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El Principio de Tucídides en 2026

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Enrique Vega Fernández (FMD)

Cada vez con más frecuencia, los estudios y comentarios geopolíticos nos recuerdan que, en la actual situación internacional, se puede estar a punto de que se confirme y repita lo que en los estudios académicos se conoce como “la trampa (o principio) de Tucídides”, según la cual se da “una tendencia al enfrentamiento y la guerra (Guerra del Peloponeso, siglo V a.C.) cuando una potencia emergente (Atenas, encabezando la Liga de Delos) amenaza la hegemonía de la potencia dominante (Esparta, encabezando la Liga del Peloponeso). Traducido a día de hoy, sería entre China, como potencia emergente actual, y Estados Unidos, como potencia dominante, ¿en decadencia?

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Que ya hay enfrentamiento, que no guerra, entre ellas no necesita de mucha investigación, dada su evidencia en los ámbitos comercial, tecnológico, industrial y cada vez más militar; y, por ende, geopolítico. La incógnita, por tanto, a descifrar se transforma, en consecuencia, en a qué grado de enfrentamiento han llegado y si este es suficientemente alto como para que su rivalidad pudiera manifestarse en guerra. 

Dos hechos recientes quizás puedan orientarnos para ver algo de luz al final del túnel: la actual guerra en el Cercano Oriente y la semana diplomática que se ha desarrollado en Pekín (del 13 a 20 de mayo) con las visitas de los presidentes estadounidense, Donald Trump, y ruso, Vladimir Putin, a su homólogo chino. Xi Jinping.

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La reacción china ha sido calculadamente moderada en una prueba más de que su estrategia para alcanzar y superar a su rival geopolítico, Estados Unidos, es mucho más un problema de tiempo y paciencia que de conflicto y enfrentamiento

La guerra del Cercano Oriente, también conocida como “de Irán”, desencadenada por Estados Unidos e Israel el 28 de febrero pasado, ha terminado afectando, y sensiblemente, a China, dependiente económica e industrialmente del crudo y del gas procedentes del Cercano Oriente y, en concreto, de Irán, como consecuencia del cierre a la navegación del Estrecho de Ormuz, por donde circula el transporte marítimo de hidrocarburos que abastece a China, además de a otros muchos países y áreas geográficas del planeta, de tan preciados e indispensables recursos energéticos. Y, contra lo que podía esperarse, la reacción china ha sido calculadamente moderada, centrando su condena y sus críticas a la agresión y a sus coordenadas de violación del derecho internacional y del respeto a la soberanía e integridad de los países soberanos, sin tomar acciones de explícito apoyo militar o de abastecimiento a su aliado y proveedor energético, Irán, en una prueba más de que su estrategia para alcanzar y superar a su rival geopolítico, Estados Unidos, es mucho más un problema de tiempo y paciencia que de conflicto y enfrentamiento.

Tiempo y paciencia mientras resuelve los posibles problemas sobrevenidos con el menor desgaste posible como ha resuelto el de su posible desabastecimiento energético, acordando con Rusia la puesta en marcha del proyecto de gasoducto Poder de Siberia II (Círculo Polar Ártico-Shanghái, 2.600 km) como un punto más de la renovada extensión del Tratado de Buena vecindad, Amistad y Cooperación entre ambos países, China y Rusia. Un nuevo gasoducto, por el que Rusia podrá exportar el excedente actual de gas que antes exportaba a la Unión Europea, hoy paralizado por las sanciones consecuencia de la invasión de Ucrania, y con el que China podrá enfrentar el posible desabastecimiento causado por las tensiones en el revuelto e inestable Cercano Oriente y por la tendencia estadounidense a intervenir en él (apoyo y sostén de Israel, Guerra del Golfo, supuestas armas nucleares de Irak, Afganistán, supuesta paz en Gaza y, ahora, Irán y su derivada, Líbano). 

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China no ha interferido en los planes estadounidenses en el Cercano Oriente a pesar de estar siendo negativamente afectada por ellos; en reciprocidad, China espera que EEUU no interfiera en sus planes sobre Taiwán

Y como ha intentado resolver la más espinosa de sus controversias con la actual potencia dominante, Estados Unidos: Taiwán, la isla-país donde se refugió el gobierno y el ejército del Kuomintang (Partido Nacionalista Chino) de Chiang Kai-Shek cuando perdió la guerra civil china en el territorio continental contra el Partido Comunista Chino (de Mao Tse Tung), que sigue gobernando el país desde entonces (67 años) y reclamando la isla como parte consustancial de la vieja y antigua China. Con ocasión de la visita oficial del presidente estadounidense, Trump, a China del 13 al 15 de mayo del presente año, su presidente, Xi Jinping, abrió las conversaciones dejando claro cual era la postura china: el gigante asiático no ha interferido en los planes estadounidenses en el Cercano Oriente a pesar de estar siendo negativamente afectada por ellos; en reciprocidad, China espera que Estados Unidos no interfiera en sus planes sobre Taiwán. Paz por paz, respeto por respeto.

Así las cosas, la situación actual sí parece una repetición histórica de la antigüedad clásica, donde las potencias emergentes, Atenas y China, prefieren continuar su ascenso pacíficamente, acortando distancias y aposentando su poderío paso a paso (tiempo y paciencia), mientras Estados Unidos, como su guerrero y militarizado antecedente, Esparta, se obsesiona con la guerra como medio de mantener y acrecentar su hegemonía (Guerra del Golfo, Irak, Afganistán, Libia, Serbia, Venezuela, Irán, Cuba, ¿Groenlandia?).

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Sólo nos queda confiar en que no haya una nueva Guerra del Peloponeso, esta vez con la capacidad de destrucción de las armas modernas, especialmente las nucleares, que, aunque todo el mundo reniega de ellas, también todo el mundo quiere tenerlas y quiere tener la capacidad de decidir si otros deben o no tenerlas, como es el caso de las potencias nucleares, Estados Unidos e Israel considerándose autorizados a decidir si Irán debe y puede tenerlas o no.   

Cada vez con más frecuencia, los estudios y comentarios geopolíticos nos recuerdan que, en la actual situación internacional, se puede estar a punto de que se confirme y repita lo que en los estudios académicos se conoce como “la trampa (o principio) de Tucídides”, según la cual se da “una tendencia al enfrentamiento y la guerra (Guerra del Peloponeso, siglo V a.C.) cuando una potencia emergente (Atenas, encabezando la Liga de Delos) amenaza la hegemonía de la potencia dominante (Esparta, encabezando la Liga del Peloponeso). Traducido a día de hoy, sería entre China, como potencia emergente actual, y Estados Unidos, como potencia dominante, ¿en decadencia?

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Que ya hay enfrentamiento, que no guerra, entre ellas no necesita de mucha investigación, dada su evidencia en los ámbitos comercial, tecnológico, industrial y cada vez más militar; y, por ende, geopolítico. La incógnita, por tanto, a descifrar se transforma, en consecuencia, en a qué grado de enfrentamiento han llegado y si este es suficientemente alto como para que su rivalidad pudiera manifestarse en guerra. 

Publicado el
4 de junio de 2026 - 06:01 h
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