17:31    
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El filósofo y sociólogo polaco Zygmunt Bauman.

El filósofo y sociólogo polaco Zygmunt Bauman.

Portada de 'Extraños llamando a la puerta', de Zygmunt Bauman.

Portada de 'Extraños llamando a la puerta', de Zygmunt Bauman.

Entrando el nuevo año, tan lleno de incertidumbres globales a las que Zygmunt Bauman hizo frente hasta el último momento, este pensador de origen polaco, de larga experiencia comunista, que transitó desde la ortodoxia a convicciones profundamente democráticas, nos ha dejado para siempre. Bauman fue profesor de sociología en distintas universidades (Israel, Estados Unidos, Canadá), y en la experiencia de su compromiso con los que sufren acuñó conceptos como el de “modernidad líquida”, para intentar comprender nuestra vertiginosa sociedad posindustrial. El libro aquí reseñado, Extraños llamando a la puerta (Paidós), es su última publicación.

Las migraciones no son novedad, siempre han existido y constituyen un problema intemporal. Pero con la globalización han alcanzado características propias y unas dimensiones históricas. El “mundo moderno” comporta la producción de excedentes de personas “superfluas”, que se ven forzadas a migrar para buscar un mejor destino o para huir de la guerra. Son personas que llegan a Occidente y nos interpelan desde el desamparo, para despertar sentimientos cada vez más mediatizados y dirigidos políticamente. Se nos presentan como “extraños”, fuera incluso del alcance moral. Lo extraño, desde el miedo como telón de fondo, es aterradoramente impredecible… o lo que es peor, indiferente. La mera presencia de estas personas nos incomoda. No sabemos qué hacer ante estos “extraños entre nosotros”. Pero el miedo es una fuerza potente y siempre hay quienes la rentabilizan para agitar fantasmas y hacernos creer que “la afluencia de tales extraños tal vez haya destruido cosas que nos son muy preciadas, y que esos recién llegados tienen toda la intención de mutilar o erradicar nuestro estilo de vida”.

El desarrollo de las grandes urbes, con esta afluencia crea rincones atractivos para la mixofilia, la mezcla multicolor de culturas, costumbres y modos de vida. Pero también crea, entre los socialmente más desfavorecidos mixofobia, rechazo a esa diversidad y a lo que representa.

Portada de Extraños llamando a la puerta, de Zygmunt Bauman.Ante la contradicción que produce la migración entre el aprovechamiento de mano de obra barata por los empresarios de una parte, y el malestar que se crea en una población depauperada, los gobernantes y candidatos deben optar entre satisfacer a sus amos, es decir, a los propietarios de capital, y aplacar a sus electores temerosos ante esa afluencia de migrantes.

Bauman, usando la fábula de las liebres y las ranas, nos muestra cómo descubrir otro fondo aún más negro y profundo es un alivio. Los excluidos en la práctica aún pueden sentirse aliviados al pertenecer a la comunidad. Son pobres, pero autóctonos. Sobre sí brilla una bandera a la que acogerse. Ese precariado emergente, aún puede sentirse chez soi. Se antepone aquí un sentimiento nacional frente a la exclusión total, práctica y legal, de los migrantes “sin papeles”. Seres “ilegales” que no disponen ni siquiera del estatuto de “nacionales”. Vagan de un lado para otro, excluidos, sin garantías, sin documentos y sin protección alguna. Son, como decía Brecht “heraldos de malas noticias”, signo de una significación indefinida y amenazante: la de las descomunales fuerzas globales que interfieren en nuestras vidas. Su presencia inquieta porque intuimos que nosotros podemos ser los próximos, y por eso nos aferramos a lo único que poseemos, nuestra identidad como españoles, franceses, o alemanes, o griegos.

Este miedo siembra el pasto que aprovechan políticos sin escrúpulos por ser esa población acogotada un nutrido caladero de votos de ultraderecha. Pero la migración no se exorciza. Seguirá de un modo u otro, y la exclusión nunca será solución. “La humanidad está en crisis –afirma Bauman— y no hay otra manera de salir de esa crisis que mediante la solidaridad entre los seres humanos”.

Al flujo tradicional de “emigrantes económicos” se añade el provocado por Estados en derrumbe o países sin Estado, escenario de interminables guerras tribales. Esta conjunción de migraciones se acrecienta y acelera por el aumento de la brecha salarial entre países ricos y países pobres. Y ni siquiera esta brecha disminuirá la migración, pues los mecanismos de retroalimentación son muy débiles.

El miedo facilita la política de “seguritización”, la inclusión y reclasificación como problemas de seguridad de aspectos que antes no lo eran. Utilización y extensión del miedo, “como si el enemigo estuviera tras la puerta”. Después del atentado de París y la respuesta de recortes de libertades y control apelando a la seguridad, la popularidad de Hollande se dispara. “La sensación de seguridad existencial es un hecho”. “Esta sociedad que se enorgullece de boquilla (la de sus dirigentes políticos, al menos) de la desregulación progresiva de los mercados y de la 'flexibilización' del empleo, con lo que se propaga la fragilidad de las posiciones sociales y la inestabilidad de las identidades socialmente reconocidas, y crecen sin freno las filas del precariado (…), inseguridad real incorporada a la condición existencial de sectores cada vez más amplios de la población, es una ayuda para los políticos a la que estos no hacen ascos”.

La “securitización” desplaza los problemas reales de la gente hacia problemas de gobierno, en dos ámbitos fundamentalmente: “Entre los problema de la primera clase, están factores tan fundamentales para la condición humana como la disponibilidad de empleos de calidad, la fiabilidad y la estabilidad de la posición social, la protección eficaz contra la degradación social, y la inmunidad frente a la privación de la dignidad, es decir todos aquellos determinantes de la seguridad y del bienestar que los gobiernos, que antaño prometían pleno empleo y cobertura social integral y universal, son hoy incapaces de suscribir – y, menos aún, de procurar— como objetivos propios de su acción”.

“Entre los problemas del segundo tipo, la lucha contra terroristas que conspiran contra la integridad física y las pertenencias más preciadas de la gente corriente atrae enseguida el protagonismo, sobre todo, porque sirve también muy oportunamente  para alimentar y sostener durante mucho tiempo, tanto la legitimación del poder como la efectividad de sus esfuerzos por recaudar votos”. “Todos los terroristas son migrantes”, decía lacónicamente el primer ministro de Hungría, Viktor Orbán. Con esta frase aportaba la clave de la justificada lucha por la supervivencia del gobierno, que es la de la población. Con esta lógica de la mentira y el miedo ninguna medida tiene que justificarse. Para expresarlo sintéticamente Bauman recoge una cita del columnista Roger Cohen, del New York Times: “Las grandes mentiras producen grandes miedos que producen a su vez grandes ansias de grandes hombres fuertes”.

Quizá lo más grave de esta política de securitización, sea la “adiaforización” que produce de la cuestión de los migrantes. Dicho de otro modo, esas personas que se ven forzadas a marcharse de su tierra, al quedar reducidas a un problema de control en el mismo lote que el terrorismo, “pasan a estar fuera del alcance de la responsabilidad moral y, sobre todo, del espacio de la compasión y de aquello que nos impulsa a preocuparnos por otras personas”. Pero identificar el “problema de la inmigración” con el terrorismo sigue la misma lógica que ansía imponer “Al Qaeda, Daesh y sus futuras prolongaciones y seguidores”. Se busca inflamar los sentimientos antislámicos en toda Europa para suscitar el rechazo, y con ello ofrecer la idea de que la brecha entre los inmigrantes y sus anfitriones nunca se cerrará, de que hay un abismo entre la fe única y verdadera y nuestros modos de vida occidentales. Así se crea un caldo de cultivo apropiado para la captación de fieles para la “guerra santa hasta la extinción”. Igualmente se consigue el “cuanto peor (sean las condiciones de vida, y la situación de estos jóvenes musulmanes en las sociedades de acogida), mejor (para la causa terrorista)”. Además, se rentabiliza el “sacar partido de la dinámica del estigma… con la esperanza de que se nutra la materialización de los otros dos objetivos. Quienes posean esa 'marca de vergüenza o descrédito' serán siempre esencialmente diferentes a 'nosotros”.

Bauman hace un análisis combinando elementos del psicoanálisis y la psicología cognitiva para tratar de explicar el impacto que este estigma tiene sobre quienes lo padecen, y la repuesta social que encuentra dicha estigmatización. El impacto es doble: tormento de la humillación y vergüenza, y el insoportable autodesprecio (si aceptan el dictamen social). Por otra parte, y en sentido inverso, está la reapropiación de la autoestima robada, afianzándose en una posición de venganza contra esa injusta humillación, e invirtiendo los valores del conjunto de esa sociedad. Cabe una tercera posición: la del individuo “aislado por su alienación, protegido por creencias propias sobre su identidad, que siente que es un ser maduro y normal, y que, por el contrario, nosotros no somos del todo humanos”. Pero la normalidad no viene sola, el “estar convencido” de ello requiere de una afirmación grupal. Son estas afirmaciones ciertas y derivadas, no sólo de [Erving] Goffman, como reconoce Bauman, sino del viejo pensamiento freudiano. Así que quienes siguen esta tendencia “buscan febrilmente un grupo que cumpla esos criterios… Los reclutadores de pupilos para las escuelas y campos de entrenamiento para terroristas, frotándose las manos de alegría, aguardan a estos 'buscadores' con los brazos abiertos”.

Frente a esta situación, tal como afirmaba Pierre Baussand, y recoge Bauman, “En vez de hacerle la guerra al Daesh en Siria e Irak, las mayores armas que Occidente puede desplegar contra el terrorismo son la inversión, la inclusión y la integración sociales en nuestro propio territorio”.

Pero, desgraciadamente, el miedo cunde y es fácil propagarlo. La precarización del mercado laboral, la inestabilidad de las identidades sociales, la securitización de los problemas sociales y económicos, la focalización del problema terrorista, afecta a esa otrora amplia clase media, ahora temerosa, que anhela la “salida de acción” de un hombre o una mujer “fuertes”. Donald Trump ha ganado la confianza del electorado con ese “truco de prestidigitador”. El miedo además es otro. El paso de la “sociedad disciplinaria” a otra “sociedad de rendimiento” ha cambiado su sentido. “La dolencia básica de una sociedad de rendimiento no es un exceso de responsabilidades y deberes, sino del 'imperativo del rendimiento, como nuevo mandato de la sociedad del trabajo tardomoderna” (Byung-Chul Han). De aquella sociedad disciplinaria “acostumbrada a sedimentar y expurgar criminales como el Joseph K. de El proceso de Kafka, y/o locos como los de la célebre tesis doctoral de Foucault” a nuestra “sociedad de rendimiento” que “se especializa en la fabricación y depuración de “depresivos y fracasados” al no dar la talla de lo que deben rendir para sobrevivir, son “simultáneamente víctimas y culpables de su fracaso y de la depresión que, al mismo tiempo, causa ese fracaso y se sigue de él. Es a su propia insuficiencia vergonzante, que los despoja de cualquier vestigio de autoestima, a lo que atribuyen su infortunio y su humillación”. El “miedo oficial” propio de la sociedad disciplinaria se transforma en angustia ante “la infinidad de opciones y tentaciones a las que pretendidamente tienen acceso (sin olvidar las exigencias sin límites dirigidas al individuo, al que se supone 'autónomo, potente, tenaz' y a quien se le insiste para que 'aspire a mejorar sin cesar'), por un lado, y la exigüidad de los recursos individualmente administrados, por el otro”.

Además, a este factor hay que añadir otro en la promoción de esa angustia, o como llama Bajtin, miedo cósmico: “La erosión de la soberanía territorial de las unidades políticas existentes, causada por el proceso en curso de globalización del poder (entendiendo poder como capacidad de conseguir que se hagan cosas), no se ve correspondida por una similar globalización de la política (es decir, de la capacidad para decidir qué cosas hay que hacer), lo que se traduce en una llamativa discordancia entre los objetivos de la acción y los medios para que sea efectiva. Así las cosas, los ciudadanos “han perdido toda esperanza de entrar en una conversación sensata con los poderes fácticos”.

Ya predecía Hobsbawm que los movimientos identitarios étnicos surgen “como reacciones de debilidad y temor, como tentativas de erección de barricadas con las que mantener a distancia las fuerzas del mundo moderno” y explicaba que “el nacionalismo y la etnicidad son un sustituto de los factores de integración en una sociedad que se desintegra”.

El miedo alimenta, pues, el recurso a los “hombres fuertes” basándose en la promesa de actuar, no en parlamentar para acordar.

Debemos librarnos de ese miedo que convoca a la acción más irracional e ir más allá de los esporádicos “carnavales de solidaridad”, que consagran la división del “nosotros” y el “ellos” y consuma una brecha que, en el mejor de los casos, trata de ser paliada con iniciativas que acaban siendo puestas “al servicio de la división y el antagonismo sociales y políticos”.

Bauman recoge la sugerencia de Michel Agier: “La política migratoria va dirigida a consolidar una división entre dos grandes categorías mundiales cada vez más cosificadas: por un lado, un mundo limpio, sano y visible; por el otro, un mundo de restos residuales, oscuros, enfermos e invisibles”. Esa realidad que se extiende como campo “rodeado de muros, alambradas y vallas electrificadas, o funciona como una prisión de facto porque está aislado por inmensas extensiones vacías de tierra o mar a su alrededor”.

Las perspectivas para estos años pueden oscilar entre perpetuar el abordaje de la migración como una suerte de guerra de guerrillas, o “la posibilidad de obtener un mayor apoyo a una gestión de las migraciones de personas enfocada desde la perspectiva de los derechos” (Don Flyn, Director de la red Migrants’ Rights Network). Por desgracia los acuerdos van en dirección contraria. Todos los países estaban de acuerdo en la labor de reforzar las fronteras europeas lejos de esas fronteras. Pero aquí acaba la unanimidad.

*Sergio Hinojosa es profesor de Filosofía.

 
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