A la carga

La impotencia democrática, la de Hollande

La elección de François Hollande en 2012 generó grandes expectativas. Muchos pensaron que por fin un país poderoso y central de la UE pondría resistencia a las políticas de austeridad promovidas por la Comisión, el Banco Central Europeo y Alemania. El propio Hollande contribuyó a esta idea, multiplicando sus declaraciones en contra de los ajustes y los recortes durante la campaña electoral de las presidenciales.

Dos años después de llegar al poder, parece que Hollande ha fracasado. Su política ha sido titubeante, como queda de manifiesto en los vaivenes fiscales. Comenzó subiendo impuestos para combatir el déficit, pero al poco tiempo cambió de orientación, optando por aliviar la carga fiscal de las empresas: para compensar la pérdida de ingresos, se comprometió con un plan de recortes basado en la reestructuración de la administración pública (de momento no ha tocado el Estado del bienestar). Este giro ha culminado con la reciente crisis de gobierno en la que los ministros que han hecho oír su voz en contra de la austeridad han sido expulsados del gabinete.

El electorado francés ha dado muestras de profunda decepción. Las encuestas ofrecen resultados terroríficos para el Partido Socialista. La satisfacción con Hollande no ha dejado de caer desde que fue elegido. Las opiniones negativas se sitúan en torno al 70%. La valoración del primer ministro, Manuel Valls, es mejor, pero está también en caída libre: ha bajado más de veinte puntos en menos de seis meses (fue nombrado el 31 de marzo de este año). A esto deben sumarse los resultados de las elecciones europeas, en las que el Partido Socialista quedó en tercera posición, con tan solo el 14% del voto, sufriendo además la humillación de caer derrotado ante el Frente Nacional de Marine Le Pen.

¿Por qué Hollande no hace la política que prometió? Algunos han apuntado que el presidente se ha rodeado de economistas liberales que se han encargado de rebajar las ambiciones iniciales, reconduciendo las promesas de la campaña hacia políticas de oferta (ganar competitividad mediante reformas estructurales). Algo de eso debe ser cierto, pues hemos visto evoluciones similares en los socialdemócratas españoles en la etapa de Zapatero, así como en los demócratas de Obama. Según esta explicación, los economistas habrían convencido al presidente de la necesidad de cambiar el diagnóstico sobre la crisis: ya no se trataría de una crisis de demanda, como inicialmente se consideró, sino de una crisis de oferta (véase este análisis crítico de Paul de Grauwe sobre el giro de Hollande y las políticas de oferta).

Sería algo simplista, sin embargo, suponer que todo puede ser explicado por la influencia de asesores económicos liberales; parece necesario tener en cuenta también el contexto del euro y las limitaciones que impone a los gobiernos. A la vista de lo sucedido hasta el momento, cabe pensar que Hollande ha querido evitar a toda costa una experiencia como la de 1981, cuando Mitterrand tuvo que recular en sus políticas, admitiendo que era imposible el keynesianismo en un solo país (véase aquí). Hollande habría entendido que Francia no puede luchar sola contra la austeridad. Mientras no consiga construir un frente multinacional contra las políticas de ajuste, no le quedará más remedio que someterse a las reglas absurdas y contraproducentes que gobiernan el área euro, las reglas que han condenado a Europa a sufrir una crisis mucho más prolongada que la norteamericana.

Así podría explicarse que, a la vez que da carta blanca a Valls para que se deshaga de los ministros más quejosos de su gobierno, continúe esforzándose en forjar una coalición socialdemócrata en Europa que equilibre el actual sesgo pro-austeridad. Desde hace meses, Hollande trata de frenar el poder de Alemania con diversas iniciativas. El plan, pues, consistiría en hacer políticas de oferta desde el gobierno y dejar las políticas de demanda en manos de las instituciones europeas, reconociendo de esta manera que el keynesianismo sólo puede funcionar si es sistémico. Así se explicaría el acuerdo de la socialdemocracia francesa con el nuevo presidente de la Comisión: a cambio de apoyar a Juncker, Hollande habría conseguido mejores términos para el plan de Juncker de una inversión europea de 300.000 millones de euros.

¿Hasta qué punto puede dar resultados la estrategia de Hollande? Las perspectivas son más bien pesimistas. Lo más probable es que Francia siga con sus políticas de ajuste y no se materialicen las políticas de estímulo a escala europea: los intentos de establecer una coalición anti-austeridad con otros países y partidos de la UE no han llegado muy lejos y no parecen tener ambición suficiente. Tanto Hollande en Francia como Renzi en Italia han hecho declaraciones y gestos en la dirección correcta, pero hasta el momento no han sabido o no han querido enfrentarse seriamente a Alemania y a las instituciones europeas. El europeísmo incondicional y acrítico de los partidos socialdemócratas no ayuda precisamente a superar las vacilaciones actuales. Al fin y al cabo, no debe olvidarse que estos partidos son corresponsables del sistema tecnocrático que se ha creado en el área euro. Tienen que empezar, por tanto, por revisar las razones que les llevaron a aceptar el principio de que lo mejor para la construcción de Europa era renunciar al control democrático de la política económica.

Si todo lo que puede conseguir la socialdemocracia es retrasar el calendario de reducción del déficit y lanzar alguna política de estímulo, para reducir algo el paro juvenil, o para reforzar la industria europea, sin entrar en las grandes cuestiones de la crisis, como la necesidad de renegociar la deuda pública y privada, establecer los eurobonos y, sobre todo, democratizar el funcionamiento de la unión monetaria, las alternativas radicales, ya sea por la izquierda o por la derecha, seguirán creciendo con fuerza, como está ocurriendo en Grecia, en España o en la propia Francia. Como sugería hace unos días Jesús Maraña, llegados a este punto quizá no les quede más remedio a los partidos socialdemócratas de Francia y del Sur de Europa que acabar admitiendo que para superar el grave déficit de credibilidad que arrastran tendrán que impulsar frentes progresistas amplios que conecten de nuevo con los grandes colectivos ciudadanos que han sufrido los efectos de la crisis, que rechazan la forma en que los gobiernos la han combatido hasta el momento y que hoy solo sienten rechazo, cuando no desprecio, por las formas tradicionales de la democracia representativa.

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