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Los diablos azules

Paola Masino contra el ángel del hogar

  • Nacimiento y muerte del ama de casa, una crítica afilada al reparto del trabajo patriarcal, sufrió hasta el detalle la censura del Estado fascista
  • La escritora italiana lo consideraba su "libro maldito" y con razón: en 1943, un bombardeo destruyó por completo las pruebas listas para imprenta 

Publicada el 20/12/2019 a las 06:00 Actualizada el 26/12/2019 a las 09:38
La escritora italiana Paola Masino.

La escritora italiana Paola Masino.

Università Sapienza
El libro podría parecer inofensivo. Al principio, parece un cuento: para escapar de las convenciones sociales, siendo todavía una niña, la protagonista se encierra en un baúl. Solo acepta salir por el bien de su madre, que la persigue con un constante "Me vas a matar de un disgusto", que la hace casarse con un señor mayor y rico, su propio tío. Pero Nacimiento y muerte del ama de casa, tercera novela de la italiana Paola Masino (1908-1989) ahora recuperada por Alianza, suponía una amenaza. Lo sabía la censura fascista, que primero arrasó la novela con sus correcciones durante dos años y luego la despreció, considerándola tan solo "otro libro 'surrealista' de Paola Masino". La novela sufrió también la guerra, y de manera definitiva: cuando estaba lista para su impresión, un bombardeo alcanzó la sede de la editorial Bompiani y aniquiló las últimas pruebas. Masino habló de este volumen como su "libro maldito". 

¿Por qué la censura se ensaña con tanto ahínco con un libro "surrealista", protagonizado por un ama de casa cuyo nombre jamás se llega a conocer? Valga un ejemplo: "Fue así como el Ama de Casa se dio cuenta de que, pequeña o grande, la casa era una rueda de molino a la que la habían atado el día de la boda. (...) Con todas sus fuerzas, quiso encontrar una razón que le hiciese grato o admisible el martirio, como a todas las demás". Aquel discurso se construía entre 1938 y 1941, en el periodo más negro del régimen fascista italiano, que había construido su ideal de mujer, como cuenta la traductora Pepa Linares, en torno al "ángel del hogar". "Ocupaos de la casa, traed hijos al mundo y llevad los cuernos", comandaba Mussolini a las mujeres de su país, como recuerda ella. En pleno empuje pronatalista, el Gobierno estableció en 1926 una tasa a la soltería, se persiguió el uso de anticonceptivos, además del aborto, y se restringió la autonomía de la mujer en diversos frentes. 

  Masino había conseguido escapar, relativamente, a todo aquello. Parte de un linaje aristócrata y educada en la literatura y en la música, a los 19 años conoce al escritor Massimo Bontempelli, por entonces miembro del Partido Fascista y director de la revista 900. Bontempelli, que le sacaba treinta años, era un hombre separado, lo que libra a la escritora de los deberes de esposa y madre. Masino le sigue a Florencia, a París, colabora en prensa y en distintas revistas literarias, publica dos novelas. "Si Dios me asiste, me quedaré libre y sola, vagabundeando toda mi vida", escribía a su madre en 1938. Pero entonces algo cambia: el régimen fascista se recrudece, un cada vez más crítico Bontempelli es expulsado del partido y se le prohíbe trabajar como escritor y periodista. Ambos parten a Venecia en una especie de exilio político. Allí, en el palacio Contarini delle Figure, Masino encuentra una cárcel y el motor para la redacción de Nacimiento y muerte del ama de casa

Masino, que se quería vagabunda, se encuentra al cargo de un hogar inmenso. Vive como una "pesadilla" tener que encargarse del servicio, el encierro, ser la responsable de la buena marcha del piso. "No lo seré jamás, no, no seré nunca un ama de casa feliz. Seré el Lucifer de las amas de casa", escribe en otra carta en 1938. Su estado de ánimo afecta a la escritura de la novela, que se alarga durante tres años. En 1941, su situación no había mejorado: "No aguanto verme todo el día con la cara contra la pared, con la esperanza de que me absorba". El editor Alberto Mondadori se interesa por el texto y le propone publicarlo en el semanario Tempo, que dirige, y él mismo emprende la censura del texto, para evitar que este sea rechazado por el control estatal. "Quiere que suprima todas o casi todas las frases en contra de la maternidad, cuando toda el Ama de casa gira en torno a la idea de que la maternidad no es una virtud, sino una condena", escribe a su familia ese año. Esa primera revisión se alarga hasta bien avanzado 1942, pero la autora tendría que obtener luego, de todas formas, el visto bueno de la Direzione Stampa, que le llega a finales de año. 

Tras el bombardeo que destruye las pruebas del libro, y la Guerra Mundial, el libro no se publicaría hasta 1945, cuando Masino debe componer una nueva versión del texto a partir del manuscrito y su copia de las pruebas. En una nota añadida a la edición final, la escritora recuerda el proceso de censura: debían desaparecer las alusiones a la Biblia, las palabras mariscal, prefecto, patria o nación, entre otras: "no debía nombrar la lira ni cualquier otra cosa que diera la impresión de que el asunto se desarrollaba en Italia". "Se hicieron correcciones", acepta ella, "el Ama de Casa pagó en monedas, todo mariscal se convirtió en comodoro, hizo su aparición un arconte y el país se trasladó al otro lado del océano". Pasarían siete años entre el comienzo de la redacción y la edición de este "retrato de mujer", en palabras de la autora: "A mí misma me parece tan lejano que apenas lo reconozco".

Lo mismo les sucedió a los lectores. El surrealismo quedaba muy atrás, había habido una guerra de por medio, y el neorrealismo estaba en auge. "Es un libro maldito", decía Masino a su madre, "que todo el mundo elogia, pero del que nadie tiene el valor de hablar, porque, dicen, es tan nuevo y tan complejo que resulta muy difícil decir algo". Tras aquella primera edición, la novela no volvió a las estanterías hasta 1970, con Bompiani, y disfrutó luego de una reedición en los ochenta, pero es ahora, que su figura suscita más interés en Italia, en gran medida por la nueva oleada feminista, cuando Masino encuentra un público más amplio, más allá también de sus fronteras. Uno que abrace y no huya de las amenazas que supone el "libro maldito", que pueda entender su famosa queja a Dios: "Tenías que demostrarme que incluso en el acto de zurcir un calcetín puede hallarse un universo y no que he abandonado el universo para dedicarme a zurcir calcetines".