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Buzón de Voz

Votar (también) con las tripas

Publicada el 21/03/2019 a las 06:00 Actualizada el 21/03/2019 a las 10:07
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El pasado jueves 14 de marzo regresaba del Congreso de Periodismo Digital de Huesca. AVE de Zaragoza a Madrid, procedente de Barcelona-Sants. Sobre las nueve de la noche, en la cafetería. Tres tipos con uniforme de ejecutivos, traje de marca, zapatos brillantes, corbata de seda con el nudo suelto, ese aire informal de killers con el deber y el horario cumplidos. “¡Que se jodan esas cerdas feministas feminazis!”, “¡Unas hostias, es lo que van pidiendo ellas y todos esos mariconazos!” A voces, y a carcajadas. Esto es lo que uno escuchó al entrar en el vagón. Gestos atónitos en el resto de viajeros presentes (aunque alguno sonreía). La camarera del tren se dirigió a los tres individuos y les exigió que bajaran la voz o se fueran de allí: “¡No tengo por qué escuchar las barbaridades que están diciendo, porque me ofenden!”. Pedí mi consumición y le comenté a la azafata si podía ayudar en algo respecto al comportamiento de aquellos cafres. Ella llamó al revisor, le explicó lo que estaba ocurriendo, y éste pidió amablemente a los ejecutivos (visiblemente cargados de alcohol y de ira en dosis similares) que le acompañaran. Se escucharon al fondo algunas voces más, y finalmente un “¡Os váis a enterar cuando lleguen los nuestros!”. No pasó más. Ni menos.

Esos tipos no han surgido de repente ni por esporas. Estaban ahí. Pensaban así o ni siquiera pensaban, simplemente sentían esa combinación de odio y desprecio hacia las mujeres, los migrantes, los homosexuales, los pobres… A la vista de los estudios demoscópicos, durante años votaron en su inmensa mayoría al PP, o a Ciudadanos, o a grupos ultraderechistas, o no votaron porque todos ellos les parecían blandos, cobardes, insuficientemente duros con “los otros”, todos aquellos que no son “los nuestros”.

No es ningún consuelo saber que España no es la excepción. “En algún momento a mediados de la segunda década del siglo XXI, la política mundial cambió drásticamente”. Así arranca el primer capítulo de Identidad, el nuevo ensayo de Francis Fukuyama, el politólogo estadounidense que a principios de los noventa escribió El fin de la historia y el último hombre, convencido de que la caída del muro de Berlín daba paso a la expansión definitiva de la democracia liberal y al entierro de la disputa entre ideologías. Como ocurre con tantos autores de vaticinios incumplidos, lo primero que intenta Fukuyama es justificarse a sí mismo, recurriendo al viejo truco de denunciar una mala interpretación de su tesis: “La palabra fin [en su célebre e impactante título] no tenía un sentido de ‘terminación’ sino de ‘meta’ u ‘objetivo’”. Sí asume Fukuyama que aquella “ola” de democratización que multiplicó por tres el número de democracias electorales en todo el mundo desde principios de los años 70 “comenzó a fallar” a mediados de la década de 2000 “y luego se invirtió” para dar paso a una “recesión democrática” que se refleja tanto en la caída del número total de democracias en el mundo como en el auge de movimientos nacionalpopulistas y autoritarios en los sistemas que se rigen por elecciones libres.

Lo interesante de los más agudos ensayos políticos suele ser el análisis de la realidad sustentado en datos comprobables, y no tanto los vaticinios o profecías por atractivas, audaces o convincentes que nos resulten. Sin afán de hacer spoiler, ¿cómo explica Fukuyama ese cambio drástico en la política mundial a mediados de esta década, cuyos hitos quizás más sorprendentes han sido el voto del Reino Unido para salir de la Unión Europea y la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos? No existe respuesta sencilla a problemas complejos, pero coloquemos de una vez por todas en mayúsculas una sola palabra: DESIGUALDAD. A partir de ahí podemos encontrar un nexo que acerca el diagnóstico de Fukuyama con el que sostiene por ejemplo el Nobel Joseph Stiglitz (imprescindibles El precio de la desigualdad o La gran brecha), por citar dos nombres aparentemente contradictorios en lo ideológico.

No puede explicarse lo que nos está pasando sin tener en cuenta las dos grandes crisis financieras, la de las subprime en EEUU y la de la deuda griega en Europa, cuya gestión (“políticas de élite” en palabras de Fukuyama) derivó en “enormes recesiones, altos niveles de desempleo y caída de ingresos de millones de trabajadores comunes en todo el mundo”. Eran precisamente Estados Unidos y Europa los grandes referentes y motores de la democracia liberal, y por tanto esas crisis han vapuleado su reputación.

Como tampoco es posible explicar la velocidad en el auge de los nacionalismos y de los movimientos populistas xenófobos sin tener en cuenta la revolución digital y el poder multiplicador de las redes sociales, que ayudan y mucho a potenciar lo que Fukuyama define como las políticas de “la identidad” y “del resentimiento”. Si en el siglo XX la izquierda se distinguía por su lucha por la igualdad, la protección social y una redistribución más justa de la riqueza, mientras la derecha tenía como prioridad reducir el tamaño del Estado y promover el sector privado frente al público, a mediados de 2000 las fuerzas progresistas parecen haber concentrado sus esfuerzos en “defender los intereses de grupos percibidos como marginados (negros, inmigrantes, mujeres, hispanos, la comunidad LGTB…)” en tanto que la derecha “se redefine como patriotas que buscan proteger la identidad nacional tradicional, a menudo explícitamente relacionada con la raza, el origen étnico o la religión”.

Hay un hilo no invisible que conecta a los votantes del Brexit con los simpatizantes de Putin o los votantes de Trump o los potenciales seguidores de Vox: todos comparten un nacionalismo excluyente y un resentimiento por lo que perciben como “humillaciones” del “mundo exterior” contra su “identidad” (o identidades, porque varían según el país, la raza, la religión, etc). Deberíamos dejar de sorprendernos por el hecho de que mucha gente vote exactamente lo contrario a sus intereses económicos personales o familiares. Asumamos que desde siempre existen motores irracionales, emocionales o sectarios que ponen en marcha acciones políticas regresivas y hasta criminales. Atendamos a un riesgo aún mayor: la capacidad de esos movimientos postfascistas o nacionalpopulistas para contaminar el debate público, y para arrastrar a sus discursos a quienes los reciben como competidores directos en su mismo espacio electoral. (Miren cómo Casado y Rivera persiguen las liebres que va soltando Abascal).

A cinco semanas de las elecciones generales del 28 de abril, es posible que los tres imbéciles que viajaban en ese AVE el 14 de marzo entre Barcelona y Madrid tengan más que claro su voto (aunque si les pregunta un encuestador contesten que aún no lo han decidido). Pero uno confía en que España está llena de gente como esa camarera del tren, capaz de defender su dignidad y la de los viajeros silenciosos que miraban para otro lado. Y uno confía en que las fuerzas que defienden el progreso sean capaces de compartir un plan sólido e ilusionante contra la DESIGUALDAD, en favor de sistemas de bienestar sostenibles, tan capaces de cuidar de los más débiles como del planeta. ¿Es tan difícil levantar la bandera de la democracia, la ciudadanía y la diversidad como una identidad prioritaria frente a todas las identidades excluyentes? Uno quiere votar con la cabeza, el corazón y las tripas, aunque sólo fuera para que nuestras hijas hereden dignidad y no resentimiento.
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60 Comentarios
  • mac.ginkgo mac.ginkgo 25/03/19 19:11

    Solamente darte las gracias, Jesús Maraña

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  • JOSEMARIAV JOSEMARIAV 25/03/19 10:36

    Hay que ir a votar, nunca no hacer nada fue bueno, y existe la responsabilidad del que no vota.

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  • CarlosP58 CarlosP58 24/03/19 22:24

    Cómo muchas veces, magnífico Jesús. Lo ves, lo cuentas, lo analizas y nos pones en situación. Gracias.
    Ahora, que todos estamos viendo situaciones parecidas casi a diario, lo que hace falta es acción y dignidad de una sociedad que quiere ser democrática y libre. Y esa acción debe estar orientada a esas mayúsculas que lo resumen casi todo: DESIGUALDAD.
    Demasiado tiempo permitiendo que las élites se ensañen con la población sin hacerles frente y sin discurso obligándonos a creer que hay un único camino y discurso.
    JUSTICIA, como base inequívoca de sociedades democráticas y libres, donde hay recursos más que suficientes para una buena vida para todos.
    Saludos y Periodismo Libre.

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  • El chipionero El chipionero 24/03/19 12:00

    Felicidades, señor Maraña, por el análisis tan profundo y certero. Desgraciadamente, yo veo un paralelismo con el 36 en las declaraciones públicas que estos elementos de la extrema derecha se atreven a hacer sin siquiera ruborizarse. A las descalificaciones de odio contra los negros, inmigrantes, homosexuales, mujeres, etc...., se les está empezando a incluir la de "comunistas, rojos y gente de mal vivir". Usted estará bien informado de lo que yo afirmo, porque se lo espetan a usted en su cara cada vez que usted asiste a los "debates de la sexta noche". Es una pena que la "sexta noche" tenga fijo a estos tres element@s que, sin ruborizarse siquiera, escupan tanto veneno contra personas democráticas que piensan diferentes a ell@s. 

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  • Birth 4 Birth 4 23/03/19 03:59

    Hay una frase en este artículo Jesús, con el que estoy en desacuerdo. "Hay un hilo no invisible que conecta a los votantes del Brexit con los simpatizantes de Putin o los votantes de Trump o los potenciales seguidores de Vox: todos comparten un nacionalismo excluyente y un resentimiento por lo que perciben como “humillaciones” del “mundo exterior” contra su “identidad”. Salvo que se reduzca el número aludido ("algun@s"..) e incluya a todos los que en todas las formaciones posibles hacen gala de ese nacionalismo al que te refieres. Me parece además ridículo asimilar los que votaron brexit a los que votan Vox o a Trump. De resto, desgraciadamente, la situación que describes tan bien no es tan inusual. Saludos.

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  • ROSA TARRAGONA ROSA TARRAGONA 23/03/19 00:08

    Gracias, leerlo es un bálsamo que calma la ira que produce tanto egoísmo y estupidez . Gracias a periodistas como Vds. podemos saber algo de lo que " pasa" en realidad y de lo " hacen" esos personajes que intentan dirigir nuestras vidas hacia caminos regresivos y agresivos. Gracias

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  • Nidáguila Nidáguila 22/03/19 20:50

    Sintiéndolo mucho,ni estoy de acuerdo con el sistema, que eso ya es fundamental, ni estoy de acuerdo con ninguno de los que se presentan, por lo tanto , estaré tomando algo en algún bar o cafetería para que se me pase el cabreo de ser de los pocos, equivocado o no, que piensa que el no ir a votar cambiaría muchas cosas.

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    • Leoncio Leoncio 23/03/19 01:37

      Poco o nada se habla del VOTO NULO; ya es hora que alguien nos cuente en que consiste ese VOTO, yo creo que ese es la flecha que puede dañas el talón de algunos.

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  • Cuco43 Cuco43 22/03/19 19:31

    Un excelente artículo, si no fuera por el adjetivo que utiliza el señor Maraña para describir la condición de esos tres majaderos idiotas funcionales. No es de recibo que se utilice el gentilicio de toda una vasta comunidad africana, el Transkey, patria de Nelson Mandela, para designar a tales energúmenos.
    Sé que no se hace con ánimo de ofender a un pueblo que ha conseguido superarse a sí mismo y a su triste historia, sino por mero automatismo irreflexivo.
    Saud Haaziq, coordinador de la comunidad cafre en España

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    • Ijon Tychi Ijon Tychi 23/03/19 10:26

      Por lo que yo tengo entendido, el adjetivo cafre no hace referencia a la comunidad de personas del Transkey, sino a un animal, el búfalo cafre, como ejemplo del que embiste a todo lo que se mueva sin mirar y sin pensar. Por favor, no seamos tan sensibles que últimamente nos ofendemos por cualquier cosa.

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      • Cuco43 Cuco43 23/03/19 14:03

        Claro, bien puede aconsejar usted, porque usted no es cafre
        La alusión al búfalo cafre está traída por los pelos
        Conf. con los enlaces siguientes: -
        http://www.wordreference.com/definicion/cafre -
        https://definicion.de/cafre/ -
        https://es.wiktionary.org/wiki/cafre -
        https://dle.rae.es/?id=6bsxzJj
        Bien es cierto, como usted señala, que no debe llegar la sangre al río Key

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  • Gulberri Gulberri 22/03/19 14:38

    Una vez más, gracias Jesús: la permanente tarea que os habéis autoimpuesto en Infolibre (y también en otros medios, como eldiario.es) de levantar alfombras, de provocar la reacción de la gente, de concienciar socialmente, de obligarnos a pensar, a cuestionarnos todo lo que se da por hecho, por inevitable, es digna de mención y agradecimiento, de reconocimiento social en definitiva.
    Dicho lo cual, recogiendo, encantado, la invitación y la provocación, quiero decir que no me preocupan, en absoluto, los tres personajes del tren. Asumo su existencia y su libertad de opinión. Incluso su libertad de expresión, si bien limitada a la correspondiente de la camarera del tren, que también tiene, y ejerció, la suya.
    Lo que verdaderamente me preocupa, y mucho, es la teoría por la teoría, el hablar por hablar, la charleta de barra de bar que no va más allá, incluso los comentarios que hacemos aquí si se quedan aquí y no se traducen en nada.
    Hablemos, divagemos, discutamos, opinemos todo lo que queramos, pero no nos quedemos ahí.
    Dicho de forma clara, todo ésto sólo tendrá sentido si, y sólo si, el próximo 28A depositamos nuestro voto en la urna.

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  • RFJ RFJ 22/03/19 14:00

    Magnifico, como siempre, Sr Maraña. Orgulloso de ser socio de un medio con periodistas de raza como usted. Le dire una  cosa: en estos tiempos aciagos de mentiras generalizadas y fascismo rampante, una de las pocas cosas que mantienen viva mi debil esperanza de que las cosas, algun dia, puedan cambiar a mejor, es la existencia de personas y profesionaales como usted. Como decia aquella cancion: “gracias por existir”.

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