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Desde la casa roja

Una bofetada a tiempo

Publicada el 28/11/2018 a las 06:00 Actualizada el 27/11/2018 a las 21:51
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A esa hora de la tarde en la que los escolares uniformados pierden el control y corren y gritan y tropiezan con el mundo, empujaba desgastada un carro por el pasillo de un supermercado. Un padre y una madre, un hijo de unos diez años y una niña de unos siete, los cuatro en sus abrigos guateados azul marino, casi clones unos de los otros en diferentes tamaños, hacían la compra delante de mí. Formábamos todos parte del ruido sordo de las grandes superficies, del paisaje híper iluminado de las ofertas. Nunca supe lo que estaba pasando antes de detenerme a un par de metros de ellos. No sé quién zarandeó primero a quién. Pero simultáneamente a que yo les enfocara, el padre sacaba a la niña de un tirón del lado del hermano, la alejaba para que su brazo cogiera impulso estirado hacia atrás, ella sostenida en equilibrio sobre sus piernas de calcetines largos alcanzando apenas a levantar la mirada del suelo, y le abría la mano sobre la cara. Me quedé paralizada delante de ellos, me pregunté dos veces lo que acababa de ver, luego pensé “¿qué habrán hecho?” y les esquivé. No había salido a la calle cuando ya pude reconocer que había sido testigo de una agresión humillante.

Puedo identificar lo que sucede adentro de un adulto para llegar al golpe como método de corrección: el estrés, la frustración, la falta de autocontrol o la desesperación. Aunque puede haber algo más ahí. Pero me cuesta más concluir por qué somos condescendientes con este tipo de violencia que está prohibida. ¿Qué sentido de la posesión sobre las personas que traemos a la vida actúa como autorización para que se entienda una bofetada como la condena que corregirá futuros comportamientos? ¿Es el derecho de corrección, eliminado del Código Civil desde el año 2007, lo que sigue avalando esta agresiva práctica o hay algo más esencial? Cuando pegamos a nuestros hijos solamente les estamos adiestrando para que, la próxima vez, sepan lo que viene: y eso se llama miedo y tiene su raíz en una violencia intrafamiliar normalizada e invisible.

Demasiado a menudo se escucha aquello de “no pasa nada por darle un azote de vez en cuando”, “una bofetada a tiempo y verás cómo lo aprende de bien”. Pero, ¿qué es lo que se aprende con eso? Que sus derechos no son iguales que los del resto y que el niño es propiedad de dos adultos que pueden violar la ley sin consecuencias. Si un adulto da una bofetada a otro adulto en un espacio público, probablemente tendríamos claro que acabamos de asistir a una agresión violenta, a un delito que puede ser denunciado ante una autoridad. Pero, ¿qué pasa con el eslabón más frágil? ¿Desde qué edad la bofetada, el azote, la colleja, patada o empujón son parte de la educación y hasta cuándo y dónde está el límite entre esto y algo que va a más? ¿En la mano, sí; en la cara, no? ¿Qué vas a decirle cuando tenga tu altura y te la devuelva?

Hace un par de años vi una serie titulada The Slap, basada en la novela del dramaturgo australiano Christos Tsiolka. En ella, un grupo de amigos treintañeros se reúne para celebrar una barbacoa. Uno de los niños es insufrible y sus padres no hacen nada para frenar su comportamiento. Son de esos padres que ponen la libertad de su hijo por encima de la libertad del resto de hijos y del resto de padres y del resto del mundo. Uno quiere hacer algo a ese niño desde que aparece en la pantalla. Pero alguien se adelanta al espectador, uno de los adultos, un amigo de los padres de ese niño, se acerca y ¡plaf!: empieza la trama. La serie se sostiene sobre el dilema coral de los testigos de la agresión. Es interesante cómo la moral va fluyendo por un camino algo sinuoso entre unos y otros testimonios. Y también lo es que nos pongan en la piel del adulto que abofeteó y que no veamos en ello un maltrato.

Lo que vi en el supermercado hace unos días no fue más que una forma de vencer con brusquedad, daño y de forma perniciosa y lesiva una resistencia: alguien más fuerte contra alguien más débil, la del hombre contra la niña, la que enseña que los límites se establecen por la fuerza física o la agresión verbal. Cualquier adulto puede transformarse en un padre o madre violento si no sabe contener sus emociones o desconoce o invalida otras formas. Hemos leído sentencias que condenan o absuelven a progenitores después de forcejeos, bofetadas o empujones cuyo fin era reconducir el comportamiento de un menor. No quieran estar ahí. La marca que deja esa bofetada perdurará mucho más que los dedos marcados en rojo sobre la cara.

Antes de tener un hijo, hay quien debiera asegurarse de que posee las destrezas y templanza para no recurrir a la violencia física o verbal como forma de solucionar las tensiones, que serán muchas y frecuentes. El daño siempre doblega y amenaza, nunca corrige, ni siquiera libera al que lo inflige, señala el futuro castigo y abre la veda para la reproducción del método. Cómo podrán identificar niños y adolescentes otras agresiones si es lo que vivieron en casa. Lo cierto es que hay mucha gente que sí ve en la agresividad la solución más eficaz a los problemas, la vía rápida, y esto es algo que sobrevive en un lugar muy íntimo. Esto es la mano que se levanta. La alarma que se dispara. Las normas son necesarias, los castigos y las humillaciones no.
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42 Comentarios
  • Aynur Aynur 04/12/18 23:24

    Hereje, no se han librado los niños, me he librado yo. Los que teneis hijos no podéis entender qué cosa es no tenerlos. Yo no sé como se vive con hijos. Aparentemente parece que bien: dan alegrías. Lo que sé es, lo bien que se vive sin ellos. He conocido a padres que, aunque les ha costado, han acabado admitiendo, que no volverían a repetir la experiencia. ¿Sabéis lo peor? que no se puede no querer a un hijo. Y eso es tremendo: la esclavitud en estado puro, la esencia de la sumisión. De una pareja se puede uno separar: los sentimientos cambian. De un hijo no. Los sentimientos, por muy contradictorios que sean, serán para siempre: la esclavitud elevada a la enésima potencia.


    Atea, mi infancia fue como la de todos: inconsciente, lejana, pasajera, sublimada: ¿feliz?

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  • cexar cexar 01/12/18 15:34

    Jamás le he puesto la mano encima a mi hijo, lo que contradice a todos aquellos que opinan que en un momento u otro es necesario algún sopapo. Una mirada, o apartarle un momento para tener una conversación, bastaba para que mi hijo supiera que tenia que cejar en su comportamiento. He visto casos, uno de ellos desgraciadamente muy cerca, donde la comunicación entre un padre y sus descendientes se producía en esos momentos de crispación de manera que los chavales buscan en el enfrentamiento esa relación que no encuentran de otra manera. Los culpables, en todos los casos que he observado, eran los adultos. Es fácil descargar las frustraciones de la vida sobre un ser indefenso.

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  • Aroa Moreno Durán Aroa Moreno Durán 01/12/18 12:47

    Gracias a todos por la sinceridad a la hora de comentar.
    Abrazos.

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  • mariaje mariaje 01/12/18 08:16

    Desde que empecé a tener amistades con hijxs, hermanas con hijxs, observé que la violencia , no física, que esa no la he presenciado, pero la "verbal"  (y por ende, mucho más la otra) se produce no para corregir al niñx, no para "educar". Se produce porque el adulto no ha sabido gestionar la situación desde el principio, y mucho antes del principio, y la forma de desfogar que tiene éste es violentar a las criaturas, ya indefensas antes esos métodos.  Una vez descargada la adrenalina, todo vuelve a su lugar. Todo menos el menor. 

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  • rhmalgo rhmalgo 01/12/18 03:47

    Cada vez que leo estas noticias o suposiciones de casos que se pueden dar, me entristezco profundamente.
    Creo que no fui un padre pegón, aunque si un padre borracho, pero, tras largos y felices años de sobriedad, una de las protestas que tengo que hacerle a esta vida, es la de que no me enseñó la alternativa al bofetón, aal grito o al amedrentamiento para corregir un, considerado por mi, mal comportamiento.
    A mis 74 años sigo haciendome la misma pregunta-protesta.
    Por qué no me enseñaron?

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  • Aynur Aynur 30/11/18 19:56

    Empezemos, el tema clama al cielo: no tengo hijos, no me gustan los niños, me molestan los niños. De lo que más orgulloso me siento, y que volvería a repetir si volviera a nacer (volviendo aser niño) es "de morir sin descendencia, como murió mi padre" (Sabina). Sigamos: dicho esto, también digo que no estoy contra los niños, aunque en la intimidad me sienta fan de San Herodes (:es broma. "El chiste y el inconsciente" Freud). Ni odio a los niños. Pero sí estoy en contra de padre/madres estúpidos, amigos de sus hijos, condescendientes, orgullosos de su hija/o que maneja con dos años la tablet, al que lo primero que dicen es "guapa/o", y al que le repiten mil veces al día "te quiero" (sí, esa coletilla que poco tiene que ver con los sentimientos a fuerza de repetirla y que hemos aprendido de los abanderados norteamericanos). Los niños, por definición: molestan, son egoistas, engreidos, putean al compañero más débil, van de mayores, si se les ríe una gracia son incansables.... y los mayores creen que son los reyes del mundo, nada más lejos. En el ámbito privado cada cual tenga la paciencia con ellos que tenga a bien. En el ámbito público, no hay concesiones. Aunque dudo que la actitud infantil sea capaz de discernir entre ambos, y los padres, por el estilo. El niño necesita un referente, una norma, una autoridad. Eso sí, primero por las buenas, luego, si es necesario por las ¿malas? Educáis para la felicidad, el bienestar, el éxito, la familia, el cariño, pero ¿y para el fracaso, el sacrificio, el sufrimiento, el dolor, la muerte..? Una bofetada a tiempo es marcar los límites, un no rotundo es enseñar a que uno no tiene todo lo que quiere, un "te lo tienes que ganar" es mostrar la cara de la responsabilidad. ¿Cuántos hijos saben lo que ganan sus padres, para lo que dan los sueldos, cuánto cuesta la luz, un móvil, las vacaciones, la matrícula escolar, lo que visten...? ¿Cuántos son educados en una radical igualdad de sexos? Las primeras vacaciones de los niños sería llevarlos a un estercolero de América de Sur para que vieran cómo viven sus congéneres, entre la basura, o como a los cinco años, en Guatemala tienen que ir a recoger café. Eso, y una bofetada a tiempo.

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    • Atea Atea 30/11/18 23:26

      A ti, o te han querido muy poquito o te han querido muy mal, no?

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    • HEREJE HEREJE 30/11/18 20:57

      Un poco fuerte.... ¿No? De buena se han librado los niños gracias a su muy sabia decisión de no tenerlos....

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  • HEREJE HEREJE 30/11/18 10:10

    La única verdad incuestionable es que el adulto que pega a un niño lo hace porque es más fuerte que él, o sea que es un acto de cobardía flagrante. Recuerdo que mi padre dejó de pegar a mi hermano el día que éste, que aprendía judo, puso el codo de tal forma que la fractura de cubito y radio del agresor le hicieron modificar su actitud en lo sucesivo.... obviamente por miedo o prudencia. Baste añadir que el agresor era muy militar y mucho militar, lo que no le libró de ser claramente derrotado y con deshonra.... la misma que debería hacérsele patente a todo el que comete esa villanía.

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  • Suna Suna 30/11/18 09:44

    ¿Cuál es el objetivo de la bofetada? ¿En qué situación se ha dado? ¿Se probaron otros métodos?
    En mi opinión es un tema de mucha enjundia.
    Creo que no se trata de “Bofetada, sí – Bofetada, no”. La cuestión está en saber cuáles son las razones que ha esgrimido el que dio la bofetada para llegar a esa actuación.
    ¿Ha razonado de manera sólida para corregir esa conducta con métodos persuasivos? ¿Ha avisado de las consecuencias si su comportamiento sigue siendo el mismo?
    A veces hay situaciones en las que, agotadas todas las vías, si un educador, sea padre, madre, tutor… comprende que, para que su hijo/a o persona a su cargo, se haga consciente de que tiene que acatar unas reglas, pues vive en sociedad, y como tal, si quiere ser respetado, tendrá que aprender a respetar, es necesaria una penalización, tal vez en forma de bofetada (no digo que tenga que ser lesiva, pero sí significativa). Las personas tienen que aprender que el respeto a unas normas hace la convivencia más pacífica y justa para todos.
    Pienso que, una bofetada controlada, sin perder los nervios, como último recurso para poner límites a las conductas que más tarde podrían ser nocivas para el propio individuo y para los demás, puede permitirse. ¿Se va a traumatizar por ello? Sinceramente, si la bofetada está dada desde el amor, desde el control, no creo que le traumatice, sino que le hará hacerse cargo de que tiene unos límites, los límites del “otro”, que también tiene derechos.

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  • Copito Copito 29/11/18 08:57

    Sólo quiero aplaudir calurosamente tu artículo. Qué poco se habla sobre el tema y qué importante es. El maltrato, la impotencia del maltratador y de la víctima. Esa buena educación " por tu propio bien", ese niño que intentará olvidar ese maltrato, que justificará incluso a sus padres, al padre que le dió la bofetada y a la madre que calla y consiente. Ese niño que un día acosará a un compañero, será un jefe cabrón en ocasiones, o volverá a dar a su vez una bofetada a su hij@ cuando sea padre o madre. Y todo lo hará por " su propio bien", porque no le enseñaron el lenguaje de la seducción, de la negociación, sino el del maltrato que pervierte la relación en una relación de victima, verdugo, de yo puedo abofetearte, tu eres un mierda que te lo mereces. Puede que ese niño lo olvide, o lo justifique, su inconsciente no.

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  • eldeantes eldeantes 28/11/18 20:56

    Una bofetada a tiempo, que todos hemos recibido y que alguna vez también hemos dado.
    Una bofetada es una salida rápida y mala, de una situación límite, de tensión o de provocación constante, de la que nadie se siente orgulloso, ni quien la da, ni quien la recibe, ni quien la contempla
    Es la manifestación de la impotencia y la falta de argumentos para vivir una situación

    Pero como todo en esta vida, si una vez que ha pasado nos hacemos la pregunta correcta: - ¿Qué puedo aprender yo de esto? - Pues a buen seguro que todos los implicados en ese asunto de una forma u otra sacarán alguna conclusión
    Si nos hacemos la pregunta equivocada: - ¿Quién tiene la culpa?- pues seguiremos igual que al principio, es decir sin entender que de cada experiencia, viene una enseñanza

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    • Hammurabi Hammurabi 28/11/18 23:19

      Hay que ser un canalla para darle una chapada a un niño de las pelis americanas, pero he visto a niños que son verdaderos canallas, y lo que no se es si han recibido una chapada. Complicado tema.

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