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Los libros

Aquellas manzanas

  • Miguel d'Ors se muestra como un resistente, un necesitado de la naturaleza, pero también del papel que ella misma desempeña en la memoria
  • Manzanas proustianas, pero también bocadillos de queso de tetilla con membrillo, silvas, xestas y tojos. “Pero el alma no se olvida/ de que una vez estuvo aquí la vida”, escribe el poeta

Ramón Rozas Publicada 14/07/2017 a las 06:00 Actualizada 13/07/2017 a las 21:34    
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Manzanas robadas
Miguel d'Ors

Renacimiento
Sevilla

2017
  Cuando tantas veces el poeta es paisaje, Miguel d'Ors hace del paisaje poesía. Un paisaje gallego que tantas veces cantado ofrece, desde este poemario, Manzanas robadas (Renacimiento), una nueva dimensión. La mirada de aquel que hace de este paisaje, de esta plantación literaria, reflejo de sí mismo, una introspección en la naturaleza que se convierte en autorretrato desde la experiencia, desde la mirada y el contacto físico que sepulta emociones en un interior convertido en tintero. Es emocionante ver como escenarios imponentes desde su silencio y anonimato, como la sierra del Candán o el monte Tomba, condensan la sensación de ser ajenos al ser humano para aproximarse desde unas palabras que mezclan lírica y experiencia en un cóctel derramado a través de poemas que sirven para acercarnos a la persona a través de una naturaleza que hace de esas primaveras, sabores y latidos, gozo personal y medida frente a lo cotidiano. Un diapasón ante los números del IRPF, coladas de ropa y campañas electorales. Bálsamo ante la necesidad de escribir, ante la obligatoriedad del verso. “Otra manera de robar manzanas”, sentencia. Robar sabores, robar instantes y memorias que se sustentan en la naturaleza como en pocas despensas de nuestra vida.

Acostumbrados a darle la espalda, a mancillar con nuestro desprecio todos eses territorios regalados, Miguel d'Ors se muestra como un resistente, un necesitado de la naturaleza, pero también del papel que ella misma desempeña en la memoria, el asidero imprescindible, el tono que da la medida de lo vivido, pero también del presente y quién sabe si del futuro. Manzanas proustianas, pero también bocadillos de queso de tetilla con membrillo, silvas, xestas y tojos. “Pero el alma no se olvida/ de que una vez estuvo aquí la vida”, escribe el poeta, reafirmando su capacidad de contener memoria, de extenderla ante nosotros, como el itinerario de lo realmente importante, aquello que resiste al tiempo y a las frustraciones en la afirmación de su presencia cada cierto tiempo como la contingencia de lo real. Como lo que fue y siempre será realmente importante. Quizás lo único, al fin y al cabo.

Es el gran mérito de este libro, el poder conformar la naturaleza como medida de uno mismo. Cuando tantas veces los poetas hoy se miden con las aceras y su vida urbana, con las líneas de metro y los cafés a deshora, al tiempo que parecen despreciar nubes y montañas en las que son incapaces de reconocerse, aquí llega Miguel d'Ors y reclama esa naturaleza más allá de un ejercicio bucólico entendiéndola como parte de la existencia pese a su silencio, a su ancestral ausencia de protagonismo.

Pero Miguel d'Ors, seguramente, ante la estrechez del camino, y desde la atalaya de un pasado de idas y venidas, de diferentes residencias y localizaciones, necesita a esa naturaleza gallega para anclarse a la vida, para situarse realmente ante su propia identidad y la necesaria pertenencia a una geografía, a un contexto, a un paisaje. Como aquellos poetas que habitaban un territorio y que él mismo apunta (Camões, Pushkin, Mickiewicz, Petöfi, Rosalía de Castro...), nuestro protagonista necesita el suyo, quizás hasta ahora esa necesidad no lo era tanto, pero el olvido necesita fijar ciertas cuestiones inexcusables cuando el minutero apremia. Es cuando memoria y corazón se vuelven bandera y viento que enarbolar, cuando el mapa se hace musgo, cuando la factura realmente importante es la que uno mismo necesita cobrarse.

Queda un recodo en el camino, un final inesperado que nos aleja de jardines y cielos estrellados y nos conduce directamente al callejón de la duda. Allí donde el poeta se mide con sí mismo, con los destellos y las dudas, con la mirada, no al árbol, sino al pasado, a la sombra que uno arrastra, tan larga que hasta provoca la pregunta para el propio autor: ¿merece la pena ser poeta? Y quizás, en esa duda sea cuando lo único que toma realmente sentido sea toda esa naturaleza y aquellas “manzanas robadas”.

*Ramón Rozas es crítico literario.

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