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Los diablos azules

'Primera persona'

  • Recogemos dos fragmentos del libro de la escritora Margarita García Robayo, que la editorial Tránsito publica el próximo 30 de enero
  • "Todos los días intento entender un poco más de mi propia historia y no suelo ser muy eficiente, pero admití un hecho que alivia la ausencia de certezas: mi historia es un cúmulo de preguntas irresueltas"

Margarita García Robayo
Publicada el 25/01/2019 a las 06:00 Actualizada el 24/01/2019 a las 20:28
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En Primera persona, la escritora Margarita García Robayo (Cartagena, Colombia, 1980) reúne sus textos autobiográficos, que funcionan, como dice en la entrevista publicada en Los diablos azules, "como un mapa de obsesiones muy identificables". Recogemos dos fragmentos de este libro que la editorial Tránsito pública el próximo 30 de enero. 
_____

 
Mi debilidad
Apuntes desordenados sobre la condición femenina
  Cuando tuve a mis hijos me volvieron las mujeres de mi familia a la cabeza; por más que quise despojarme de ellas, allí estaban frotando sus pañuelos contra mi nariz. La crianza es femenina, pensaba mientras miraba a mi marido maniobrar esos cuerpecitos blandos con diligencia y entusiasmo, temiendo que sólo fuera una primera fase y que después degeneraría en la inutilidad propia de su género. Las dos veces que fui madre batallé contra mi ADN. Al luchar contra las imágenes que me han impuesto de lo femenino, también estoy luchando contra parte de lo que soy: cuesta desaprender, es un desgarro permanente pero necesario. Creo que tenemos que ser capaces de repudiarnos; creo que hay que tenerse un poco de asco para poder cambiar. La autoindulgencia no ayuda. Me mantuve firme en que si quería hacerlo distinto —no decía «bien», me bastaba con que fuera distinto—, tenía que decretar que el momento del nacimiento de mis hijos debía marcar el principio de su pasado y el final del mío. Si yo podía tener control sobre alguna historia, quería que comenzara ahí. Sería una historia porosa, cuyo mayor atributo consistiría en que podría ser intervenida por ellos. Miré la ventana y les conté lo que había: su primer horizonte atravesado por cables y edificios; el de V. fue de día, el de J. de noche. Y mientras enumeraba los elementos del paisaje vi caer preguntas como pelusas primaverales que planeaban livianas y frenéticas. Esa fue la primera de muchas señales de que no tener un método claro sería tan fatigoso y angustiante como adoptar el que ya conocía.


Lo cierto es que actualizo mi batalla a diario porque rápidamente dejó de ser una batalla contra mi pasado; mis taras de mujercita criada por y entre mujercitas astutas cuya mentalidad intrincada no fue suficiente para salvarlas de sus hombres (suelo preguntarme si alguna vez en sus vidas longevas las mujeres de mi familia tomaron conciencia de que con esa extraña mezcla de servilismo y condescendencia estaban contribuyendo a la potencia destructora que hoy, en muchos aspectos, define el rol de lo masculino en el mundo. En cualquier estadística queda claro que los que matan, golpean, violan, maltratan y destruyen mayoritariamente son los hombres. Por mucho que queramos ver otra cosa, es imposible desestimar el hecho de que esos hombres / monstruos no se hicieron solos). La crianza que me dieron es uno de los tantos surcos que decoran mi hipocampo, pero el torno no se detiene. Ahora me peleo con mi necesidad ñoña de ser lo primero que ven mis hijos cuando abren los ojos a la mañana y lo último, cuando los cierran cada noche. Me peleo también con la necesidad de que mis hijos no sean lo único que yo vea. Con quien más me peleo es con mi marido, pero sólo porque es a quien tengo más cerca después de los niños, con quienes no me puedo pelear —o sí, pero siempre pierdo—. Así que mi maternidad transcurre, en buena medida, dando zarpazos al aire.


[…]

La confusión que me genera mi rol de madre, en todo caso, viene de la confusión que me genera mi rol de mujer. Si asumiera el mandato de mi infancia que dictamina que soy yo la que tiene la potestad del relato familiar tendría un gran problema. Todos los días intento entender un poco más de mi propia historia y no suelo ser muy eficiente, pero admití un hecho que alivia la ausencia de certezas: mi historia es un cúmulo de preguntas irresueltas —¿Qué soy? ¿Qué quiero ser? ¿Cuánta frustración soy capaz de soportar?—. Avanzar en el entendimiento significa formularme nuevas preguntas. Ya no me angustia, pero vivo en el borde, caminando una pasarela estrecha sobre el hueco eterno de la duda.
 
Aullidos sordos en el bosque

Z. dice cosas que no escucho. Entre él y yo se instala el silencio de bestias que se escrutan con los ojos inflamados. Aparece el holograma laberíntico que se superpone a la pradera y me marca un camino sinuoso de neón. Al costado está el hueco negro, el de siempre, el que no tiene fondo, el que nunca se va; pero al final del camino está esa luz brillante que me enceguece y me impide ver el hueco, o me hace minimizarlo: ahora es un felpudo roto, inofensivo, y no el bicho vivo que terminará chupándome. Así, en una distracción de la neurosis, es como ocurre el flechazo: los dos nos elevamos y accedemos a esa cápsula radiante como si nunca la hubiésemos habitado. Entramos frágiles, blandos, necesitados, desbocados, embrutecidos. Ya estamos heridos sin habernos tocado.

La habitación sigue oscura, aunque hace rato que es de día. Lo sé porque me levanté antes a espiar la casa. En la heladera encontré una colección de picantes vencidos. En la biblioteca, además de libros, hay muñecos de la cajita feliz, facturas agrupadas en un clip gigante de Morph, cuatro soldaditos de plomo con el precio percudido pegado en la base —diez libras cada uno—. Pero el gato maulló y me asusté, entonces volví a la cama.
Este chico duerme para no hablar, es mi sospecha. La sospecha es el diablo, me lo enseñaron de chica —en contraposición a la certeza, que es Dios—. Hace diez días que nos conocemos, hemos hecho lo obvio: salir a comer, mirarnos con esa mezcla de ganas y desconfianza, y tener charlas crudas sobre la vida que embellecen nuestras heridas psíquicas. Ya revisamos el pasado, ya comparamos internamente a nuestros ex —a todos— y decretamos que somos mejores prospectos el uno para el otro. Ya le mentí para gustarle más; él hizo lo mismo conmigo, pero no me di cuenta. En este punto podemos coincidir en que somos felices juntos porque conspiramos para serlo; cada quien hace lo suyo, con brío, pero en secreto. Anoche fuimos a una terraza y, después del beso, pensé que tendríamos que lanzar cohetes: la reciprocidad en el amor —incluso si dura segundos— es una victoria que merece celebrarse. ¿Entonces por qué duerme tanto? No pregunto para no lidiar con la humillación de su respuesta. Así que me inflo y me desinflo, tengo ansiedad, tengo sed, tengo angustia porque está muy oscuro (¡buenos blackouts! —me dirá C., que está en el detalle fino). La boca entreabierta me deja ver un poco de su dentadura que me gusta tanto, pero de una forma distinta porque cuando duerme cambia, parece otra persona: alguien que me resulta al mismo tiempo extraño y querible. Me cuelgo pensando en cuánto cambiamos cuando dormimos o cuando nos miramos demasiado tiempo en el espejo y la cara empieza a descomponerse en un dibujo cubista. ¿Cómo eran los otros dormidos? No recuerdo a los otros. Es imposible tararear la melodía de una canción vieja cuando hay un hit golpeándote la cabeza. Despierta y me mira: ¿no dormís?
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Margarita García Robayo es escritora. Su último libro publicado en España es Primera persona (Tránsito, 2019). 
 
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