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A la carga

La división es la división

El Partido Popular ha sufrido una aparatosa derrota en Cataluña, obteniendo uno de sus peores resultados en mucho tiempo. Y, sin embargo, cabe defender que Mariano Rajoy se ha salido con la suya. Su partido ha quedado quinta fuerza política, sí, pero, aplicando la lógica marianista, puede concluirse que ha conseguido un gran logro: evitar la Declaración Unilateral de Independencia en el futuro más próximo, pues es evidente que los independentistas no tienen apoyo suficiente para iniciar un proceso de ruptura con España. Un requisito mínimo para lanzarse a una aventura semejante debería ser la mitad del censo: la suma de Junts pel Sí y CUP obtiene el 47,8% del voto y el 36,8% del censo.

Hace 10 años habría resultado increíble la idea de que unos partidos que defienden abiertamente la independencia hubieran conseguido una mayoría absoluta en el Parlament y que dichos partidos se hubiesen acercado al 50% del voto. Se trata sin duda de un éxito muy notable de las fuerzas que apoyan la secesión, pero claramente es insuficiente para emprender un proceso de desconexión de España que culmine con la formación de un Estado catalán. Para algo así se necesita un apoyo más contundente de la sociedad.

Todo el mundo urgía a Rajoy para que hiciese algo antes de las elecciones. Pero él se ha resistido. Es verdad que con algunas concesiones importantes: en 2012 afirmó que “los catalanes hacen cosas” y en el vídeo último de esta campaña pronunció tres palabras en catalán (“Perque units, guanyem”). Además, para no tener que tomar decisiones difíciles, ha promovido una reforma del Tribunal Constitucional por la cual la responsabilidad de cesar al presidente de la Generalitat en caso de que vaya en serio con su plan rupturista corresponde a dicho Tribunal y no al Ejecutivo. Así, Rajoy no tendrá que tomar decisiones complicadas en caso de crisis institucional. Poco más ha hecho el Gobierno español durante esta legislatura que ya se acaba.

Una vez más, Rajoy se ha quedado sentado, esperando ver pasar el cadáver de su enemigo. Instado por todos a negociar y dialogar, él ha preferido hacer de don Tancredo… y el toro no le ha rozado. Su estrategia, que se puede resumir en resistir, resistir y resistir, ha terminado funcionando: no hay proceso de secesión a la vista.

A la vista de los resultados, hubiera sido mucho mejor para Rajoy haber accedido a celebrar un referéndum, un referéndum que muchos llevamos muchos años reclamando. De haberse llevado a cabo, el resultado habría sido inapelable: derrota de la opción independentista. Habiendo sido unas elecciones plebiscitarias, siempre queda una cierta ambigüedad (por ejemplo, no es descartable que una parte del electorado de Catalunya sí que es pot hubiese votado a favor de la independencia en un referéndum). Por desgracia, los dos grandes partidos siguen oponiéndose a encauzar democráticamente un conflicto como este y por eso los independentistas han tenido que utilizar unas elecciones autonómicas como termómetro de apoyo a la independencia. En este sentido, es curioso ver estos días cómo todos aquellos que negaban el carácter plebiscitario de las elecciones ahora hacen una lectura plebiscitaria de las mismas.

Catalunya Sí que es Pot sufre un batacazo

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Si la opción secesionista no persuade a más catalanes, no creo que sea solamente por la alta estima que puedan sentir por España, sino especialmente por los costes que entraña la transición al Estado propio. No está claro qué sucedería con la pertenencia a la UE, ni cuáles serían las consecuencias para la inversión y el comercio. Sobre todo, resulta muy difícil de anticipar cuántos países reconocerían el nuevo Estado catalán. Probablemente ello dependa de la rotundidad con la que se exprese en las urnas la demanda de independencia. En la medida en que se trate por el momento de una mayoría escuálida, el proceso no tendrá suficiente fuerza para afianzarse en el plano internacional.

Rajoy entiende todo esto con bastante claridad, aunque lo exprese mediante parábolas como la de “un plato es un plato y un vaso es un vaso”. Sabe que la amenaza de los independentistas de ir adelante es un bluf o, en todo caso, un mero recurso para la negociación no del programa máximo, sino de una opción intermedia entre el statu quo y la independencia. Se trata de algo muy parecido a lo que sucedió en Grecia. Tsipras convocó su referéndum, pero el resultado abrumador del mismo no hizo mella alguna en la Troika, que sabía que los griegos seguían apoyando muy mayoritariamente el euro, por lo que no estaban dispuestos a ir hasta el final para conseguir sus objetivos. Rajoy razona en los mismos términos que la Troika: sabe que muchos catalanes, por mucho que anhelen tener Estado propio, no están dispuestos a realizar grandes sacrificios por ello. Así que, no siendo creíble la amenaza independentista por falta de apoyo popular, lo mejor que puede hacer es no entrar a debatir el asunto y esperar que la frustración acabe cundiendo entre los partidarios de la secesión. En la próspera Europa, por mucha crisis que haya, no hay mayorías suficientes para estrategias rupturistas, ya sea en el plano económico o en el plano político. Así traté de argumentarlo en mi artículo anterior (“¿Y si al final no pasa nada?”).

Por supuesto, el inmovilismo de Rajoy tiene costes. El más evidente es la quiebra de Cataluña en dos mitades. Resulta probable, sin embargo, que desde la perspectiva del Partido Popular esta división sea vista como un mal menor que puede ser asumido. Me temo que la división no se va a cerrar en un tiempo. La opinión pública española no está por la labor de reconocer la singularidad o el carácter de nación de Cataluña, ni verá con buenos ojos que la financiación de Cataluña se aproxime a la del concierto vasco y navarro. En esas condiciones, el Partido Popular se mantendrá firme en su posición y los nacionalistas catalanes seguirán pensando en cómo aumentar el apoyo a la causa de la independencia.

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