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Qué ven mis ojos

La ley del hampa

“Las razones de Estado a menudo consisten en lavar los trapos sucios, coserlos y que salga una bandera”

No me esperaba esto de los míos, parece que le dijo, hecho una furia, José María Aznar al ministro de Hacienda, tras ser multado con algo más de setenta mil euros por dejar de pagar al fisco otros doscientos mil. La frase será suya, pero expresa lo que creen muchos parecidos a él y es una demostración brutal de que para algunos en la Agencia Tributaria aún hay clases y los impuestos son un mecanismo ideado para conseguir que los que viven con el agua al cuello le paguen las cuentas a los que nadan en la abundancia. Lo peor de esa gente, que confunde sabérselas todas con poder darnos lecciones, es que puede llegar a ser cínica hasta decir basta; sus abanderados se llaman patriotas mientras blanquean, defraudan, evaden y, en definitiva, empobrecen su país; son también religiosos, se dejan ver por las iglesias, se visten de nazarenos en Semana Santa y dividen el mundo en dos: para los demás la manzana envenenada y para ellos un paraíso sembrado en una de esas cuevas de Alí Babá que hoy se llaman Andorra, Suiza, Hong Kong o las Islas Caimán. Por ahí se explica que el airado ex presidente del Gobierno antes hablase de austeridad mientras casaba a su hija en el monasterio de El Escorial y con tres cuartas partes de los jefes de la Gürtel manejando los cuchillos y los tenedores del banquete, y ahora se sienta traicionado por los suyos y amenace con remover Roma con Santiago para limpiar su honor. La pregunta es ¿quién lo ha manchado: él, por cometer un delito o los que lo hayan filtrado a la prensa? Y lo peor es que hay muchos iguales que él, como demuestra el escándalo de ese otro asunto con las iniciales PP que son los Papeles de Panamá y que demuestran que la ideología acaba donde empieza la ingeniería, naturalmente la financiera.

Hasta este momento, tal vez muchos no tenían tan claro quiénes eran los malos de la historia, si los Assange, Falciani y compañía o aquellos que los persiguen y los llaman Judas por señalar a los sinvergüenzas que tenían escondidos en sus cámaras acorazadas y bajo sus cuentas offshore. Las instituciones están, por supuesto, del lado de los más fuertes, los suyos, no olvidemos que de lo que va el neoliberalismo es de que siempre gane la banca y la policía esté de su lado, lo mismo si ella te desahucia que si tú ocupas una de sus sucursales vacías. Para que el látigo no se les vaya de las manos, en Bruselas ya se prepara una ley de protección de secretos industriales que blinde a las compañías, financieras y de cualquier otra clase, contra sus empleados justicieros y multe a los medios de comunicación que se atrevan a desenmascarar a los ladrones. No podía esperarse otra cosa de esta UE, que ha promovido, entre otras muchas cosas, las Agrupaciones Europeas de Interés Económico, que son las organizaciones que sirvieron de trampolín a muchos de los que se iban a cocinar fuera el dinero que se llevaban crudo en España.

Para contrarrestar ese tipo de negocios, Podemos se ha comprometido, de cara a las próximas elecciones y en sintonía con la Plataforma X la Honestidad, a incluir en su programa una Ley Integral de protección al denunciante de corrupción. Todos los partidos se han reunido hasta ahora con los representantes de ese movimiento, con la excepción del Partido Popular, que en el tema de la corrupción, además de serlo, lo quiere parecer. Porque la peor derecha de nuestra democracia no merece ni el agua que bebe, si atendemos a lo que hizo con el Canal de Isabel II, la empresa pública para la gestión del agua en la Comunidad de Madrid, que pagó entre octubre de 2010 y marzo de 2015, bajo los mandatos de Esperanza Aguirre primero e Ignacio González, 141.031 euros en convenios de publicidad a un portal de Internet, El Pulso, sin audiencia reseñable, y otro medio millón a la web nuevatelevisión.es, que casualmente era un proyecto de Miguel Ángel Rodríguez, el antiguo portavoz del Gobierno del propio Aznar. Seguramente, él sí que se esperaba algo así de los suyos, porque en Génova se funciona de ese modo. El problema es que el que tenía la llave de la lavandería de trapos sucios ha tirado de la manta.

Es un buen síntoma el de Aznar y su indignación, nos hace darnos cuenta de hasta dónde llega la ceguera de las personas que confunden una formación política con una banda o una secta y se refugian en la camaradería para justificar sus desmanes. El que esté libre de culpa, que tire la primera piedra, gritan a pleno pulmón. Es la ley del hampa. Nos nos dejemos engañar. No otra vez. Para evitarlo, ya sólo hace falta que algunos se den cuenta de que imaginar pinzas que no existen sólo les va a servir para andar de lado como los cangrejos.

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