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En Transición

A cada generación le toca su Transición

Publicada el 18/11/2019 a las 06:00 Actualizada el 17/11/2019 a las 19:29
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Proliferan las propuestas culturales que intentan explicar qué fue la Transición del 78 y qué papel jugaron sus distintos actores en ese momento. Acaba de llegar a las librerías el trabajo de Jordi Gracia Javier Pradera o el poder de la izquierda, en el Reina Sofía aún puede verse Poéticas de la democracia. Imágenes y contraimágenes de la Transición, y la producción académica sobre ese momento de nuestra Historia es constante. Se encienden las luces, se despejan algunas sombras y se "presentiza" un pasado reciente, algunas de cuyas claves se proyectan de manera inevitable y con extraordinario impacto sobre el momento actual. De transición a transición, diferentes generaciones se interpretan mutuamente, se miran de reojo y se critican a la recíproca; a veces con particular saña.

Llama la atención que haya pasado tanto tiempo, casi 45 años, para que se elabore de forma colectiva un relato sobre lo que aconteció en esos años. Quizá haya sido la impugnación que algunos jóvenes sectores de la izquierda han hecho a esa Transición lo que ha provocado una reflexión compartida que debería estar destinada a comprender qué pasó y que está pasando.

Entre la generación que realizó esa primera Transición pesa una sombra de fracaso, fundamentalmente en la izquierda. Fracaso no tanto por lo que hubiera podido lograrse en ese momento y no se logró, sea en lo referido a la estructura institucional del Estado –con la continuidad de la Monarquía y la inacabada arquitectura de la organización territorial–, sea en las características de la configuración de un incipiente y frágil Estado de Bienestar. Esa sensación de relativa derrota tiene que ver más bien con la regresión en derechos y libertades básicas, con el ascenso de la extrema derecha, y con el estallido, a veces metafórico y otras no tanto, de conflictos que en aquel momento se dejaron a medias, probablemente por la imposibilidad de llegar a más. Los que trajeron la democracia a España están constatando que nada, ni siquiera lo elemental, es para siempre, y que los valores democráticos que pensaban consolidados ahora son cuestionados por partidos de extrema derecha que al parecer, según las primeras aproximaciones postelectorales, encuentran un notable apoyo en varones jóvenes de menos de 30 años.

Los que entonces eran protagonistas están elaborando su relato de lo que ocurrió, y harían bien en hacerlo de forma colectiva con la generación que ahora ocupa las principales posiciones de poder. Porque más allá del 78, de la movida madrileña que insufló aire fresco a buena parte de España, y de los primeros años de integración en Europa, han sido más de cuatro décadas de práctica democrática en las que apenas se han aportado soluciones a lo que quedó entonces pendiente, y como es sabido, en los asuntos estratégicos, no avanzar es retroceder. Lo que debía haber sido una estación de inicio, se convirtió en destino final.

La crisis de 2008, con todas sus implicaciones, y la forma en que se gestionó, inició un periodo que me gusta caracterizar como una segunda transición. Algunos consensos que habían estado vigentes durante más de tres décadas empezaron a cuestionarse entonces y otros lo han sido en años posteriores, hasta llegar a resquebrajar dos de los acuerdos básicos de la Transición: el Estado social y el Estado de las autonomías. A los políticos se les gritaba desde las plazas "No nos representan", la cohesión social se empezaba a resquebrajar ante un Estado de Bienestar que se batía en retirada e incrementaba, todavía hoy, las desigualdades, y los jóvenes veían truncado el ideal de progreso en que habían sido educados. Los dos principales partidos se ponían de acuerdo, a espaldas de todos, para reformar el artículo 135 de una Constitución que hasta entonces había sido sagrada. La reforma no iba en la dirección de blindar derechos sociales o protección social en momentos de crisis, no. La reforma era precisamente para rendir pleitesía al capital. Merece la pena leer aquí cómo lo vivió el entonces candidato a la presidencia, Alfredo Pérez Rubalcaba. Sólo faltaba que unos años más tarde las tensiones territoriales, que con más o menos intensidad han estado presentes desde la aprobación de la Constitución, alcanzaran su máximo nivel. Que el 10N emergieran con fuerza en el Congreso de los Diputados los representantes de partidos nacionalistas o regionalistas es todo un dato, más allá de Cataluña.

El bloqueo al que ha estado sometida España estos años, y sobre todo, la repetición electoral ante la imposibilidad de que la izquierda alcanzara un acuerdo, era también un fracaso en términos generacionales. Los actuales líderes políticos, todos ellos en la cuarentena, conforman una nueva generación que, al igual que las anteriores, tendrá que lidiar con situaciones nuevas al tiempo que aportar soluciones a las viejas. Quizá la diferencia es que hoy los nuevos conflictos que estructuran nuestras sociedades son globales, de enorme complejidad, y sobre todo, se desarrollan a gran velocidad. En cualquier caso, a esta generación se le valorará no por lo que diga o critique de la anterior, sino por su capacidad para resolver los problemas que quedaron pendientes en el 78 y que hoy vuelven con fuerza, así como por los nuevos desafíos que los tiempos nos presentan.

En este sentido, el preacuerdo de gobierno entre el PSOE y UP, con todas las cautelas, críticas por su excesiva vacuidad y la prudencia de no darlo por hecho hasta que se recaben los apoyos necesarios, es una excelente noticia en la medida que permita crear un marco político que ayude a la resolución de los conflictos existentes y a la gestión de los grandes retos.

No obstante, en tiempos complejos como los que vivimos, sería una ingenuidad pensar que un gobierno, por sí solo, puede abordar los desafíos presentes y futuros. De ahí que sea necesario fortalecer la sociedad civil para hacer de ella un espacio de deliberación y construcción colectiva de consensos. En ese sentido, iniciativas como el manifiesto Public petition in favor of polítical negotiation on Catalonia promovido por el profesor Jose Luis Martí llamando a un diálogo para resolver el conflicto en y con Cataluña, forman también parte de las obligaciones que, como generación, tenemos en este momento.
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6 Comentarios
  • bidebi bidebi 18/11/19 15:39

    2.2
    No romper con el fascismo, si no reformarlo, crea una sociedad de la ilusión que educa en que la democracia consiste en reformar el fascismo mediante su adaptación a las formas de la democracia, pero manteniendo intactos los estamentos de poder de ese fascismo. Eso no es una democracia, eso es maquillaje.
    Todo ello tiene dos consecuencias importantes : La educación a la ciudadanía de que una reforma del fascismo puede ser una democracia. Y la adaptación de las fuerzas políticas que firmaron el pacto a la nueva situación, a la peculiar democracia.
    De tal manera que la mayoría de la ciudadanía cree que vive en democracia, y de tal manera que la izquierda que firmó aquél pacto de reforma ha venido aceptando ser la oposición en la falsa democracia. Era una de las bases fundamentales para que aquella reforma perdurara, que la izquierda mayoritaria considerara democracia la reforma del fascismo. Así ha sido y así ha sido premiada.
    Por lo tanto, entre los herederos del fascismo y la izquierda premiada no existe ningún interés en esa supuesta segunda transición porque les ha ido muy bien con la primera.
    La correlación de fuerzas es muy parecida a la de entonces ya que la izquierda mayoritaria se ha sumado a la mentira. Ese es el precio a pagar por España por no romper con el fascismo. Todo tiene un precio y este lo venimos pagando y lo seguiremos pagando, porque a los que una vez fueron republicanos les ha ido muy bien siendo monárquicos durante cuarenta y un años.

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  • bidebi bidebi 18/11/19 15:38

    Y seguimos repitiendo, repitiendo y repitiendo los mismos mantras, de tal manera que esa supuesta segunda transición tampoco ahora es posible, cuarenta y cuatro años después de la primera falsa. Los porqués son evidentes, porque si en la primera no fue posible por la desigual correlación de fuerzas, ahora lo sigue siendo porque la correlación es parecida, ya que una de las fuerzas de entonces está integrada en el sistema monárquico y reformista.
    “No fue posible otra cosa”, vale admitimos pulpo. Lo que pocos dicen es cuál ha sido el pulpo que ha impedido en cuatro decenios pasar de aquello imposible a lo posible.
    ¿Por qué en cuatro decenios no ha sido posible de nuevo?. Esa es la pregunta clave y no retóricas y justificaciones vacías. ¿Para qué necesitamos una segunda transición si existió la primera que nos trajo la democracia?. ¿O no nos trajo la democracia?. Un lío, ¿verdad?.
    El mismo hecho de que en tanto tiempo tampoco haya sido posible, en si mismo nos habla de la existencia de una “democracia a la española” no homologable y nos habla de la pervivencia de las mismas fuerzas fascistas que hicieron imposible la primera. Porque si no fuera así, hubiera sido posible la segunda. Pero no lo ha sido o no ha sido querida.
    Lo que supone no romper con el fascismo si no reformarlo, constituye según la original experiencia española, un hecho de graves consecuencias que se arrastra para siempre, o hasta que se logre romper con el fascismo. Nada es gratis y todo tiene consecuencias.

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    • rafalopon rafalopon 18/11/19 19:07

      Totalmente de acuerdo. El otro día escuchaba justificar al señor Nicolás Sartorius (al que tengo gran respeto) lo tardío de la salida de la momia franquista de su mausoleo argumentando que "la sociedad española no había estado preparada hasta ahora para ello". Me temo que en este caso, como en otros muchos relacionados con la falta de ruptura de nuestra democracia con el régimen fascista, se está confundiendo causa con efecto: ¿no será más bien que la sociedad española no ha estado -ni está- preparada para esta ruptura porque no se ha movido un dedo para romper ni siquiera con los símbolos del régimen anterior (no digamos ya con la plutocracia franquista que infecta parte de las instituciones españolas)? ¿No será que la falta de educación a la ciudadanía, por no decir el obsceno blanqueamiento del franquismo, nos han conducido a una sociedad enferma, donde un porcentaje minoritario pero muy significativo de la población, no sólo no condena el franquismo sino que lo justifica y se permite humillar a los cientos de miles de represaliados...?

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  • GRINGO GRINGO 18/11/19 13:59

    Esperemos que la actual, si se está llevando a cabo, no sea "tan modélica, y sea un poco más efectiva".

    Me conformaría con que se eliminaran y se aclararan las actividades de las Cloacas del Estado.....

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  • paco arbillaga paco arbillaga 18/11/19 08:13


    Estoy de acuerdo con lo que he entendido se expone en este artículo, cuestiones que peor expuestas, las he tratado más de una vez en mis comentarios en este digital. Ya está bien de echar la culpa de todos los males a la T78 que literalmente costó transitar sangre, sudor, lágrimas, y hasta muertes. Por supuesto que no fue un cambio perfecto y quizá ni modélico, y por no serlo no se entiende que en los años transcurridos la nueva izquierda se haya dedicado más a cuestionarla, a minusvalorarla, que a cambiarla. Quienes tanto nos han criticado, viendo lo que ellos han hecho en su generación, nos hacen valorar más lo que vivimos en aquellos años que recuerdo en blanco y negro.

    «A cada generación le toca su Transición», o por lo menos deberían tenerla, sin escudarse en echar la culpa de las dificultades en que viven a sus antecesores y preocupándose por resolver de la mejor manera que puedan sus problemas para dejar un mundo mejor a quienes les sigan.

    Coincido totalmente con lo que dice Cristina de que «sería una ingenuidad pensar que un gobierno, por sí solo, puede abordar los desafíos presentes y futuros». Si nuestros dirigentes no cuentan en la calle con nuestro diario apoyo, con el apoyo de una buena parte de la sociedad civil, difícil será alcanzar los cambios y mejoras necesarios. Si se quiere, cosas hay para cambiar y para saber si se puede hay que empezar por intentarlo. Osasuna.

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    • Anselm Llorenç Anselm Llorenç 19/11/19 09:59

      Yo soy un poco más pesimista acerca de nuestros dirigentes políticos. Más que contar con nuestro apoyo deben contar con nuestro empuje, vista su pusilanimidad en los últimos cuarenta y cuatro años.

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