Muros sin Fronteras

Nacionalismo en pantalón corto

A la mayoría de las personas que odian el fútbol les suele gustar el Mundial (menos los irreductibles que presumen de serlo). Gusta porque tiene el don de la excepcionalidad (el campeonato es cada cuatro años) y se disputa en verano (menos el próximo en Qatar), periodo en el que las noticias políticas decaen. Manuel Saco, creador del genial mote del “hombrecillo insufrible”, y que he copiado a menudo y no siempre con el debido copyright, sostiene que este decaimiento noticioso genera mejores periódicos e informativos. Sin declaraciones y contradeclaraciones de líderes, nos vemos forzados a publicar historias.

Eso era antes, cuando aún se compraba en el kiosco y se leía con cierta parsimonia. Hemos sustituido la lectura paciente por la ilusión de leer. Bastan cuatro tuits o un par de minutos de permanencia en una pieza para creerse informado. El gran reto del periodismo en la era de Internet es ser imprescindible en la sociedad democrática, ofrecer hechos veraces en medio de un mar de mentiras. Y en eso estamos.

Escribía de fútbol, de una competición global que tras unas eliminatorias previas reúne a los mejores en una sede (Rusia), o en varias (el Mundial de 2026 se celebrará en Canadá, EEUU y México, un golpe bajo a los muros físicos y mentales de Donald Trump).

En la selección de los mejores existe una discriminación positiva para evitar que lo jueguen siempre los países ricos. Se busca garantizar la globalidad del deporte con representaciones África y Asia, y de una Latinoamérica más allá de Brasil, Uruguay y Argentina. Gracias a estos equilibrios, Panamá ha podido jugar su primer Mundial y celebrar su gol en la derrota por 6-1 frente a Inglaterra como un triunfo nacional.

El fútbol despierta sentimientos nacionalistas, como los JJ.OO. (y Eurovisión, que ya es decir). Es así desde la vieja Grecia. Competir bajo unas normas iguales para todos. En vez de invadir países en nombre de una raza, o de un pueblo presuntamente superior, de matar a los rivales por cualquier nimiedad, en el fútbol se pita penalti o se saca tarjeta roja. Y más ahora con un VAR que parece el Tribunal de la Haya.

El psicólogo Eduardo Bofill organizaba juegos en una playa de Monrovia, dentro de un arrabal llamado West Point, en el que se hacinaban decenas de guerrilleros de diversos grupos que habían sido enemigos en la guerra civil de Liberia. El juego impone normas iguales para todos, crea cultura de grupo. A Bofill le permitió generar confianza para poder ayudar desde sus necesidades, no desde las nuestras.

En los Mundiales se exhiben banderas nacionales, se gritan proclamas y se cantan himnos, algunos con sangriento pasado colonial. Cuando las cámaras repasan el rostro de los jugadores antes de los partidos, los más patriotas (término que detesto) vigilan los labios de sus jugadores. No vaya a ser que se nieguen a cantar como Karim Benzema. Para él, La Marsellesa no es liberación.

Los países pequeños cantan más alto, con una pasión impropia de su tamaño. Los jugadores españoles no cantan porque el himno no tiene letra, al menos hasta que gobierne Albert Rivera con Marta Sánchez de ministra de Cultura. Los aficionados españoles tampoco cantan, tararean variaciones festivas del chunda-chunda, que también dice mucho de lo que somos. Nuestra marcha de alabarderos no vale para unir un país ni para presentarse en sociedad como selección. Siempre me gustó Canto a la libertad de José Antonio Labordeta.

O Ya puestos:

Son tiempos del nosotros y el ellos, sin otredades que las carga el diablo. No por el fútbol, más allá de sus hooligans, sino por la política reducida a turbamulta. La crisis exacerbó el discurso xenófobo, que se basa en ideas simplistas, por lo demás falsas: vienen (los migrantes) para quitarnos el trabajo; reciben más ayudas; aumenta la delincuencia; con ellos viajan violadores, drogadictos y terroristas.

Muchas de estas barbaridades salen de la boca del Irresponsable en Jefe (Trump), y también de líderes europeos como Matteo Salvini y compañía. La idea de crear zonas cerradas fuera de la UE para clasificar a los migrantes está en línea con el disparate ambiental en el que vivimos.

Resulta divertido comparar las fotos de la selección francesa de los años noventa y la actual en la que abundan los jugadores de color. Debe ser duro para Marine Le Pen. Sucede también en Bélgica. En Alemania hubo polémica con Özil y Gündogan, ambos de origen turco, por fotografiarse con Erdogan. En España, las críticas se centran en Gerard Piqué porque tiene la sana costumbre de decir lo que piensa y encima es catalán. La España tribal le pita sin importar su compromiso con la selección.

El secreto del fútbol es que basta una pelota más o menos redonda y un pedregal más o menos llano para organizar un partido. No exige grandes inversiones. Lo puede practicar cualquiera. La calle es la universidad de valores para millones de niños y niñas, que todavía se llama fútbol femenino y empieza a despegar.

El fútbol es la oportunidad de una vida mejor para millones de africanos. ¿Recuerdan a Samuel E’too cuando firmó por el Barcelona?: “Correré como un negro para vivir como un blanco”.

Ya sé, pan y circo, dirán los irreductibles. Cierto, pero comprar el eslogan es también una simplificación. La gente no se olvida de sus problemas. Argentina, que ha dado tres de los cinco mejores jugadores de la historia –Di Stéfano, Maradona y Messi–, vive los reveses de su selección como un fracaso de país. El martes se salvó de la quema de la eliminación. Hubiera sido una catástrofe nacional. En Argentina todo el mundo es de su selección, por encima de su club.

Sus dificultades, la derrota ante Croacia, no se puede separar del hundimiento de su economía, del retorno del FMI de infausto recuerdo en las crisis de los años 80. El fútbol no tapa miserias. Tampoco puede con la desgracia de que te gobierne Macri y la alternativa sea Cristina Fernández de Kirchner.

El fútbol provocó una guerra entre Honduras y El Salvador, pero también calla trincheras durante 90 minutos (120 minutos si hay prórroga). Se puede practicar con limpieza o suciedad, como el célebre Estudiantes de la Plata. Estos días hemos visto imágenes de los seguidores japoneses recogiendo su basura de las gradas. Es una cuestión de educación cívica. También lo hacen los seguidores de Senegal, menos dados al orden ciudadano. De los españoles ni hablamos.

 

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