Buzón de Voz

¿Cuántos Hernandos hay en el PSOE?

Se ha venido metiendo el PSOE en un callejón sin más salidas aparentes que la de abstenerse del todo o sólo un poquito. Depende del ancho de la fractura que pueda producirse en el grupo parlamentario a la hora de permitir que Mariano Rajoy continúe al frente del Gobierno. Los méritos de haber llegado a esta situación están bastante repartidos. Hemos descrito aquí algunos de los variados motivos por los que Pedro Sánchez logró poner en su contra a casi toda la dirigencia socialista, incluidos quienes precisamente lo auparon al pedestal del que ya no estaba dispuesto a bajarse por iniciativa propia. Una vez decapitado el capitán Sánchez, embutido en su traje de héroe de la militancia gracias al discurso del “no es no” y a la inestimable ayuda de las presiones vergonzosas ejercidas por jarrones chinos, encuestas tramposas y editoriales incendiarios, la Gestora presidida por Javier Fernández intenta mezclar aguas y aceites buscando algún bebedizo mínimamente digerible.

No tiene respuesta válida el crucigrama del PSOE porque quizás en ningún momento se haya hecho a sí mismo las preguntas adecuadas. Desde el 20D hasta este 12 de octubre, mientras crecían las disputas internas de liderazgo, los socialistas han basado su estrategia política en tres pilares:

1.- El PSOE no puede facilitar ni por activa ni por pasiva que el PP continúe gobernando. Aunque parezca mentira, por todo lo ocurrido y por la capacidad de la sociedad digital para que un acontecimiento fagocite al anterior, la posición oficial de los socialistas aprobada en diciembre pasado y reconfirmada por el Comité Federal en julio, sigue siendo el “no es no” a Rajoy. Para que se abstengan 11 o 84 diputados tiene que cambiar de posición el Comité Federal (aún no convocado pero más que probable para el próximo día 23).

2.- El PSOE puede intentar formar gobierno con otras fuerzas políticas pero en ningún caso con acuerdos o apoyos por activa o por pasiva de grupos independentistas.

3.-

El PSOE considera (y el resto de fuerzas políticas también) que volver a las urnas por tercera vez sería “una anomalía democrática”.

Esos tres puntos ligados entre sí no eran una hoja de ruta sino la garantía de una catástrofe. Sorber y soplar a la vez... no puede ser. Conviene elegir posiciones que respondan a una argumentación sólida y no supongan una contradicción por sí mismas.

El primer enunciado, el que a día de hoy sigue siendo la postura oficial (y mayoritaria entre la militancia y el electorado socialista cuando las encuestas preguntan sin trampas) es absolutamente lógico y queda reforzado por las causas que están siendo ahora mismo juzgadas en la Audiencia Nacional. El PP está absolutamente horadado por la corrupción, está sentado en el banquillo por aprovecharse de ella y se ha dedicado a obstaculizar la acción de la justicia hasta el punto de intentar la nulidad de la (primera) causa de la Gürtel. Si alguien cruzara los centenares de miles de datos ya judicializados sobre Gürtel, la Púnica, Son Espases, Taula o el caso del ático de Ignacio González comprobaría que aparece una fórmula común que relaciona pagos al partido, adjudicaciones públicas, comisiones millonarias, dinero negro y cuentas en Suiza. Como bien señala Ignacio Sánchez-Cuenca, la continuidad del Partido Popular en el poder es la verdadera “anomalía democrática” a punto de producirse, y pone en juego algo mucho más trascendente que una crisis de gobernabilidad: la instalación de la impunidad.

El segundo compromiso estratégico del PSOE desde el 20D es fundamental para entender el laberinto en el que se ha metido y deja al desnudo lo que supone el mayor elemento de bloqueo político. No admitir la posibilidad de acuerdo alguno con fuerzas independentistas es colocarse del brazo del PP en el “no es no” a una solución negociada al reto de los soberanistas catalanes. Es verdad que los socialistas no son culpables de los vetos mutuos establecidos entre Podemos y Ciudadanos (más claro y definitivo el del segundo respecto al primero). Pero es el carácter de “apestados” adjudicado a los 19 escaños que suman ERC, la antigua Convergència y Bildu lo que impide acuerdos de gobierno basados en coincidencias programáticas o ideológicas. Esas llamadas líneas rojas, tras la aparición de Podemos y sus alianzas territoriales, han visualizado al PSOE más cerca del PP que del federalismo que lo define. Ya se encargan otros jarrones como Rodríguez Ibarra, Leguina o Corcuera de visibilizar una caspa perfectamente integrable en el traje del nacionalismo español. En cualquier caso, ni Pedro Sánchez ni sus ‘ejecutores’ han explicado por qué era inaceptable llegar a la investidura de un gobierno progresista acordado con Podemos en la que fueran los representantes de ERC los que quedaran retratados como responsables de la continuidad o no de un gobierno del PP.

El tercer punto, la demonización del hecho de acudir a las urnas, es uno de los disparates más compartidos por la vieja y la nueva política en los últimos tiempos (como ya hemos denunciado aquí). Votar no puede ser nunca una “anomalía democrática”, como han pregonado unos y otros. Habría que recetarles, por ejemplo, un visionado de Sufragistas, o la relectura de cualquier luchador antifranquista (de José Vidal-Beneyto, sin ir más lejos) para que se corten un poquito a la hora de trasladar a los ciudadanos el mensaje de que no vale la pena votar.

Una escena de ficción

¿De verdad PSOE y Podemos habrían tenido un nefasto resultado electoral en diciembre si desde julio hubieran intentado en serio una alternativa de gobierno mientras denunciaban cada minuto del día la obviedad de que una democracia homologable no puede permitirse en el gobierno a un partido que afronta cinco grandes causas judiciales por corrupción? ¿Acaso es una anomalía que fuerzas parlamentarias que suman un millón y medio de votos más que la lista ganadora intenten formar gobierno, por complejo que sea el puzle parlamentario? Mucho más anómalo será, sin duda, otorgar la impunidad política a los escándalos de corrupción que protagoniza el PP.

Ahora es tarde para muchas cosas, incluida la de construir un relato convincente, así que lo que se pretende en el PSOE es minimizar daños, ganar tiempo para resolver la gravísima fractura interna y confiar en una legislatura breve (dos años máximo) en la que Rajoy sufra el desgaste que no ha tenido en este año de paréntesis, a base de derrotas en el Congreso o de ‘tragar’ con reformas a las que se opone: salario mínimo, mercado laboral, LOMCE, ‘ley mordaza’, ponencia de reforma constitucional… Hay quien defiende intercambiar la abstención por unas condiciones concretas y explícitas de precio político, pero incluso los que lo argumentan admiten que la posición de los socialistas ahora mismo es tan débil que no queda apenas margen para presionar a Rajoy.

En realidad están confiando en que el tiempo lo cura todo. Y no es cierto. Depende de la enfermedad y del momento y la forma en que se empieza a combatir. Por ahora, la decisión más concreta de la Gestora ha sido mantener como portavoz en el Congreso a Antonio Hernando, mano derecha de Pedro Sánchez. Resulta cansino insistir en que el origen de casi todos los aspectos de la crisis política está en la pérdida de credibilidad. Quienes lo han nombrado saben perfectamente que cada vez que Hernando defienda la abstención le va a caer encima toda la hemeroteca en la que él ejerce como el más férreo defensor del “no es no” a Rajoy, “nunca jamás”. Es tan obvio que cabe deducir que es intencionado. Prefieren que el personal se tome la próxima investidura como una especie de ficción, una escena absurda destinada a procurar que caiga en el olvido lo más pronto posible. Antes, la pregunta pendiente de resolver es otra: ¿cuántos dirigentes, militantes y votantes del PSOE están dispuestos a cambiar del ‘no’ a la abstención? Es decir, ¿cuántos Hernandos hay en el PSOE?

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