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Plaza Pública

A la altura de los sueños

Rafael Mayoral

Cuando camino por los pasillos del Congreso siento muchas veces que estoy en el mausoleo de la democracia, donde se habla de un país que ya no existe. Empeñados en jugar al tres en raya, viendo cómo los partidos del régimen se esmeran en encontrar una salida que permita la restauración, olvidándose de los dolores de la mayoría social, de la vida que hay fuera.

Todo parece indicar que los partidos del turno, los de Madrid y los de las periferias, quieren volver atrás. Amenazan con nuevas elecciones porque en su pulsión por la supervivencia creen que todo volverá a ser como antes sin necesidad de quitarse la careta.

Sinceramente creo que el rey está desnudo: los de arriba no pueden porque los de abajo no se dejan. No puede temblarnos el pulso ahora. Nunca le tuvimos miedo a la gente, ¿por qué deberíamos tenerlo ahora? Sólo confiamos en el pueblo. Ya estamos en ruta, lo complicado es no perder el norte: "Nuestro norte es el sur", y los que faltan vendrán de ahí, de abajo.

En estos momentos en los que recibimos lecciones de filibusterismo parlamentario y politiquería quizás nos toque sonreír y mostrarle la dimensión del héroe colectivo –la militancia– bajo la filosofía sencilla de que, cuando el cambio no lo hace la institución, lo hace el pueblo, construyendo de facto una nueva institucionalidad: la fraternidad popular.

¿Por qué emergió Podemos como alternativa de gobierno más allá de los 5 de Europa?

¿Habría emergido Podemos sin la crisis de 2008 que puso encima de la mesa que el régimen del 78 era incapaz de garantizar los derechos y hacer frente a las necesidades y aspiraciones vitales de la mayoría social y especialmente de las generaciones de los 70, los 80 y los 90?

¿Habría emergido Podemos sin el saqueo sistemático a las clases populares en forma de ajustes, recortes, privatizaciones, desahucios, reformas laborales, paro, precariedad y exclusión? ¿Sin la desvergüenza de un rescate a las élites mientras las instituciones se ensañaban con la gente de abajo?

¿Sin las lágrimas y crujir de dientes de millones de personas que veían cómo pisoteaban su vida y cómo se llenaban los aeropuertos de gente a la que expulsaban de su país?

¿Sin la rebelión democrática de las mareas, de las huelgas generales, sin el “no vas a tener una casa en tu puta vida”, sin el “no nos vamos, nos echan”, sin el “lo llaman democracia y no lo es”, sin el “no somos mercancías en manos de políticos y banqueros”, sin el 15M, sin el “no nos representan”, sin el “sí se puede”?

¿Habría emergido Podemos sin dejar de lado la cortesía parlamentaria para llamar “criminales” a los representantes de la banca que decían que todo era correcto mientras se rompían las vidas y las puertas de los hogares de la gente humilde de nuestro país?

¿Sin el ejemplo de mujeres plebeyas empoderadas defendiendo sus casas como leonas frente a la tiranía de la banca y que hicieron pedazos el rol patriarcal de personas débiles, incultas, pobres y sumisas al que pretendían someterlas?

¿Sin la cotidianidad de un pueblo que ha aguantado los dolores y la dificultad tendiéndose la mano, ayudándose padres a hijos, abuelos a nietos, amigos y amigas, vecinos y vecinas en una lección de fraternidad popular invisibilizada pero onmipresente en nuestros barrios y pueblos?

¿Sin hackear el poder mediático con un troyano popular con coleta que transformó los dolores en un discurso de impugnación y esperanza?

¿Sin “mover ficha” para abrir una brecha plebeya en el mapa político donde solo había lugar para el hastío y la frustración?

¿Habría emergido Podemos sin confiar en la valentía y la determinación de nuestro pueblo?

Cuando nos asaltan las dudas, cuando la opinión pública nos reclama domesticación y subalternidad... ¿Qué debemos hacer? ¿Agachar la cabeza y mostrarnos como buenos chicos?

¿O debemos ser capaces de llenar de hechos concretos nuestro discurso político de cambio y esperanza? ¿No debemos disputar el territorio, barrio a barrio, y pueblo a pueblo, desplegando prácticas que ilustran la España plurinacional y fraterna que viene? ¿Ser capaces de impulsar espacios de participación y acción colectiva que sobre lo concreto llenan de sentido el empoderamiento y el protagonismo popular porque cambian la vida?

Un hermoso cuento nos ilustraba acerca de cómo un elefante atado con una cadena muy frágil había abandonado la esperanza de romperla porque, siendo muy pequeño, tiró de ella hasta convencerse de que no era posible liberarse. Lo llaman indefensión aprendida. Lo que mantiene prisionero al elefante es la filosofía del “no se puede”.

¿No es acaso el empoderamiento popular la herramienta para superar la indefensión aprendida? ¿No se muestra la verdadera fuerza de un pueblo cuando éste empuña la esperanza y pierde el miedo?

¿No es el protagonismo popular quien ha impulsado los cambios sociales y políticos en la historia contemporánea?

¿Acaso el proceso político de cambio no atraviesa las instituciones, las trasciende e impregna el conjunto de la vida social?

¿Acaso no vinimos para acabar con el monopolio de la política en manos de quienes se escudaban en los votos de la gente para trabajar al servicio de unas élites que no se presentan a las elecciones?

Podemos hacer de la filosofía de la fraternidad popular una institución social que funda una sociedad que da el horizonte de derechos. Para quienes sufren hoy y para que quienes pudieron sortear el tsunami de la crisis y el saqueo tengan la tranquilidad de que si las cosas se tuercen no se abandonará a nadie en manos de la tiranía de la ley de Darwin.

Quizá debamos desplegar la pedagogía de Freire, para tender la mano a las personas que faltan, llenando de ejemplos de fraternidad popular cada barrio y cada pueblo, invitando a los que faltan a emprender la obra de un país de países donde nadie se quede fuera, con hechos y no sólo con palabras. Toca quizás impugnar la máxima de “vota y espera” y sustituirla por “vota y haz el cambio con tus manos”. Se trata de ganar todos los días no sólo en cada espacio institucional que recuperamos, sino también en cada nueva institución que la gente funda en su quehacer diario para enfrentar la vida tendiéndose la mano, como dijera el poeta: “defendiendo la alegría como una trinchera”.

Que se confíen las elites si quieren. En España hay ya mucho pueblo convencido de que sí se puede.

¿Estados democráticos?

Toca estar a la altura de sus sueños.

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Rafael Mayoral es el secretario de Relaciones con la Sociedad Civil de Podemos.

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