La historia rima

Barcelona 1919, orden y lucha de clases

Julián Casanova

En Barcelona, entre 1919 y 1923, se vieron frente a frente el poder sindical de la clase obrera organizada, el miedo de los propietarios a la subversión del orden establecido, la preocupación de los gobernantes por la espiral huelguística, la violencia social, el terrorismo, el pistolerismo a sueldo de la patronal y la presencia de los uniformes militares en las calles. Es historia de Barcelona, de Cataluña, que poco tiene que ver con las reconstrucciones idílicas de pasados democráticos o de una sociedad acosada por el Estado español.

Aunque creada en 1910, la CNT no logró levantar cabeza hasta los años de la Primera Guerra Mundial, cuando pudo salir de la clandestinidad y la represión, momento en el que forjaron sus rebeldías los principales dirigentes del movimiento, desde Salvador Seguí a Joan Peiró, pasando por Ángel Pestaña. Su definición ideológica se afirmó en el Congreso de Sants, en 1918, y en el celebrado en el Teatro de la Comedia, en Madrid, en 1919. Allí quedó sellada su impronta antipolítica y antiestatal, su sindicalismo de acción directa, independiente de los partidos políticos, llamado a transformar revolucionariamente la sociedad.

1919 marcó el momento culminante de su expansión. Ese fue el año de la famosa huelga de La Canadiense, un conflicto de 44 días que paralizó la ciudad de Barcelona y que acabó con la victoria de los sindicatos. En 1919 fue también cuando la CNT, organizada ya en sindicatos únicos de industria, consiguió su máxima afiliación antes de la guerra civil: 700.000 afiliados, con más de la mitad de ellos en Cataluña.

Pero no todo fueron senderos de gloria para el anarcosindicalismo, y a esa fuerza sindical le tocó vivir también tiempos difíciles. Junto a los despidos, las listas negras, las detenciones masivas y las deportaciones, métodos habituales de represión de las demandas obreras, el sector más duro de la Federación Patronal, "los bolchevistas del orden", como los llamaba Oscar Pérez Solís, comenzaron a pensar en otros métodos. Transformaron el tradicional somatén en una milicia urbana burguesa, soñando con aniquilar al sindicalismo revolucionario sin recurrir al ejército; y financiaron bandas de pistoleros a sueldo para acabar con algunos dirigentes de la CNT.

Los gobiernos de la época aportaron también su buena dosis de violencia, nombrando gobernadores civiles que, como el conde de Salvatierra y sobre todo el general Matínez Anido, clausuraban sindicatos, encarcelaban a todo el que se movía y aparecían implicados en la supresión física de los militantes anarcosindicalistas. Emergieron también en ese escenario los "reyes de la pistola obrera", anarquistas puros y pistoleros del hampa que se aprovechaban de las arcas sindicales y atentaban contra patronos, autoridades y contra los propios obreros que no estaban de acuerdo con esa tiranía de la star. Así nacieron, por último, para cerrar esa espiral de violencia, los sindicatos libres, que, amparados por las autoridades, especialmente en el período de Martínez Anido, desde noviembre de 1920 a octubre de 1922, alimentaron represalias contra los sindicalistas.

Lo que pasó en Barcelona en 1919 resultó paradigmático, un ejemplo a seguir por todos aquellos interesados en conservar el orden o subvertirlo. En tan sólo unos meses salieron a la luz los protagonistas de un drama social que dejó marca, los ingredientes de una mezcla explosiva que estalló una y otra vez en aquel período.

El año comenzó con una huelga en la Compañía de Fuerza e Irrigación del Ebro, La Canadiense, la principal productora y distribuidora de energía eléctrica en Cataluña. Terminados ya los años de prosperidad y vacas gordas de la Primera Guerra Mundial, la compañía intentó reducir salarios. Cuando algunos de los trabajadores afectados acudieron a la CNT, la dirección de la empresa los despidió. La huelga que siguió a ese despido se iniciaba, por lo tanto, por disputas laborales, pero también con el objetivo más amplio de lograr de los patronos el pleno reconocimiento de la organización sindicalista. Duró 44 días y la ciudad de Barcelona quedó paralizada. El gobernador civil, González Rothwos, pidió mano dura. El capitán general de Cataluña, Lorenzo Milans del Bosch, ordenó la militarización de todos los empleados. La resistencia a la militarización provocó varios centenares de encarcelados. Se proclamó el estado de guerra. Las garantías constitucionales se habían suspendido ya el 18 de enero y no se restablecieron hasta el 31 de marzo de 1922.

La huelga concluyó en marzo con una gran victoria obrera y con Salvador Seguí y la CNT como héroes del momento. Pero Milans del Bosch se negó a poner en libertad a todos los detenidos y los grupos de acción anarquistas lanzaron otra huelga general que complicó mucho más las cosas e impidió saborear ese triunfo de la disciplina y la organización. Ahí reapareció el somatén, convertido en una guardia cívica burguesa, armando a ciudadanos de orden que se sentían inseguros frente al sindicalismo revolucionario. Y por si todos esos hombres armados no bastaban, hasta ocho mil salieron por las calles de Barcelona en la primavera de 1919, algunos patronos organizaron sus propios servicios de seguridad. Destacó el falso barón de Koening, un exespía alemán, y el expolicía Bravo Portillo, quienes empezaron como guardias de seguridad y acabaron formando una banda de pistoleros para eliminar a los sindicalistas que estorbaban a los empresarios.

La banda de Koening reclamó pronto su sitio al asesinar a Pablo Sabater, El Tero, presidente del Sindicato de Obreros Textiles de la CNT el 19 de julio. Dos meses después, y poniendo en marcha la ley del talión, cayó abatido a tiros Bravo Portillo, el pistolero de la banda que encontró el final que tantas veces había planeado para otros.

La oleada terrorista subió de tono, sin embargo, en 1920 y ya no paró hasta el golpe de Estado de Primo de Rivera. Y ahí pasó a la historia, por su actitud salvaje y represiva con el sindicalismo, el general Severiano Martínez Anido, gobernador civil de Barcelona desde el 8 de noviembre de 1920 al 25 de octubre de 1922. "No soy un político, soy un soldado", declaró a los periodistas nada más conocer la llamada telefónica en la que Eduardo Dato, jefe de Gobierno, le comunicó su nombramiento. Y como soldado actuó. A los pocos días, ya estaba en la cárcel la plana mayor de la CNT, incluido Salvador Seguí, y el abogado republicano Lluis Companys, que solía defender a los presos sindicalistas. A protestar por esas detenciones fue Francesc Layret, diputado republicano por Sabadell en las Cortes y abogado defensor de cenetistas. Tres pistoleros, que nunca fueron detenidos, lo abatieron a tiros en la calle de Balmes.

El récord de la violencia de uno u otro signo se alcanzó en Barcelona en 1921: 311 víctimas. Martínez Anido y el jefe de policía, Miguel Arlegui, pusieron en marcha la ya para siempre famosa ley de fugas, el asesinato impune bajo el pretexto de que los presos intentaban escaparley de fugas. Así cayeron decenas de cenetistas. Y de esa forma acabaron con la vida de Evelio Boal, secretario general de la CNT, a quien sacaron de la cárcel a las dos de la mañana del 12 de junio para asesinarlo en la calle, al lado de una comisaría de policía. Ese fue también el año del desastre de Annual y del asesinato de Eduardo Dato en Madrid, el 8 de marzo, en un atentado a lo Chicago, en el que los anarquistas Mateu, Nicolau y Casanellas lo cazaron desde una motocicleta con sidecar. "No disparé contra Dato, sino contra el gobernante que autorizó la Ley de Fugas", declaró Pedro Mateu al ser detenido.

A pistoletazo limpio, en suma, cayeron acribillados patronos, autoridades, sindicalistas revolucionarios y del Libre. El último ilustre en caer fue Salvador Seguí, el anarcosindicalista más influyente del momento, a quien tirotearon el 10 de marzo de 1923, pocos meses antes de que la dictadura del general Primo de Rivera pusiera fin a ese terrorismo multicolor.

Entre la violencia desde arriba y la violencia desde abajo, desde fuera y desde dentro, ese sindicalismo revolucionario quedó roto y maltrecho. Con la detención de los dirigentes moderados, los sindicatos empezaron a ser dominados por anarquistas puros y duros. La represión bloqueó las vías de negociación, quitó del camino a sus principales orientadores y dejó a la organización en manos de los grupos de acción, de aquellos que creían, como manifestaba Ángel Pestaña, que "prepararse para la revolución era gastar en comprar pistolas todos los fondos de los sindicatos”.

Pero no fueron sólo la clandestinidad y la represión las que provocaron y favorecieron las represalias armadas y la violencia anarquista. El gatillo lo apretaron pocos, los grupos "selectos" a los que se refería García Oliver. Pero eran muchos los sindicalistas que señalaban con el dedo a quién disparar. Y hay claros indicios, como el mismo Pestaña escribió, "de que los autores de los atentados eran sostenidos y pagados por la organización". En eso consistía también la fuerza de la CNT, en responder con pistolas a los patronos, en hacer pagar a los desertores, en coaccionar a los pusilánimes, a los esquiroles.

No es de extrañar que en septiembre de 1923 el golpe de Estado de Primo de Rivera, proclamado desde Barcelona, fuera recibido con notable satisfacción y alivio por los patronos, los propietarios y los sectores conservadores de Cataluña y del resto de España, que llevaban tiempo suspirando por el retorno del orden, por el alejamiento del fantasma del bolchevismo, una pesadilla que había durado seis años. No importaba que esa paz social tan anhelada viniera impuesta por las bayonetas.

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Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza e investigador en el Institute for Advanced Study de Princeton.

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