¡A la escucha!

Con pantallas también es posible

Las tabletas electrónicas son una herramienta más de trabajo. Yo misma estoy escribiendo esto desde una. Para mí se ha convertido casi en la carpeta azul de gomas que llevábamos en nuestra época del instituto metida en la mochila. En nuestra tableta guardamos los textos, los documentos importantes, grabamos los vídeos, almacenamos archivos. No salgo de casa sin ella. Y admito que me es muy útil. Y en el caso de mis hijos es muy parecido. En su colegio, desde quinto de primaria, es una herramienta más. Y en muchas asignaturas han sustituido los libros de papel por la tableta electrónica. Admito que cuando nos lo plantearon en el centro tuve mis reparos. Pensé que iba a suponer una distracción, que no aportaba nada bueno y que donde estuviera un buen libro para subrayar, trabajar sobre él, no era necesario utilizar este tipo de dispositivos. No aportaban más conocimiento ni habilidades y los ordenadores en las aulas de informática ya eran suficientes para hacerlos nativos digitales. Pero me equivoqué.

Efectivamente han adquirido nuevas habilidades a la hora de asimilar conceptos, y subrayo lo de asimilar. En muchas asignaturas han dejado de memorizar textos y han aprendido a hacer presentaciones en las que ellos mismos deben explicar qué es lo que saben sobre esa materia. Hacen trabajos en la nube, envían documentos a su profesor. Hacen cosas, con su edad, que me dejan boquiabierta. Y reconozco que ellos muchas veces me han ayudado a mí cuando he tenido que preparar un trabajo o una presentación. Me han descubierto aplicaciones muy útiles, intuitivas, muy rápidas y eficaces para compartir imágenes o documentos. Y sí, una cosa más positiva en todo esto: cuando llegan a casa no les apetece coger mi dispositivo y ponerse a mirar o jugar. Tienen completado de sobra su tiempo de tabletas. Y aquí también subrayo lo de “tiempo de tabletas” porque en todas las demás pantallas sí que hay hambre por usarlas cuando llegan a casa.

Hasta aquí lo bueno. Ahora sigo con lo malo. Nuestros hijos nacen mirando pantallas: la tele, el ordenador, nuestro móvil, nuestro dispositivo electrónico. Es mítico el movimiento que muchos bebés hacen cuando cogen una pantalla que no es táctil e intentan ampliar la imagen tal y como han aprendido en nuestros dispositivos. Son, efectivamente, nativos digitales pero esto también conlleva nuevos métodos de aprendizaje y nuevos códigos de uso. Los padres hemos tenido que aprender a gestionar sus tiempos, a medir sus riesgos, casi al mismo tiempo que ellos se convertían en expertos digitales en el uso de aplicaciones, dispositivos, herramientas… Los adolescentes no usan los mensajes de móvil para comunicarse, lo hacen a través del buzón de correo de otras aplicaciones como IG o Snapchat. No se llaman por teléfono, se mandan notas de voz o ráfagas de fotos para mantener una conversación. No usan el ordenador apenas, lo gestionan casi todo desde sus dispositivos móviles y tabletas. No ven la tele, ven vídeos o series cuando quieren y desde donde quieren. Ésta es su realidad y a esto no podemos cerrar los ojos ni tampoco, creo, oponernos. Hay que entender sus nuevos códigos y aprender a saber qué límites hay que establecer. Y pongo un ejemplo más. Creo que aquí ya lo he contado, mi hijo pequeño, como tantos menores y adultos, está enganchado al juego de moda. Los tiempos que hemos pactado en casa es que los viernes por la tarde, parte de la tarde del sábado y del domingo, puede jugar. El resto del tiempo no.

Y aunque admito que se lo pasa bien, me cuenta con todo detalle cómo ha sido su batalla, cómo ha descendido, se ha escondido, ha esperado a que llegara el rival, etc, etc, etc, ha cambiado desde hace unos meses en algo muy significativo. Sigue jugando con sus amigos, quedan a una hora exacta para jugar todos juntos, pero yo he dejado de ver a sus amigos. Ya no vienen a casa, ya no les invita a dormir un viernes. Es más divertido para él jugar con ellos a distancia. “Es que, mamá, si viene Rafa o Tomy a casa no podemos jugar los dos”. Terrible. Tristísimo. Y ahí estamos mi marido y yo, sacando del trastero la cometa, rescatando la pelota de baloncesto (ésa que le llevó no hace tanto tiempo a pasar hoooooras en la cancha del parque entrenando). Sigue viendo a sus amigos en el colegio, en los partidos de rugby, es cierto. Pero ya no es divertido ni un planazo invitarlos a que vengan a casa. (Pero no se preocupen, no me rindo y estoy contraatacando con mis tartas de chocolate).

El informe que hemos conocido esta semana hablaba de todo esto y nos sacaba los colores a los adultos: uno de cada 3 admitía que no dan ejemplo en casa. Que cuando están con sus hijos siguen enganchados al teléfono o al ordenador. Y así es complicado convencer a tu adolescente de turno de que el teléfono, en casa, no es necesario mirarlo cada cinco minutos. Nos falta mucho por aprender y cometemos errores en ese aprendizaje, desde luego. Por eso es importante no optar por la prohibición.

No he mencionado aquí los riesgos de la sobre-exposición de su imagen que hacen en las redes, del ciberacoso que sufren y que se prolonga fuera de las aulas, los fines de semana y en periodo de vacaciones. O el riesgo de que sean engañados. Sí, hay miles de frentes que atender, así que no cerremos los ojos y afrontémoslos. Escucharles y pasar tiempo con ellos, aunque sea sólo el ratito de la cena, ya es un paso. ¡Suerte y ánimo!  

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