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Almudena: memoria y democracia

Para ser sincero, no pensaba ni me sentía capaz de escribir una sola línea estos días sobre la muerte de Almudena Grandes. Cada cual lleva el dolor a su manera, y algunos lo vivimos muy hacia dentro, incapaces de volcarlo más allá del abrazo a quienes sentimos más cerca en ese mismo dolor. Ocurre además que, en este caso, hay amigas y amigos de este Club de los Almudenos (como nos autobautizó Joaquín Sabina en nombre de todas y todos) que escriben, editan, crean y expresan mejor que nadie lo que uno mismo siente (ver aquí). Sería osado también añadir absolutamente nada a lo que ya han escrito en infoLibre el propio Luis García Montero, o Benjamín Prado o Clara Morales, o los testimonios que en El País (la cabecera en la que más escribió Almudena) han dejado, entre otros, Rosana Torres, Ángeles Aguilera, Felipe Benítez Reyes o Pepa Bueno. Me mataría Almu si terminara este párrafo escribiendo que "ya está todo dicho". A la mierda entonces. ¿Para qué estamos?

Me he lanzado finalmente al teclado porque no consigo entender la indignidad y la torpeza de las autoridades públicas de Madrid. O peor aún: lo entiendo demasiado bien y Almudena siempre lo supo y se atrevió a expresarlo mejor que nadie. Mientras en el cementerio civil de La Almudena despedíamos a uno de los nombres absolutamente imprescindibles de la literatura española y de la memoria de Madrid, el alcalde de esta ciudad daba saltitos cruzando un río y la presidenta autonómica inauguraba un Belén. Y estas dos imágenes, créanme, resumen el problema más grave de España: por más empeño que le pongamos, hay una parte muy relevante de la representación política que no termina de asumir lo que significa vivir en democracia.

Intento explicarme, porque esta misma mañana de lunes frío aunque luminoso en Madrid lo hemos comprobado en ese cementerio civil de La Almudena en el que ya descansaban unos cuantos nombres de rojos, ateos, suicidas, librepensadores, republicanos... pero ante todo y por encima de todo, demócratas. Hemos escuchado con el mismo respetuoso silencio entonar La Internacional o el Grándola Vila Morena que un padrenuestro rezado al pie de la tumba que Luis García Montero compró a su amiga Rosana para regalar a Almu como un enésimo acto de "amor eterno" (esas dos palabras nombraban el asunto del correo que finiquitaba el trámite). Los centenares de lectoras y lectores que enarbolaban un título de Almudena para homenajearla y revindicar su memoria (a iniciativa de nuestro compañero @RamónLobo) no estaban allí para hacer la ola a ninguna autoridad ni institución. Pero cuando gritaban "sin memoria no hay democracia" dejaban muy claro el deseo colectivo de que la obra vital de alguien tan grande como Almudena no caiga jamás en el olvido.

¿Acaso Martínez Almeida o Ayuso viven en otro planeta? ¿Tanto cuesta entender que a ningún político conservador demócrata en ninguna gran ciudad del mundo se le hubiera ocurrido faltar al sepelio de una escritora que ha provocado una admiración universal por su capacidad incomparable para relatar la memoria en primer lugar de Madrid, y luego de España, y siempre de los perdedores de esas guerras injustas que hemos soportado? ¿Temían acaso un abucheo general, de esos que ellos aplauden o promocionan siempre que afecten a un nombre de lo que denominan "socialcomunismo"? Un o una representante institucional madrileña este 29 de noviembre no tenía ni podía tener mayor obligación pública que participar en el homenaje póstumo a uno de los nombres que quedarán para siempre en la historia de la literatura y en la memoria histórica de Madrid y de España. (La otra posibilidad que justificaría la ausencia es la ignorancia o desconocimiento sobre quién ha sido y seguirá siendo Almudena Grandes, lo cual es quizás peor, aunque no descartable).

El daño, o más bien el ridículo, ya está hecho, y conecta más con los comentarios de odio expresados desde el mismo sábado por el mundo Vox que con la realidad mayoritaria percibida en La Almudena y en los gestos institucionales de este fin de semana. Si los propios reyes han expresado con meridiana claridad su admiración por Almudena y el cariño por Luis García Montero, ¿quiénes son Ayuso y Almeida para actuar con tal nivel de frivolidad y sectarismo? Si medio gobierno de España ha acudido al tanatorio y al sepelio, desde Pedro Sánchez o Yolanda Díaz hasta Nadia Calviño, María Jesús Montero o Irene Montero, o máximos representantes del arco parlamentario o de las organizaciones sindicales con Unai Sordo al frente... ¿de verdad no se dan cuenta de lo vergonzosa que es la actitud de las autoridades madrileñas del PP?

Desde este mismo martes van a surgir iniciativas en toda España, en la comunidad madrileña y en el ayuntamiento para rendir un homenaje perpetuo a la memoria de quien podríamos sin la menor exageración definir como nuestra Galdós del siglo XXI. Y desde otros ámbitos cívicos, periodísticos y culturales, haremos lo posible para reivindicar el significado de la obra y la vida (injustamente breve pero absolutamente intensa) de Almudena Grandes. Si esa única mancha institucional que ha habido en mitad de la conmoción provocada por su muerte tiene como origen el hecho incontrovertible de que Almu era roja y republicana (y colchonera) sin matices, lo que demuestran sus protagonistas es que siguen teniendo un problema serio con lo que supone vivir en democracia. O no les interesa, o no quieren entender nada, ya sea por sectarismo o por ignorancia o por ambas cosas.

Por estas fechas, la mayor ilusión de Almudena era colocar su gran árbol de navidad y ese Belén en el que iba sumando piezas del mercadillo de la Plaza Mayor; no aceptaba figuritas traídas de cualquier lugar del mundo. Amaba las tradiciones de su Madrid, el que deberíamos compartir por encima de siglas o religiones. Se llama democracia.

P.D. Aunque ya lo saben, desde la Sociedad de Amigas y Amigos de infoLibre, a la que Almudena Grandes perteneció desde el primer minuto, enviamos un largo y cálido abrazo a Luis, Elisa, Irene, Mauro, a toda la familia Grandes y a los García Montero, y agradecemos los miles de mensajes trasladados por lectores, socias y socios del periódico que comparten este mismo dolor. Por último, para seguir siendo absolutamente sincero, la canción favorita de Almu en el repertorio de Joaquín Sabina era De purísima y oro, aunque por delicadeza ante cualquier sensibilidad personal, lo que sonó y nos emocionó en La Almudena haya sido otra que también le encantaba, Noches de boda. Se llama respeto.

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