Adiós a PODEMOS
Nunca pensé en jubilarme a los treinta, pero supongo que la política es el arte de lo imposible: por lo que promete y por lo que exige. Una década en el corazón del experimento político más audaz de la España reciente me hizo envejecer de un modo que apenas ahora empiezo a entender.
En mayo de 2014, tan solo cuatro meses después de su fundación, el partido político Podemos obtuvo cinco escaños en el Parlamento Europeo. Yo acababa de graduarme y formaba parte de un círculo de Podemos en París cuando me contrataron para trabajar con esos diputados. Llegamos a Bruselas como completos novatos y tuvimos que aprenderlo todo sobre la marcha. Pero nos movía la promesa de hacer lo que solíamos llamar política real; es decir, no las luchas internas de poder ni los vaivenes ideológicos del movimiento (que siempre abundaban), sino los problemas reales –como la discriminación de género o el desempleo– en los que confiábamos poder influir.
En los años siguientes, Podemos siguió transformando el esclerótico sistema bipartidista español. En las elecciones generales de noviembre de 2019 logramos los escaños suficientes para formar parte del primer Gobierno de coalición desde la recuperación de la democracia en España, bajo la presidencia de Pedro Sánchez, como socio minoritario del Partido Socialista Obrero Español (PSOE).
Poco después de aquellas elecciones recibí una llamada de Madrid: era Pablo Iglesias Turrión, el carismático politólogo y fundador de Podemos, que pronto se convertiría en vicepresidente segundo del Gobierno y ministro de Derechos Sociales. “Creo que deberías volver a Madrid”, me dijo. Me ofreció un puesto en el Ministerio de Derechos Sociales, haciendo muchas de las mismas tareas que desempeñaba para los diputados europeos: ayudar con los discursos, la comunicación y las negociaciones políticas. Por supuesto, acepté.
Tendríamos que volver a aprender casi todo desde cero. Algunos funcionarios veteranos pidieron el traslado porque no querían trabajar con aquellos jóvenes radicales. Pero otros nos decían con entusiasmo que nos habían votado, que el Gobierno necesitaba aire fresco. Aquello también parecía política de verdad; una cosa era afirmar que el sistema bipartidista estaba roto y otra muy distinta descubrir cómo gobernar junto a él.
Cuando regresé a Madrid, estaba preparada para los ataques de la derecha, que –pensaba– me acusarían de haber conseguido el puesto gracias a mi padre, Jorge Verstrynge, que había sido uno de los dirigentes del principal partido conservador español tras el franquismo. En parte por eso había pasado tantos años estudiando y trabajando en el extranjero. Pero la derecha siempre sorprende.
Dos semanas después de empezar con el trabajo, en marzo de 2020 —mientras aún buscaba piso de alquiler, tras haber vuelto temporalmente a la habitación de mi infancia— empecé a recibir mensajes preguntando si había mirado las redes ese día. De la noche a la mañana, una avalancha de titulares en la prensa de derecha afirmaba que me habían contratado en el Ministerio de Derechos Sociales por ser la amante de Iglesias. No importaba que apenas lo conociera en persona. Con medio país pegado a los ordenadores durante el primer confinamiento de la pandemia, el rumor se extendió por todas partes.
Mi intuición había sido, en el fondo, correcta: para ciertas personas, la única manera de que una mujer joven pudiera haber conseguido ese trabajo era a través de su relación con un hombre; en este caso no fue mi padre, sino mi jefe. El ataque tenía un doble objetivo, porque la pareja de Iglesias era Irene Montero, diputada de Podemos desde hacía años, que acababa de ser nombrada ministra de Igualdad en el nuevo Gobierno de coalición.
Compañeros, periodistas y abogados me aconsejaron que lo ignorara. Solo unos meses después, cuando nos enfrentábamos a otra campaña electoral, decidimos desmentirlo públicamente. En cualquier caso, Podemos llevaba tiempo creyendo que, en ocasiones, las noticias falsas podían utilizarse a su favor. El partido estaba obsesionado con difundir sus mensajes por cualquier vía posible y veía la televisión como un escenario clave de la lucha política. En 2015, Iglesias había escrito: “La gente ya no se involucra políticamente a través de los partidos, sino a través de los medios de comunicación”.
“Eres conocida, y podemos aprovecharlo”, me explicaron los dirigentes del partido. Una vez que se calmaron las aguas, pude comprobar en primera persona que no existe eso de la mala prensa. Al final, el ataque se volvió en contra de la derecha. Poco después, me incluyeron en la lista para las elecciones autonómicas de Madrid y me pusieron en el puesto número 14, lo suficientemente alto como para no tener una posibilidad real de conseguir un escaño. Tenía 29 años.
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Nací en 1992 en Madrid. Mi padre, hijo de un empresario belga arruinado, nació en la Zona Internacional de Tánger, se declaró fascista en su adolescencia, llegó a ser secretario general de Alianza Popular (AP) —predecesora del actual Partido Popular (PP)— y fue expulsado del partido a los 40 años. Hoy vota a la izquierda y da clases en una universidad pública. Conoció a mi madre, periodista, más tarde convertida en activista por el derecho a la vivienda, en las juventudes de AP. Ella fue la primera en abandonar el partido. Crecí con la idea de que las personas cambian, las ideas evolucionan y la lucha colectiva merece la pena.
Yo era la tercera de sus cuatro hijos y la única hija. En casa, todo el mundo hablaba de política, y mis padres criticaban el control férreo que los dos principales partidos ejercían sobre la democracia. Pero al principio me resistí a la política. En 2011, estudiaba Historia y Relaciones Internacionales en la Universidad de París cuando estalló el movimiento 15M en toda España. La presión económica asfixiaba a millones de personas. Una generación que había crecido con el estímulo de estudiar, formarse, aprender idiomas y prepararse para un futuro prometedor vio cómo la crisis financiera hacía añicos sus expectativas. Desde mi piso de estudiante, vi cómo todos los medios de comunicación se inundaban de imágenes de desigualdad y pobreza: jóvenes sin trabajo, cada vez más personas sin hogar, familias y ancianos desahuciados.
Los españoles no solemos protagonizar explosiones de sentimiento popular como la que tuvo lugar el 15 de mayo de 2011. Más de 50.000 manifestantes se congregaron en la Puerta del Sol y miles más marcharon por Barcelona, Granada, Santiago de Compostela y otras ciudades. Para mucha gente joven, la política se había vuelto urgente y personal de la noche a la mañana.
Unos días después del 15 de mayo, volé de vuelta a Madrid. Muchos amigos acampaban en la plaza y durante un par de noches yo también me sumé. Había gente de todas las edades, muchos de ellos no tenían una ideología clara ni experiencia política previa. Esa forma tan directa de sentimiento popular me impresionó profundamente. Parecía como si el sistema político español, tan rígido y anquilosado, pudiera resquebrajarse por la simple voluntad colectiva. La energía era contagiosa, mientras cientos de desconocidos debatían hasta altas horas de la noche sobre cómo reconstruir la democracia desde sus cimientos. Falté a algunas clases durante el resto del semestre. Pero, finalmente, tuve que volver a mis estudios.
Los manifestantes comenzaron a organizarse en distintos sectores, defendiendo la sanidad pública, la vivienda y los derechos laborales. Las imágenes de los desahucios impresionaron tanto a mi madre que empezó a asistir regularmente a las reuniones del movimiento por el derecho a la vivienda. Mientras tanto, mi padre me contó que algunos profesores de su universidad comentaban por los pasillos la idea de crear un nuevo partido que llevara las ideas del 15M a las urnas. En enero de 2014, Iglesias fundó Podemos, e inmediatamente me sumé al proyecto. En la práctica, eso significó unirme a un círculo satélite de Podemos en París. Éramos unos cincuenta, entre ellos algunos exiliados españoles de mayor edad, jóvenes tanto de España como de Francia, así como también periodistas y activistas franceses. Nos reuníamos en un bar de la orilla izquierda del Sena.
El atractivo de Podemos residía en que muchos jóvenes empezaron a implicarse de repente en la política, porque su mensaje sonaba menos a jerga y más a sentido común. De repente, creímos que teníamos algo que decir sobre el futuro. Antes de esto, la izquierda española se había definido en oposición al franquismo, pero Iglesias solía decir que ni siquiera debíamos hablar de izquierda o derecha. En cambio, hablaba del pueblo y de las élites económicas, e insistía en que la sanidad pública y la vivienda garantizada no eran ideas radicales. No había nadie como nosotros en Europa en aquella época: eso fue antes de que Syriza llegara al poder en Grecia, antes de La Francia Insumisa. En mayo de 2014, el partido sorprendió a todos al ganar cinco de los 54 escaños del Parlamento Europeo.
Ese verano me convertí en técnica, o asesora, de dos de esos diputados en Bruselas. Antes de mi primer día, Podemos, superando cualquier parodia de escisión de izquierdas, ya se había partido por la mitad por cuestiones de estrategia política. ¿Debíamos diferenciarnos de los socialistas o intentar llegar a acuerdos con ellos? Surgieron dos grandes facciones: una, liderada por Iglesias, defendía que Podemos debía aliarse con la izquierda tradicional, mientras que la otra, liderada por Íñigo Errejón, el primer jefe de campaña del partido, impulsaba un enfoque populista que rechazaba aliarse con los partidos de izquierda tradicionales. Nuestros diputados eran de ambos bandos, y algunos miembros del equipo, cada cual con su propia inclinación, ni siquiera se dirigían la palabra en el comedor.
Pasé horas estudiando informes sobre temas que abarcaban desde la marihuana medicinal y la geopolítica hasta las plagas agrícolas en el sur de Europa. Éramos un grupo joven e inexperto, pero deseoso de hacer las cosas bien. Como la mayoría de la gente de nuestra edad, nunca habíamos tenido trabajos estables ni casas propias, pero de repente nos encontrábamos trabajando codo a codo con políticos veteranos. Entrábamos al Parlamento cuando abría sus puertas a las 8:30 de la mañana y salíamos pasada la medianoche, después de revisar los cientos de enmiendas que presentábamos a cada informe que pasaba por nuestras manos. Oscilábamos entre sentirnos invencibles y darnos cuenta de lo poco que sabíamos sobre cómo hacer las cosas en la única institución de la UE elegida directamente por los ciudadanos.
Pocos de nuestros colegas en Bruselas habían entrado en política como nosotros —llamando a las puertas, haciendo campaña en los barrios, manifestándose—, pero muchos estaban bien informados, y también teníamos que aprender de ellos. Una de esas lecciones fue que uno empieza a hacer política con emociones, pero debe convertirlas en acción.
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Iglesias, el joven profesor con coleta que se hizo famoso gracias a los debates televisivos, representaba un tipo de político español totalmente nuevo. Combinaba un pensamiento estratégico sofisticado con una intuición innata para conectar con la ciudadanía indignada ante la desigualdad y la austeridad. Su hiperliderazgo se convirtió a la vez en la condición y en el límite de nuestro proyecto.
Aproximadamente un año después de mi regreso a España, en marzo de 2021, Iglesias dimitió de forma repentina de la Vicepresidencia segunda del Gobierno, tras concluir que era vital asegurar la supervivencia del partido en las elecciones autonómicas de Madrid. Declaró públicamente que una alianza de izquierdas podría, por fin, poner fin a décadas de gobierno del Partido Popular en la región. Su apuesta resultó en gran medida un fracaso: logró aumentar los escaños del partido en Madrid, pero con solo el 7% de los votos quedó muy lejos de su objetivo de llevar a la izquierda al poder. Como resultado, también renunció a la dirección de Podemos, tras proponer que nuestra coalición política continuara bajo la dirección de la ministra de Trabajo, Yolanda Díaz. A pesar de tener el carnet del Partido Comunista desde joven, Díaz era menos intransigente y estaba más dispuesta a negociar que Iglesias, como había demostrado al impulsar medidas de protección laboral durante la pandemia. Podemos entraba en una nueva era.
En junio de 2021, la nueva secretaria general, Ione Belarra, me nombró secretaria de Organización, el tercer puesto en la jerarquía del partido. Ahora era yo quien negociaba las listas de candidatos que presentábamos en las elecciones, además de gestionar nuestras siempre complejas relaciones con otras organizaciones políticas y los medios de comunicación.
Mi nuevo cargo exigía estructurar y conectar nuestras fragmentadas secciones territoriales con la dirección nacional. Pero en Podemos se valoraba mucho más la comunicación que la organización, o quizá sería más preciso decir la visibilidad mediática. Nuestros líderes estaban profundamente influenciados por el politólogo argentino Ernesto Laclau, quien sostenía que los movimientos populistas podían eludir las estructuras partidistas tradicionales mediante el uso estratégico de los medios de comunicación. Esta idea era, sin duda, seductora: ¿para qué invertir en el lento trabajo de la organización territorial cuando se podía llegar a millones de personas a través de la televisión? Pero había un problema que entonces no supimos ver: se podía ganar poder a través del tiempo en antena, pero no se podía gobernar solo con él. Y quizá nuestro propio cambio de estatus, de intrusos a personas en el poder, se produjo demasiado rápido para que nuestros líderes asimilaran nuestro éxito.
Poco después de asumir mi nuevo cargo, un miembro del partido me sugirió que simplemente cerráramos todas las delegaciones locales y convirtiéramos Podemos en un partido con tan solo diez liderazgos nacionales fuertes. Esto era totalmente inviable, y, la verdad, me costaba creer que alguien con tanta influencia lo propusiera siquiera, pero su actitud era propia de un partido que, en el fondo, no tenía ningún interés en la estructura: en el tedioso trabajo de construir secciones locales, formar cuadros, celebrar reuniones periódicas y sostener la estructura que mantiene vivo un partido entre ciclos electorales.
Tampoco nos habíamos dado cuenta de cómo estaba cambiando nuestra base. La fuerza inicial de Podemos radicaba en que había logrado movilizar a cientos de miles de personas, sacarlas de la apatía y la abstención, e incluso atraer simpatizantes de otros países. Pero, ya en la década de 2020, trabajar en Podemos significaba sobre todo enfrentarse a un debate político cada vez más escaso y a una paranoia interna cada vez mayor.
En julio de 2022, me incorporé al Ministerio de Asuntos Sociales como secretaria de Estado para la Agenda 2030. Entonces, Podemos comenzaba a desmoronarse. Aunque Iglesias esperaba que Yolanda Díaz asumiera el liderazgo de Unidas Podemos, ella tenía otros planes. Ese mismo mes, lanzó una nueva coalición progresista llamada Sumar para presentar una imagen renovada a los votantes sin el ya considerable lastre que arrastraba Podemos. Esto se planteó como una forma de mantener la presencia de la izquierda en el Gobierno, pero corría el riesgo de volver irrelevante a Podemos. La amenaza pareció reactivar a Iglesias, a pesar de su dimisión como líder de Podemos en 2021. En la práctica, siguió siendo una presencia constante en los medios de comunicación, ofreciendo declaraciones políticas casi a diario en programas de radio y televisión, a menudo adelantándose a las posturas oficiales del partido y, de hecho, marcando nuestra agenda; por no hablar de su omnipresencia en los chats grupales.
Unos meses después, decidió dar un discurso oponiéndose a la nueva alianza de Díaz y me preguntó si podía reunir a 40.000 personas. Era imposible. Para entonces, con suerte habríamos podido movilizar a 2.000, y eso si el tiempo acompañaba. ¿Cómo podía no comprender que Podemos ya no era un partido capaz de convocar a tanta gente, y mucho menos en un acto centrado en una nueva escisión en la izquierda?
Las críticas externas también nos afectaron. En tan solo unos años, Podemos se enfrentó a tantos ataques falsos —acusaciones de corrupción, de cuentas en paraísos fiscales, de recepción de dinero de Irán y Venezuela— que muchos miembros perdieron su idealismo inicial. La actitud combativa que en su día había convertido mi escándalo en la prensa sensacionalista en munición electoral tenía sus límites. Casi todas las figuras importantes de Podemos pronto se vieron envueltas en algún tipo de causa judicial —muchas de ellas inventadas y falsas, pero igualmente agotadoras—. Tantos años seguidos de hacer política en estado de alerta permanente nos fueron deslizando hacia la zona de confort tradicional de la izquierda: el victimismo. Para la primavera de 2023, era evidente que Podemos ya no dirigía Unidas Podemos, que había formado un gobierno de coalición con el PSOE en 2019, y nos vimos obligados a negociar con Yolanda Díaz. En junio, Podemos aceptó un acuerdo que habría sido inimaginable tan solo unos años antes y se unió a la coalición Sumar. El nuevo equilibrio de poder fue doloroso, y nuestros candidatos quedaron más abajo en la lista de lo que nadie había previsto. A pesar de mi creciente desilusión, me concentré en terminar todas las tareas que se me encomendaban. Y cuando Podemos logró sacar cinco de los 31 escaños de Sumar en las elecciones de julio de 2023, fui elegida diputada.
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Cuando llegó el momento de formar su tercer gobierno, Pedro Sánchez tuvo que construir una coalición con Sumar, no con Podemos. La percepción general era que Podemos ya no aportaba votos, por lo que su presencia debía reducirse. A pesar de ello, hubo intentos de acercamiento, como ofertas para incluir a algunos miembros de Podemos, entre ellos Nacho Álvarez o Ione Belarra, en el nuevo Ejecutivo. Sin embargo, Podemos había decidido que nuestro nombramiento innegociable era Irene Montero, y que debía permanecer como ministra de Igualdad. La política de 35 años era posiblemente la figura más visible del partido, a pesar de la polémica en torno a la ley del “Solo sí es sí” de 2022 que ella impulsó, y también se había convertido en nuestra líder de facto. El PSOE se negó a mantenerla en el cargo, y Podemos quedó completamente fuera del nuevo Gobierno. Fue el punto de inflexión que consolidó nuestra nueva estrategia de oposición. Pocos meses después, también romperíamos con Sumar.
Tanto Ione Belarra como Irene Montero dejaron sus cargos ministeriales y ambas pronunciaron discursos airados y sinceros: compañeros del espacio político habían actuado de una manera “angustiante y despreciable”, dijo Montero, mientras que Belarra afirmó que nuestros oponentes habían “intentado destruirnos, pero no pudieron, y lo único que han logrado es hacernos más fuertes”. La línea del partido ya sonaba vacía… En menos de una década, Podemos se había convertido en un partido que temía al mundo, e incluso a su propio país. ¿Cómo?
Habíamos dejado de hablarle a la gente. En lugar de demostrarle a los votantes que aún podíamos hacer política —luchando por sus intereses—, decidimos votar en contra, o amenazar con votar en contra, de todo lo que propusiera el Gobierno de Sánchez. Esto incluía cuestiones aparentemente fundamentales para el partido, como los derechos de las personas desempleadas. E incluso eso podría haber funcionado si hubiéramos explicado a los votantes que estábamos obstruyendo deliberadamente con un plan; pero no lo hicimos.
Habíamos empezado a hablar con fantasmas. La constante y amenazante presencia del fascismo y la búsqueda de enemigos internos convirtieron la política en un ejercicio de lealtad ciega. La teoría de la conspiración estaba generalizada y culpábamos indiscriminadamente a periodistas y medios de comunicación, hasta el punto de afirmar abiertamente que era mejor tener votantes que no leyeran la prensa. Los medios ya no eran una herramienta, eran un enemigo.
Durante nuestro breve periodo en el poder, logramos algunos éxitos políticos y legislativos sin duda tangibles, como un mejor salario mínimo, una Ley de eutanasia, un mayor acceso al aborto y mejores derechos laborales, y una línea telefónica de ayuda para víctimas de violencia machista. Pero sentí que la forma en que nos fuimos del gobierno eclipsó estas victorias.
Quizás la forma más sencilla de describir lo que ocurrió durante esos últimos meses es que me desenamoré. De repente, los últimos nueve años se me hicieron eternos; me sentía mucho mayor que mis amigos, a pesar de ser una de los pocas que seguía sin casarse o sin hijos. Aunque había aprendido muchísimo en una organización que había contribuido a redefinir Europa tras la crisis financiera, también me había endurecido, seguramente también me había vuelto más cínica, y había llegado a sentir una especie de orfandad política anticipada.
Pero la política no nos pertenece. Pertenece a todos aquellos cuyas vidas se ven marcadas por ella. Y tenía algo claro: nadie debería quedarse en política solo por miedo a perder su cargo.
Así pues, en enero de 2024, a los 31 años, anuncié mi dimisión. Mi comunicado completo se publicó en X: “Las despedidas son difíciles y tristes. Dejo mis responsabilidades políticas y también mi escaño como diputada. Mil gracias a los militantes de Podemos y a las personas que han confiado en mí durante estos años”.
Fui breve, pensando en quienes todavía defendían un proyecto en el que ya no creía. Pensé, quizá ingenuamente, que mi silencio —sobre las luchas internas, los conflictos de personalidad, las formas en que habíamos traicionado algunos de nuestros principios fundacionales— los protegería. Pero creo que casi dos años después es posible reflexionar con cierta distancia, y que es importante hacerlo, aunque solo sea para dejar constancia para quienes lleguen a la política después de nosotros.
Mirando atrás, parece evidente que Podemos nunca quiso realmente ser un partido, y mucho menos un partido mejor. Desde el principio, sus líderes creían que los partidos estaban obsoletos y que los movimientos sociales eran el verdadero motor de la transformación política. Bajo esa premisa, lo mejor que logramos crear fue un partido online: uno que sonaba novedoso, pero que heredó muchos viejos vicios y no introdujo ninguna innovación organizativa significativa. Aun así, desearía que nos hubiéramos esforzado más, o quizá que pudiéramos intentarlo de nuevo, sabiendo lo que sabemos ahora.
No tengo planes de volver a la política. Para ello, necesitaría estar segura de haber aprendido lo suficiente para hacer las cosas mejor, y de poder volver a confiar plenamente en un proyecto político. Ninguna de esas condiciones se cumple hoy.
La política de partidos es imperfecta y exigente, pero sigo creyendo que los partidos son el motor de las democracias parlamentarias. Proyectos más recientes como Your Party en el Reino Unido buscan impulsar movimientos populares de izquierda similares contra los viejos establishments de sus países. Pero si no desarrollan la capacidad organizativa y la democracia interna que nosotros descuidamos, les será difícil consolidarse de cara al futuro. Y nunca deben dejar de hablar con sus simpatizantes. Cuando la gente deja de sentir que su participación importa, se aleja. Podemos transformó el sistema bipartidista español; eso es innegable. Pero la política real consiste en crear algo lo suficientemente duradero como para sobrevivir a tu propio momento de insurgencia.
Mi vida es mucho más tranquila ahora. Leo, escribo y enseño Teoría de las relaciones internacionales en la universidad Sciences Po de París. En mis clases no hablo de mi experiencia personal, aunque muchos estudiantes sienten curiosidad por los primeros años de Podemos. Cuando me preguntan qué pasó, suelo decir que sus líderes ahora tienen otros intereses. Tras dimitir en 2021, Iglesias lanzó un medio de comunicación que se convirtió en el principal brazo de su activismo, aunque no habría tenido sentido en primer lugar sin Podemos. También abrió un bar en Madrid. Pidió donaciones a los votantes mediante crowdfunding para agrandar el bar, asegurando que sería un espacio desde el que luchar contra el fascismo. Íñigo Errejón se convirtió en portavoz de Sumar, pero abandonó la política en octubre de 2024, tras acusaciones de agresión sexual.
Cuando le conté a la gente cercana que pensaba dimitir, algunos me insistieron en que no lo hiciera. Mi padre repetía una y otra vez: “Una vez que dejas la política, no te dejan volver”.
No me cabe duda de que eso era cierto en su época. En cierto modo, se trataba de un clásico desacuerdo generacional sobre las lagunas en el currículum. Pero también refleja cómo, para su generación, la política era casi una religión. Creo que las cosas deberían ser diferentes ahora. Sé que mi padre intentaba protegerme. Pero también recuerdo que, más allá del vértigo de la decisión, fue en casa donde aprendí que la política institucional es un lugar de tránsito, no un destino. Sigo creyendo que todos deberían tener la oportunidad de participar en ella, en algún momento de su vida. Pero la política debería ser solo eso: una etapa, no una vida entera. Debemos saber cuándo todavía podemos contribuir y cuándo es el momento de dejar que otros lideren.
*Versión revisada del texto publicado originariamente en inglés en la revista ‘Equator’ (equator.org) en octubre de 2025.