Desde la tramoya

Vale, pero... ¿a quién favorece realmente Vox?

Hay un ámbito emocional en el que Vox funciona muy bien en este momento: el de las comidas de Navidad, las cenas de amigos, las tertulias en los lugares de trabajo. Allí se difunden con facilidad argumentos contundentes: "los españoles primero", "hay que terminar con los chiringuitos de los socialistas en Andalucía", "hay muchas mujeres que abusan de los hombres", "el Islam terminará con nuestros valores de tolerancia", "la mayoría de los delincuentes son inmigrantes", "hay turismo sanitario que se lleva nuestro dinero...", y así sucesivamente.

Pero hay otro ámbito en el que los comportamientos no se rigen solo por eslóganes, afirmaciones simplistas o vulgares mentiras. Es el ámbito de quienes tienen el poder real –el poder del dinero, el poder del conocimiento, el poder de las relaciones personales. Son las grandes empresas, son las organizaciones empresariales, son los colectivos culturales o sociales de la élite rica del país, es la jerarquía de la Iglesia Católica... Para los líderes de estos grandes grupos de presión, las frases hechas son una herramienta útil en la medida en que obtengan con ellas beneficios concretos. Esos grupos, como cualquier otro, por supuesto, pondrán sus euros, sus conocimientos o sus relaciones al servicio de quien defienda sus intereses.

Pues bien, a la luz del acuerdo que Vox firmó con el PP el miércoles para dar su apoyo a la investidura de Juanma Moreno, se detectan varios beneficiarios directos de las políticas acordadas entre ambos. No hablamos aquí de xenofobia, de racismo o de machismo, sino de dinero contante y sonante. He aquí un breve listado:

Las familias ricas. Porque al eliminar el impuesto de sucesiones, tal como se propone en el acuerdo, los hijos de unos padres ricos no tendrán que pagar por la herencia recibida. El impuesto de sucesiones es desde hace décadas una de las vías de corrección de desigualdades y de redistribución de la riqueza más potentes. Por eso es una de las medidas contra las que las élites económicas del mundo más se han movilizado.

Las empresas más grandes y los patrimonios mayores. Porque es a ellos a quien más les duele pagar los impuestos que el PP y Vox prometen reducir. Una familia con ingresos bajos o medios sufre si el impuesto de la renta, por ejemplo, pasa del 15 al 18%, sin duda, pero puede entender el esfuerzo si a cambio tiene un buen colegio para los niños, una buena universidad para los jóvenes, un buen transporte público o un ambulatorio o un hospital presentables. Quienes toleran peor que sus impuestos pasen del 30 al 40% de su renta son quienes ya mandan a sus hijos a colegios y universidades privados, cuentan con un seguro médico privado o van a trabajar en coche porque la empresa les pone el parking.

Los señoritos andaluces que pagan 4.000 euros por montería, que frecuentan las cacerías de perdices los fines de semana, que organizan capeas y echan vacas a los toreros en sus fincas. Son pocos en proporción, pero muy influyentes y poderosos: financian las casetas privadas de la Feria de Sevilla, ocupan las gradas reservadas en la Semana Santa y se entienden bien con la élite económica y social de Andalucía de la que forman parte. A todos ellos –y de paso a los miles de capataces, peones, agricultores, pastores, apoderados, mozos y banderilleros a su servicio– les habrá satisfecho que las dos únicas industrias concretas que se citan en el acuerdo hayan sido la de la caza y la de la tauromaquia.

Los machotes de toda la vida, acostumbrados  a que sus esposas se queden en casa cuidando de los hijos, sus hijas se casen con un buen chico rico, y a irse al burdel tras la reunión de negocios o a invitar al hotel a la amiga local siempre solícita a cambio de un buen regalito. Ellos son quienes ven con buenos ojos que se les calle la boca y se les corte el grifo de las ayudas públicas a las feministas y sus actividades financiadas con dinero público. No les vayan a joder la fiesta. Ellos aplauden que en los juzgados no se proteja más a las mujeres que a los hombres, contradiciendo las recomendaciones del mundo entero, excepción hecha, precisamente, de la extrema derecha rampante.

La Iglesia Católica dominante, por supuesto. Porque con la derecha en San Telmo, y con Vox vigilando desde fuera, nadie cuestionará el robo de patrimonio público derivado de las inmatriculaciones, buena parte de ellas sucedidas precisamente en Andalucía. La "catedral" de Córdoba, por ejemplo, y el importe de las entradas que pagamos los visitantes de todo el mundo para ver también la mezquita que la rodea, estará a mejor recaudo con el PP y Vox que si gobernaran los ateos. Por supuesto, la derecha también garantizará que se obligue a dar a luz a cualquier mujer que pretenda interrumpir su embarazo, que se protejan las clases de religión en la escuela, que se permita al Opus Dei mantener sus colegios de niños y niñas separados, o que se destine más dinero público a la educación concertada, que está de forma mayoritaria en manos de la Iglesia.

El listado no es exhaustivo, por supuesto, pero no debemos menospreciar el enorme poder de esa élite empresarial y social que silenciosamente –aunque parece estar perdiendo el miedo a reconocerlo– concurre en intereses pecuniarios con el ideario de Vox odioso, miedoso, reaccionario, racista, machista y paleto, del que hablamos cada día en los bares y restaurantes.

Es nuestra responsabilidad denunciar sin descanso la estrategia populista, que es aplicada del mismo modo por Trump, Putin, Bolsonaro, Le Pen, Salvini, Orban o Abascal. Dicen hablar en nombre del pueblo contra el establishment, pero lo que hacen es justamente lo contrario: perpetuar el dominio de los señoritos del cortijo, que, de hecho, son ellos mismos.

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