Desde la casa roja

Lo aceptable

Aroa Moreno Durán nueva

Hace ya dos meses que a la canciller alemana, Angela Merkel, se le quebraba la voz pidiendo, por favor, medidas de cara a la Navidad. Decía: “Aunque sea duro, y sé cuánto amor se ha puesto en montar los puestos de vino caliente y gofres, lo siento, pero desde lo más profundo de mi corazón, si el precio son 590 muertes día tras día, en mi opinión, esto es inaceptable”. Los Weihnachtsmärkte son una de las tradiciones más arraigadas en muchos países. Es el encuentro distendido de sus habitantes en las calles en mitad del crudo invierno de la Europa central.

A algunos nos impactó aquel mensaje porque lo lanzaba una política que se rompía por la tensión ante la responsabilidad de los acontecimientos y ponía su emoción a la altura de nuestra realidad cotidiana. Pero no tardaron en salir voces que afirmaron: no necesitamos que nuestros políticos lloren, queremos que actúen. En ese momento, Alemania tenía una incidencia menor que la que hoy tiene España y mientras Merkel reaccionaba así, en este país se abría la mano para celebrar las fiestas. Como si aquí la Navidad fuese algo crucial de peso incomparable a otros lugares. Como si la calle Preciados vacía en diciembre fuera algo más insólito que la Marienplatz de München sin sus puestos de Glühwein. Como si las cañas afterwork fueran algo obligado en Chamberí y no en Dublín.

El precio que hemos pagado ha sido de más de 9.000 muertos en enero y más de 7.000 en lo que va de febrero. ¿Qué es aquí lo aceptable? ¿Y quién lo acepta?

Cada día, cada uno de nosotros concedemos, aprobamos, asumimos pequeños riesgos y pasamos por alto las pequeñas cesiones cotidianas para que nuestra vida camine hacia algún futuro. Podemos conocer o adivinar y sopesar las dos partes de nuestra balanza imaginaria y lo hacemos constantemente. A veces, arriesgamos de más. Muchas otras, somos cobardes.

La historia reciente ha aceptado cifras terribles, ha asumido altísimos costes humanos y riesgos letales a cambio de territorios, para conseguir tomar el poder o defenderlo, por la imposición de una forma de entender el mundo o una fe. Casi nunca, los que perdieron la vida fueron consultados. Hoy, en febrero de 2021, vamos perdiendo nombres propios a cambio de que no frene la máquina, para que la normalidad social y económica siga girando, con o sin bajas. Nadie querría estar hoy en el lugar de los que deciden por nosotros, ni digo ni pienso que permitan la muerte, pero ¿por qué aquí vamos asumiendo los centenares de fallecidos y en otros lugares restringen la movilidad de forma preventiva y severa por menos?

No hace tanto tiempo que el presidente del Gobierno nos hablaba por televisión fin de semana tras fin de semana enviando mensajes, a veces, hieráticos, a veces, humanos, siempre insólitos, desde su tribuna del Palacio de la Moncloa. Pero hace meses que esa presencia se ha diluido de la misma manera que la estrategia de España para acabar con la pandemia. ¿Ya no estamos todos a una?, ¿ya no estamos en esa reiterada guerra contra el virus? Porque últimamente el optimismo de algunos responsables choca con las cifras, con los planes y los ritmos de vacunación. Y casi desde el principio, colisiona con las voces de los que viven a pie de camilla en las UCI.

La Comunidad de Madrid, la comunidad del milagro para quien crea en los milagros, la que ha perdido a más de 20.000 de sus ciudadanos por covid-19, la que lleva por estandarte la falsa diatriba entre la bolsa o la vida y se jacta una y otra vez de elegir la bolsa con soberbia, ha planeado abrir mañana la hostelería hasta las 23 horas y reducir las horas de toque de queda. La semana pasada volvió a ampliar las reuniones en restaurantes de cuatro a seis comensales. ¿Qué harán si no consiguen bajar los contagios a un nivel controlable y las nuevas variantes empiezan a extenderse? ¿Alguien se responsabilizará de lo aceptado? ¿Le está yendo mejor económicamente a Madrid por tener unas medidas más relajadas o, como dicen ellos, quirúrgicas? Las consecuencias de reducir las restricciones son tan importantes que deberíamos saber exactamente en qué resultados está desembocando.

Que nadie salga a llorar, aunque no será porque falten motivos. Lejos queda la esperanza que alguna vez tuvimos de una acción conjunta y coordinada y desestimada para siempre la cooperación y el entendimiento de los que deciden. La pregunta que subyace a todo esto reconozco que es muy bestia, pero quién no se la hace: ¿quién va a tener ganas de ir a tomarse una caña cuando agónicamente hayamos perdido los dos extremos de la falsa diatriba y estemos sin vida y sin bolsa? No queremos que lloren, está bien, queremos que actúen y, sobre todo, que esto amaine. Pero ni una lágrima y a la deriva, ola tras ola, de las mareas.

Quién vaciará mis bolsillos

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