Desde la casa roja

La coherencia y la elección

James Rhodes, el pianista británico que nos cortó la risa de golpe con su libro Instrumental hace un par de años, ha escrito una carta sin destinatario. En ella defiende con entusiasmo la vida que Madrid le brinda, donde se ha mudado hace unos meses. Escribe que siempre ha desconocido lo que significa tener un hogar, hasta ahora, hasta que recaló en el centro y esta ciudad que es generosa le abrió sus calles, le brindó sus rincones y le robó el corazón. Creo que un hombre como Rhodes, que conoce de cerca el rostro oscuro de lo humano, no habla porque sí y así sobre la calle Espíritu Santo, hoy alegre, el ritmo tranquilo de nuestra vida o la diferencia entre un seguro médico aquí y allá.

Pero hay también algo en sus palabras que, deseando con fuerzas que me resultaran como una caricia, no lo han sido. Y yo necesitaba, como todos, esa luz y agarrarme a la verosimilitud de su carta con la misma ansiedad que lo ha hecho el Ayuntamiento de la ciudad y olvidarme de la hostilidad de la madrugada en los transportes, del olvido de algunos barrios y del smog gris. Yo quería dejar de lado que aquí no todos tienen seguro médico privado, porque aunque sea más barato que otros, no está al alcance de los bolsillos en las cuentas que salen en rojo a final de mes y la mayoría dependen de una sanidad en proceso de descomposición. Una sanidad que fue y brilló. Y siento que aguo su fiesta. Cuando dice “no vais a creerme”, no lo hago, porque pienso que Rhodes no ha hecho más que mirar desde la óptica del privilegio de los que sabemos que manejamos otras opciones para caernos muertos por la noche.

Qué complicado es sacar la cabeza de nuestra vida. Si algo nos sitúa en la encrucijada de medirnos frente a frente con nuestros propios ideales, con la ideología más íntima, es elegir el lugar donde queremos despertarnos cada mañana. A quién te acercas y de quién te alejas. Y si algo pone en jaque la coherencia de nuestros días es la decisión de qué vida queremos dar a nuestros hijos. Es como una hora de la verdad. Y, a veces, la respuesta que obtienes a la sucesión de cuestiones dice: lo que sirvió para ti, ya no sirve para tu descendencia. Tu proyecto familiar dista mucho de parecerse al proyecto familiar de tus padres y, qué decir, de tus abuelos. Aunque tu origen constituya tu bandera. Hay algo natural y de derecho en ello: prosperar. Pero me resulta complicado ver, por ejemplo, cómo los amigos que salieron a la calle en 2001, 2002, a defender la Educación Pública, la escuela, deciden llevar a sus hijos a colegios privados, de izquierda, progresistas, alternativos o lo que sean, pero donde solo tiene acceso una élite. ¿Acaso han desertado de la defensa de una educación para todos? ¿Se defiende igual la educación pública dejándola para los que no tienen otra opción?

Por eso, de todo el ruido sobre la compra de una casa de Iglesias y Montero lo que me sorprende, allá ellos con el complicado púlpito que han elegido para lanzar sus próximos discursos y allá los demás con las ganas que les tenían, es la razón que subyace en la elección de su lugar de residencia. Un colegio con un sistema educativo alternativo. Elegir una escuela y tener la posibilidad de mudarte a su barrio es no apostar por la escuela pública, cuya defensa es una de las bases poderosas de su partido. La educación pública es ir al colegio de la calle de al lado, con tus amigos del barrio, compañeros y vecinos. Y si algo hay complicado en la gestión de los recursos para nuestra educación tiene mucho que ver con la salida de ciertos centros de los alumnos, dejando las aulas como pequeños guetos con complicaciones para el aprendizaje y sin sustento económico para la integración. Escuela Pública, sí, pero en un entorno de privilegio y con compañeros que se parezcan a nosotros. Y, sobre todo, con la posibilidad de decidir el dónde.

Con la posibilidad de decidir, simplemente.

Con destreza y brutalidad narra Laura Restrepo en su última novela, Los divinos, un true crime que sucedió en Bogotá hace unos años. En él, una niña del estrato 1, la clase más baja, es asesinada por un joven de clase alta. Y hay algo en esa novela, aparte de la inmersión en el crimen que ha levantado polémica por tratar literariamente, por ficcionar una realidad que dolió a un país entero, que me pareció deslumbrante: la radiografía de la ciudad. Escribe Restrepo que los ricos bogotanos, en su afán por conquistar las vistas, han trepado a los cerros, construyendo edificios de lujo donde antes solo hubo casas de lámina, chabolas. Escribe cómo los dueños de la ciudad anhelan ese único tesoro de los pobres, el panóptico, la gran visión de la urbe. Y que es en esos lugares, dedo en la llaga, donde cuajan los umbrales de incertidumbre, cuando se desalojan los arrabales, empujando a los desposeídos hacia lo más alto, hacia lo más gélido.

Las ciudades son un crisol de la sociedad que las habita. Donde vivimos una vez, llegaron otros y nos desplazaron. Y no queremos regresar porque nos enfrentamos con el espejo de lo que fuimos. Vivimos adentro de una bola de cristal opaco donde nuestras dificultades parecen ser las dificultades de los demás. Pero no, el rasero del bienestar no es el mismo para todos. Si la sanidad pública nos garantizaba una seguridad transversal y la educación pública es un elemento fundamental para la cohesión de esa sociedad, debería ser así en todos los barrios. Para mí, que tengo opciones en la mano y para el que no las tiene. La realidad es la que Rhodes describe, pero también la que no vemos los que nos agrupamos como iguales en busca de un clan en el que reafirmarnos: medidos por la vara de la economía o de asuntos más sutiles como el nivel de estudios o las ideas políticas. Se llama estatus. Y tiene mucho que ver con el clasismo.

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