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El rincón de los lectores

Una voz imprescindible

  • Con O futuro, un poema arraigado en su propia biografía, Abraham Gragera se perfila de nuevo como uno de los mejores poetas actuales
  • La destreza en el trazo, en el lenguaje de los detalles, en la singularidad de los recortes y en la adjetivación,  son algunos de los grandes baluartes de su poesía

Publicada 06/04/2018 a las 06:00 Actualizada 05/04/2018 a las 14:45    
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El poeta Abraham Gragera.

El poeta Abraham Gragera.

O Futuro (Pre-Textos) es un excelente poemario. Abraham Gragera nació en Madrid en 1973, pero se crio en Extremadura, lo cual no resulta un dato baladí. De hecho homenajea a su madre, también adscrita a esa región: "Estás inscrita en mí […] igual que la palabra Extremadura / escrita en un poema de Celan" (p. 48). La referencia familiar se convierte en el eje de "La encarnadura", cuarta parte de las siete que consta este libro, con dos poemas —destaca el evocativo "II. Ius honorum" (p. 45)— dedicados al padre, dos a la madre, y otro —fruto de ambos— titulado "V. 19 de noviembre", que sospechosamente coincide con el aniversario del autor. Y no es que tenga que corresponderse la poesía con la vida del poeta de manera calcada, porque eliminaríamos la carga ficcional de cualquier texto, pero en este caso coincide. De modo que es el motor que genera el resto, emanando hacia ese futuro expresado desde el título. Dos cuestiones, a propósito, se desgajan de ahí, el uso de una construcción en portugués, tal y como explica "IV" de la magnífica quinta sección, "Dos espaldas", consagrada al amor en sus diferentes vertientes, pues el poeta extrajo ese sintagma de un baldosín que compró en Altura, en el Algarve —en su famoso mercadillo— junto a su pareja, a lo mejor en viaje de novios, dado que en la misma parte se nos habla de una boda civil entre lágrimas de felicidad (p. 54). El autor, desde su criança extremeña, sin duda sintió cercanía hacia esa lengua hermana. Guiño, por tanto. Y no dejamos de leer el que se marca hacia el manuelmachadiano Verlaine en "céfiro burlón" (p. 66), o el anónimo "Si la noche haze escura" del Cancionero del Duque de Calabria.

Pero también el español posee entidad neovanguardista como segmento de una disyuntiva a algo anterior que se ha dicho y desconocemos, y en ese sentido se abre el abanico de las posibilidades interpretativas, ya que su ambivalencia semántica ofrece ricas lecturas. El futuro como expresión de la esperanza, promesa de felicidad, porvenir e ilusión. El futuro como lugar hacia el que caminar, o podríamos decir volar, como en los magníficos fragmentos de "Dos espaldas", que es la sección donde se alcanzan los mejores momentos de un poemario (luego remachado en "El silencio después del atentado", sexta parte) expresado en presente, en una complicidad temporal donde la proyección del amor hacia adelante y el ahora que lo reafirma, se ven acreditados por —y asentados en— un pasado ("Estos sitios históricos / no garantizan que el pasado esté / orgulloso de haber sobrevivido" (p. 61)] que fue creciendo desde la niñez y el calor familiar. De ahí surgieron los recuerdos sincréticos de "Amor propio" y "Miedos infantiles", a modo de escenas castizas, llenas de costumbrismo cognitivo en las que, al margen de las temáticas emprendidas, lo que de verdad se pone en juego es una composición rítmica única y una destreza en el trazo, en el lenguaje de los detalles, en la singularidad de los recortes y en la adjetivación, que pueden ser algunos de los grandes baluartes de esta poesía.

Abraham Gragera ensaya, no obstante, un revival sobre el tema del Volksgeist de un pueblo que no se especifica bien cuál es, pero que tiene mucho que ver con Extremadura (sin llegar a Las Hurdes buñuelianas, claro), y que podría remitir, por alejarnos de la lectura directa, simbólicamente al reino perdido de la niñez ("reino que no era de este mundo", p. 23)]. Mucho podríamos argumentar a la luz de los Cultural Studies sobre un poema ejemplar y emocionante como "IV. Juan" (p. 16), que nos recuerda a algunas canciones de la última época goethiana. "En la cabra y la vid está tu pueblo, / en los ojos del búho, en lo manso del río. / En la higuera sin culpa está tu pueblo, / en la concha sin nombre, en la plaza vacía. […] En la sombra del mundo está tu pueblo. / Las aves de tu frente abren sus alas, / y la vieja alabanza, en la noche errabunda, / vuelve para mostrarles el camino" (ibíd.). Mucho podríamos a pesar de la actualización de una modernidad que se reajusta en la contemporaneidad, desde un concepto —el de pueblo— que ha ido diluyéndose y que hoy más bien se plantea como entelequia en las sociedades de consumo, con la ruptura de las fronteras tradicionales y las nuevas soberanías del orden liberal que se han desplazado hacia una transversalidad del mercado de corte transnacional, junto a la disolución de los conceptos sociopolíticos decimonónicos por parte de la posmodernidad. Quizás ahí encajen bien las reflexiones líricas —ambientadas en Guinea Ecuatorial— de la última parte, donde el poeta pone distancia irónica: "No añoro las ventajas de pertenecer / a una comunidad bien definida, / menos aún si tengo que inventármela" (p. 88). Y un poco antes la repetición de "Gente que sigue a gente. / Gente que se vigila. / Gente tenaz como la aguja / del segundero de un reloj / recién parado" (p. 62), que luego aparece de nuevo en una especie de autodefinición o reductio ad unum en "Pero soy / gente sin peso, población flotante" (p. 76) que acaba, un poco después "[…] en la fosa común / de la palabra público" (p. 79).

En cualquier caso queda el pasado, el sentir del poema en el que laten todos esos recuerdos como postales de una vida o vivencias que nunca habrán de repetirse. En la tercera parte, "El tercer día" (una vez más la cuestión numérica), en los fragmentos de un discurso que a veces tiene algo de conversación y otras algo de monólogo, sin puntuación para acentuar una suerte de estilo indirecto libre en el precipitado del pensamiento, se funden mitos —los bíblicos serán muy recurrentes, pero hay otros, como se afirma en "[…] nos gustan las Metamorfosis, / el folclore, la Biblia […]" (p. 68)— en torno al nacimiento de la semilla "¿De trigo? ¿de mostaza?" (p. 29), al brotar —del drama, la acción etimológica— del ser, al albor de la existencia, una suerte de cántico individual de la criatura. Pero también de la palabra, de la poesía como creación. De ahí que la siguiente parte, "La encarnadura", como ya hemos apuntado, abarque a los padres, lanzándose hacia una propuesta poética performativa que al mismo tiempo que se dice se hace, y que tiene la conciencia de sí a través de la propia lógica creativa instaurada por el libro.

Otros asuntos muy interesantes se desgajan de este poemario, pero baste este acercamiento para dejar constancia de su aparición. Tras el aclamado Adiós a la época de los grandes caracteres (2005), y el no menos celebrado El tiempo menos solo (2012), O Futuro viene a refrendar a uno de los mejores poetas actuales. Una voz imprescindible de su generación.

 
VII

Reprimir la inquietud por el destino
aferrado al vigor de un pasaporte
es un gran logro de la democracia.

Toda esta gente y cada una,
con su derecho a desear,
en la cola estancada del vestíbulo,
en la luz terminal del aeropuerto,
si la noche hace oscura.

De camino, en el taxi, en duermevela,
oí llover sólo en los parques,
toqué la piel del mes de octubre
del año cero de la noche,
entre la inflamadura de las cúpulas
y la radiografía de los puentes.

Y vi edificios ciegos asomados
al temor de encontrarse sin querer en una
zona no autorizada
hablando en lenguas muertas.

Estos sitios históricos
no garantizan que el pasado esté
orgulloso de haber sobrevivido.

Este lugar es puro porvenir,
según las normas internacionales
que regulan las dimensiones
y la neutralidad del mobiliario.

Gente que sigue a gente.
Gente que se vigila.
Gente tenaz como la aguja
del segundero de un reloj
recién parado.

El alemán de raza negra envejecido
del escáner de códigos-producto
abrió sus ojos como el dios de un río
perturbado en su lecho por dos gotas de agua.

Éramos un acorde en la infinita
inmensidad del rostro
al pasar por tercera
vez el control de pasajeros.

Guantes de látex adecuaron
al protocolo nuestras pertenencias.

Y el arco detector del hombre de Vitruvio,
y la ausencia de insectos y otras formas de vida,
nos dejaron a solas definitivamente
con la medida humana.

Al otro lado del umbral
de la sospecha.
En el punto de no retorno.
Dueños al fin de nuestro hueco. Listos
para ser arrojados más arriba.


*Juan Carlos Abril es poeta y profesor de Literatura. Su último libro es Lecturas de oro. Un panorama de la poesía española (Bartleby, 2014).
 
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