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Verso libre

El derecho a la admiración

Repaso las columnas que he escrito en este rincón del Verso libre y compruebo que la mayoría recogen declaraciones de admiración a escritores, directores, actrices, historiadores, pensadores… La ventaja de centrarse en la cultura, acercándose a la política sólo de forma indirecta o sin los reclamos de la actualidad, es que uno puede evitar el protagonismo de la mirada negativa sin mala conciencia. Aunque existen el error o la precariedad, en la cultura hay también suficientes motivos de celebración. Podría dedicarme a poner faltas, pero hoy por hoy aquí necesito admirar.

El derecho a admirar merece ser cultivado en estos tiempos. Forma parte de la ética de la resistencia dentro una sociedad dominada por el descrédito. La perspectiva de la sospecha ha abandonado las filas del pensamiento crítico, ese que pone en duda los valores y los poderes establecidos, para alinearse con las estrategias de control rutinario. Una cólera humillada. Se trata de inutilizar cualquier opción alternativa. Más que justificar sus propios argumentos, la parálisis reaccionaria prefiere desacreditar las ilusiones emancipadoras. Por eso no hay organización, iniciativa o voz rebelde que escape a las garras del descrédito. Se ha perdido la capacidad de admirar, de amar, de confiar en lo que nos llama a comprometernos. Como escribió Bécquer, tenemos nuestra ropa puesta a secar. La memoria del naufragio desmiente las promesas de futuro.

Nunca viene mal un poco de escepticismo. Después de la experiencia histórica que nos dejó el siglo XX, resulta beneficioso convivir con la sonrisa del diablillo impertinente que se empeña en buscar los tres pies al gato para poner en solfa cualquier sueño demasiado solemne. Interesa vigilar las tentaciones de absoluto. Pero una cosa es vigilar, llamar a la conciencia, abrir las ventanas que aseguren el aire libre y la respiración, y otra convertir la sospecha en un mecanismo de paralización completa y de anclaje en el mal. Una forma servil de absolutismo. Y en eso se ha convertido la dinámica del descrédito, en una temeraria refutación de las ilusiones posibles que invade no ya las barras de las cafeterías matutinas, sino también las palabras meditadas en soledad. Demasiado ruido, demasiado empeño en negar.

Como el mundo está mal, va a peor y ya no sirve eso de que vivimos en la realidad menos mala de las posibles, me parece un lujo excesivo renunciar a la esperanza (por modesto que sea el valor que queremos darle a esta palabra). La perspectiva del descrédito, que sirvió para ponernos en guardia contra los peligros del futuro perfecto, ha pasado a mayores y quiere acabar también con el futuro imperfecto. Y un verbo sin futuros es poco recomendable para una encarnación en la vida humana.

La trampa del descrédito es doble: ridiculiza cualquier esperanza y, al mismo tiempo, hace invisible aquello que merece la pena ser admirado. Reclamar el derecho a la admiración supone afirmar que entre tantas ruinas, tantos escombros, tantas luchas perdidas, hay cosas que merecen un aplauso, esfuerzos que dieron resultado, acciones que llegaron a buen puerto, bellezas que forman parte del mundo con el mismo derecho que la basura y los desperdicios.

La condición de la poesía es la admiración. Si alguien se decide a escribir un poema propio, un diálogo con su conciencia y su imaginación, es porque en algún momento feliz quedó deslumbrado por unos versos ajenos. Escribimos porque otros han escrito antes y nos han convencido. La lectura también es un ejercicio de admiración. Como ya hemos admirado en muchas ocasiones, abrimos el nuevo libro con la esperanza de que nos guste.

Conviene aprender a cuidarse, sobre todo a cierta edad. Dejar de fumar…, dejar de cometer excesos… Somos creadores porque hemos sido lectores, y somos lectores porque necesitamos crear. Para un creador es importante cuidar al adolescente que se deslumbró con un libro en las manos. La admiración es el reconocimiento de que la vida sigue abierta, y nos reclama, y puede hacer algo con nosotros mientras nosotros hacemos algo con ella.

Cuando un gobernante roba, miente y permanece en su cargo sin pudor, añade a sus faltas legales el daño moral de expulsar a los ciudadanos de su Estado. Les arrebata el derecho a la identificación con los asuntos públicos. Es lo contrario de lo que ocurre con la admiración. Nos reclama, nos moviliza, nos da vida.

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