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Plaza Pública

Pandemia: derechos privados y salud pública

Publicada el 14/11/2020 a las 06:00

Sostendré en este breve análisis que, en ausencia de una vacuna o de un tratamiento contra el covid-19, sólo las sociedades que gestionen adecuadamente los derechos cívicos de las personas podrán proteger mejor la salud pública. Serán las que tendrán más éxito en la precaución o freno de la pandemia. Sostengo que la cesión o renuncia temporal sobre determinados derechos democráticos puede ser la mejor garantía del interés general, en lo relativo a hacer mínimos los daños de esta pandemia sobre la salud pública.

Tres derechos

¿A qué derechos me estoy refiriendo?. Fundamentalmente a tres ámbitos que suelen estar garantizados en países democráticos. En primer lugar la libre salida o entrada en el país, que se suspende en un cierre de fronteras. En segundo lugar, los de libre circulación interna, de reunión, manifestación, de actividades, etc. que pueden ser severamente limitados en un estado de alarma o de confinamiento severo. En tercer lugar el derecho a la privacidad digital, que podría ser suspendida, temporal y parcialmente, en aras de un mejor control de la movilidad de todos los contagiados y potenciales infectados.

A nadie se le escapa que entre dos países en los que en uno se adopten medidas contundentes en estos tres ámbitos y en otro no, las diferencias en el control y expansión de la pandemia serán abismales.

Habría así países en los que el interés general (la salud pública) prima sobre aquellos tres derechos individuales. En los que dicho interés general o bien común (en el caso que nos ocupa frenar la pandemia) decide democráticamente, entre todos los ciudadanos por los mecanismos e instituciones previstas, su suspensión.

Y tendremos otros países en los que se erosiona el principio de prevalencia del interés general al primar intereses o derechos individuales-particulares, con “la quiebra inherente e inevitable de la solidaridad comunitaria”, como bien argumenta J.J. López Burniol en el último número de La Maleta de Portbou. Aquí la no renuncia a derechos privados afectaría negativamente al bien común.

Un país como China podría estar entre los primeros con el hándicap de no hacerlo democráticamente y Corea del Sur también, aunque en este caso sí democráticamente. Países en los que el interés colectivo (sanitario y económico) se sobrepone rápidamente a los intereses particulares en lo relativo al cierre de fronteras y al confinamiento estricto. Aunque en China perdieran todo el mes de enero de 2020 en tomar medidas drásticas.

Estados Unidos o Reino Unido (en la primera ola) podrían ejemplificar el segundo grupo. Y España una situación intermedia de ambos. En todos estos casos la oposición democrática a la toma de medidas de cierre de fronteras o de estrictos confinamientos domiciliarios estaría auspiciada por agentes económicos privados que buscan minimizar el impacto sobre sus legítimas actividades. Aunque estas oposiciones (caso del turismo o de la hostelería) al final deban (tarde, mal y a rastras) ceder a esas medidas. Lo que no impide que puedan diferirlas durante semanas clave que el virus aprovechará para contagiar y matar a más y más gente.

La privacidad digital

La privacidad de los datos personales supone hoy otra diferencia que, superpuesta a las dos anteriores, impide (o ayuda, en su ausencia) a un seguimiento y rastreo ágil de los brotes y los contagios. Lo que, a su vez, permite limitar el alcance necesario (territorial y temporal) de los confinamientos y los cierres de fronteras.

En este caso vuelve a ser cierto que en los primeros países (sin o con democracia) las sociedades asumen suspender dicha privacidad en favor de la salud pública y los intereses colectivos. Mientras que en los segundos, al mismo tiempo que esos datos se ceden alegremente a multinacionales de big data en un clic, se es remiso a cederlos a las instituciones públicas propias (por ejemplo sanitarias). Instituciones sobrecargadas a las que el mismo individuo que niega sus datos acudirá lleno de razón reclamando su derecho ciudadano a un tratamiento o diagnóstico.

Así, mientras entre los segundos, España entre ellos, solo uno de cada diez ciudadanos ha compartido esos datos, en Irlanda llegan a casi cuatro de cada diez. Algo que no puede ser ajeno a que nosotros dupliquemos los infectados por millón de aquel país (2694 y 1291 respectivamente, consultado el 4/11/2020). Países en los que, como mínimo, cada persona diagnosticada como contagiada gracias a la asistencia pública debiera entrar ipso facto en la app y el big data público correspondiente de seguimiento digital.

Algo que sí sucede entre los primeros países. Así en China, Corea o Japón están aún hoy por debajo de los 100 infectados por millón, mientras la renuncia a dicha privacidad (sea democrática o no) sobre esos datos es mucho más elevada que en los primeros. Algo que no puede ser una simple coincidencia.

Como bien se observa, mientras que no pocos países progresan con mayor o menor celeridad en las tradicionales medidas de confinamiento o cierre de fronteras por parte de sus instituciones democráticas, al mismo tiempo se encuentran desnudos frente a un big data que les impide hacer efectiva una gestión colectiva de datos de infectados, datos que en otros países se revelan cruciales para el control en tiempo real de los rebrotes de la pandemia.

Un derecho éste a la privacidad de los datos que ni debiera estar siempre suspendido (caso de China) en favor del Estado, ni siempre apropiado en exclusiva por las multinacionales privadas (GAFAM) en muchos otros países. Tal derecho a la privacidad debiera ser modulado democráticamente en favor de los Gobiernos que los necesitan para la mejor defensa del interés general: la salud pública.

Porque frente a las ciberdictaduras meritocráticas y al hipercapitalismo plutocrático digital Chimericano, necesitamos abrir camino a una soberanía democrática digital a la manera como se produce un cierre de fronteras físicas, si queremos aplicar el principio de precaución en una pandemia.

Resultado: una normalidad indecente

Es así que las actuales resistencias (privativas, empresariales o individualistas) a confinamientos, cierres de fronteras o a ceder datos personales, provocan no solo un deterioro de nuestra salud pública y de la mortalidad pandémica, sino también de los muy valiosos recursos humanos de nuestros sistemas sanitarios.

Observo perplejo cómo esas resistencias y dilaciones se han incluso modulado (entre la primera y la segunda ola en España) hasta llevar al límite las UCIs y el esfuerzo de los trabajadores de la sanidad en cada Comunidad Autónoma… llegándose a considerar de facto normal o asumible más de doscientos muertos diarios, siempre que no se desborde/colapse la carga de trabajo.

Modulaciones de confinamientos a tiempo parcial (nocturnos) o a escala municipal, y aun estos a veces de fin de semana. O bien parando unas actividades no esenciales y otras no. Un menú originado por las resistencias a poner en primer plano el interés colectivo. Y así, mientras con una mano se aplaude a los héroes de la sanidad, con la otra se los coloca al borde del abismo. Esto es, en mi opinión, lo que se esconde bajo el eufemismo del equilibrio y proporcionalidad entre economía y salud.

Daños que los que manejan aquellas resistencias y modulaciones ya consideran colaterales. Y no son pocos: sobre los contagiados y los trabajadores sanitarios, pero también sobre todos los usuarios del Sistema Nacional de Salud que comprueban, con riesgo de muerte, cómo éste es ya incapaz de cubrir las contingencias habituales.

Algunos a esto lo llaman nueva normalidad. Para mí es seguir exprimiendo un limón catastrófico con tal de no declarar un segundo confinamiento total. Pues si bien el primero se justificó como imprescindible en algunas zonas y preventivo para muchas otras (y bien estuvo el hacerlo así), ahora esos mismos gestores solo aceptarán –si acaso confinamientos domiciliarios en zonas desbordadas… con lo que abandonan al resto de ciudadanos a aquella catastrófica normalidad. Todo en aras de no dañar las previsiones de PIB, de los objetivos de venta en las navidades o de peregrinos al Xacobeo. En suma: intereses privados que no son públicas virtudes, sino desastres colectivos.

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Albino Prada es miembro de ECOBAS y del comité científico de Attac España, y autor de los ensayos "Crítica del hipercapitalismo digital" (2009) y "Caminos de incertidumbre" (2020).

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9 Comentarios
  • Ayla* Ayla* 14/11/20 15:07

    Si nos quedamos sólo en confinarnos cuando la curva de contagios sube y no se invierte en la atención primaria, pruebas y rastreadores, para aplicar cuando salgamos, estaremos en un bucle infinito hasta que estemos todos inmunizados o se pueda vacunar a toda la población.

    Lo más sencillo es confinar para que bajen los contagios y no colapsar los servicios sanitarios.

    Lo más sencillo es tener una población atemorizada que acepta cualquier imposición.

    Creo que el confinamiento era la mejor solución en marzo, nos pilló sin preparación y con los servicios sanitarios bajo mínimos, a pesar de la eterna publicidad de que tenemos la mejor sanidad del mundo.

    Pero ocho meses después no es de recibo volver a plantear la misma solución cuando en este periodo no se ha invertido lo necesario en fortalecer la SANIDAD PÚBLICA.

    Vamos camino del año sin tener atención sanitaria para el resto de patologías y ya eran vergonzosas las listas de espera.

    Es mucho más fácil cargar la responsabilidad en los ciudadanos en vez de asumir, cada una de las administraciones, la suya.

    Podemos ser todos responsables en nuestras actuaciones sin tener que estar cediendo poco a poco nuestros derechos. Luego se tarda mucho en recuperarlos.

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    • jorgeplaza jorgeplaza 14/11/20 17:01

      No suelo estar muy de acuerdo con sus comentarios, pero hoy es la excepción. Suscribo este comentario suyo casi sin un pero.

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  • MIglesias MIglesias 14/11/20 11:14

    No puedo estar más de acuerdo, que me perdone D. Jorge, ante la emergencia la responsabilidad es con el bien común aunque cueste poner en barbecho algunos derechos cuya práctica e interrupción ya están asumidas y tasadas en nuestro sistema democrático. La vida es el bien superior, sin vida los derechos no sirven para nada.

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    • jorgeplaza jorgeplaza 14/11/20 12:07

      Lo que no explican estos apóstoles de la reclusión es cuánto tiempo hay que esperar para restablecer los derechos perdidos. Los chinos llevan esperando literalmente un par de milenios... y lo que te rondaré. Y otra cosa que no explican: suponiendo que la reclusión fuera por un tiempo determinado y que surtiera efecto, ¿qué se haría al terminarla? ¿Cerrar el país (o la región, o la ciudad, o el pueblo) a piedra y lodo para que no llegue nadie de fuera? Eso es justamente lo que hace China: ¿eso es lo que, aunque no lo diga, quiere el señor Prada que hagamos? ¿Por cuánto tiempo? La única respuesta posible a la última pregunta es "hasta que desaparezca el virus del mundo y estemos seguros de que no podrá volver la puesta traída de fuera". Y eso, ¿por cuánto tiempo es? ¿Un año, diez, indefinidamente? ¿El tiempo mismo que llevan los chinos esperando tener libertades individuales? ¿El mismo que tuvieron que esperar los soviéticos para poder viajar por sus países sin pedir un pasaporte interior previamente? ¿El mismo que tuvimos que esperar los españoles hasta que en los trenes dejó la Secreta de pedir el DNI a todo quisque?

      Se sabe cuándo se renuncia al derecho de que se disfruta casi inconscientemente, pero no cuándo se volverá a gozar de él, si es que se vuelve algún día.

      Pensando bien (o sea, equivocándose) uno tendría que suponer que esta represión supuestamente en aras del bien común es solo hasta que se disponga de una vacuna o un tratamiento eficaces. Pregunta ingenua: si ninguna de las dos cosas llega a materializarse, ¿qué?

      No puedo estar más en desacuerdo con el señor Prada y, por lo tanto, con usted que no puede estar más de acuerdo con él. Pero está usted perdonada, faltaría más.

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      • MIglesias MIglesias 14/11/20 14:08

        Tanto el articulista como yo hablamos desde la perspectiva actual, en la que parece bastante realista suponer que los efectos más perniciosos del virus tienen los días contados. El bichito seguirá en nuestras vidas después de la vacuna, pero como una enfermedad más sin capacidad para colapsar sistemas sanitarios y economía.
        Esto no es China ni la URSS ni la Camboya de los Jemeres, en Occidente, hoy, el peligro de involución no viene de las medidas provisionales que se puedan tomar por una pandemia.

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        • jorgeplaza jorgeplaza 14/11/20 17:00

          No, no lo es. Aún no lo es.

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      • jorgeplaza jorgeplaza 14/11/20 12:09

        ¿Volver "la puesta"? Síntomas de Alzheimer: volver la peste, quise decir.

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  • jorgeplaza jorgeplaza 14/11/20 08:38

    Se ve que al autor le gusta el régimen chino, porque lo que describe se ajusta como un guante a la práctica política de ese país. Lo que no termino de ver claro es si quiere que nos hagamos chinos para siempre, que es lo que sugiere la frase inicial "en ausencia de una vacuna y de un tratamiento contra el covid-19" porque nada ni nadie nos garantizan que esa vacuna o ese tratamiento vayan a existir ni cuándo. Es muy posible que los países que siguieran las recomendaciones del autor fueran los que menos muertos por covid-19 tuvieran, de la misma manera que un país en el que se fusila a todos los opositores políticos es, con seguridad, el que menos oposición política tiene: a eso se le llama la paz de los sepulcros y el régimen chino es el mayor especialista mundial en el asunto.

    Ante la inquietante propuesta de este artículo solo me queda el consuelo de que los viejos, justamente por serlo, sufriremos poco tiempo dictadura semejante.

    Es increíble a qué extremos puede llevar la cobardía de una sociedad. La salud, señores, puede ser lo primero (aunque no para el bombero, el policía o el soldado en acto de servicio) pero, desde luego, no es lo único.

    Guardo el nombre del señor Prada en el cajón de los sujetos detestables y peligrosos.

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    • W. SMITH W. SMITH 14/11/20 19:09

      Hombre yo detestable y peligroso no lo veo ... ni prochino ... más bien me parece que sugiere el modelo democrático de Corea (del Sur) o Japón ... que en esto de las pandemias se lo curran mejor que por estos lares ...

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