Desde la tramoya

Los miserables que se burlaron de Zerolo

La última vez que vi a Pedro Zerolo fue enfrente del Congreso. Tomaba café en el Villarreal, y él venía, con ese color ocre que parece que da el cáncer, caminando. La militancia en la causa de la igualdad se veía en Pedro al instante, cuando te daba los dos besos que son símbolo entre los homosexuales. Como en ocasiones anteriores, me dijo que estaba animado, trabajando, con ganas de luchar y de hacer muchas cosas. Pedía con contundencia que nadie sintiera compasión por él, sino al contrario. Pedía sutilmente que se le tratara como alguien con mucha vida por delante. Supongo que es mejor actitud para sobrevivir unos cuantos días más.

Las últimas noticias que tuve de él me llegaron de Juan Fernando López Aguilar, que, pasando su propio infierno personal, guardaba siempre un rato para visitar a su amigo. Y de Carme Chacón, con la que cenaba en la noche misma de su fallecimiento, y que acababa de venir de su casa de despedirse de él, ya completamente sedado y con seguridad inconsciente.

No quiero sin embargo hacer el elogio fúnebre habitual, que hay ya muchos escritos. Quienes conocieron a Pedro ya saben de su altura moral, de su valentía y de su carisma.

No, al contrario: quiero hacer un oprobio fúnebre: quiero ahora recordar a toda la caterva de impresentables que encontraron en Zerolo la diana de sus propios complejos, obsesiones y miserias. Me acuerdo del sacerdote que afirmó que su cáncer era un castigo de Dios, y del presentador que dijo que valía más la vida de su perro que la de Zerolo. Del medio digital que manipuló una foto de Pedro y le puso un mono al cuello, para poner en el pie de foto: “Pedro Zerolo (a la izquierda)…”). De los cretinos que usaban su imagen para simbolizar en él, por contraste, lo machotes que ellos son. De las decenas de políticos de la derecha y la extrema derecha que hacían burla de Pedro en los mítines y los artículos de prensa, con frecuencia acompañándole de otras víctimas de sus obsesiones, como Bibiana Aído: la ministra que trajo a España la ley de interrupción voluntaria del embarazo que ahora el Gobierno sólo puede modificar poco y bajito.

La muerte ha puesto a Pedro Zerolo en la historia de la lucha por los derechos civiles y sociales en España. Gracias a él España puede lucir orgullosa entre los países que primero igualaron los derechos de los homosexuales. Nadie duda de eso. Pero la muerte también tiene esa otra virtud: deja sumidos en la vergüenza a quienes lanzaron contra el muerto sus dardos envenenados. El mejor homenaje a nuestro amigo Pedro consiste sencillamente en recordar que toda esa gentuza no ha conseguido evitar que Pedro pudiera casarse y que hoy su viudo le llore con plenos derechos.

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