Los diablos azules

Cristina Morales: "No hay que tener miedo a ser una terrorista del idioma"

La escritora Cristina Morales, en el ciclo El escritor y tú, en el Centro Bibliotecario Insular de Puerto del Rosario, Fuerteventura.

Cristina Morales (Granada, 1985) era una escritora joven conocida y respetada en el mundillo literario, pero relativamente en sombra para el gran público. Era. Porque con Lectura fácil, su última novela, llegó el Premio Herralde, y luego el Premio Nacional de Narrativa, y pasó de hacer malabarismos para pagar el alquiler a girar de aquí para allá recorriendo cada librería, cada club de lectura, cada charla que la reclama. Justamente es el ciclo El escritor y tú, organizado por el Cabildo de Fuerteventura, el que la lleva a Puerto del Rosario, donde tiene lugar esta charla el pasado 6 de febrero. Lleva varios días en las islas encadenando eventos. Por delante está una gira con su compañía de danza, Iniciativa Sexual Femenina, y el estreno de un espectáculo que escribe para la compañía de la bailarina y coreógrafa Sol Picó. Coincidirán con el relanzamiento, en Anagrama, de sus dos primeras novelas, Los combatientes e Introducción a Teresa de Jesús (antes Malas palabras). Ha pasado poco más de un año desde la publicación de Lectura fácil, pero parece un siglo. 

Pregunta. El título de Lectura fácil podría parecer que se refiere a su contenido, pero luego nos damos cuenta de que se refiere a una técnica de escritura. Con Terroristas modernos una podría pensar en la yihad o el anarquismo violento, pero luego nos damos cuenta de que es más literal que eso: si se habla de moderno es porque se habla de Modernidad histórica. Malas palabras, ahora Introducción a Teresa de Jesús, es un libro de ficción, no un tratado. Los combatientes no combaten, sino que saltan a la comba. … ¿Qué hay en esto de hacer publicidad engañosa y de jugar con la literalidad?Lectura fácil Terroristas modernosMalas palabrasIntroducción a Teresa de JesúsLos combatientes

Respuesta. Creo que mi oficio como escritora es el de ser tramposa. Los textos que escribo no son ensayos, no son textos periodísticos, no quieren erigirse como normas o como ejemplos a seguir, cosa que otro tipo de textos u otro tipo de literatura de ficción sí hacen. Partiendo del hecho de que yo me tomo la ficción como un juego, dentro del juego son posibles, o incluso son intrínsecas y determinantes del juego el gato por liebre, la trampa, el transformismo. Si no, una haría otra cosa: yo me habría metido en la universidad, habría hecho una tesis doctoral —que en su momento pensé en hacerla; menos mal que no—, y una sería fiel a la realidad, sea lo que sea eso, en virtud de ciertas metodologías. No diría que la literatura es una metodología, diría que la literatura es una tecnología, y que hay un método para escribir ciertos géneros —hay un método para escribir novela negra, novela rosa…—. Lectura fácil, precisamente, apela a otra metodología, no literaria, sino pedagógica, que es la de la lectura fácil.

La lectura fácil es una metodología —esto es lo que dicen ellos— para para personas que tienen dificultades de comprensión lectora, que no solo son —y sigo diciendo como ellos, siendo ese ellos el ámbito profesional de la lectura fácil— personas mal llamadas discapacitadas intelectuales, sino también migrantes que no conocen la lengua, presos, población reclusa, en el entendido de que la población reclusa —y esto es muy revelador— tiene un nivel cultural inferior… Digo que es muy revelador, y me gusta detenerme en esto, porque cuando las instituciones del trabajo social dicen que los presos tienen dificultades de comprensión lectora, lo que están diciendo es lo que cantamos nosotras en las manifestaciones: “Los ricos nunca entran, los pobres nunca salen”.

A su vez, a mí me interesaba el título de Lectura fácil porque es algo que se usa mucho en el mercado literario: “Esta novela es de lectura fácil”. Es algo que se usa incluso en casas literarias, donde hemos leído a autores que adoramos. Casas que se supone que privilegian la creación y la libertad de la escritora o del escritor por encima de las metodologías de género negro o género rosa... Pero bueno, esto no se lo cree nadie, ¿no? Incluso podríamos decir que son tendencias o modas, también del momento político. Incluso editoriales que han publicado al boom latinoamericano, o a autores que han ganado el Man Booker, estas editoriales fomentan un tipo de literatura, y la que no, pues la evitan o presionan a sus autores. Yo quería jugar con esto: ¿qué significa que algo se lee fácil, que algo se lee fácil como algo bueno? Como lo que me dijo una editora: que ella buscaba algo bueno, bonito y barato. En vez de libros, alfombras, ¿no?

Terroristas modernos podría ser el título de un ensayo, pero ahí sí que quería ser súper literal. El nacimiento del concepto de terrorismo es de la Modernidad en términos historiográficos, que empieza, para algunos historiadores, en la Revolución Francesa. El término lo acuñan los girondinos para referirse a los jacobinos. En el primer diccionario republicano de la Academia Francesa, se refiere a Robespierre y los jacobinos como ejecutantes del terror, y por tanto terroristas. Se refiere entonces que es el Estado el primer terrorista. Hay crónicas de cómo estaba París a finales del XVIII en las que se dice que había ríos de sangre por la ciudad. Esos ríos de sangre los provocaba el Estado para imponerse; las facciones que mataban a los reyes, pero también a sus disidentes políticos y a todo aquel que se salía de la norma. Ese terror lo sembró no otro que el primer Estado liberal francés, la primera democracia moderna.

Malas palabras es una novela editada por Lumen en 2015 y recuperada ahora por Anagrama. Malas palabras es el título que me impuso mi editora, pero mi título, que no llegó nunca a la portada, fue Introducción a Teresa de Jesús. Me gusta ese juego con lo ensayístico. Igual son chistes para dentro del mundo editorial y literario: a mí me sirven. Se hacen encajonamientos tan absurdos y caprichosos: esto es ensayo, esto es novela, esto es novela política, como si no lo fueran todas las novelas, como si no desplegaran todas una manera de ver el mundo… La confusión me va bien, me interesa.

En Los combatientes, que lo saca Anagrama también en marzo, quería rebajar el tema de que fuera gente que lucha o revolucionarios, y les llamo combatientes porque saltan a la comba. Es como una greguería.

P. Los libros que se reeditan ahora son relativamente recientes, pero ha llovido mucho, han cambiado muchas cosas para ti como escritora: ¿los has revisado?, ¿cómo te sientes con respecto a ellos?

R. Ha sido un viaje. No he cambiado casi nada. Hemos limpiado erratas y cosas así, pero de contenido son, en un 99,9%, igual, salvo que en Malas palabras, Introducción a Teresa de Jesús, lleva una nota a la edición explicando el cambio de título. Claro, yo antes de ser escritora o antes de dedicarme a la escritura lo que he sido es lectora. Entonces conocía todo este mundo de los editores, de ediciones que no ven la luz… yo tenía una idea vaga, romántica. Es raro ver reediciones cuando no ha pasado tanto tiempo.

Esos libros respondían a un modo de ver el mundo muy parecido al actual. Yo no soy particularmente mártir: soy muy dura escribiendo, pero si releo algo viejo se me da mejor reconocer los aciertos que corregir lo que considero un error. Ese ha sido el dilema: te dan la opción de reescribir, y ves cosas que hoy expresarías de otro modo, o aquí no he estado fina, o no me gusta verme así, o desplegando este pensamiento político que hoy aborrezco. Sin embargo, pienso que si cambiara eso estaría alterando la maquinaria de la novela. Cambiar una pieza porque a mí me parece que tiene menos pericia literaria —a veces es al revés: veo habilidades literarias que perdí—, supondría cambiar la novela entera. Tengo respeto al pasado, y digo: así fue y así será. Qué feo sería eso de venir a blanquearme.

P. Decía que han pasado muchas cosas: ha pasado el Premio Herralde, y luego el Premio Nacional de Narrativa. Hablaste de Barcelona, que en ese momento estaba en el apogeo de las últimas protestas; la gente se llevó las manos a la cabeza, también los dirigentes políticos. ¿Cómo crees que te ha afectado la mayor presencia pública desde entonces? Más allá de lo personal —no sé si la gente te para por la calle—, como escritora: ¿escribes con la misma tranquilidad, te expresas con la misma tranquilidad que antes?Hablaste de Barcelona

R. No me he parado ni a pensarlo. Pero si no me he parado ni a pensarlo quizás es porque algo me intranquiliza. Ahora estoy escribiendo teatro para Sol Picó, Premio Nacional de Danza, para su próxima obra, que se estrenará en marzo. Malditas plumas, se llama. Esos proyectos de escritura fuera del ámbito novelístico dan mucho gusto, y he llegado a ellos gracias a la difusión que me ha dado el premio. Sol Picó probablemente no hubiera leído Lectura fácil si no hubiera sido por el Premio Nacional, o incluso si no hubiera habido la polémica. Eso es algo de agradecer, esa difusión es la buena. La mala… Es que soy poco sufridora. Como no tengo redes sociales, me doy cuenta de que eso me tiene al margen de mucho vuelo gallináceo y de mucha tontería, al final, cosa que agradezco. Nunca tuve redes sociales, no es que me las quitara. Qué bien que me ha pillado así. Por la calle no me paran, no.

P. Y si vas a una librería a comprar un libro, ¿te paran?

R. Cambia según la ciudad. En Barcelona, si alguien me reconoce normalmente no me dice nada. Normalmente lo detecto por una mirada más insistente, pero no se me acerca. Agradezco ese pudor, porque yo estoy a lo mío. De todas maneras, ¿quién decía…? Algún escritor hablaba de que se fomenta cada vez más al escritor como figura mediática, como estrella. No sé, a un Salinger no le decían sus editores: “Salga usted de su gruta porque tenemos que vender libros”. Aunque de la misma época era Truman Capote, que hacía unas lecturas en primicia de sus libros a las que iba la alta sociedad. A mí mis editoras no me presionan para que venga a esta charla ni a ninguna otra, pero si yo quiero vivir de la literatura, tengo que, aparte de escribir, salir y exponerme públicamente. Los tiempos están en un momento de espectacularización incluso para aquello que los escritores querríamos que fuera todo lo contrario: precisamente una escribe libros para expresarse de ese modo y no de otro, una escribe libros porque es un ejercicio solitario donde no se juega a la verdad, o donde su verdad genuina o su carne está protegida.

P. En Lectura fácil tiene una gran presencia la danza, uno de los personajes principales baila, y tú formas parte de una compañía de danza llamada Iniciativa Sexual Femenina. Los combatientes la presentaste al premio Injuve tanto como literatura dramática como como novela, deseando que te dieran la primera porque tenía más dotación. En ese libro, los protagonistas pertenecen a un grupo de teatro universitario, y tú pertenecías a un grupo de teatro universitario en esa época. No es tan habitual esta unión de artes escénicas y narrativa, no hay tantos escritores que se dediquen a ambas cosas. ¿Qué hay ahí que te interese y cómo influye en tu literatura?Lectura fácilLos combatientes

R. Hay una excepción, o casi una excepción: Angélica Liddell. Ella se considera escritora y dice que se sube al escenario porque no le queda más remedio. Yo llego a la danza profesionalmente a través de Lectura fácil. Yo de pequeña hice un par de años de ballet flamenco, y vuelvo a la danza de manera autodidacta a los 19 o 20 años. Pero cuando llego a Barcelona, veo que no me puedo costear ninguna clase de danza, porque son muy caras, y que solo me puedo costear las de los centros cívicos, porque están subvencionadas. Los centros cívicos de Barcelona son centros comerciales de talleres: cómo cocinar especialidades al curry y danza butoh. Llegado a cierto punto me doy cuenta de que no me sirve esa metodología, y de que quiero escribir sobre ella. A mí me pasa como a la Angélica Liddell: como no tengo un fusil, pues escribo. No tengo fusil, pero tengo cuerpo.

Entonces empecé a escribir algo que quería ser una crítica dancística, pero me di cuenta de que podía hacer algo más: que podía encontrar mi propio camino como bailarina y encontrar otras compañeras y compañeros que entendieran la danza de un modo similar al mío. Empiezo a escribir una crítica de danza, que se convierte en novela, una novela ensayística y muy crítica con la danza. Luego, en Can Vies, una casa okupada en Barcelona de la que formo parte en la gestión, monto un taller de danza contemporánea para todos los niveles, y en concreto para cuerpos no bípedos: personas que van en silla de ruedas, con muletas, que llevan una férula, personas que han tenido una parálisis cerebral… Mientras escribo Lectura fácil, esto continúa y conozco a dos compañeras, nos llevamos bien, nos llevamos muy bien. Entonces un día les digo: tengo una escena, y me gustaría intentar encarnarla, probarla en nuestros cuerpos. Eso da pie a la pieza que finalmente estamos ahora girando, que se llama Catalina. Lectura fácil le debe a la danza casi su existencia.

P. En Lectura fácil, las protagonistas son cuatro mujeres con lo que llamamos discapacidad intelectual, que como su pensamiento ha sido descartado, su cuerpo también. Tenemos a unos revolucionarios en Terroristas modernos, y así podríamos definir también a Los combatientes; en Introducción a Teresa de Jesús tenemos a una monja en cierto modo revolucionaria… ¿Desde dónde permite mirar esta tropa de personajes desclasados?Lectura fácilTerroristas modernosLos combatientes Introducción a Teresa de Jesús

R. Esto lo dice muy bien Sara Mesa. Ella decía: “Me interesan las visiones parciales”, refiriéndose a narradores que no son omniscientes, a ese tipo de voces narrativas tan habituales en occidente que planean sobre la realidad y lo juzgan todo con una voluntad totalizante y totalitaria. Esa voluntad nunca va a ser tal, porque es imposible ese jugar a dios por parte del escritor; ese jugar a ser objetivo tenemos que saber que ya es una parcialidad. En Terroristas modernos hay por momentos un narrador omnisciente al que le quitan la palabra, es un narrador omnisciente desacreditado. En ese sentido es útil el desclasamiento. Estos personajes son no ya antihéroes, sino personajes abandonados por aquellos a quienes defendieron. En el caso de Terroristas modernos lo veo particularmente: son gentucilla, gente violenta, malhablada.

P. En una entrevista sobre Los combatientes decías que era una novela escrita “muy de oído”, y se ve en todas un interés por el lenguaje de la calle y por los distintos registros del idioma. En Lectura fácil, vemos cómo se habla en la asamblea, ante un juez, o un personaje con un verbo completamente desatado. En Introducción a Teresa de Jesús, se disfraza el lenguaje de Siglo de Oro y a la vez se introducen anacronismos voluntariamente. No sé si tiene que ver con la voluntad de crear un lenguaje no usurpado por el poder.Los combatientesuna novela escrita “muy de oído”Lectura fácilIntroducción a Teresa de Jesús

R. Si eso pasara, qué alegría: fundar una lengua nueva, una lengua que no someta, sino que libere. Las razones que a mí me lanzan a la escritura son lingüísticas, cómo oigo hablar a los demás, sobre todo a los poderosos, que son quienes nos acribillan a mensajes. Lo hablaba con [el filósofo] Paul Preciado, que coincidí con él en una charla y decía: “Las personas diversas intelectualmente están en la última playa del acceso al poder, porque no tienen acceso a la palabra escrita”. Solo lo que va al archivo, lo que se puede registrar con palabras, es lo que permanece. Y podríamos decir: bueno, pues creemos un mundo donde la lectoescritura no sea el lugar de prestigio social por antonomasia. ¿Por qué no pensamos revolucionariamente? En fin: los detentadores del poder a través de la lectoescritura son quienes más mensajes nos mandan, y esta zozobra lingüística es la que a mí me manda a escribir, esa cantidad de mensajes sin parar, y luego por sus voceros, y luego por nosotras mismas, que los interiorizamos. En ese sentido va Lectura fácil muy claramente, y Los combatientes, sobre la tecnología que son los discursos políticos. 

P. Entonces, y parafraseando a Audre Lorde: si el lenguaje son las herramientas del amo, ¿podemos desmontar con él la casa del amo?

R. Ya, ya. Pero ¿cómo voy a gritarle al amo sin muchas de las palabras que él me enseñó? Es importante reconocer que hablo el mismo idioma del que me domina, y a partir de ahí, innovar. Sin miedo a los neologismos, a escribir mal. Javier Pérez Andújar dice: “La ortografía es el código penal del idioma”. No hay que tener miedo a ser una terrorista del idioma. ¿Te van a aplicar el código penal? Sí. Los primeros, los correctores y las correctoras de las editoriales, que son policías nacionales chungas. Yo hace unos años estaba convencida de que no hay que evitar pensar en la opción de la clandestinidad. La clandestinidad es algo que mucha gente ha ejercido, y que nos da mucho miedo porque nos creemos que estamos integrados y que este es el mejor de los mundos posibles. Pero la clandestinidad es una opción, y la clandestinidad en lo editorial o en la lengua existe: ahí están los fanzines, por ejemplo. Un fanzine se distribuye mal y pronto, pero en un fanzine una puede decir lo que quiera. Claro, eso te mantiene en la marginalidad. Quizás hay que quedarse ahí. Y ya cuando tengamos dinero para las armas, vemos.

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P. Del fanzine al Premio Nacional hay un trecho.

R. Yo tenía una amiga que llegó a una asamblea de las que salen en Lectura fácil. En la asamblea se decía: “Hemos hecho una cafeta, hemos cubierto gastos, tenemos pasta”. Y ella decía: “Bueno, pues vamos a comprar armas”. Lo decía en serio. El problema es que no las sabemos usar. Tú a mí me das el fusil, que no tiene Angélica Liddell ni yo, y no lo sé usar. Hay cosas guapas: las guerrilleras de Rojava hacen una tarea de entrenamiento militar y feminista a un tiempo encomiable, modelo a seguir. Nosotras estamos desposeídas de ese saber. Nuestras abuelas en el 36 cogían fusiles. Eso pasaba en estos momentos de levantamiento popular contra el fascismo. En Barcelona, que era cenetista y se iban repartiendo fusiles de asalto por las calles, la gente los cogía y se enseñaban los unos a los otros. No es el saber del sargento, pero es un saber. También ese fusil es el arma del amo, pero de él me puedo reapropiar.

Decía Federica Montseny —ese personaje anarquista contradictorio, de la CNT, que llega a ser ministra—, cuando la entrevistan ya viejecita, viejecita, con esas gafas de culo de vaso, carcomida, y le preguntaban por la revolución del 36: “Yo veía a gente asaltando los bancos, pero no para quedarse el dinero, sino para quemarlo. Quemaban el dinero en la plaza”. Y decía: “Ya por haber visto eso me merece la pena haber vivido”. Claro, estaba viendo los cimientos del mundo nuevo. Ya sabemos cómo acabó. Pero ese proceso refundó su amor por la libertad y por la revolución.

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