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Quisimos tanto a Atticus Finch

  • Javier de Lucas nos conduce desde el mito del modélico defensor de la igualdad de Matar a un ruiseñor hasta el descubrimiento de las profundas raíces del supremacismo
  • En Ve y pon un centinela, secuela de aquella mítica primera entrega, descubrimos que nuestro héroe no ha podido escapar al sistema de castas del mundo rural en que ha crecido

Pepe Reig Cruañes
Publicada el 26/02/2021 a las 06:00

Nosotros que quisimos tanto a Atticus Finch
Javier de Lucas
Tirant lo Blanch
Valencia
2020

Recomiendo muchísimo la lectura de esta pequeña joya que firma mi admirado Javier de Lucas sobre la figura de Atticus Finch, el protagonista de Matar a un ruiseñor. El personaje de la novela y de la película adquiere nuevos significados cuando se lee dentro de la siguiente novela de Nelle Harper Lee, que en realidad es anterior y, de algún modo, abarca o incluye a esta.

Es la historia de un hombre de derecho, demócrata íntegro y honesto, que se enfrenta al cerrado racismo de una pequeña localidad del profundo sur de los Estados Unidos, para defender a un negro injustamente acusado de violación. El abogado se convirtió en un modelo de conducta para generaciones de progresistas y gentes del derecho.

Pero la autora de la novela, Harper Lee, publicó mucho después Ve y pon un centinela, como secuela de aquella mítica primera entrega, y ahí descubrimos que, veinte años después, nuestro héroe se mostrará incapaz de escapar al sistema de castas del mundo rural en que ha crecido y se ha convertido, él mismo, en un supremacista perfectamente camuflado en el paisaje sureño. Ese sistema de castas es el fundamento social, la razón estructural del pecado original de la primera democracia del mundo moderno: el racismo, el supremacismo y la segregación estaban inscritos en el ADN de aquella Constitución de granjeros de 1775 y no desapareció del todo con la derrota del sur esclavista en la Guerra Civil.

Las dos novelas nos hablan de este abogado de provincias, pero sabemos que la autora no había concebido dos, sino una sola historia, y solo razones editoriales, probablemente acertadas, la convencieron de separar la obra de ese modo, en dos tiempos con veinte años de distancia. Ambas contadas desde los ojos de Scout, la hija de Atticus. Es ella quien desgrana, en Matar a un ruiseñor, sus recuerdos de infancia como testigo de aquel juicio que su padre perdió. Y también es ella quien nos cuenta, en Ve y pon un centinela, el choque que le produce volver a encontrarle, veinte años después, cuando ella se ha convertido, siguiendo el recuerdo mitificado de su padre, en una activista de los derechos civiles, mientras él ha acabado acomodándose al espeso clima y al feo supremacismo de ese inmóvil sur.

Fue la editorial quien convenció a la autora de que, en la primera parte de esa historia, la de los recuerdos infantiles de Scout, había una novela de éxito, a condición de suprimir la segunda con su decepcionante reencuentro. Y era cierto, la novela y luego la película marcaron el imaginario de varias generaciones.

Es así como nos convertimos todos en admiradores de un mito, del que se nos había ocultado una sombra. Y, sin embargo, la verdadera enseñanza estaba en la sombra que no veíamos. Si la novela y la película Matar a un ruiseñor proyectaban un modelo cívico admirable, la precuela Ve y pon un centinela contenía, en realidad, un aviso que se nos había hurtado: la advertencia de que el monstruo estaba tan vivo que se encarnaba en nuestro héroe, porque su constitucionalismo de la primera hora, su democratismo jeffersoniano, incluía el designio de una segregación inspirada en el principio de “iguales, pero separados”.

Atticus había defendido al negro injustamente acusado, no porque viera en él la causa de la justicia racial, sino porque, como hombre de derecho, creía en la igualdad ante la ley. La América de Atticus, pese a su ropaje jurídico, era un mundo de blancos pobres que sostienen su autoestima sobre el maltrato a los negros, casi cien años después de abolida la esclavitud.

Ese es el pecado original de América. El pecado que denunciaba el movimiento por los derechos civiles, encabezado por el doctor Luther King en los cincuenta y sesenta. El movimiento que hizo evidente, para quien quiso verlo, que la sociedad americana aún debía el pago íntegro del “cheque sin fondos” que se le había extendido a los afroamericanos en tiempos del gran Lincoln. Ese impago sigue siendo, aún hoy, el principal reto de los norteamericanos y del mundo global que ellos encabezan. En eso ha consistido, en el fondo, la batalla electoral que acaba de suceder en Estados Unidos. La batalla que ha perdido Donald Trump, la persona que mejor representa la melancolía de aquella clase de granjeros que, en la novela de Harper Lee, intentan linchar al negro y tropiezan con la inocencia de una niña que admira la valentía de su padre abogado. Esta batalla electoral y la lucha del Black Lives Matter, que la precedió, pueden verse como una prolongación de los grandes movimientos de los cincuenta y sesenta por los derechos civiles. Ojalá la derrota del supremacista Trump signifique el comienzo del sueño americano de la igualdad y no un nuevo aplazamiento de la deuda.

Con sabiduría, Lucas nos conduce desde el mito del modélico defensor de la igualdad, que habíamos visto en Matar a un ruiseñor, hasta el descubrimiento de las profundas raíces del supremacismo que, en su intento por prevalecer en un mundo global y diverso, amenaza con suprimir la democracia. Nosotros que quisimos tanto a Javier de Lucas, agradecemos que nos lo cuente.

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Pepe Reig Cruañes es historiador y profesor de Periodismo. 

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