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Feijóo se instala en el 'no' a todo salvo para celebrar el pacto judicial con el “depredador del Estado de Derecho”

España no es Italia, pero puede llegar a serlo

No me sorprende que las legislativas italianas hayan concluido con la victoria de una coalición muy de derechas, liderada por un exponente del fascismo 2.0: los Fratelli d´Italia de Giorgia Meloni. Buena parte de la izquierda española tiene una visión idílica de la política italiana, la considera más progresista de lo que realmente es. O al menos, de lo que es desde hace lustros. Italia, el país de Mussolini, lleva todo el siglo XXI viviendo bajo la sombra de personajes como Berlusconi, Salvini y ahora Meloni.

Tampoco creo que puedan extrapolarse los resultados italianos al caso español, más allá, por supuesto, del hecho de que la ultraderecha confirme su fortaleza en Europa y Estados Unidos. Fenómeno este que no podrá atajarse hasta que el establishment, tanto de centroderecha como de centroizquierda, asuma la existencia de serias grietas en las actuales democracias, deje de satanizar la indignación de las clases populares y medias y se ponga a reformar un montón de cosas. No hablo de reformas que ahonden la senda neoliberal iniciada en los años 1980, sino justo todo lo contrario. Al fascismo 2.0 solo se le puede frenar con políticas que mejoren la participación política de la ciudadanía y velen por su seguridad socioeconómica.

Por lo demás, la situación española no es la italiana. Dos partidos tradicionales, el PP y el PSOE, han seguido gobernando aquí en lo que llevamos de siglo, mientras Italia se sumergía en una vorágine de experimentos, a cual más breve y extravagante. España no ha llegado aún al abismo de la crisis política italiana de mediados de los años 1990, cuando tangentopoli, mani pulite y demás hicieron naufragar el viejo y corrupto sistema de partidos, abriendo una transición sin fin que ha venido a llamarse la Seconda Repubblica.

Por lo demás, la situación española no es la italiana. Dos partidos tradicionales, el PP y el PSOE, han seguido gobernando aquí en lo que llevamos de siglo, mientras Italia se sumergía en una vorágine de experimentos, a cual más breve y extravagante

Aquí tendremos legislativas a finales del próximo año. A fecha de hoy cabe predecir que llevarán a La Moncloa al líder del PP o al del PSOE. Ahora bien, uno u otro necesitarán con mucha probabilidad apoyos para ser investidos. Feijóo, el de Vox, pariente celtibérico de los Fratelli; Sánchez, el de cómo diablos se llame entonces lo que ahora es Unidas Podemos, más algunas fuerzas periféricas. Aunque no tan intensa y definitiva como la italiana de los años 1990, España ya ha vivido una primera crisis de confianza en el régimen de 1978, la que podemos encarnar en la pacífica rebelión del 15M. El establisment la superó con una intensa campaña de propaganda para desprestigiar cualquier propuesta de cambio  –las cloacas del Estado se emplearon tan a fondo como salvaban a Juan Carlos I de su codicia y su lujuria– y algunas medidas cosméticas como la abdicación del Campechano o la artificial creación de Ciudadanos.

Con todo y con eso, hoy se antoja difícil que el PP y el PSOE consigan mayorías nacionales suficientes para gobernar en solitario. El PP va a intentarlo a través de la figura de un Feijóo ensalzado como la Gran Esperanza Blanca, pero que va revelando la falta de enjundia de sus argumentos y la pobreza de su oratoria. Feijóo es un tipo con gafas y corbata que no tiene absolutamente nada que proponer para ninguna de las crisis españolas, las coyunturales y las estructurales. Salvo, por supuesto, no subirles un céntimo los impuestos a la grandes fortunas, los bancos y las energéticas.

Por eso habla poco, para que sus propagandistas puedan decir que es “dueño de sus silencios”, el eufemismo empleado para solemnizar la ausencia de ideas. Y cuando habla mete la pata. No tiene ni pajolera de idea de economía. Confunde los tipos de interés con la prima de riesgo. Propone la cuadratura del círculo: bajar los impuestos, reducir la deuda pública y aumentar los gastos. Hasta cuando quiere ganar simpatías dice inconveniencias. Llama “alimento” al vino o ensalza la puesta de sol en Finisterre en el Mirador de San Nicolás de Granada. A este Cantinflas sin gracia, un socialista granadino lo llamó merecidamente “tontopollas” con humor local.

No estoy tan seguro de que Feijóo, retratado como un mentiroso compulsivo por Aníbal Malvar, culmine su carrera de cacique ocupando La Moncloa. Lo ideal para él hubiera sido que las elecciones se celebraran al día siguiente de su toma del poder en el PP. Era una solución de urgencia para escapar a la guerra fratricida que enfrentaba a Casado e Isabel Díaz Ayuso, pero probablemente una solución provisional. Si no consigue ser presidente a la primera, puedo imaginarme a Ayuso comiéndole la tostada. Ella sigue siendo la potencial Giorgia Meloni española.

Todo esto coloca el balón en los pies de Sánchez. No tiene perdidas las elecciones de 2023. Aún más, si cultivara a fondo su faceta audaz y desacomplejada, hasta podría corregir algunas de nuestras crisis estructurales, con la ayuda, eso sí, del resto de la izquierda y algunos nacionalismos. Si yo fuera del establishment, preferiría esta vía a la que puede llevar a italianizar España. Pero no lo soy, así que allá ellos.

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