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La metamorfosis literaria de Alfredo Taján

  • El retrato de Doris Day ofrece un vertiginoso cosmos de historias que conforman un gabinete poblado por espías, vampiros, terrores de todo tipo
  • Alfredo Taján conoce el inmisericorde mundo de la especulación, tanto humana como artística, y escribe sus textos para desentrañar la hipocresía 

Publicada el 02/04/2021 a las 06:00

El retrato de Doris Day
Alfredo Taján
Renacimiento
Sevilla
2020

Alfredo Taján (Rosario, Argentina, 1960) conoce el inmisericorde mundo de la especulación, tanto humana como artística, y en general escribe sus textos para desentrañar, en un doble sentido, la hipocresía de los muchos privilegios que, de alguna manera, divinizan a este mundo y a ese otro, tal vez aún más inhumano. El argentino-malagueño nos ha ido entregando bajo ese estigma de la falsedad una obra miscelánea que arrancaba con El salvaje de Borneo (1993), un relato barroco y lleno de sabiduría, al que seguiría El pasajero (1997), una historia ambigua y sugerente sobre la marginalidad del amor; y en su siguiente entrega, una situación de injusticia llevará al personaje protagonista de Continental & Cía (2001), su tercera novela, el joven galerista Eugenio Nieves, a verse envuelto en un juicio por falsificación y a sobreponerse incluso a un fracaso amoroso, aunque pretende reencontrarse en la ciudad de Nouakchott, capital de Mauritania, a donde ha sido enviado como coordinador cultural del Instituto O'Donnell.

Con su siguiente novela, La sociedad transatlántica (2005), Taján ofrece una denuncia expresa del fraude gigantesco que supone la vida cotidiana, diseñada desde los despachos de quienes mandan, o el fraude de la memoria personal al servicio de intereses ajenos, la estafa del dinero, muestra de esa avidez impersonal que arrasa en las biografías, incluso de los más honrados, el engaño de la política, del arte y de los artistas, que participan de esa puja incontrolada de la avaricia y la desmesura, para acabar con el fraude del amor, y quizá aún más del sexo; y en su última propuesta narrativa extensa, Pez espada (2011), mezcla seres de carne y hueso, como Frank Sinatra, los duques de Windsor, Jean Cocteau, Perón y su esposa, el conde de Barcelona, incluso Brian Epstein o John Lennon, con personajes anónimos que recrean una atmósfera en la que se desarrolla una trama de espionaje, traiciones o falsas lealtades, donde nada ni nadie es lo que parece y donde el llamado Contubernio de Múnich se constituye en uno de los ejes de un argumento repleto de sorpresas.​

El retrato de Doris Day (2020) confirma a un narrador dueño de un auténtico retablo maravilloso de obsesiones, experiencias, fobias y, sin duda alguna, ensueños que se convierten en los latidos que calan en todas y cada una de las piezas, extensas y breves, de esta colección de relatos que pone en nuestras manos un singular mago del artificio literario en que se convierte Alfredo Taján, narrador y personaje, en sus historias, y de quien, en el breve e intenso prólogo, Juan Bonilla afirma que es una muchedumbre cuya literatura breve explora casi todas las posibilidades del cuento, y en este friso, mezcla de fábula y de realidad, encontramos la crónica personal y de viajes, léase, “Una historia de cafres”, el relato tradicional que se mezcla con la autoficción, imprescindible, “Lusitania Express”, o incluso una auténtica indagación ensayística de hondo calaje histórico y literario, “La flor pisoteada”, que convierte a la mayoría de sus cuentos en piezas de exquisita talla y se muestra como una de las voces más singulares y cultas de la narrativa breve contemporánea.

El retrato de Doris Day ofrece un curioso y vertiginoso cosmos de singulares historias que conforman un gabinete poblado por espías, vampiros, terrores de todo tipo, incluso numerosos dandies, quizá porque al ser humano se le conocer mejor por este tipo de pulsiones, y dentro de cada ser humano hay un sinfín de ángeles y de demonios, y en algunos casos, como retrata Taján, sus personajes son la proyección de ambos, depende del momento histórico, las vivencias propias, o las circunstancias a que someten sus vidas, la hora del día, porque las anomalías forman parte de la razón, sin locura no hay cordura, sin demencia no hay sensatez, somos una constante contradicción. El placer y el terror suelen aparecer juntos, de la mano, paseando en estos relatos, como una alianza indisoluble y, además, muchos de los personajes de este libro de cuentos son tan fantásticos e irreales que, a la vez, pertenecen a una realidad, pasada o inmediata, y esa mezcla de “placer y terror” se encuentra en uno de los relatos que componen el libro, titulado “Rojo manantial de juventud”, que no es sino un descarado homenaje a la vampira más abyecta de la historia, que va mucho más allá que aquellos que la antecedieron, y de los que la precederían, como Gilles de Rais o el conde Drácula, se trata de la condesa húngara Erzsébeth Báthory, que asesinó, torturó y desangró a más de 600 jóvenes, en la creencia de que la sangre le daría el poder de la eterna juventud.

Buena parte de estos relatos conforman ese concepto de autoficción que convierte a su autor en un personaje —magistral, “La rosa sin espinas”—, y tal vez formen parte de muchas de las anécdotas reales vividas por el autor, quizá porque la existencia se convierte en algo mucho más interesante en cuanto es narrada y reinterpretada en la ficción, la narrativa no es sino una reconsideración de la brutal mediocridad que nos rodea, y a medida que se gira el caleidoscopio, de las formas y de los colores, de nuestra existencia aparecen como en un sueño las caras y rostros de los nombres propios que pueblan este laberinto animado que se traduce en estos relatos como la sombra de fructífera obsesión. Y lo hacen de una manera sutil, con directas invitaciones a cierta inquietud o al miedo, otras referencian el concepto de placer en múltiples facetas, otras nos arrastran a la turbación y todas, sin excepción, a la inteligencia. Se trata de una singular muestra de su universo creador que, sin duda, ha ido creciendo con el paso y la experiencia que justificaría que detrás de cada libro hay otros muchos, otros. En cada página hay una exhibición, el lenguaje queda ajustado, y se explora muchas de las expresiones narrativas que caracterizan al relato breve o cuento, un conjunto que se convierte en una fiesta literaria que muestra las inquietudes del autor, incluso sus extravagancias, las múltiples lecturas y las miradas que se posaron en los anaqueles de las bibliotecas, como esa otra perspectiva para atrapar a un posible lector.

La sombra de David Bowie planea sobre muchas de las páginas de este libro, y casi se somete a un auténtico campo ilimitado de acción, sin duda su horizonte no tiene fin porque es un anclaje entre la cultura popular y la alta cultura, sus canciones son verdaderas propuestas de alto voltaje. Junto al cantante, compositor, actor y diseñador gráfico, otros sacerdotes y artífices encienden la liturgia de esta colección, maestros como Reinaldo Arenas, Severo Sarduy, Rafael Pérez Estrada, Pere Gimferrer, Jorge Luis Borges o Joan Perucho le dan la mano en un continuado y luminoso espacio, gestado de pequeños y sutiles encuentros conscientes e inconscientes que se entrelazan a medio camino entre lo singular, delicioso y extraordinario de la mejor literatura.

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Pedro M. Domene es escritor.
 
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