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Cuando el cambio es de cerraduras

Tengo la inquietante impresión de que nos hemos acostumbrado, a base de verlos una y otra vez, a gestos intolerables de autoridad mal entendida. Quizá es porque con fondos tan dolorosos como son los ceses, las expulsiones o los desahucios, las formas importan mucho menos, y terminan diluyéndose en la corriente de lo cotidiano. Y lo aceptamos como parte de la liturgia estética del abuso, lamentablemente normalizada.

No voy a entrar en la pugna interna en el socialismo madrileño ni en la indigesta actuación de algunos medios de comunicación que parecen no perder el hábito de informar opinando como parte. Podría también aludir al nivel dialéctico del candidato “Pimpampropuesta” cuya ambición es tan desmedida que no se detiene en su confesión de entusiasmo ni siquiera con el cadáver de su compañero aún caliente. Pero la verdad es que poco podría aportar a lo ya dicho por analistas mejor informados y más duchos en el difícil arte de interpretar el alma de la política y sus actores principales o de reparto.

Pero si dejo a otros más capaces la apertura en canal de la historia y la exposición inteligente y eficaz de las tripas de la cosa, no pasaré por alto un episodio estético aparentemente menor pero que tiene en mi opinión bastante carga expresiva. Y es ese gesto de autoridad de cambiar la cerradura o impedir el paso a quienes hasta horas antes tenían allí lugar profesional o refugio afectivo.

Desde hace tiempo esa indecorosa forma de decir adiós de un golpe a quien se acaba de despedir, parece haberse convertido en la expresión estética del incendio fulminante y matador. Te echan y al día siguiente o esa misma tarde el guarda jurado que hasta ayer te saludaba como compañero te impide el paso con gesto adusto (y vaya por delante mi reconocimiento a lo incómodo y desagradable que esto resulta para ellos, pero es su oficio) porque “ya no trabaja usted aquí”. Ni recoger los pedazos de vida, siempre un poco rota en los adioses, que son las cosas de tu mesa o tu despacho te dejan algunos. Ayer eras el redactor, el gestor eficaz, el jefe o la estrella y hoy ya no tienes sitio, han caducado tu tarjeta y tu interés.

Y me parece que esa norma de empresario insensible y autoritario debe ser denunciable siempre, sin excepción, porque constituye una humillación consciente a alguien que por muy malo, traidor o estúpidamente ineficaz que haya sido, merece como ser humano respeto y no aumentar con desprecio su condena. Lo curioso, o quizá no tanto, es que estas actitudes se repiten más a menudo hacia personas que han sido de confianza de quienes así se deshacen de ellos.

Por eso creo tan inaceptable como al mismo tiempo revelador lo del cambio de cerraduras en la sede del Partido Socialista de Madrid. No he visto que nadie reparara, y creo que es, como digo, porque ya es rutina habitual en los despidos de los amigos, en este gesto a mi juicio nada banal. Porque refleja con claridad el talante –y subrayo el término, está escogido conscientemente– que demuestra quien haya decidido que a quienes ayer eran compañeros de fatiga en una organización que ejerce la democracia y presume de llevarla dentro hay que cerrarles la puerta de la que tenían llaves. ¿Es que van a robar algo? ¿Es que se van a llevar documentación comprometida? ¿Es que hay que salvaguardar algún secreto oculto entre aquellas paredes? Evidentemente, la respuesta es no. La única razón para algo así es sencillamente humillar a quien acabas de cargarte. Y eso, que es intolerable en cualquier organización, es repugnante por inadmisible en un partido democrático que ha gobernado y quiere volver a hacerlo.

Las formas no son cualquier cosa, y en política especialmente. Porque en este campo de juego, esas formas revelan los fondos.

Tengo pocas dudas de que tiene Pedro Sánchez y su ejecutiva sus razones para el cese. Ninguna albergo de que no le compraría un coche usado ni le regalaría un voto a quien es capaz a pesar de su obligación y compromiso democráticos, de humillar al adversario como si fuera un vulgar delincuente ramplón. Actuando ellos, desde su suficiencia, como auténticos empresarios ramplones.

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